jueves, abril 22, 2010

La revolución iraní (y 6)

El 2 de diciembre de 1978 comenzó el último acto de la revolución iraní. Este día comenzó el Muharram, el mes santo de los chiitas. Ante la posibilidad de disturbios, el gobierno decretó el toque de queda y Jomeini, ni corto ni perezoso, decretó el desafío al toque de queda. El personal, como había hecho cien años antes dejando de fumar, tomó las calles, el ejército disparó y hubo un montón de muertos. Los hombres del Sha le dijeron entonces a los americanos que la gente había aprendido y que no habría más conflictos. Es lo que suele pasar. Pero no pasó así, porque la revolución chiita tiene muchos elementos que otras no tienen. El día 2, centenares de miles de personas invadieron las calles. Para entonces, Washington estaba noqueado. En la Casa Blanca nadie tenía ya ni puta idea de lo que se podía hacer.

En el ashura, décimo día de Muharram y fiesta del martirio de Hussein en Kerbala, el gobierno cambió de estrategia y permitió las manifestaciones. Le dio igual. En Ispahan, las multitudes asaltaron la sede de la Savak y derribaron algunas de las muchas estatuas públicas del Sha. El ejército disparó. Más muertos. Más mensajes de Jomeini indicando a los militares que les perdonaban, pero advirtiéndoles de que no estaban haciendo otra cosa que engrosar la nómina de mártires de la causa. Barzagan viajó a París para intentar convencer a Jomeini de que, blandito como estaba ya el gobierno, quizá era el momento de parar las muertes y negociar. Jomeini, claro, le dijo que ni de coña.

El 29 de diciembre, el Sha nombró primer ministro a Shahpur Bajtiar. Fue primer ministro Bajtiar por la única razón de que otros líderes del Frente Nacional con más predicamento que él, como Karim Sanjabi o Gholam Hussein Sadiqui, rechazaron el cargo. El 3 de enero, Estados Unidos envió al general del Aire Robert Huyser, que llegaba con instrucciones de poner al ejército persa a las órdenes de Bajtiar; era tan así, que el Sha se enteró de que Huyser estaba en Teherán tres días después de que llegara. Todo el mundo daba a Palhevi por amortizado.

Bajtiar era el primero de la lista. Estaba dispuesto a derrocar al Sha y convocar elecciones, como demandaban los manifestantes. Utilizando su poder, le cerró el grifo del petróleo a Israel y al régimen racista de Sudáfrica, en claros gestos de progresismo reformista con los que pretendía cauterizar el radicalismo revolucionario. El presidente Carter, a través del francés Giscard, le envió a Jomeini un mensaje: EEUU apoyaba a Bajtiar y esperaba de Jomeini que apoyase a Estados Unidos. Si decía que no, habría un golpe militar. Queda, pues, claro, que Carter nunca entendió ni remotamente el pensamiento de Jomeini, ni sus apreciaciones estratégicas. Jomeini contestó exactamente lo que estáis pensando que contestó.

Los americanos comenzaron a hablar descaradamente con el Sha de cuándo se piraba de Irán. Bajtiar tomó el poder el 6 de enero y comenzó a dar la barrila para que el Sha se marchase de una puta vez. Sin embargo, tuvo que esperar mucho, hasta el día 16. El Sha retrasó su salida porque quería llevarse parte del pastón que había ido acumulando con los años; muy comprensible.

Irán quedó en manos de un Consejo de Regencia presidido por un venerable anciano sin poder, Jelaleddin Tehrani. El Sha se marchó pensando que lo dejaba todo atado y bien atado, pero para entonces los Estados Unidos ya tenían el plan de establecer una república en Irán. Jomeini respondió adelantando la reina: proclamó que obedecer a Bajtiar era obedecer al diablo y, sobre todo, anunció la formación de un Consejo Revolucionario. Nada más saber que Jomeini también tenía su gobierno, los ministros de Bajtiar comenzaron a dimitir. Por último, Jomeini planteó el órdago, y anunció en París: me voy p'a Teherán.

Bajtiar le pidió tres meses para poder completar su proyecto de reformas. Todavía, por lo que se ve, no se había enterado de que Jomeini tenía su propio equipo y no contaba con él. Jomeini incluso desoyó a Bazargan, que era partidario de que se formase un gobierno en el exilio y se diese tiempo a Bajtiar a limpiar el patio unos meses. De tres meses, Bajtiar pasó a dos. Luego a tres semanas. A todo le contestó Jomeini que nones.

En un Jumbo de Air France, con una tripulación francesa voluntaria (todos hombres; incluso prohibió viajar a su esposa y a las esposas de sus asesores), llegó Jomeini a Teherán dl 1 de febrero de 1979. Los días anteriores hubo gravísimos disturbios y una demostración de fuerza del ejército, que sacó a la calle toda su ferralla; aunque, al mismo tiempo, diversas unidades se amotinaron a favor de la revolución. A pesar de lo que en un momento se temió, a pesar de que Jomeini fue recibido por la multitud casi como un Mesías, no hubo graves disturbios. Jomeini se alojó en la escuela Husseiniyeh, donde nombró a Bazargan primer ministro, pasando como de comer mierda de Bajtiar, que aún no había dimitido. Las deserciones de unidades militares en masa proliferaron como setas. En ese momento, e Washington le llegó al general Huyser el mensaje de que había llegado el momento de impulsar un golpe de Estado. Es de suponer que el viejo general se desconojaría. ¿Con qué? Esa insinuación, tan tardía, tan fuera de la realidad, es la mejor metáfora de la putomiérdica, diríase que soberbia, forma con que Estados Unidos se tomó la cuestión iraní.

Bajtiar declaró el toque de queda. Jomeini escribió en un papel la orden de desafiarlo. El papel de Jomeini llegó a la televisión iraní antes que los soldados que iban a tomarla para hacer respetar el toque de queda.




Tras el triunfo de la revolución, el jefe de la Savak, general Nassiri, fue detenido y posteriormente fusilado. En el ínterin, para intentar salvar el gollete, hizo una confesión completa en la que, entre otras cosas, informó a los revolucionarios de que el gobierno iraní llevaba años teniendo un topo en la embajada USA. Este topo, conocido por el sobrenombre de Hafiz (que yo sepa, los revolucionarios le dejaron irse a Europa finalmente, y nunca se ha sabido a ciencia cierta quién era) fue subcontratado por los jomeinistas para que siguiera haciendo lo que hacía. Facilitó al ministro del Interior, ayatollah Hashimi Rafsanjani, todos los datos sobre los mensajes llegados y salidos de la Embajada durante los últimos días del Sha; así pues, los revolucionarios, en septiembre de 1979, ya tenían una perfecta información de todo lo que Washington había intentado contra ellos, o pensado en intentar.

En ese mismo mes de septiembre, en Nueva York, el secretario de Estado americano, Cyrus Vance, se reunió con el ministro iraní de Asuntos Exteriors, Ibrahim Yazdi, al que intentó convencer de que ambos países tenían un enemigo común, la URSS, y de que Estados Unidos comprendía a la revolución jomeinista. Sin embargo, en el mismo momento que esta entrevista se producía, los papeles de Hafiz eran conocidos en Teherán. A partir de ahí, la oposición frontal del régimen de los ayatolás hacia Estados Unidos plantó hondos cimientos, y hasta hoy.

El 2 de noviembre, en medio de los denodados intentos del Consejero de Seguridad Nacional americano, Zbignew Brzezinski, para tender puentes con el régimen de los ayatolás, diciéndoles que la marcha del Sha a Estados Unidos se había producido a última hora por motivos de salud cuando los iraníes tenían papeles que demostraban que hacía meses que los americanos contaban con ese desplazamiento, Jomeini lanzó un mensaje público a los estudiantes, llamándoles a difundir la conspiración estadounidense.

Aquella soflama fue el mensaje que necesitaba el Comité Revolucionario de la Universidad de Teherán, al mando del hojat al-Islam Musawi Joeiny, para comenzar a preparar el ataque a la embajada , que culminaría en el episodio quizá más humillante de la Historia de los Estados Unidos. Lo que vio el mundo por la tele fue una multitud enardecida que tomó la embajada. Pero testigos bien informados han dejado dicho que no fue eso ni de lejos. Fueron las huestes de Joeiny, 50 activistas de élite y unos 400 más que se hacía llamar morabitun, una especie de antiguos guardias de frontera, los que tomaron la embajada. Mantuvieron secuestrado al personal durante semanas e, ítem más, el presidente Carter autorizaría un operación de rescate muy de película de Schwartzennegger, que terminó como el rosario de la aurora, con los comandos setados contra el suelo. Irán humilló a Estados Unidos durante mucho tiempo.



¿Qué queda de la revolución iraní? Más bien, la pregunta es qué no queda. La revolución iraní es, hoy, en buena parte, el ayatollah Jomeini, por mucho que esté ya muerto. Para bien, y para mal.

Ya he dicho al principio de esta serie que la revolución islámica es la otra gran revolución del siglo XX junto con la rusa. Pero Jomeini no era Lenin, en este caso para desgracia del primero. Jomeini, desde luego, tenía más inteligencia estratégica que Lenin para hacer la revolución. A Lenin su asalto al poder le salió bien por muchas circunstancias, entre ellas la primera guerra mundial, que Kerensky era un maula, y que tenía a su lado a Trosky, que sí era un revolucionario pata negra. A Jomeini la suerte no le regaló nada. Él supo ver, antes que nadie, lo que ahora es tan obvio, es decir la capacidad de lanzar masas políticas islamistas y hacerlas caminar en una dirección sin dudas. Los palestinos han sido de toda la vida tan devotos de Alá como lo puedan ser los chiitas iraníes y, sin embargo, sus líderes nunca han conseguido de ellos tal nivel de consenso y coordinación.

Jomeini fue un gran estratega de masas cuando la labor de las masas fue luchar y destruir lo existente. Pero donde Jomeini pierde frente a Lenin como casi cualquiera frente a Guardiola es en la otra cosa que tiene que ser un revolucionario: un buen gobernante.

La revolución islámica llegó y se hizo con el poder sin tener demasiado claro qué quería hacer de Irán, excepción hecha de los presupuestos teológicos y morales. En Irán no ha habido la construcción de un Estado islámico chiita como hubo la construcción de un Estado soviético en la URSS. Lenin sabe que esa construcción, por mucho carisma que se tenga, supone enfrentarse a contradicciones y diferencias internas en el movimiento. La revolución iraní, sin embargo, se ha saltado ese capítulo. Ha pasado directamente al estadio en el que la revolución, plenamente consolidada, se deshace de las contraversiones que le molestan (o sea, en la URSS, el tardoleninismo y el estalinismo). La pregunta, pues, es si la revolución iraní está suficientemente consolidada como para poder enfrentarse y ganar a sus contraversiones.

Hay otro factor fundamenal, y es que Irán no está solo. Irán está situado en una zona geo-eco-estratégica de gran importancia que no tiene un líder claro. Se han probado varias cosas. Se probó con el islamismo progresista de Nasser; se probó con el liderazo nacionalista sirio; probó el Sha; y Sadam; hasta se podría decir que han probado los talibanes. Los musulmanes son muchos y muy variados y existen diferencias entre ellos que quizá los que no lo somos tendemos a no ver. Por eso, las combinaciones son muchas y muy variadas. El tablero ya era complicadillo pero, por si no era suficiente, el experimento aliado occidental en Iraq, que sabe Dios cómo va a terminar, y la dramática aparición en el escenario de la alternativa talibán, lo han complicado aún más.


En todo caso, sea cual sea el presente, y el futuro, lo que es innegable es que la huella dejada por la revolución iraní es bien, pero bien, profunda.