lunes, abril 26, 2010

El enigma Llizo

Uno de los clásicos de las películas de magnicidios es hacer que el que asesino del alto político sea un periodista. La cosa tiene su lógica. Los periodistas son, aparte de los políticos, los humanos que tienen un contacto más estrecho con éstos. La necesidad de multiplicar los contactos entre periodistas y políticos hace que, aunque se quisiera hacer comprobaciones de seguridad cuando se juntan, sería imposible. Además, luego está el caso de que, si lo que puede hacer un periodista, como recientemente le ocurrió al entonces presidente Bush, es tirar un zapato, es algo que difícilmente se podrá controlar.

Cabe la pregunta de si alguna vez, en la Historia de España, se ha producido una acción de este tipo por parte de algún periodista. Y la respuesta es sí. Serán varias, pero al menos una yo la conozco y es de la que quiero hablaros hoy, por la curiosa carga de misterio que porta.

2 de diciembre de 1930. Desde hace más o menos un año, España va un poco a la deriva, en medio de la dictablanda del general Dámaso Berenguer, que ha sucedido al frente de los destinos del país al dictador Miguel Primo de Rivera, quien ha fallecido en París poco después, unos meses antes. Diciembre de 1930 es un mes de intensísimo movimiento republicano. Es el mes de la sublevación de Jaca, que terminará con el fusilamiento de los capitanes Galán y García Hernández. Es también el mes del golpe de Cuatro Vientos, otra asonada republicana organizada (por decir algo) bajo el mando de un jefe de conspiradores militares republicanos llamado Queipo de Llano.

A principios de diciembre de 1930 ya se ha producido la reunión del Pacto de San Sebastián, en la que todas las fuerzas republicanas se han unido en una coalición poderosa que, desmintiendo incluso sus propias previsiones, acabará trayendo la república apenas cinco meses después. El gobierno Berenguer está solo, pero sigue gobernando. En la administración Berenguer hay una pieza muy importante, que es el director general de Seguridad, Emilio Mola. El general Mola, que algunos años después jugará un papel aún más importante en los destinos de España como general director del golpe de Estado de 1936, fue un director general de seguridad de gran importancia, como destacan muchas historias de la Policía. De hecho, suya fue la redacción el reglamento del cuerpo que ha sido la espina dorsal de su funcionamiento durante décadas. Como controlador del orden, sin embargo, Mola dejaba un poco que desear, porque a menudo no se enteraba de cosas realmente importantes; pero también hay que reconocer que no hizo su labor precisamente en el mejor momento posible.

El 30 de noviembre de 1930, el gobierno Berenguer ha entregado al rey Alfonso XIII para su firma un decreto que reputa de gran importancia para limar las posibilidades del golpismo republicano del que todo el mundo habla. Se trata de un decreto que establece amnistías varias, especialmente en el arma de Artillería. La norma es un intento por conseguir que el ejército no tenga demasiados motivos para dar un golpe de Estado. Por mucho que pensemos que la razón de los golpes de Estado es la moral política y la ambición de cambiar las cosas en un sentido o en otro, que desde luego es así, también debemos de tener en cuenta que en todo golpismo también entran en juego, en ocasiones de forma muy importante, las ambiciones profesionales. Los golpes de Estado decimonónicos en España casi siempre salieron adelante gracias a la promesa hecha a sargentos y otros mandos intermedios de inmediatos ascensos caso de ganar. El decreto de 30 de noviembre de 1930 fue un intento de hacer imposible ese incentivo. Y probablemente tuvo su utilidad, porque es un hecho que tanto Jaca como Cuatro Vientos fracasaron.

El 2 de diciembre de 1930 hubo consejo de ministros. En la planta de calle del ministerio de la Presidencia, como es normal, espera un grupo de periodistas de diferentes medios, con la intención de obtener de primera mano información de los ministros a su entrada, aprovechando que aquellos eran unos tiempos en los que todavía no se habían inventado ni los guardaespaldas todo codos ni los periodistas tontos de la haba que son incapaces de comprender el sintagma «no quiero hacer comentarios», así pues políticos y periodistas se trataban y se respetaban.

Son las cinco y veinte de la tarde cuando el presidente, general Berenguer, se persona en el lugar. Camina acompañado por los periodistas, los cuales, sin embargo, no toman notas, porque Berenguer se limita a decirles que por el momento no tiene nada que decirles. En la puerta del ascensor, se apresta a despedirse de los plumillas, y es en ese momento cuando ocurre.

Un redactor del periódico El Sol, Joaquín Llizo, se planta delante del presidente, saca una pistola, apunta al techo, y dice:

- Ésta es una demostrción enérgica e incruenta contra el régimen que usted representa.

Acto seguido, dispara.

A Llizo le sobra tiempo de volver a disparar mientras los agentes de policía más cercanos corren hacia él y lo placan. Pero no lo hace. Se limita a esperar, con la pistola humeando todavía mirando al techo, a que lleguen, y cuando lo hacen se deja prender sin resistencia alguna. Cuando se lo llevan, el presidente del gobierno se mete en el ascensor y tranquiliza a los compungidos periodistas.

- No se preocupen, señores, que no ha pasado nada. Esto sólo puede ser obra de un perturbado.

El caso es que Llizo es uno más. Uno más de los reporteros que atienden habitualmente la información política. El resto de los periodistas lo conocen y no pueden creer que haya hecho lo que ha hecho. En los siguientes días se dirá en la prensa que estaba efectivamente un poco tolili, que había mostrado pulsiones suicidas y que incluso eminentes psiquiatras, como el doctor Marañón, habrían aconsejado su encierro en un manicomio. Mola, sin embargo, es categórico en sus memorias al aseverar que «Llizo tenía de loco lo que yo de obispo».

Lo que queda fuera de toda duda es que Llizo pensó mucho lo que hizo. Esto lo sabemos porque escribió dos cosas. La primera de ellas fue una breve carta a su jefe, el director de El Sol, acompañada de su carné de prensa y sus tarjetas. Félix Lorenzo había recibido dicha carta a las cinco y media de la tarde, merced a la orden de Llizo de que no se le entregase antes, con el siguiente texto:

«Mi querido director:

Un motivo esencial de delicadeza hacia la profesión me obliga a dimitir mi puesto de redactor de este periódico. No es que yo vaya a realizar nada indigno. Pero sí lo sería el ponerme hoy en contacto con varios periodistas sin decirles que no estoy entre ellos como compañero, porque a ampararme en ellos, es decir, en la profesión, equivaldría mi silencio. Tengo la esperanza de volver junto a usted, junto a ustedes. Mas por lo pronto remito adjunto mi carné y hasta mis tarjetas. Sólo conservo una en la que tacho la línea que dice “Redactor de El Sol”. Ojalá no haga la fatalidad que aquella esperanza deje de cumplirse. Para todos los de la casa, abrazos míos, y usted reciba otro de su muy agradecido e incondicional. Joaquín Llizo».

Cabe destacar que, por lo que se ve, Llizo incumplió lo que se proponía. De la carta se deduce que quería descubrirse ante sus compañeros periodistas como un ya ex-periodista. No obstante, debió de darse cuenta de que, de hacerlo así, al menos los más conservadores y progubernamentales de sus compañeros podrían aprestarse a denunciarlo.

El segundo papel que redactó le fue intervenido en el momento de la detención. Decía:

«Declaro mi propósito de realizar una demostración enérgica e incruenta contra el capitalismo delincuente, personificado en uno de sus más característicos representantes. Entiéndase por capitalismo delincuente el explotador del trabajo y usurpador del Poder Público. Con un simulacro de violencia demostraré precisamente mi repugnancia, ya que podré y no querré consumarla; pero este mismo simulacro probará mi resuelta actitud contra la iniquidad. Conmigo tiene complicidad toda la opinión sana y valerosa del mundo entero. Aspiro a la justicia y a la libertad igualitarias».

El final de este mensaje demuestra que Llizo se había convertido, si no lo era ya con anterioridad, al anarquismo. Pero, por alguna razón, repugnaba de la violencia del mismo y por ello todo lo que pretendió fue lo que hizo: acojonar al presidente del Gobierno, pero sin hacerle el más minimo daño. Necesitaba, por lo demás, no llevar a cabo la violencia hasta el final puesto que, lo sabemos por el primer mensaje, aspiraba a seguir con su vida después de hacer lo que iba a hacer, y es de suponer que era lo suficientemente listo como para darse cuenta de que para poder tener eso no podía matar ni herir a nadie.

Por la prensa de la época sabemos que Llizo, tras ser llevado inmediatamente a declarar a la comisaría, cayó en tal estado de postración mental, entristecido por lo que había hecho, que hubo que invertir dos horas en la citada declaración. Dejo al juicio de los duchos en psiquiatría qué puede estar demostrando este indicio.

Lo que cuesta creer es que Llizo fuese simplemente un enajenado que cae en una depresión honda por motivos personales (como se dijo en la prensa de la época) y veleidades suicidas. Si hubiera sido así, no habría tenido reparo en mostrar mayor violencia hacia el presidente del Gobierno, o le habría agredido incluso, pues ése era el billete más rápido para la muerte a manos de la policía. Además, su pretensión de seguir siendo periodista, que se refleja también en sus declaraciones, en las que se muestra una vez y otra preocupado con el demérito de la imagen del periodismo que su acción pueda comportar, son sentimientos a mi modo de ver incompatibles con una persona a la que ya le da igual todo y quiere morir.

¿Actuó sólo Llizo? Todo parece indicar que sí. Ni en su casa se encontró nada que lo comprometiese ni nadie se solazó de su acción, mostrando con ello apoyo solidario. ¿Por qué Berenguer? Pues es difícil saberlo, porque lo cierto es que el conde de Xauen no parece persona especialmente señalada como capitalista o explotador del obrero.

Días después, como decía al principio del post, llegarían Jaca y Cuatro Vientos. Y más tarde las municipales y la República. Que yo sepa, a Llizo se lo tragó la tierra. No he logrado saber de su destino, si lo soltaron o no, si regresó a su querido oficio de periodista, ni siquiera si alguna vez fue tratado como héroe republicano dada su acción.

Es un personaje olvidado, cuya acción probablemente no es históricamente importante (una hipotética muerte de Berenguer tampoco habría cambiado mucho las cosas), pero que queda ahí, en la Historia, como uno más de esos episodios apasionantes que plantean más preguntas que respuestas. ¿Quién era Joaquín Llizo? ¿Cuál era su formación, sus antecedentes? ¿Por qué decidió hacer lo que hizo, y cuando lo hizo? ¿Qué pretendía conseguir exactamente? ¿Cuál fue su destino?