miércoles, abril 28, 2010

Con permiso de Grecia

Durante mi primer paseo por Cibeles a principios de los ochenta, cuando llegué a Madrid para estudiar, me topé con una manifestación frente al Banco de España. Además de los gritos y las pancartas, había tipos y tipas recogiendo firmas. Uno de ellos me captó en la acera y me invitó, ufano, a firmar contra el FMI. Yo me negué, argumentándole que, para mí, firmar contra el FMI era como para él firmar contra la hermenéutica del dimetilfosfato; esto es, ponerme en contra de algo que no tenía ni puta idea de lo que era. Recuerdo la mirada, mezcla de extrañeza y desprecio, que me dedicó aquel tipo. Lo cierto es que renunció a mi firma en lugar de hacer lo que yo hubiese esperado, esto es explicarme qué era el FMI y por qué tenía yo que firmar.

Luego, con los años, he aprendido que el Fondo Monetario Internacional es una institución fundamental para el entorno mundial de las relaciones de cambio, que ha sido uno de los grandes retos, no plenamente solucionado, de la economía moderna. En efecto, la historia del siglo XX es, económicamente hablando y en buena parte, la historia de cómo el mundo ha tratado de construir entornos estables para las monedas; lucha que nos ha llevado por diversas etapas, como el patrón oro (véase una pequeña serie aquí, aquí y aquí) o Bretton Woods.

Aunque en estos posts se explican muchas más technicalities del proceso, podríamos resumir diciendo que la experiencia del comercio internacional masivo, que es algo que existe desde algo menos de 200 años más o menos, nos dice que es difícil, cuando no imposible, encontrar la fórmula secreta que nos permita mantener la estabilidad de las monedas y no hacer de éstas instrumentos procíclicos que tiendan a hacer más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Otra cosa que hemos aprendido en el siglo XX es que el sueño decimonónico de encontrar una relación de cambio que en el momento t es adecuada y pretender mantenerla para el momento t+1, t+2,..., t+n, es, aparte de erróneo, estragante. La combinación de ambas cosas nos lleva al concepto de relación de cambio flotante pero controlada. La economía moderna trata a la relación de cambio como al niño que se quiere ir a jugar a la pelota: puedes ir, pero no te separes del portal más de cien metros.

El Fondo Monetario Internacional es una institución que existe para asistir a aquellas naciones que, a pesar de beneficiarse de un sistema mundial de relaciones de cambio libres pero controladas, acaban teniendo serios problemas de balanza de pagos. En buena teoría liberal, esto no debería ocurrir pues, al fin y al cabo, alguien que tiene desequilibrios entre entradas y salidas de pasta acaba viendo cómo su moneda se devalúa; pero esa devaluación, automáticamente, hace muy atractivos sus productos en mercados exteriores, lo cual incrementa sus exportaciones y equilibra la balanza. Esta teoría, sin embargo, no se cumple con exactitud, sobre todo cuando en la economía mundial se introducen fuertes factores de distorsión, como ocurrió en los setenta y ochenta con los precios del petróleo.

De las crisis del petróleo y los ajustes que necesariamente forzaron en las economías más desarrolladas, los grandes perdedores fueron las economías fuertemente basadas en la venta de materias primas (lo que mayormente conocemos como Tercer Mundo y que yo llamaría MEM, o sea Mundo Escasamente Manufacturero), las cuales tenían un escaso nivel de soberanía sobre el precio de las mismas y, por lo tanto, se convirtieron en países importadores de recesión. La relativa simpleza de sus sistemas económicos hizo, además, que su capacidad de reacción para equilibrar la balanza de pagos fuese limitada en el corto plazo. En el fondo, la situación de los países en vías de desarrollo a finales de los setenta o principios de los ochenta se parece bastante a la que tuvo España en su peor momento económico, que sin duda fueron los primeros años del siglo XX, con la pérdida de las colonias. En 1900, el endeudamiento de la economía española no tenía nada que envidiarle a los graves problemas que hemos visto en África y Latinoamérica apenas hace unos años. La salida, en la España de principios del XX como en el Brasil de principios del XXI, es la misma: mirar hacia tus potencialidades industriales, y apostar por ellas a saco.

El FMI tiene dos misiones: prestar dinero y asesorar. La primera puede ser polémica si presta a unos y a otros no, pero se podría decir que no lo ha sido mucho en estado puro. El gran problema del FMI, el factor que hacía que ese chaval de principios de los ochenta pidiese mi progresista firma, es el segundo. El FMI no presta a fondo perdido, sino que exige condiciones. Para las naciones endeudadas, el FMI es el last resort porque, normalmente, la vía clásica de financiación, que es la deuda pública, la tienen cerrada. Una nación muy endeudada está al borde de la suspensión de pagos y, por lo tanto, el mercado es poco proclive a comprar sus títulos; a lo que hay que añadir que, si su moneda, o sea la moneda a la que se pagan dichos títulos, está bajando por la cuesta a la velocidad de Ingemar Stenmark, encima hay que sumar un riesgo de cambio de la hueva.

En los últimos treinta años, han sido muchas las naciones endeudadas que han tenido que aplicar, para poder tener la pasta del FMI, sus recetas económicas. Lo cual, a decir de algunos economistas, es relativamente injusto pues, por ejemplo, es éticamente discutible que la Argentina de Raúl Alfonsín fuese responsable de la deuda contraída por unos señores que se llamaron Videla, Galtieri et altera, los cuales, que se sepa, nunca le preguntaron a los argentinos si querían endeudarse. Mutatis mutandis, nunca les preguntaron nada en lo absoluto.

La receta FMI es clara: la prioridad es reconstruir el déficit de la balanza de pagos. Déficit cuyo origen proviene, esto es obvio, de que el país demanda más pasta de la que suelta y, por lo tanto, depende del capital extranjero para financiarse. En consecuencia, lo que tiene que hacer un país efedemizado es adelgazar para quitarse de enmedio todas esas cosas que tiene y no puede pagar mientras, al tiempo, hace, en la medida lo posible, caja para tener más dinero propio con el que pagar. Ésta es la razón por la cual la receta del FMI es tan mal vista por las izquierdas. Allí donde el país tiene empresas públicas, ha de venderlas (véase, sin ir más lejos, el proceso en Argentina); ya que se entiende que los salarios existentes apenas se pueden pagar, se impone la restricción salarial real (crecimientos por debajo de la inflación); se fuerza la eliminación de mecanismos de fijación política de precios para que sea el mercado el que los fije, lo cual suele tener como consecuencia el automático encarecimiento de la vida básica (mientras los salarios se estancan); y, por último, el gasto social (pensiones, sanidad, etc.), en la medida que es público, debe ser revisado.

Esto ha sido así en la Historia reciente de las relaciones económicas internacionales. Las protestas contra el FMI como fabricante de pobreza en aquellos países a los que presta dinero han sido muchas, pero el FMI ha contado siempre con el apoyo de los países más ricos del mundo y, además, la razón le asiste en gran parte cuando dice que lo suyo es el largo plazo y que, en el largo plazo, a no pocos países que han tenido que tomar esta Purga de Benito ha acabado por no irles nada mal.

La crisis financiera internacional del 2008 no es más grave que otras que se han vivido. A día de hoy, en mi opinión, su comparación con la del 29 sigue siendo algo exagerada. Pero tiene un gran interés porque es una crisis, si no más grave, sí más distinta. Ha generado problemas nuevos, el principal de ellos el que podríamos denominar (de momento) problema griego.

¿Por qué es nuevo este problema? Pues, básicamente, porque Grecia, en teoría, no debería tener los problemas que tiene. Grecia pertenece a una zona económica estable, la Unión Europea, y está integrada en una subzona de esa zona, la Eurozona, que es más estable aún. ¿Por qué lo es? Pues porque los países que participan en el euro son países que han pasado un examen, el de la convergencia nominal, según el cual tienen unos niveles aceptables en los tres grandes equilibrios macroeconómicos: inflación, deuda y déficit de las cuentas públicas.

El país euro, por lo tanto, es un país que tiene los elementos necesarios para controlar espirales de precios. Esos controles los ejerce, además, siendo estricto en su estructura de ingresos y gastos públicos de modo y forma que el poder público no sea un elemento distorsionador de la economía. Y eso lo ha conseguido sin tener que apelar a la financiación externa del propio Estado en una proporción excesiva sobre la riqueza del país. En resumen: ha llegado la gripe, pero se supone que Grecia es un país que toma zumo de naranja todos los días, que está obligada a ir bien abrigada cuando llueve o hace frío y que, además, tiene el armario lleno de aspirinas.

Pero Grecia está al borde de la suspensión de pagos.

El primer responsable de esto, a mi modo de ver, es la arquitectura del euro. En la segunda década de los noventa, importó mucho más el cumplimiento nominal de ciertas condiciones que la comprobación efectiva de dicho cumplimiento. Entrar en el euro se convirtió en un proceso como esas ofertas laborales en las que, en lugar de tu título universitario, tienes que presentar una declaración jurada en la que aseguras que tienes dicho título. La pregunta, quizá, no es por qué Grecia ha llegado a estar así estando en el euro, sino si debió entrar en el euro. Y lo inquietante es que éste es sólo un episodio más de los muchos que se han producido en la UE en los últimos quince años, animados por una filosofía modelo caballo grande, ande o no ande. Europa quiere ser grande, y para ser grande ha ampliado su club económico de manera casi exponencial en los últimos años, integrando con ello economías muy diversas, con diferentes niveles de madurez, y rebajando sus exigencias.

Todo esto, sin embargo, ya no tiene remedio. Contra lo que piensan algunos, sacar a Grecia del euro sería una catástrofe. Para todos. Es nuestra moneda, y su credibilidad, por lo tanto, es nuestra credibilidad. Sean cuales sean los errores del pasado, el mensaje que hoy tiene que lanzar el euro es que seguirá impasible el ademán.

Pero el problema griego es mucho más que euro sí o euro no. El problema es el asunto de las ayudas. Es la primera vez desde la segunda guerra mundial que hay que pensar en ayudar a alguien que debería tener más bien vocación de ayudador. Y esto es lo que hace, a mi modo de ver, la ocasión histórica.

¿Qué vamos a vivir en el futuro cercano? Pueden ser dos cosas. Podemos vivir un cambio en la filosofía monetaria internacional. Un cambio por el cual el FMI y los países donantes de la UE se van a convertir en prestamistas, pero olvidándose de la función asesora. Van a dar el dinero, exigiendo algunas reformas, desde luego, pero no imponiendo las políticas de equilibrio que se han estilado en pasadas décadas para los países en desarrollo. O podemos vivir un no-cambio. Podemos vivir una situación por la cual el FMI siga en su línea y le dé a Grecia el mismo tratamiento que a, un suponer, Etiopía: si quieres mi dinero, tendrás que gobernar a mi manera.

Éste, a mi modo de ver, es el centro del agrio debate que se está produciendo hoy en Europa y muy singularmente en Alemania, y que ha obligado a la canciller Merkel a amagar con no soltar la pasta, al menos hasta las elecciones de Renania-Westfalia. Alemania lleva muchos años sustantivando un cambio también histórico por el cual las fuerzas socioeconómicas del país se han comprometido con la competitividad de su economía. No es en modo alguno casualidad de que esta crisis no haya supuesto graves problemas de empleo en este país. Los alemanes llevan tiempo renunciando a sustanciosas ganancias salariales para poder ser más productivos, por cuanto saben que son trabajadores caros, saben que los baratos están a tiro de lapo y muchos de ellos además hablan alemán por los codos, y saben, por lo tanto, que tienen que aceptar sacrificios relativos para no salirse del tiesto por el lado de los ricos. Es normal que esos mismos trabajadores alemanes se nieguen ahora a poner la pasta para que los griegos jubilados sigan cobrando pensiones públicas equivalentes casi al 100% de su sueldo activo (tasa que en Alemania no pasa del 60%).

Pero, como digo, la cuestión es más profunda, histórica. Ahora que sabemos que las crisis globales no son cosas que esquilmen siempre a los pobres antes que a los ricos, ahora que sabemos que también el vecino wealthy y otrora mimado por los rating internacionales también puede quedarse sin curro y hundirse en la indigencia, ahora que sabemos todo eso, ¿qué le exigiremos a cambio de prestarle dinero?

El caso griego está poniendo en cuestión, quizá sin proponérselo, el propio statu quo monetario internacional que representa el Fondo. Está colocando a los gestores de la política económica internacional ante dicotomías muy jodidas. Mi opinión personal es que nada debería cambiar. Con permiso de Grecia, Grecia debe joderse. Hay una canción muy gráfica que cantamos los españoles cuando niños que habla de un carrito del helao, y que viene aquí al pelo.

Grecia debe tomarse el mismo ricino que han tomado otros. El de Argentina, el de Perú, el de Bolivia, el de Nicaragua, el de tantos países africanos. Esto, indudablemente, pone a prueba los sistemas políticos, como saben bien los ciudadanos de tantos países, muchos de ellos hispanohablantes, que han experimentado la ascensión meteórica de políticos populistas que se han subido al caballo del anti-FMI. Pero, ¿cuál es la otra alternativa? ¿Desarrollar unas reglas especiales, más a fondo perdido, para un europeo por el hecho de serlo? Eso sería volver a los tiempos de finales del XIX, cuando los ciudadanos de los países colonizadores de China tenían derecho de extraterritorialidad en aquel país y no podían ser juzgados por los jueces chinos. Lo que no vale para Garzón, tampoco vale para Grecia, aunque sólo sea porque ambos empiezan por la misma letra. La guerra, decía la monja del chiste, es para todos.

Lo otro, como digo, equivale a quitar de la mesa el tablero de la oca, y poner un parchís. Parecerse, se parecen. Pero no son el mismo juego.