lunes, septiembre 21, 2009

La construcción de las pirámides

Si hay un hecho que es oro molido y habitualmente visitado por los mistabobos, charlatanes, inventagilipolleces paranormales y demás comerciantes de la inopia ajena, ese hecho es la construcción de las pirámides. Siete de cada diez veces que un escritorcillo de lo paranormal no sabe con qué orear chorradas, le da la matraca a la idea, extendidísima, de que los egipcios o bien eran extraterrestres ellos mismos, o bien contaron con la ayuda de extraterrestres o seres superiores para construir las pirámides.

La verdad es que si es cierto que los antiguos egipcios fueron ayudados por una ONG de Alpha Centauri (Cabezones Verdes Sin Fronteras), cabe concluir que aquellos extraterrestres eran una panda de cabrones. Porque hay que tener muy mala idea para ayudar a una civilización a construir edificios y, a cambio de su esfuerzo, no darles ni la más pequeña ayuda para superar el problema que tenían con el pan y los alimentos que cocinaban, que a menudo llevaban residuos de arena y les mellaban las dentaduras, provocando no pocos abscesos y lesiones dolorosísimas, que están documentadas en muchas momias. Eso, a menos que aceptemos hechos, que estos mistabobos acientíficos parecen aceptar sin problemas, como que civilizaciones capaces de levantar con la punta de la minga pedrolos de toneladas de peso no sabían cómo tratar una puta caries.

Pero es que, además, esa afirmación de que las pirámides sólo pudieron construirse con ayuda tecnológica extraterrestre es una imbecilidad. Las pirámides no fueron obras sencillas, en modo alguno; por eso su construcción duraba años. Fueron posibles por la conjunción de una serie de factores que no tienen nada que ver con encuentros en la tercera fase. Estos factores son, entre otros: la existencia de grandes contingentes de trabajadores que podían ser empleados, sobre todo entre crecidas del Nilo (y hemos dicho trabajadores; esa imagen de los esclavos tirando de la piedrita a las órdenes de un capataz que les obliga con un látigo, mejor os la vais sacando de la cabeza). La existencia de una religión estatal que pervivió durante un tiempo inusitado en la Historia de la Humanidad, y que otorgaba a esas construcciones un altísimo valor simbólico y patriótico. Y, por supuesto, la existencia de las técnicas que permitían la construcción.

Las pirámides egipcias tienen siempre situaciones muy parecidas. Están situadas en la ribera oeste de los ríos (dado que la religión egipcia era un culto solar, es probable que esta situación tuviese que ver con situar la pirámide, monumento funerario, allí donde el sol se pone). Asimismo, todas las pirámides están situadas en áreas donde el substrato de roca es poco proclive a resquebrajarse o partirse; pero esto no tiene nada que ver con conocimientos abstrusos, sino con el nivel geológico alcanzado por los propios egipcios ellos solitos.

Lo primero que se hacía una vez escogido el emplazamiento era limpiarlo, por así decirlo, de arena y de grava, para garantizar que el sustento del edificio sería la roca. De hecho, en la Gran Pirámide de Giza se ha calculado que la diferencia existente entre la inclinación del sustrato de roca y un basamento perfecto es de menos de media pulgada (mis fuentes son sajonas, así pues así la midieron).

Ya tenemos aquí un dato para los mistabobos. ¡Tal precisión sería imposible hace más de dos mil años!

Quien eso diga moteja de subnormales a los humanos de hace dos mil años. Más cierto es que los egipcios que construyeron las pirámides tenían los huevos pelados de haberse pasado ya siglos canalizando las aguas y las crecidas del Nilo para las irrigaciones que hicieron grande a aquel país. Y de esa experiencia sacaron lo que necesitaban para esa precisión tan sorprendente. Porque para conseguir la perfección observada en la Gran Pirámide no hace falta llamar a Han Solo. La metodología más probable se basaría en «cerrar» el espacio elegido con cuatro canales bajos de limo del Nilo, para posteriormente llenar el espacio así delimitado de agua, no sin antes haber abierto en la roca una red de pequeñas trincheras para garantizar su fluidez. Así las cosas, sería el agua, y esto es un fenómeno que los egipcios conocían bien sin necesidad de hacer psicofonías, la que operaría la mayor parte de la nivelación, y todo lo que habría que hacer sería retirarla y llenar los huecos a mano.

La siguiente operación que hacían los egipcios es, probablemente, la preferida de los mistabobos. Conscientes de que iban a construir un edificio de cuatro lados, los egipcios querían que cada uno de éstos coincidiese con los cuatro puntos cardinales. ¡Exactitud astronómica! ¿Cómo aquella pandilla de lerdos podía conseguir eso? ¿Cómo, si no es con ayuda extratrerrestre, se puede conseguir que la diferencia entre el lado más largo y el más corto de la Gran Pirámide sea de 9 putas pulgadas? ¿Cómo, sino, explicar que, en la pirámide de Kefrén, el lado más desviado respecto del punto cardinal exacto (el lado Este) esté desviado en apenas 5 minutos y 30 segundos de grado?

Voy a dejar aparte de la discusión un argumento que siempre me surge cuando escucho a algún charlatán contar su movida. 5 minutos y 30 segundos es poco, ciertamente. Pero, ¿acaso no es mucho, muchísimo, para alguien capaz de salvar distancias de centenares o miles de años-luz? ¿Cómo se pueden subvertir los mandamientos de la Teoría de la Relatividad y viajar a mayor velocidad que la luz sin haber inventado algo tan sencillito como la brújula? ¿A quién nos enviaron los extraterrestres: al pelotón de los torpes? ¿Acaso los egipcios fueron invadidos por una flota de alienígenas becarios que ni siquiera sabían fijar con exactitud de billonésimas de segundo un punto cardinal, que es lo menos que se le puede pedir a alguien que tiene tal nivel tecnológico?

Pero vayamos al fondo de la cuestión. O sea: cómo fijar los cuatro puntos cardinales sin brújula (pues los egipcios, de esto estamos casi seguros, no la tenían). ¿Imposible? Pues, bueno; cuando se es imbécil, o mistabobo, es, efectivamente, imposible.

Partamos de una base: si fijo un solo punto cardinal, es decir si sé exactamente dónde está el norte, ya tengo los cuatro puntos. Mi problema no es encontrar los cuatro puntos cardinales, sino encontrar uno. Pero resulta que el sol sale o se pone exactamente por el Este y Oeste en los días equinocciales del año, que son dos. Y el conocimiento de este fenómeno era bien conocido por los antiguos, que de toda la vida de Dios (y antes, incluso, de la vida de Dios) celebraban el nacimiento del Sol en diciembre. Por lo demás, el norte ha sido buscado sin brújula de cienes y cienes de marineros y viajeros de la Historia con la ayuda de la Estrella Polar. No obstante, démosle un crédito a los mistabobos: simplemente observando los equinoccios o la Polar no se consiguen los niveles de precisión observados en las pirámides.

El egiptólogo británico I.E.S. Edwards, en su libro The pyramids of Egypt (Pelican Books, London, 1947), describe un sencillo método, bastante exacto, para fijar la situación exacta del Norte. Aquí os dejo el diagrama de Edwards (que, ahora que lo pienso, lo mismo era de Venus y por eso accedió a esta complejísima tecnología) con una breve explicación del mismo.


Para llevar a cabo este cálculo, es necesario poder ver el punto de salida y de puesta de una estrella. A continuación, se fabrica una especie de corralito de una altura inferior a estos puntos de salida y de puesta. Este corralito tendría como función crear un horizonte artificial, uniforme y recto, que evitase errores de cálculo causados por irregularidades del terreno del horizonte real. ¿Cómo conseguir un corralito exactamente de la misma altura, sin errores? Pues hay dos formas. La primera es coger el teléfono mistabobo, pedir conferencia con Alpha Centauri y pedirle ayuda a los extraterrestres. La segunda es llenar el corralito de agua, o de limo, e igualarlo. Porque, ¿qué pasa cuando los bordes de un vaso están a diferente altura? Pues que el agua se vierte, ¿a que sí?

El observador se sitúa más o menos en el centro del círculo, en todo caso a una distancia equivalente a su radio (punto O del dibujo). En el momento en el que la estrella apareciese por encima de la valla (punto P1 del dibujo), una segunda persona haría una muesca en dicha valla correspondiente con el punto de dicha aparición. Después de eso, observador y marcador se podrían dedicar a hacer botellón durante unas horas hasta que la estrella se pusiese por el Oeste, en el punto Q1 del dibujo, que provocaría la muesta q en la valla.

Una vez hecho esto, el agrimensor dispondría del triángulo pOq. Q se correspondería con el punto por el que salió la estrella. Un punto situado en algún lugar del Este, a una determinada distancia angular del Norte. Por su parte, el punto p designaría el punto por el cual la estrella se puso, por el Oeste. De nuevo un punto en algún lugar del Oeste, pero a la misma distancia angular del Norte exacto. Todo lo que tendría que hacer el agrimensor, pues, es hallar la bisectriz del ángulo pOq, bisectriz que le daría la posición exacta del Norte y, consecuentemente, del Sur. Repitiendo el ejercicio varias noches con varias estrellas, se podría refinar el cálculo.

A partir de ese momento, buena parte del trabajo era la fabricación de las piedras en las canteras. Hace ya cosa de ochenta años que egiptólogos como W. B. Emery demostraron que incluso los egipcios de la I Dinastía poseían herramientas de cobre; pero muchos mistabobos, impasible el ademán, siguen creyendo que eran incapaces de tallarlas y fabricarlas. Es cierto que cortar la roca no es una labor fácil. Eso lo sabe cualquier cantero. Pero los canteros saben hace miles de años que muchas de las rocas más comunes, como el granito, reaccionan a un calor inmediato seguido de un enfriamiento también inmediato quebrándose y abriendo estrías que pueden ser aprovechadas para cortar la roca. Así las cosas, no hace falta ser premio Nobel para hacer una hoguera sobre el granito, dejarla arder y, acto seguido, apagarla con cantidades generosas de agua helada, y así conseguir dichos agrietamientos.

Todos esos grandes bloques, que solían pesar unas dos toneladas y media pero que podían alcanzar hasta 200 toneladas, tenían que ser transportados hasta la pirámide y luego colocados en su sitio. Y aquí son muchas, de nuevo, las voces mistabobas que tratan de convencernos de que eso es algo imposible de hacer por el hombre antiguo.

Hay una cosa que se puede observar en cualquier puerto del mundo, y que no deja de asombrar. Una mole de miles de toneladas cargada de contenedores que pesan otros miles flota mansamente en el muelle, sin dar la impresión de ir a hundirse nunca. Esto es algo que creo que tiene que ver con alguien llamado Arquímedes. La pregunta es: si un astillero noruego es hoy capaz de construir un barco que puede transportar miles de toneladas sin hundirse, ¿cuál es la tecnología que posee, y no poseían los egipcios, para que éstos no pudiesen transportar por el Nilo bloques de piedra en barcos?

En todo caso, si los mistabobos se ocupasen de echarle un vistazo a las muchísimas muestras de arte funerario y religioso egipcio, sabrían cómo se producía el transporte de estos bloques de piedra, pues ha quedado inmortalizado en estos relieves. Se hacía usando una especie de trineos, con o sin el concurso de troncos en el suelo que facilitasen el movimiento. En la tumba de Jehutihetep, un noble de la XII dinastía, hay una pintura que reproduce el traslado de una monumental estatua del señorito. Se ha calculado que dicha estatua podría pesar unas sesenta toneladas; está sobre un trineo del que tiran 172 hombres. Casi 350 kilos por hombre. Pero eso sólo suponiendo que el número de la pintura sea exacto.

Supongo, de todas formas, que es misión imposible conseguir que deje de haber mistabobos que vayan por ahi diciendo que levantar aquellas piedras y subirlas a lo alto de la pirámide era imposible con los medios disponibles en la época. Pero eso no significa otra cosa que los documentadísimos expertos de lo paragilipollesco no han hecho algo tan sencillo como leer a Heródoto, el cual cuenta con bastantes pelos y bastantes señales el modo de construcción de las pirámides, con datos que han sido fundamentalmente confirmados por la arqueología. Para empezar, hay que tener en cuenta que muchas pirámides son, en realidad, pirámides escalonadas y posteriormente «rellenadas», de arriba a abajo (es decir, empezando por el pico). La presencia de estos escalones permitía situar en los diferentes niveles de la pirámide las oportunas máquinas para mover las piedras. Es cierto que los egipcios, muy probablemente, carecían de la polea. Pero eso no quiere decir que no pudiesen subir las piedras; quiere decir que lo tuvieron que hacer mediante sistemas mucho más trabajosos, es decir mediante la creación de rampas que rodeaban la pirámide en sentido ascendente. Más trabajosos, pero no imposibles.

¿El secreto? El secreto, como decía ya al inicio de este post, no es la tecnología romuliana. El secreto es la increíble disponibilidad de mano de obra asalariada que tenían los faraones. Heródoto, en afirmaciones que se tienen por exageradas, asevera que el transporte de las piedras para la Gran Pirámide de Giza demandó durante sus 20 años de construcción un total de 400.000 obreros anuales, en cuatro turnos trimestrales de 100.000 obreros. Modernos cálculos consideran exagerado el plazo de 20 años para tanta fuerza laboral, así pues quizá las cifras están de alguna forma maquilladas. En la Gran Pirámide hay 2,3 millones de bloques de piedra. Si la construcción duró 20 años, entonces hizo falta transportar unos 115.000 bloques anuales o, si lo preferís, 315 diarios. Como he dicho antes, el peso medio de estos bloques es de 2.500 kilos. El eminente egiptólogo británico Flinders Petrie calculó que una cuadrilla de 8 hombres se basta para transportar un bloque de ese peso. Pero aún elevando la cifra a 15 hombres, 315 bloques diarios a 15 pollos por bloque nos llevan a que para el transporte de la piedra (con mucho, el trabajo más jodido y demandante de brazos) haría falta tener trabajando cada día apenas 4.275 obreros; todavía quedarían, pues, 95.275 para el resto de labores; lo cual es claramente exagerado, pues los estudios hechos en las villas de artesanos, masones y otros oficios piramideros nos hablan de una población de unos 4.000 trabajadores en lo que es la construcción en sí.

En fin, es lo que hay. De todas las historias que se pueden estudiar, pocas hay tan cautivadoras, tan poéticas, tan admirables e impresionantes como la Historia del Antiguo Egipto. Desde luego, lector, si nunca te has comprado un libro sobre Egipto, si nunca te has interesado por esta cultura milenaria, te recomiendo vivamente que lo hagas. Pero los marcianos no tienen nada que ver con esto. Creer en marcianitos levantapiedras es una gilipollez del mismo calibre de creer en momias que reviven de sus tumbas para darse un paseo por la calle Recoletos.

Ojo, pues, con el libro que te compras. Porque de pocos periódicos históricos se ha escrito más mierda que de éste.