martes, diciembre 01, 2009

Periodistas

Os invito a leer este texto del libro El arte del periodista

Líbreme Dios de decir cómo se infundia. Eso lo sabe todo el mundo: se infundia inventando lo que no se sabe; pero entre eso y el mentir por mentir, hay una gran distancia; tanto es, que la mentira difícilmente resulta excusable y el infundio lo es casi siempre.

(...) las más de las veces, el mentir del periodismo tiene como excusa valedera el «como me lo contaron lo cuento»; en otras no es más que la hipérbole, acaso excesiva, motivada por buscar un efecto sensacional; y en algunas el infundio es una claudicación de la lógica de las deducciones, porque a los hechos les ha venido en gana ocurrir contra esa lógica.

¿Es necesario infundiar? Disculpable, ya hemos visto que lo es. Necesario, es posible que también lo sea. Cuando no hay noticias y el periódico aparece sin ellas, no se le ocurre al lector pensar que haya sido un día gris, sino que exclama: «¡Qué sosos están hoy los periódicos!» No excusa al periodista el que no haya noticias; ha de darlas, y por eso, para cuando no abundan, es un recurso heroico el saberlas inventar con buen ingenio o presentirlas por esfuerzo deductivo.

Lo habréis visto con frecuencia. Surge una alarma en las calles, y las gentes, sin razonar la exactitud del origen, dan por ocurrido lo que cada uno supone que haya originado la alarma, y a los cien metros las proporciones del suceso crecen en razón directa con la distancia y los detalles imaginarios (...) Y yo pienso: si los que no tienen más razones que el justificar su pánico (...) infundian y, por una extraña sugestión, acaban por creer y propalar que vieron y oyeron lo que ni vieron ni pudieron oír, ¿qué ha de hacer el periodista, a quien nadie excusa por lo que ignora y a quien todos preguntan lo que no sabe?

Declaro que no tengo vocación para el infundio; mas también digo y declaro que el periodista ha de saber hacerlo.

El libro de donde saco la cita es obra del abogado y periodista Rafael Mainar, y fue editado por José Gallach en Barcelona, en el año 1906. Hace, pues cien años. Páginas 167 y 168.

La lectura de estas líneas me lleva a considerar que la tragedia de este pobre chico canario que hoy está ingresado, supongo que con una depresión de la hostia, después de haber sido públicamente linchado por haber presuntamente violado y matado a hostias a la hija de su novia, cuando lo que él hizo fue tratar de atenderla, empezó ya, de alguna manera, hace más de un siglo, cuando aún no había nacido ni su abuelo.

Merece la pena, a mi modo de ver, sacar la cita a pasear porque dice mucho sobre algunas de las características sobre las que se ha asentado, históricamente, el periodismo español, en realidad el periodismo mundial. Que son:

1.- Yo no quería, pero... El periodista, según la teoría, es un ser angelical que vive comprometido con la verdad. Sin embargo, existe el Lado Oscuro de la Fuerza, que es el que le obliga a hacer guarrerías.

2.- La culpa es de otro, y ese otro se llama público. Si hay periodismo sensacionalista; si hay noticias que se publican prendidas por alfileres o prendidas absolutamente de nada; si se escribe sin sentido crítico; si la elaboración de las noticias carece de los mínimos filtros de calidad, eso no es porque los periodistas tengan la culpa de ello. La culpa es del público que, voraz y eternamente insatisfecho, siempre reclama más. Aquí se juntan dos justificaciones bien conocidas: por un lado, la del nacionalista, para el cual la culpa siempre la tiene otro. Y, por otro, la del violador, quien asevera que él quería pasar de largo pero, señor juez, es que la chica iba con una camiseta ceñiña y sin sujetador...

3.- En el periodista es excusable lo que en otros es execrable. Cada vez que un periodista caza a cualesquiera otros en una mentira, monta el pollo. Pero cuando miente él, es cosa normal y forzada por las circunstancias. Hay una frase hecha que dice no sé qué de una paja y una viga que creo que le va al pelo a este punto.

4.- No hay noticias mal confirmadas, sino fuentes mentirosas. Cuando una noticia resulta no ser lo que realmente son los hechos, la culpa (véase punto 2) siempre es de otro, es decir de la fuente que lo contó. O sea: una persona que se dedica a pasear por el campo y cojer setas puede meter dentro de su capazo alguna de ellas venenosa, sin por ello cometer más falta que poner en peligro su vida y la de los suyos. Pero una persona que se dedica a comercializar setas a terceros no puede cometer ese error, porque como comercializador los consumidores le exigen que su producto sea de confianza. Con las mismas, no es lo mismo que yo cuente lo que he visto esta mañana que lo haga un periódico. Yo puedo inventarme lo que me salga de la higa, pues al fin y al cabo sólo soy un ciudadano, así pues si quiero contar que hoy he visto a Zapatero por la calle del brazo de Marujita Díaz (Dios mío, qué imagen...), voy y lo digo; pero el periódico tiene la obligación de comprobar que eso, en realidad, es verdad, y no podrá, entre otras cosas, darlo por cierto hasta que al menos dos anormales como yo lo confirmen. Esto es la teoría. La práctica es que un vendedor de setas no es un periodista. El periodista siempre retiene el derecho a acusar de sus errores a la fuente que le contó mal las cosas.

La Historia de los últimos 150 años, al menos en los países llamados occidentales, es en buena parte la historia de la importancia e influencia de la prensa. Todo esto se asienta en un proceso que nace con las revoluciones americana y francesa, que son las primeras que comienzan a defender e incluso establecer regímenes de libertad de expresión. Como bien reflexionaron los padres de la Constitución americana, no hay libertad efectiva si no existe libertad de expresión, si cualquiera no puede decir lo que le dé la gana, cuando menos en el marco de unas normas, pues la libertad de expresión nunca es plena. Sin ir más lejos, en España, donde impera un régimen de libertades, no se pueden publicar, por ejemplo, apologías de la pederastia o del genocidio de todos los nacidos en Soria, pues en ambos casos existe una evidente colisión de derechos que deja bien claro que el de expresión está siendo excesiva y torticeramente utilizado.

En el siglo XIX la prensa tuvo ya alguna importancia, aunque escasa a causa de la baja alfabetización de las sociedades, que impedía su difusión masiva, que es la que garantiza la influencia de la prensa. Todos los españolitos que hemos ido a la escuela a algo más que a espiar bragas conocemos la triste historia de Mariano José de Larra; pero lo cierto es que si consideramos la sociedad española decimonónica como la actual, es decir en su conjunto, deberemos decir que el suicidio de este eximio periodista no le dio a la sociedad española ni frío ni calor, pues la mayor parte de la misma lo conocía menos que lo que conoce la actual al segundo portero del Rayo Vallecano. Es a finales del siglo XIX cuando la cosa comienza a cambiar, merced al invento de la prensa amarilla, llamada así creo que por el color de una tira de cómic, en Estados Unidos. La prensa amarilla supuso el acercamiento de la prensa al público escasamente alfabetizado y pronto tuvo un éxito arrollador.

Quizá España fue el primer país que sufrió seriamente en sus carnes el inicio de ese proceso por el cual las personas comienzan a pensar lo que los periódicos les dicen que piensen. Los años inmediatamente anteriores a la guerra hispanoestadounidense que terminó con la pérdida de Cuba y Puerto Rico por nuestra parte son los años dorados de la prensa sensacionalista americana, la cual, literalmente, se inventó buena parte de las cosas que estaban pasando en Cuba y de esta forma alimentó el odio bélico americano, que se embolsó en una burbuja finalmente pinchada con la voladura del Maine, ella misma también hábilmente manipulada por esos mismos periódicos.

La gran ventaja de la prensa sensacionista finisecular es que en la misma aún estaban poco difundidas las fotografías, así pues se ilustraba con grabados. En aquellos tiempos, en el campo de la prensa sensacionista americana se producía un choque de trenes entre sus dos grandes inventores: Joseph Pulitzer y William Randolph Hearst (éste último la figura que inspiró a Orson Welles para crear su Citizen Kane; y el primero, acojónate lorito, da nombre a un premio de periodismo serio). Ambos competían casi cada día por ser quien más periódicos vendiese, y lo hacían con una triple estrategia: en primer lugar, el celebérrimo voceo callejero de la principal noticia por parte de los vendedores ambulantes, normalmente chiquillos; en segundo lugar, la exhibición gráfica, a través de grabados y dibujos alegóricos; y, en tercer lugar, la extremada sencillez de las historias, escritas con un lenguaje muy directo y sin adornos, y con tesis también muy básicas.

Tanto Pulitzer como Hearst trufaron sus periódicos de habilísimos grabados realizados por sus mejores dibujantes en los que se describían todo tipo de torturas de las cuales los españoles hacían objeto a los mambises cubanos. Publicaban, por lo tanto, dibujos de notable factura con hombres crucificados, madres llevadas al extremo de la delgadez con niños desnutridos en los brazos, etc. La guerra de Cuba existió, pero muchas de las cosas que la provocaron no existieron jamás. Sin embargo, la prensa descubrió que, para que una sociedad entera crea algo, no es estrictamente necesario que sea cierto. Menos de medio siglo después, el ministro nazi de Propaganda Josef Goebbels formularía el que se tiene por teorema fundacional de la nueva comunicación publicitaria: una mentira contada repetidamente acaba por convertirse en una verdad.

Probablemente, el caso más repugnante de manipulación periodística sea el ligado al asesinato del hijo de Charles Lindbergh, el famosísimo aviador estadounidense. Se ha dicho muchas veces por los especialistas en sociología e imagen pública que Lindbergh ha sido, quizá, el americano más popular que jamás haya existido. Quizá los españoles somos los mejor dotados para entenderlo, pues en España también se dieron muchas grandes hazañas de aviadores en unos años en los que estos vuelos casi imposibles eran la mejor prueba de la capacidad inacabable del género humano. Si los astronautas fueron famosos en la era del espacio, los aviadores lo fueron mucho más en la era del aire. Lindbergh fue la mejor expresión del espíritu americano y un hombre querido por la totalidad de la sociedad de los Estados Unidos. Por eso, cuando su hijo fue secuestrado y finalmente encontrado muerto, todo el mundo reclamó que alguien pagase por ello.

La prensa estadounidense, amarilla, rosa y azul pálido, empujó todo lo que pudo y más en esa dirección. Hay quien piensa que la función de la prensa, en tanto que emisor experto de información, es precisamente moderar las pasiones y fomentar el análisis frío y mesurado. Pero lo cierto, y el ejemplo del pobre muchacho canario es uno más, es que los medios de comunicación, históricamente, se dedican exactamente a lo contrario y así, mientras sostienen inútilmente con la mano izquierda el extintor, con la derecha descargan el contenido del bidón de gasolina sobre la hoguera.

Un alemán, Bruno Hauptmann, fue detenido, juzgado, condenado y ejecutado por el secuestro y muerte del hijo de Lindbergh. Las sesiones del juicio fueron seguidas por miles y miles de personas que, azuzadas por las crónicas de los periódicos y (para qué negarlo) por su propia estulticia, rodeaban la sala del juzgado, exigiendo con su presencia que corriese la sangre en justa venganza.

Algunos de los pocos periodístas lúcidos que siguieron los hechos clamaron, inútilmente, por los evidentes agujeros que tenía el proceso. Quizá el más lúcido de todos, y es por ello que creo justo rendirle tributo en este post que me está saliendo bastante crítico con los periodistas, fuese Lou Wendeman.

Tal y como refirió Wendeman, las fuerzas policiales que investigaron el secuestro del hijo de Lindbergh (el FBI, la policía estatal de New Jersey y la local de la ciudad), aconsejadas por siete científicos expertos en criminología y psiquiatría, elaboraron el perfil de cuatro, llamémoslas así, funciones existentes dentro del secuestro: el secuestrador (número 1), el escritor de las cartas que solicitaban el rescate (número 2), la persona que gastó unos 5.000 dólares del rescate durante los dos años posteriores al pago del mismo (número 3), y la persona que estuvo manejando el dinero del rescate en las semanas inmediatamente anteriores a la detención de Hauptmann (número 4).

No existe ninguna duda de que el hombre número cuatro era Hauptmann. En las tres semanas antes de su detención, había estado usando dinero del rescate, aunque él declaró que había sido dejado en su casa por otro alemán que había vivido allí una época y que le dijo que lo que había en los sobres eran cartas. Tres semanas antes de su detención, Hauptmann, según su relato, habría descubierto que las tales cartas eran de color verde, y había comenzado a gastarlas. Pero ahí paraban las evidencias. Si Hauptmann era el hombre número 3, 2 o 1, no quedó demostrado.

Aún así, la sociedad americana, así como sus jueces, sus jurados y, por supuesto, la prensa, se quisieron convencer de que Hauptmann era todos esos hombres. Ello a pesar de que el doctor John F. Condon, que pagó el rescate de 50.000 dólares, declaró que lo había pagado a un tal John El Escandinavo. De este hombre se hizo un retrato-robot específico; como también se hizo del probable hombre número 3 cuando se averiguó que una pequeña parte del dinero del rescate se gastó en un restaurante de Broadway, y se logró una descripción del hombre que había realizado dicho gasto. Más aún: la investigación descubrió más pequeños gastos del enorme rescate, y logró muchas descripciones de testigos, la mayoría no coincidentes. Lo cual lleva a pensar que o bien el personal no tiene memoria, o bien los implicados en el secuestro fueron varios. Aún así, el condenado fue solo uno.

Más datos: como hemos dicho, durante los primeros dos años tras el pago del rescate, el hombre u hombres número 3 gastaron con mucho cuidado el rescate: de a poquitos. Sin embargo, al hombre número 4 (Hauptmann) lo pillan porque, tres semanas antes de su detención, los billetes del rescate comienzan a aparecer por todas partes, signo inequívoco de que los estaba gastando sin tasa. Cuesta creer, así, que el hombre número 3 y el número 4 sean el mismo hombre. Y, puestos a elegir cuál de los dos es el hombre número 2 o 1 (es decir, el secuestrador y su cómplice directo) parece más lógico que lo sea el número 3, pues el número 4 no tuvo acceso el dinero hasta pasados dos años.

Con estos mimbres, la prensa, lejos de destacar la insoportable levedad que tenía la acusación contra el alemán, la azuzó sin problemas hasta convertirse en partidaria, en buena medida, de la condena. El colmo de los colmos viene por el hecho de que la principal prueba contra el imputado fue el hecho de que en su armario se encontró un papel donde estaba anotado el teléfono del doctor Condon, como hemos dicho la persona que entregó físicamente el rescate por el niño. No sólo esta prueba hubiera sido bastante poco sólida en un juicio que se hubiese podido celebrar de forma mesurada y equilibrada, sino que además, con el tiempo, acabaría descubriéndose que el papel fue escrito y colocado allí... ¿no lo adivináis? Pues sí: por un reportero de la prensa.

La prensa, pues, tiene un papel constitucional fundamental en los regímenes de libertades. Pero es también un hecho que ejerce ese poder, esos privilegios, con una notable ausencia de autocontrol y de autocrítica que la lleva a cometer excesos y a disculparse muy raramente por ellos, además de no repararlos nunca o casi nunca. La Historia de los últimos cien años nos ofrece ejemplos más que sobrados; en el armario de la prensa hay un montón de juguetes que ella ha roto y que esconde todo lo que puede.

Como he dicho antes, a un recolector y vendedor de setas se le exige que sea experto micólogo. Se le exige que sepa distinguir hasta con los ojos cerrados una seta venenosa de otra que, además de sabrosa, es plenamente comestible. La pregunta es: ¿quién, cómo, cuándo y de qué manera se preocupa de que los periodistas sepan distinguir una noticia venenosa de otra comestible?