domingo, noviembre 01, 2009

La gran guerra vasca (y 7)

Los últimos actos de la gran guerra vasca van a tener lugar bajo el signo de dos sustantivos: división y cansancio. Dividido y cansado es como está el bando carlista al regreso de D. Carlos a su epicentro ideológico del norte. La derrota de la Expedición Real servirá para aflorar la multiformia de ese complejo movimiento político y, sobre todo, social, que llamamos carlismo decimonónico.

Como bien sabe cualquier político que haya ganado unas elecciones y luego las haya perdido, no hay nada más fácil que gobernar un movimiento político cuando le va bien, ni nada más difícil que mantenerlo en una mínima disciplina cuando está a la defensiva. El hecho de que el teórico heredero del trono de España hubiese tenido que volver a ver las orillas del Ebro desde el norte, en contra de lo que ampulosamente había jurado, instiló a los diferentes carlismos a enfrentarse por la dominación del movimiento. Dentro del carlismo convivían, no nos hemos cansado de repetirlo, muchas sensibilidades, entre las que cabe destacar el foralismo y el tradicionalismo, aunque se podría hablar de más, pues también había catalanes, militares de variada laya, persas... etc. D. Carlos nunca había ocultado su preferencia por el bando llamado apostólico, integrado por los tipos más ultramontanos de la España del momento, defensores de un total maridaje entre el trono y el altar y, conscuentemente, defensores de un estado de cosas que bien se identifica con eso que hemos dado en llamar Antiguo Régimen.

Apostólicos y foralistas no se tenían mucha ley. A los primeros, el posibilismo de los segundos, pues todo foralista que se precie tragará con muchas cosas con tal de que le conserven los fueros, les distanciaba. A los segundos, la Expedición Real, que había sido en gran parte una promenade apostólica, les había enseñado que los clericales estaban dispuestos a colocar muchos intereses por encima de los suyos como vascos y navarros. En tiempos de derrota, pues, lo que hasta entonces habían sido diferencias y críticas pasan a ser, al menos para algunos de los miembros de cada bando, intentos de anulación.

Los apostólicos fueron llenando la cabeza de D. Carlos, en la que probablemente había mucho espacio libre, con la idea de que la Expedición había fallado por culpa de los cobardes, de los tibios; argumento que tiene su gracia teniendo en cuenta que fue en parte su tibieza la que la había hecho fracasar. Así inflamado de amor a Dios y al trono de sus tatara-tatarabuelos, D. Carlos proclama, en Arceniega, su voluntad de arramblar con quienes le han traicionado. En un movimiento de acojonante autoestima, se autonombra comandante en jefe de las fuerzas carlistas (él, que acaba de retornar, por lo visto, victorioso) y coloca a la derecha de su sitial a un general navarro, Gergué, miembro del pequeño, pero ultrapeleón, partido apostólico navarro, absolutista hasta las trancas e, incluso, las barrancas. De los dichos, el bando clerical pasa a los hechos, forzando el consejo de guerra al general Zariátegui, el primer acusado de no haber hecho las cosas bien durante la expedición, que es juzgado en compañía de su lugarteniente Elio.

La condena a arresto de que son objeto los dos militares euskaldunes provoca una inmediata rebelión, comandada por el teniente coronel Urra, en Navarra, y que le costará a su cabecilla la cabeza entera. La locura eclesial persiste y D. Carlos, que no anda sobrado de genios militares, aún se permite purgar a elementos tan importantes como los generales Villarreal o Simón de la Torre. Cuando alguno de estos represaliados le dé por saco en Vergara, quizá D. Carlos se pregunte por qué, pues no hay mayor ciego que el que no quiere ver y, además, tiene todo el día a un coro de presbíteros asegurándole que ve como un halcón.

Fue esta política contra los generales foralistas la que acabó por impulsar a éstos a aglutinarse alrededor de una figura que será crucial para el proceso, la del murciano Rafael Maroto, quien ha comandado durante la guerra las tropas vizcaínas y se ha ganado el respeto de muchos militares vascos.

Hay que decir, además, que en el proceso de tratar de malquistar a los vascos con D. Carlos no fue ajena María Cristina, pues por aquel entonces las tropas de Espartero hacían propaganda mediante bandos en los que insinuaba la disposición de Madrid de respetar los fueros. Y es que María Cristina, quien tampoco tenía tantas diferencias con su oponente Charly el dinosaurio Borbondonte y, en realidad, quería que su hija dejara de ser una reina constitucional para volver a ser una reina por cojones histórico-religiosos, como todos los reyes antes que ella, María Cristina, digo, tenía sus propios problemas con unos tipos un tanto desarrapadillos que iban surgiendo bajo el nombre de progresistas, que pronto llegarán a tener mayoría en las Cortes, y con los cuales el sueño de volver a ser reina responsable tan sólo ante Dios y ante la Historia devendría en imposible. En medio de este enfrentamiento, una inesperada alianza con los vascos, que muy liberales en lo político no es que fuesen (salvo los donostiarras, en parte), aparecía como una oportunidad.

De los deseos de MC de parar la ola liberal-progresista es de lo que se alimenta un joven militar que ya descolla como alternativa a Espartero: el general Narváez, que será conocido como El Espadón de Loja.

Esta nueva «comprensión» por parte de palacio hacia el hecho de que los vascos y navarros tendrían derecho a conservar sus fueros es la que hace nacer en el carlismo el movimiento que algunos llaman «transaccionista», es decir partidario de una transacción con el bando contrario, transacción que se resumiría en la famosísima máxima de Paz y Fueros. Los transaccionistas vascos, entre llos cuales se encontraban Zariátegui o Eguía, el padre Cirilo o Ramírez de la Piscina, tenían de liberales lo que tiene Guti de educado. Eran simpatizantes de una monarquía controlada por unas cortes a la antigua usanza, estamentarias, y que votase su padre. Y eran, claro, foralistas.

El carlismo, para entonces, se divide en tres tipos diferentes de antiliberales: transaccionistas, que quedan descritos; persas, partidarios de una monarquía también a la antigua usanza aunque con ciertos controles al poder real; y puros o apostólicos, que bramaban desde el fondo de la caverna su defensa del rey omnímodo cuya justicia emanaría de la inspiración divina. De estos tres grupos, el primero dejará de ser carlista en Vergara para pasar a engrosar las filas de lo que se llamó partido moderado.

Espartero, oh sorpresa, consigue una sonora victoria sobre las armas carlistas en Peñacerrada; victoria que provoca la destitución de Guergué. Le sustituye el padre Cirilo, más posibilista, que se acerca a Maroto quien, automáticamente, recibe el aval de los militares vascos apartados del mando, como De la Torre o Urbiztondo, Zariátegui, Villarreal, Elio... Ante este movimiento que no les presagiaba nada bueno, los apostólicos preparan un golpe de mano en Estella pero, enterado Maroto, se dirige a la ciudad anunciándoles que los va a fusilar. Los apostólicos se encastillan, presentan batalla y se encuentran con la desagradable sorpresa de que sus propias tropas, el 18 de febrero de 1839, se colocan de lado del murciano. Las tapias se llenaron de sangre.

Maroto le envía un memorial muy valiente a su comandante en jefe y líder del mundo mundial por la Gracia de Dios. En dicho informe, reconoce que ha mandado fusilar a Guergué y a otros militares, y anuncia que «estoy resuelto, por la comprobación de un atentado sedicioso, para hacer lo mismo con otros varios, que procuraré su captura, sin miramiento a fuero ni a distinciones».

Este memorial pone a D. Carlos de los nervios. Realiza una proclama en la que declara traidor a Maroto. Tres días después, cuando comprueba que los que llevan armas y se baten el cobre pasan de su comandante en jefe como de deglutir deyecciones y están con Maroto, hace otra proclama en la que dice que no, que le ajunta. A este tipo de personajes nunca les ha preocupado ni poco ni mucho decir en la misma semana una cosa y su contraria. Al fin y al cabo, su Autoridad descendía directamente de Dios.

Los marotistas siguieron a D. Carlos hasta Tolosa y le exigieron que desterrase a los prohombres apostólicos, cosa que el pretendiente, cómo no, hizo. Los vascos hicieron pleno en el nuevo organigrama carlista: Zariátegui, jefe de Estado Mayor; De la Torre, jefe de las fuerzas en Vizcaya; Elio, en Navarra; Iturralde, en Guipúzcoa; y Urbiztondo, de la división castellana. A partir de ese momento, el final de la guerra carlista dejará de estar en manos de quien le da nombre, y pasa a estarlo de los vascos, quienes alcanzarán la paz a cambio de lo suyo.

En un principio, las negociaciones giran sobre tres puntos: los fueros, la conservación de los rangos de los militares carlistas, y alguna fórmula que salve los derechos dinásticos de D. Carlos. Es en este último punto en el que MC pone pies en pared.

Entonces Maroto intentó conseguir que Francia y/o Inglaterra le apoyasen en un proyecto de paz que, en esas condiciones, ni Madrid ni D. Carlos (bueno, éste menos que ninguno, pues estaba ya poco menos que a la orden) pudiesen rechazar. Los franceses de Luis Felipe apoyaron un acuerdo basado en los tres puntos de negociación, mediante el cual se conservaban los fueros, los rangos, y se hacía una especie de juego revuelto con la cuestión dinástica: tanto D. Carlos como María Cristina deberían salir de España, el primero renunciando al trono; aunque, a cambio, Isabel debería casarse con algún hijo del primero. Los ingleses, en cambio, no tragaron. La propuesta que le hicieron llegar a Maroto decía que sí en lo de los rangos, pero nada más. Establecía que D. Carlos debía pirarse de España (sólo él) y, en el caso de Vascongadas y Navarra, se mostraba partidaria de que conservasen sus privilegios «en cuanto sean compatibles con el sistema representativo de gobierno que ha sido adoptado por la España toda».

Probablemente, a Maroto lo que le pedía el cuerpo era mandar a la mierda a los ingleses. Pero, mientras leía su propuesta, en Navarra los apostólicos se amotinaron y, lo que es peor, en Vizcaya las tropas se negaron a cargar contra las fuerzas esparteristas. El personal estaba hasta los huevos de la guerra. Así las cosas, las negociaciones comenzaron a fructificar, más que nada porque los negociadores vasco-carlistas dejaron caer sin una lágrima la tercera condición (los derechos dinásticos de su teórico líder) de la lista que reivindicaciones irrenunciables.

D. Carlos reaccionó. Su reacción, por lo demás, conforma un episodio que le encanta a la historiografía vasca, y la verdad es que no me extraña. Se presenta en Elgueta, donde se concentran bastantes tropas carlistas, a las que formó y soltó una arenga antitransaccionista de la hueva. Cuando terminó, los soldados le saludaron... ¡con vivas a Maroto! Entonces el rey, cuenta la historia o, tal vez, la leyenda, fue informado por un asistente: «Señor, es que no hablan castellano». Hace que un general traduzca su arenga al euskera y las tropas, tras oírlo, saludan con el grito que entonces se hizo más común: «¡Pakea, pakea, pakea!».

Algunos días más tarde, y tras las últimas negociaciones en Oñate, Espartero redacta el famoso artículo 1 del armisticio que establece que «recomendará con interés al Gobierno el cumplimiento de su oferta de comprometerse formalmente a proponer a las Cortes la concesión o modificación de los Fueros». Es lo más lejos que puede llegar, pues en aquella España ya embrionariamente constitucional ni un general, ni siquiera una reina o su regente, podían garantizar una decisión que era competencia de las Cortes. Maroto, De la Torre, Urbiztondo y el resto de los transaccionistas lo saben; no hay más leche en esa ubre.

Los ejércitos se encuentran en Vergara, donde se da el famoso abrazo.

Es el final de la gran guerra vasca.