martes, junio 02, 2009

La mafia en sus orígenes (2): De don Ciccio Caccia a la «victoria» de Caserta

El odio entre la Mafia y el fascismo italiano es cosa bien conocida. Bugsy Siegel, por ejemplo, quería ir a Italia a matar a Mussolini. Y los mafiosos locales no le andaban a la zaga. La cosa tiene lógica. El fascismo es una ideología totalitaria, palabra que todo el mundo conoce pero cuyo significado quizá se escapa a veces. Totalitario quiere decir que aspiras a controlar hasta el último rincón de la existencia social. En todo quieres mandar. Quieres que todo el mundo, de alguna manera, te tenga que obeceder en algo. La Mafia, sin embargo, sólo se obedece a sí misma. Es su naturaleza. Por utilizar una frase típica de las pelis del oeste, Italia no era lo suficientemente grande como para albergar al mismo tiempo a Mussolini y a la Mafia.

En mayo de 1924, un triunfante don Benito, señor de Italia, visitó Sicilia. En un pueblo llamado Piana dei Greci fue recibido por un hombre más bien bajito llamado Ciccio Cuccia, que era el jefe de la Mafia local además de podestá del área (juez nombrado a dedo). Tras visitar el pequeño pueblo Mussolini sugirió una visita por las zonas rurales de alrededor. Los locales asintieron.

Cuando don Ciccio llegó al automóvil oficial de Mussolini y vio al pequeño ejército de policías que lo acompañaba de escolta, estalló en cólera. Se volvió hacia el Duce y le dijo, más o menos, que estando don Ciccio con él, no necesitaba ni un solo protector. Nadie se atrevería siquiera a mirarlo torvamente. Mussolini comprobó, alucinado, cómo los propios prebostes facistas locales aprobaban las palabras del podestá. Finalmente, tuvo que aceptar el trayecto sin un solo escolta.

Aquel pequeño viaje tuvo que ser humillante para un infatuado como Mussolini. Quizá fue la primera y única vez desde su llegada al poder y antes de su defenestración en que tuvo que asumir que no era el número uno. Para empezar, cuando entraba en su coche, don Ciccio se volvió y se limitó a decir:

- ¡El que toque a mi amigo Mussolini se las tendrá que ver conmigo y con los míos!

Y luego está lo peor. El mafioso se colocó de pie en el coche descubierto, junto al Duce, y correspondía con saludos y sonrisas a los vítores de la población al paso del vehículo.

De regreso a Roma, Mussolini cursó orden al prefecto de Palermo, Cesare Mori, de que detuviese a Ciccio Cuccia. En realidad, Mori no tenía ninguna gana de tocar la punta del pelo de un solo mafioso. Al fin y al cabo él gobernaba Sicilia y sabía bien que, vistiendo camisa negra, azul o mediopensionista, en Sicilia ni las hojas de los árboles se atrevían a caer en otoño sin permiso de su ziu correspondiente. Pero Mussolini debió de insistir mucho, especialmente después de que don Ciccio cometiese la humorada de ir a Roma, donde pretendía reunirse con su colega; así que le preparó una celada a su llegada de aquel viaje y, en lugar de conducirle a tomar un aperitivo como le prometió, lo llevó a la prisión palermitana de Ucciardione.

El encarcelamiento del capo de Partinico dio el pistoletazo de salida de una vasta campaña antiMafia llevada a cabo por Mori, que terminó de convencer a la Mafia de que el fascismo no era para ellos.

La estructura administrativa fascista era efectiva en la lucha contra la Mafia. En un país sin elecciones, los mafiosos no podían comprar políticos, pues éstos no dependían de ellos, sino de la jerarquía fascista, para llegar a ser diputados o gobernadores. Por lo demás, si la Mafia es violenta, los camisas negras no iban por la vida precisamente dando rociadas de lilimento. Mori comenzó a obtener bastantes éxitos con sus operaciones, lo cual lo instaló en la megalomanía. Una megalomanía que terminó por convencerle de que no había reto en el mundo, y muy especialmente en la Mafia, que fuese imposible para él.

Mori, por lo tanto, decidió jugar en la Champions League de la lucha contra el crimen organizado. Creyéndose el Lionel Messi de la Historia Policial, puso sus ojos en una muy poderosa familia mafiosa palermitana, los Madonie, dirigida por un conocido oculista de la ciudad, Alfredo Cucco, quien además era diputado en Roma. Aquella investigación, conforme fue profundizando, fue sacando a la luz la connivencia en negocios de los grandes capos de la Mafia, con conexiones en el Estado. Así pues, Superman Mori fue destituido sin ruido.

Durante los años de Mussolini, en todo caso, se crearía el gran tridente mafioso del que se beneficiarían los Estados Unidos una vez que entrasen en guerra. Ese triángulo estaba formado por: Calogero Vizzini, capo de Villalba y jefe in pectore de la Mafia siciliana; Charlie Lucky Luciano, co-constructor en Estados Unidos del sindicato del crimen; y Vito Genovese, otro miembro de la Cosa Nostra que en 1936 hubo de salir de EEUU y acabó en Italia, donde hizo muy buenas migas con el fascismo y, además, sirvió de enlace entre la Mafia y la Cosa Nostra.


Como diría Sofía Petrillo: Sicilia, 1943.

La segunda guerra mundial avanza. Todo el mundo sabe que en 1944 se produjo el desembarco de Normandía, pero antes se produjo otro hecho de igual o mayor importancia, que fue el desembarco aliado en el norte de África, que le creó un frente más a Hitler y que permitió a los aliados, fundamentalmente estadounidenses, atacar por el flanco más débil del Eje, que era Italia. Los aficionados a los shooter recordaréis algunas de las misiones de Call of Duty 1 y 2, sobre todo las de la Big Red One, tras el desembarco aliado en Sicilia.

El 7 de febrero de 1943, dos oficiales de la inteligencia militar americana visitaron la prisión de Dannemora, cerca de Canadá. Solicitaron ver al preso Charlie Lucky Luciano, que había sido condenado en 1936 a 50 años de prisión por delito fiscal. Querían pedir ayuda al jefe mafioso. Sabían que su organización controlaba los muelles de Nueva York, y tenían informaciones de que agentes proalemanes habían conseguido infiltrarse en los mismos con el objeto de sabotear los suministros para los aliados. Los soldados de Luciano debían identificarlos y señalarlos para que la policía se pudiera encargar de ellos.

Pero había más. Los militares americanos fueron enormemente transparentes con Luciano. Le ofrecieron el traslado a una prisión más confortable a Albany. Pero es que incluso le contaron algo que Roosevelt ni siquiera le había contado a su mujer Eleanor: lo planes secretos para desembarcar en Sicilia.

El mito dice que Luciano garantizó a los americanos la colaboración de los sicilianos. Mentira. El americano no podía garantizar tal cosa y los militares lo sabían. Lo que le pidieron aquella tarde a Luciano no fue la connivencia de los sicilianos, sino que se la pidiese a quien realmente podía proveerla: Calogero Vizzini, don Calo.

El 23 de abril, de madrugada, estos dos militares sacaron a Luciano de la cárcel, también vestido de militar, y lo trasladaron al norte de África. El 2 de mayo, los tres se metieron en un minisubmarino que buceó hasta las costas de Gela, en Sicilia. Desembarcaron de madrugada en una playa donde les esperaba uno de los pisciotti locales, que los llevó a Villalba.

Vizzini puso una sola condición al trato que Luciano le propuso: poder quedarse con las armas que encontrase por el camino. Los militares jamás hablaron directamente del tema con don Calo. Un patri ranni no discute asuntos de negocios con rifardu.

El mayor éxito de Vizzini lo consiguió en la noche del 15 de julio de 1943, en Agrigento. Allí estaba situada la 5ª División del III Ejército italiano, que tenía que defender el terreno del empuje aliado. Estaba al mando de un oficial alemán, el Oberleutenant Wolfgang Ross; y el coronel Milani, de sólidas creencias fascistas, condecorado con la Cruz de Hierro.

Cuando Ross se acercó por las posiciones de la división, el espectáculo que vio lo dejó helado. Traseros. Montones de traseros. Culos a medio desvestir, accionando en el silencio de la noche. Una división entera del ejército italiano se estaba desnudando (los americanos llamaron a esta operación secreta con el nombre en clave strip-tease). Tardó el alemán en darse cuenta de lo que pasaba: los soldados se estaban cambiando y poniendo ropa de paisano. No uno, ni dos, ni doscientos. Todos. Sin excepción. Se vestían de paisano y se susurraban: «volvemos a casa». 6.000 hombres habían decidido no luchar, le habían dado una mano de hostias a los oficiales que habían intentado meterlos en vereda y habían visto cómo el resto de la oficialidad, más pragmágtica, simple y llanamente se había largado. Teléfonos, telégrafos. Hasta el último puto aparato de la División había sido inutilizado.

Lo que Ross y Milani no lograban comprender era de dónde habían sacado 6.000 soldados ropa de paisano. Claro que nosotros sabemos la respuesta. Muy cerca de donde estaban, alguien había enviado una flota de ¡¡¡150 camiones!!! repletos de ropa; camiones que ahora estaban siendo cargados con las armas y municiones que los soldados tiraban.

Ambos, alemán e italiano, hicieron lo que un oficial debe hacer en estas circunstancias. Sacaron sus pistolas y amenazaron con matar a todo el que desertase. Pero, claro, cuando los desertores son 6.000, lo más normal que ocurra, y ocurrió, es que el que acabe en el suelo cosido a balazos seas tú. Así, pues, se produjo la victoria aliada de Caserta, en la que sólo hubo dos muertos: Ross y Milani.

La colaboración entre la Mafia y los Estados Unidos llegará lejos. Mucho más lejos.


Y me voy, que estoy haciendo el Be a Legend del PES 09 y ayer me fichó el Athletic de Bilbao. Voy a ver si me aplico, porque tengo la sensación de que se han enterado de que no soy vasco, y por eso no me pasan el balón. Aunque no debería de ser por eso, porque, al fin y al cabo, el portero del Athletic se llama... ¡¡¡Kawashima!!!

Nos vemos.