jueves, mayo 21, 2009

Los godos molan (2): Leovigildo

Leovigildo cuenta, como en parte insinuaba yo en mi anterior post sobre la materia, de muy buena prensa entre los godófilos españoles. Y, la verdad, no es para menos. La España que heredó Leovigildo tenía enormes extensiones de la misma cuyo control efectivo por parte de los godos se había perdido en tiempos del manirroto Atanagildo; zonas que vienen a coincidir, más o menos, con los actuales territorios de Orense, Asturias y Cantabria. No sólo recuperó Leovigildo terrenos ya perdidos, sino que logró expansionar los dominios mediante la anexión, para desgracia del nacionalismo gallego, del reino suevo de Galicia.

Además, mostró una importante preocupación por los hechos financieros, que siempre es de agradecer en un jefe de Estado. Hispania era entonces un cachondeo monetario, como correspondía a un país sin soberanía monetaria que funcionaba, fundamentalmente, mediante la circulación en su territorio de monedas bizantinas. Leovigildo impulsó emisiones propias que introdujeron alguna racionalidad en aquel caos. Además, Leovigildo procedió a revisar el código legal de Eurico, creando un corpus legal que rigió a los godos durante casi un siglo.

Las crónicas, además, nos pintan a un Leovigildo que es el primer rey propiamente dicho de la Historia española. Hasta entonces los godos, como corresponde a una monarquía electiva, tenían al rey como uno más de los nobles caballeros, así pues éste no se distinguía demasiado de sus pares. Leovigildo es el primer monarca que viste como un rey (esto es, diferente a los demás) y establece cierto protocolo cortesano.

Como caudillo militar, Leovigildo tuvo dos prioridades: el sur dominado por los bizantinos y el norte, no sólo Galicia como ya hemos comentado sino también el territorio que hoy conocemos como Comunidad Autónoma de Cantabria, en el que, con mucha probabilidad, un grupo de terratenientes hispanorromanos había montado un proyecto secesionista a lo Ibarretxe, sólo que sin referéndum, y que por las referencias que tenemos pudo ser solucionado por la vía ejecutiva por Leovigildo, el cual se habría pasado por la piedra a los dichos mandamases de origen latino.

Con todo, sus grandes acciones son su sofocamiento de la revuelta de Córdoba, que duraba desde Agila; así como la penetración en Galicia. En el año 575, y en una primera fase, Leovigildo invadió la provincia de Orense, donde hizo prisionero a su caudillo militar, un tal Aspidius. Luego penetró en el reino suevo, aunque ante las llamadas del rey Miro a la negociación, alcanzaría una paz con ellos. En el 577 abandonó el norte de la península, pero no es difícil imaginar que se fiaba de Miro más bien poco. Algún tiempo antes, cuando el godo estaba separando cabezas de cuerpo en Cantabria, Miro había enviado mensajes secretos al rey franco Gontrán para intentar una pinza antileovigilda; pero sus cartas habían sido interceptadas por Chilperico, general godo, así pues el rey las conocía.

Isidoro de Sevilla nos cuenta que Leovigildo gobernaba con el cuchillo de capar en la mano. Exilió y asesinó a todo noble que se le puso por delante y le dijo que no. Pero no son pocos los historiadores que tienden a justificarlo con la importancia de su labor, que no era otra que recuperar la cohesión geográfica del país. En diez años de reinado, básicamente, lo había conseguido.

Pero una guerra civil estaba a punto de estallar.


Leovigildo tuvo una primera mujer, de la que poco o nada sabemos, que le dio dos hijos: Hermenegildo y Recaredo. Se casaría una vez más, nada más ser asociado al trono por Liuva, con Goisunda, viuda de Atanagildo; pero no tuvieron hijos (aunque Goisunda, como ahora mismo veremos, sí que los tuvo con Atanagildo). Cuando murió Liuva y por lo tanto Leovigildo llegó a ser rey en solitario, asoció a sus hijos al trono.

En el año 579, y dentro de una típica operación follodiplomática, Hermenegildo se casó con una princesa franca, Ingundis, de religión católica, hija del rey Sigeberto I y de la reina Brunequilda, hija, a su vez, de Atanagildo. Lo cual hace a Ingundis nieta de la segunda mujer de Leovigildo, Goisunda, y, por lo tanto, nos lleva a la extraña conclusión de que el rey godo casó a uno de sus hijos con su nieta; con lo que, de haber tenido Hemegi e Ingun algún hijo, habría sido, a la vez, nieto y bisnieto del rey.

En el viaje hacia España, Ingundis paró en una ciudad de la actual Francia, llamada Agde, que tenía un obispo católico, Fronimius, que era un ultrasur de la religión. El cura se pasó días dándole la brasa a la novia sobre lo cabrones que eran los arrianos y asegurándole que la obligarían a abjurar de sus creencias y, consecuentemente, la condenarían. Ingundis tenía entonces 12 años y pertenecía a una clara estirpe de princesas francas católicas, de las que ya hemos visto especímenes en estas notas. Por la dicha razón, cuando llegó a España chocó rápidamente con su abuela Goisunda, que intentó atraerla hacia el arrianismo. Goisunda, que era de armas tomar, la tiró del pelo, la agredió, la pateó en el suelo y ordenó que la desnudaran y la metieran en estanques de agua fría. Pero la Historia nos demuestra que lo peor que se puede hacer con un católico es putearlo. Ingundis no movió su fe ni un milímetro.

Leovigildo tomó la decisión de ordenar a Hermenegildo que se estableciese en Sevilla, quizá para poner a Ingundis lejos de las aviesas intenciones de Goisunda. Una vez en la ciudad hispalense, la mujer y un monje llamado Leandro con el que se asoció se aplicaron a convertir a Hermenegildo al catolicismo. Tras unas primeras reticencias, Herme acabó por caer y convertirse.

Leovigildo no podía consentir eso. El arrianismo no era exactamente la religión nacional de la España goda, pero de ahí a permitir que un príncipe asociado al trono fuese abiertamente católico mediaba un trecho. Tras negociaciones y amenazas, Hermenegildo decidió desafectarse y buscar alianzas, que encontró fácilmente (estaba en el sur, en Sevilla) entre los bizantinos.

Hermenegildo se declaró rey en Sevilla y abrió una guerra civil de godos contra godos en la que, sin embargo, no parece que estuviese muy seguro de sus medios, pues durante todo el tiempo que duró, ni siquiera cuando en el 581 Leovigildo estuvo en guerra contra los vascos, intentó tomar Toledo. En realidad, durante el principio de la rebelión es más que probable que Leovigildo estuviese más preocupado por los vascos, los cuales podrían haber llegado incluso hasta Rosas, que en los ejércitos de su hijo, lo cual sugiere que la rebelión pudo tener escaso apoyo social. Fue en el 582 cuando Leovigildo pudo volver sus lanzas hacia el sur. Tomó Mérida, que entonces era capital de la Lusitania y, al año siguiente, avanzó hacia Sevilla.

En ese momento apareció el dudoso Miro el suevo en escena, probablemente tratando de obtener ganancia del caos. Pero midió mal sus pasos, porque Leovigildo le dio una mano de capones y le obligó a asociarse a su causa, con lo que la única ayuda de Hermenegildo quedó de lado bizantino. Sin embargo, Leovigildo maniobró por su cuenta y los sobornó. De modo y forma que, cuando Hermenegildo presentó batalla a las afueras de Sevilla, se encontró con la sorpresa desagradable de que sus aliados bizantinos, de repente, lo dejaban solo. En el verano del 583, Leovigildo tomó Sevilla y Hermenegildo salió por patas.

Recaredo, el otro hermano, persiguió a Hermenegildo hasta Córdoba, donde lo alcanzó y lo obligó a buscar refugio en una iglesia. El hermano entró y le convenció de que se entregase a su padre. Hermenegildo se postró a los pies de Leovigildo y pidió perdón. Su padre le alzó y le besó, pero acto seguido lo desterró a Valencia primero y luego, a Tarragona, donde acabó asesinado, en el 585, por un tal Sisberto. Teniendo en cuenta que para entonces Hermenegildo ya representaba bien poca cosa, es al menos mi opinión que ese asesinato pudo ser de encargo. De hecho, el cronista Gregorio de Tours da por hecho que fue orden del padre. Según algunas fuentes, Leovigildo habría ordenado matar a su hijo después de que éste le diese una mano de hostias a un obispo arriano que el rey había enviado para re-convertirlo.

Miro el capullete suevo había muerto en el 582, siendo sucedido por su hijo Eborico. Eborico se apresuró a negociar una paz con Leovigildo y éste a firmarla. Pero dos años después Audeca, hermano de Eborico, le hizo un golpe de Estado suevo y lo echó del trono. Hasta se casó con la mujer de su hermano, Sisegutia. Por alguna razón que no está del todo clara (quizá tuvo alguna información que se nos ha perdido), Leovigildo reaccionó a la subida al poder de Audeca abriendo una campaña para invadir Suevia. Entró en el país a sangre y fuego y prendió a Audeca, para el cual reservó el mismo destino que éste le había impuesto a su hermano Eborico: lo tonsuró y convirtió en monje de un monasterio en el culo del mundo. De esta manera, y hasta el día presente, Leovigildo incorporó Galicia como provincia española; ello a pesar de una fracasada rebelión galleguista, dirigida por un tal Malarico.

En toda esta historia hay un personaje que apenas ha aparecido: Recaredo. Recaredo hace la guerra para su padre, recorre un país quebrado por la guerra civil, contempla las expeditivas actuaciones de su padre, a quien no le temblaba la mano ante nadie y ante nada. Y cabe imaginar que se da cuenta de que todo eso, en el fondo, ocurre por una sola cosa, que es la diferencia de religión.

Todo lo que digamos de Recaredo es pura teoría. Las fuentes son pocas y por lo tanto el espacio para la especulación, anchísimo. Pero yo siempre he imaginado a este Recaredo joven, general de Leovigildo, viendo como Hispania se debate en frontales enfrentamientos religiosos, y se dice: esto no puede seguir así. Levanta la vista, mira a su alrededor, y se da cuenta de que el catolicismo está triunfando en Europa y el papado romano es cada vez más importante.

Por eso Recaredo, algún día del final del siglo VI, comienza batir dentro de su cabeza una idea. Una idea tan duradera que, en realidad, durará más o menos hasta que, en 1869, una Constitución española declare la neutralidad del Estado frente a la religión. Una idea, también, bastante genial a la hora de procurar unidad a esta Hispania siempre proclive a la ruptura.

España estaba a punto de empezar a ser católica.

Continuará, obviously.