domingo, mayo 24, 2009

Los godos molan (3): Recaredo

La religión y la política, o si lo preferís la religión y la guerra, siempre han estado íntimamente unidas, y lo siguen estando. Discutiríamos eternamente sobre si la guerra se esconde detrás de la religión o es la religión la que se esconde detrás de la guerra; pero desde un punto de vista práctico, la verdad es que la diferencia no existe en el terreno de los resultados.

Si hay dos cosas que cohesionan a los pueblos que lo vas flipando, esas cosas son la lengua y la religión. La mayor parte de las personas que son algo (armenios, mongoles, españoles, vascos, uzbekos) están dispuestas a soportar que su pueblo sea agredido de diversas maneras; pero colocan la barrera infranqueable en la discriminación de su idioma y/o la negación de sus creencias. En este mundo moderno y en esta esquina del mundo, que se ha vuelto más bien laica (o, cuando menos, está en el mayor punto de laicidad de su Historia conocida) quizá sea difícil de ver, pero lo cierto es que la religión es uno de los cementos más sólidos a la hora de unir a los hombres bajo un nombre común que designe a una nación, un pueblo, o una raza.

Las religiones, por lo común, se basan en la existencia de un misterio. Por misterio hemos de entender algo imposible o difícilmente aprehensible que hace necesario el concurso de un intermediario experto. El cristianismo tiene a los sacerdotes, el budismo a los lamas y los rimpochés, el musulmanismo a los muftíes... en general, toda religión tiene presbíteros que cumplen ese papel de intérpretes que aprovechan su relativa mayor cercanía con la divinidad.
En el caso del cristianismo, y sobre todo del catolicismo, este elemento primario, que como digo está en todas las religiones pues todas las religiones tienen sacerdotes o sacerdotoides, se lleva a un extremo bastante alto. El catolicismo rechaza la libre interpretación de los mensajes de Dios y crea una institución, que es la Iglesia, la cual interpreta dicho mensaje y debe ser seguida por los creyentes en dicha interpretación. Pero la interpretación católica de las Escrituras y del mensaje de Dios es sólo una más; la básicamente prevalente hasta Lutero, pero una más. Los primeros tiempos del cristianismo, sus primeros diez o quince siglos, fueron el vivero de muchas y muy diferentes interpretaciones de esa realidad, la mayoría de las cuales son conocidas hoy con el sustantivo que desde Roma se les impuso: herejías, lo cual quiere decir doctrinas desviadas de la verdad católica (y atacables por ello).

La mayor parte de los problemas doctrinales surgidos en el seno del cristianismo durante la Edad Media tiene que ver con la Trinidad (a secas; sin Jiménez). La Trinidad es una formulación misteriosa de la existencia de Dios, un monoteísmo matizado, de difícil comprensión desde análisis simples. Siempre he pensado que esto, y no otra cosa, es lo que buscó la Iglesia de Roma con su desarrollo. Cuanto más compleja (se podría decir: más gnóstica) la teoría, mejor: eso reclamaría mayores dosis de liderazgo por parte de la propia Iglesia, como intérprete de esa verdad.

La Trinidad dio en aquellos tiempos para discusiones interminables (bizantinas, en buena medida) sobre la naturaleza del Hijo y del Espíritu Santo; sobre el tipo de voluntad de Jesucristo, humana o divina; sobre la calidad de su sufrimiento. Un curso de teología hereje sería complejo y aburrido. Pero, así, en términos muy gruesos, se puede decir que el primer gran enfrentamiento en torno al concepto de la Trinidad, es decir el momento en el que el monoteísmo judío se hace gentil de la mano de Pablo de Tarso y hace sitio cuando menos a un segundo inquilino, el Cristo; el primer gran enfrentamiento, digo, es si Jesucristo es igual que su padre, si es distinto, qué era cuando estuvo en la Tierra, y qué es ahora mismo.

La Iglesia católica defiende una visión que es bastante complicada de explicar. Está en el Credo que cualquier católico reza los fines de semana en voz alta. Jesucristo es el hijo único de Dios, de su misma naturaleza, engendrado y no creado. Lo cual viene a querer decir que Jesús es y no es el Padre, así pues ambos, y el Espíritu Santo, de alguna forma son y no son lo mismo. Siempre he pensado que en el desarrollo de toda esta historia tuvo que participar un huevo de obispos gallegos.

Los godos, de origen germánico, son cristianizados más tardíamente que los latinos. Por lo demás, cuando comienzan a expandirse hacia el sur, radicándose en terrenos del imperio romano, enrolándose en su ejército y vendiéndoles pan por las mañanas (pues ésta es la invasión goda; quien se imagine a tipos con cuernos en los cascos ganando batallas, yerra en lo fundamental), se encuentran con una organización fuertemente nacionalista a la que le cuesta considerar a esos tipos rubios, altos y que hablan tan fuerte como unos romanos más. A mi modo de ver, fueron los romanos los primeros que hicieron que los godos se sintieran godos. Así las cosas, cuando el imperio se fue a la mierda y los godos dominaron el cotarro, siguieron sintiéndose distintos de los romanos.

Ese desarrollo propio también se llevó a las ideas religiosas. Muchos godos, y entre ellos los visigodos que acabaron sentando el culo en España, eran seguidores de Arrio, un teórico para el cual el Hijo desde luego merecía la atención de los cristianos, pero no al mismo nivel que el padre, pues uno era Dios y el otro, no. El arrianismo siempre me ha parecido a mí como una versión más sencilla del cristianismo, sin tantas complicaciones teóricas. Hay un Padre, hay un Hijo, y el Padre es más que el Hijo. El Padre elije al Hijo y, por lo tanto, el Hijo no es Dios.

Arrianismo y catolicismo son ambos creencias cristianas que, probablemente, no tenían por qué tener muchas dificultades para vivir juntas. Sin embargo, para entender su enfrentamiento en la España visigoda, hay que comprender el concepto fundamental de que aquél era un país en el que vivían dos pueblos. Los visigodos, que dominaron a los hispanorromanos, se quedaron con parte de sus tierras, pero no los sometieron, puesto que los necesitaban para que el país funcionase. Aún así, establecieron dos códigos de leyes distintos, uno para godos y otro para latinos, y consecuentemente instituciones propias para cada pueblo. En este entorno, es lógico que cada uno conservase su religión.

No se puede hablar, sin embargo, de que la España arriana fuese agobiante a la hora de imponerse al catolicismo. Los católicos, en los tiempos de Leovigildo y los reyes anteriores, podían fundar iglesias y monasterios con entera libertad (libertad que se apresuraron a negar a los arrianos tras la conversión de Recaredo). Podían escribir y difundir libros sin problemas (o sea, no fueron los arrianos los que inventaron el Índice de libros prohibidos; serían los católicos). Se dan casos como el del obispo Masona de Mérida, en su día desterrado por Leovigildo, a quien en su destierro se le permitió escribirse libremente con el Papa. De hecho, cuando los católicos empezaron a ejercitar su inveterada tendencia a ir a por los que no concebían las cosas como ellos, cosa que ocurrió con el priscilianismo, la nación arriana les dejó llevar a cabo esa lucha.

La principal presión arriana era social. Si un visigodo se convertía al catolicismo, el trato que recibía era de haber dejado de ser godo para pasar a ser un latino.

Recaredo sucedió a su padre Leovigildo en algún momento de la primavera del 586. Su acceso al trono fue hasta cierto punto un suceso, pues conviene recordar que la monarquía goda no era hereditaria; así pues, que Leovigildo hubiese sido rey no tenía significado alguno para que Recaredo lo fuese también. En todo caso, Recaredo heredó varios ingredientes claros.

Heredó, en primer lugar, una guerra civil reciente, en la que las posiciones se habían radicalizado; entre otras cosas, en sus últimos años Leovigildo había extremado su política anticatólica, aunque esta afirmación hoy parece una coña teniendo en cuenta que su represión de los católicos se hizo, que sepamos, sin tocarles un pelo, mucho menos quemándolos a centenares en las plazas.

La segunda cosa que heredó Recaredo fue el conflicto con los francos, muy especialmente con Childeberto, a cuenta de las brutalidades cometidas por su madrastra Goisunda contra la joven Ingundis, hermana de Childi. Recaredo envió emisarios inmediatamente a la corte de Childeberto para ofrecer la paz. Éste aceptó. De esa manera, los visigodos se aseguraban no tener problemas con dos de los reyes francos, pues con Chilperico no tenían problemas. Sin embargo, el que se negó siquiera a recibir a los embajadores españoles fue Gontrán. No sólo eso, sino que la frontera entre su nación y la Septimania (la región comprensiva de Narbona, Nimes, etc.) quedó cerrada.

Todo hace indicar que los movimientos de Recaredo en el inicio de su reinado tienen como objetivo primario evitar una guerra con los francos. Entre otras cosas, ordenó la ejecución de Sisberto, el asesino de su hermano Hermenegildo; gesto que ganó para él, definitivamente, la neutralidad de Childeberto (bueno; en realidad, al gesto se unió también un montón de pasta). Recaredo incluso se ofreció para casarse con otra hermana de Childeberto, Clodosinda. La boda con Clodosinda, sin embargo, sólo era posible con el consentimiento de Gontrán (asimismo, tío carnal tanto de Ingundis como de la propia Clodosinda), que se negaba. Gontrán argumentó, no sin razón, que no podía enviar a su sobrina a vivir en un país donde su otra sobrina había sido en tal modo maltratada.

Sin embargo, Childeberto acabó accediendo a la boda. Y lo hizo por una razón que registra la documentación de la época: porque Recaredo se había convertido al catolicismo.

Todo parece indicar, por lo tanto, que el movimiento de Recaredo fue un movimiento en parte provocado por la política exterior. Como ya he dicho, cuando menos en mi imaginación, Recaredo se me aparece como un rey muy consciente de la levedad de su mandato, pues entre los godos las sucesiones carnales en el trono no eran comunes; decidido a no buscar soluciones parciales o parches que apenas permitan tirar unos años; y notable analista exterior, por lo que se dio perfecta cuenta de que, en saliendo de España, en aquella Europa ya no ibas a ningún sitio diciendo que eras arriano, pues el Concilio de Nicea había ganado clarísimamente la partida. La conversión de Recaredo, que estaba destinada a marcarnos a los españoles como tales durante siglos, fue, en mi opinión, un movimiento de paz.

En el 589, Gontrán atacó la Septimania. Pero el jefe político de la región, un latino llamado Claudio, le metió tal mano de hostias en la batalla del río Aude, cerca de Carcasona, que en el campo de batalla quedaron 5.000 cadáveres francos.

Fue a inicios del 587 que Recaredo se hizo católico y fue bautizado en secreto. Según el Papa Gregorio I, en dicha conversión habría participado Leandro, el mismo sacerdote sevillano que había convertido a su hermano Hermenegildo.

Se convocó un concilio para resolver el conflicto entre arrianos y católicos, el conocido como III concilio de Toledo; pero, de todas formas, antes de que comenzase, las propiedades arrianas ya habían sido entragadas a los católicos, así pues el resultado estaba cantado. En mayo del 589 comenzaron las sesiones. El concilio declaró anatema la negación de que Jesucristo hubiese sido engendrado por Dios Padre y que fuese de su misma naturaleza, así como a quien le negase la misma naturaleza que a ambos al Espíritu Santo.

En sus inicios, de todas formas, la conversión de España al catolicismo no fue demasiado impuesta; lo cual, en mi opinión, es bastante coherente con el carácter que se adivina en Recaredo por algunos de sus actos. Las actas del concilio toledano son especialmente etéreas en lo que se refiere a quienes han sido arrianos. Como ejemplo, la Iglesia tardó casi medio siglo en dictaminar que los nacidos en la fe arriana no podían ser obispos, en lo que parece una clara evidencia de que, durante los primeros años en los que el catolicismo fue la religión nacional, una medida así o no habría sido eficiencia o no habría sido permitida por el rey. De hecho, en el III concilio de Toledo sólo cuatro obispos godos abjuraron del arrianismo.

Hubo resitencia, y mucha.

En Mérida, el obispo arriano Sunna, junto con sus amigos Segga y Vagrila, parece ser que organizaron una movida para apiolarse a Masona, el obispo católico. Cuando menos Segga pagó la cosa muy cara, pues Recaredo le cortó las manos. Por cierto, que el rey se enteró de la historia por una delación de Witerico; el cual, curiosas putadas de la Historia, acabaría siendo rey después de cargarse... al hijo de Recaredo.

Más seria parece haber sido la conspiración liderada por la siempre inquieta y tocacojones Goisunda, la cual se alió con el obispo arriano Uldila para derrocar al rey. Se descubrió todo y Uldila fue desterrado mientras que Goisunda murió poco después, no sabemos si de muerte natural (lo cual es bastante lógico).

La tercera rebelión se produjo en la Septimania. Allí, el obispo arriano Athaloc y los nobles Granista y Wildigerno se alzaron en armas contra Recaredo por la conversión, y no tuvieron problema en solicitar el apoyo del rey Gontrán (católico). No obstante Claudio volvió a ganarles otra vez como ya hiciera en Carcasona.

La cuarta movida fue impulsada por el noble Argimundo, y buscaba destronar a Recaredo. Tras desmontarse la traición, Argimundo fue decalvado y se le cortó la mano derecha.

En todo caso, lo más importante es que, con la conversión de Recaredo y sobre todo el III concilio toledano, el panorama de la permisividad religiosa entre cristianos cambia radicalmente; aunque, por lo que os acabo de contar, es racional pensar que la radicalización arriana tal vez tuvo algo que ver en ello.

Si hasta entonces los arrianos habían permitido la fe católica en su seno, como he dicho sobre todo impulsados por la consciencia de que era la preferida de medio país, con la conversión de Recaredo las cosas cambian. Se inicia la muy hispana tradición de la quema de libros que dicen cosas que a uno no le gustan, que a juzgar por los resultados debió ser masiva. Se inició también la costumbre de vedar puestos, por ejemplo en la función pública, a los arrianos. Y se inició la también inveterada costumbre de las conversiones forzosas.

Una última cosa queda clara del movimiento de Recaredo. Este rey godo inició, en el terreno jurídico, una tendencia a la que acabaría por poner la guinda, algunas décadas después, Recesvinto: la unificación jurídica entre godos e hispanorromanos. Por lo tanto, es más que racional pensar y sostener que la conversión de España tuvo mucho que ver con el intento de este rey por conseguir tener un solo pueblo bajo su corona. Desde Recaredo, las diferencias entre godos e hispanorromanos comenzarán a desdibujarse, y colocarlos bajo un mismo palio religioso es un primer e importante paso en ese camino.

Recaredo murió en diciembre del 601 y fue sucedido por su hijo, Liuva II. Pero al año y medio de reinar, teniendo aún veinte años, Witerico, como ya hemos dicho, conspiró, lo derrocó y le cortó la mano derecha (el rey no podía ser manco), e, incluso, unos meses después se lo cargó.

De Witerico sabemos que es el último rey godo que intenta llegar a un acuerdo permanente con los francos. Teoderico II de Borgoña le ofreció casarse con Ermenberga, hija de Witerico y con un nombre, la verdad, que al menos en su segunda mitad suena hoy, digamos, poco femenino. Witerico accedió y envió a Ermenilla a Francia al casamiento. Pero mientras llegaba, a Teoderico la vieja Brunequilda y su propia hermana, Teudila, le predispusieron en contra de la candidata, por lo que el borgoñón deshizo la boda (pero que se quedó con la pasta de la dote; muy francés esto). A partir de ahí, los reyes godos tuvieron claro que no tenían nada que ganar en alianzas con los francos. Quizá les hubiera dado un escalofrío de saber que la tierra que gobernaban acabaría siéndolo por una dinastía de tal origen.

A Witerico lo mataron en un banquete y fue sucedido por Gundemaro. De él sabemos que era muy religioso y que asoló la comunidad autónoma de Euskadi (aunque ambos elementos no están en modo alguno relacionados, que yo sepa). Murió en el 612 y fue sucedido por el muy, muy piadoso Sisebuto. El cual comenzaría otra costumbre inveteradamente española: la persecución de los judíos.

A bientôt.