lunes, abril 06, 2009

Hess (y3)

Para cuando Spandau se quedó sólo con tres inquilinos, Baldur von Schirach tenía ya 50 años, Albert Speer 52 y Rudolf Hess, 63. Para Hess, este trío se convertía prácticamente en un dúo puesto que sus relaciones con Schirach, sin llegar a ser imposibles, tampoco eran gran cosa; Hess lo odiaba. Von Schirach tenía un carácter totalmente opuesto al de Hess. Si el antiguo lugarteniente de Hitler había nacido para el servicio a alguien, intelectualmente hablando, para la dependencia respecto del un líder, a Von Schirach le gustaba decir que no veía a nadie por encima de él y, añadía inmediatamente, ese «nadie» incluía a Hitler. Si alguna vez hizo esa afirmación delante de Hess, cosa que no sabemos, con seguridad su compañero de prisión no la aceptó con facilidad.

La semisoledad a la que se vieron sometidos los únicos tres inquilinos de Spandau intensificó las paranoias de Hess, quien repetía y repetía que estaba muy enfermo; los médicos de Spandau tomaron la costumbre de ponerle a veces inyecciones de agua destilada, tras muchas de las cuales el «enfermo» «mejoró». Aún así, en noviembre de 1959, Hess perdió más de diez kilos en una semana y llegó a pesar 45 kilos y medio. No era una evolución normal, desde luego, y el guardian jefe americano Wally Chisholm así lo hizo saber en un informe. No obstante, sus preocupaciones llegaron tarde. El 26 de noviembre de 1959, al entrar en la celda de Hess, el guardián francés Morell se lo encontró en la cama, con la manta y las sábanas empapadas de sangre, y una herida en la muñeca que se había hecho con un cristal de sus gafas. No obstante, cabe señalar que hubo guardianes, como el propio Morell, que se negaron a considerar aquello una tentativa de suicidio, sino más bien una forma de llamar la atención. De hecho, cuando se le estaba cosiendo la herida, Hess prometió débilmente que volvería a comer, pero el hecho es que cumplió su promesa, inmediatamente y con voracidad. Tal vez sea cierto que, simplemente, consideró que había conseguido llamar la atención como pretendía.

El 25 de enero de 1965, mientras paseaba entre la nieve, la retina del ojo derecho de Baldur von Schirach se desprendió. El accidente oftalmológico provocó un agrio debate entre los guardianes de Spandau, pues, en general, las potencias occidentales consideraban que había que trasladar al preso a un hospital, cosa a la que los soviéticos se negaban. Sin embargo, el acuerdo fue, finalmente, que se le trasladaría al hospital militar británico de Berlín.

Fue más o menos en aquella época cuando los guardianes de Spandau encontraron a una mujer tratando de encaramarse a un árbol junto al muro de la cárcel, cerca de la celda de Von Schirach. Se trataba de Karine Stein, una mujer que decía estar perdidamente enamorada de él (aunque no se conocían).

Un nuevo obstáculo apareció en la negociación entre las potencias. A mediados de los sesenta, algunos de los oftalmólogos más avanzados del mundo comenzaban a realizar la coagulación con láser. De hecho había un doctor que podía realizar la operación... pero era alemán. Von Schirach informó de que comenzaba a tener síntomas preocupantes en su ojo izquierdo y el oftalmólogo americano confirmó que la cosa iba mal. Pero, aún así, los soviéticos se negaron de nuevo a la operación; las normas eran claras al establecer que sólo los médicos de las cuatro potencias podían tratar a los prisioneros. Finalmente, acabaron cediendo y aceptando que el prisionero fuese tratado en Berlín por alemanes. El día que fue llevado Von Schirach al hospital, una presunta doctora con bata blanca y fonendo se le acercó y le dio una nota. Era Karen Stein. Le ofrecía sus ojos.

Si Hess nunca había dado demasiadas pruebas de estar en sus cabales, en 1965 daba ya la impresión de estar perdiendo un poco la noción de las cosas. Llevaba en Spandau 18 años durante los cuales no había recibido la visita de su familia porque se había negado. Tanto Von Schirach como Speer trataban de convencerlo de lo contrario, pensando que la visita de su familia contribuiría a mejorar su estabilidad emocional. Pero Hess se negaba de forma exasperante. Una vez dijo que sí, pero luego no hizo la solicitud. Cuando Schirach le preguntó por qué, argumentó que su hijo no había sacado buenas notas en los exámenes. Semanas después, y ante la presión, se avino a pedir una visita de su abogado, Sedl, ante el que se quejó de la lentitud de su familia a la hora de enviarle libros y de que su suegra no le habría agradecido una tarjeta de cumpleaños que él le había enviado. Todo este aislamiento le llevaba a no tener ningún tipo de válvula de escape, algo muy necesario en una situación como la que tenían aquellos viejos nazis. Von Schirach tenía las visitas de su hijo y, sobre todo, se tenía a sí mismo. Albert Speer era un lector compulsivo (como Hess) y también se desfogaba trabajando en el jardín de la prisión y caminando interminables paseos por el patio, que identificaba con etapas reales. Estaba dando la vuelta al mundo, una vuelta real en lo que a número de pasos se refiere. En 1965 decía ir por Alaska y asaeteaba a los guardianes para que le informaran del clima y aspecto que tenía cada territorio en el momento que él lo «visitaba».

La medianoche del 3 de septiembre de 1966, Baldur von Schirach y Albert Speer cumplieron sus condenas. A la salida de Von Shirach tuvieron que sacar a Karen Stein en una ambulancia.

Dos semanas después de quedarse solo en Spandau, Hess cayó en una depresión y dejó de comer. Tampoco quería levantarse de la cama. Llevaba mucho tiempo ya rebajado de la obligación de trabajar en el jardín, así pues, en realidad, no tenía nada que hacer. Pero, una vez más, y como había pasado muchas veces, con la misma rapidez que había dejado de comer, volvió a hacerlo.

Las depresiones, no obstante, volvieron. En los monólogos de Hess comenzó a tomar protagonismo el asunto de su libertad. El lugarteniente de Hitler se veía claramente discriminado tras la marcha de sus otros compañeros de cautiverio. Habían pasado 21 largos años desde el día en que Adolf Hitler se había metido el cañón de una pistola en la boca y había accionado el gatillo. Por medio, habían llegado la bomba atómica, la guerra fría, los Beatles, Fidel Castro, Corea, Vietnam... Hess estaba bien informado y sabía que él era el único condenado a cadena perpetua tras la segunda guerra mundial que seguía en el maco.

Y, verdaderamente, aún flota por ahí, de alguna manera, la pregunta de por qué quienes no quisieron, o no pudieron, olvidar, preferentemente los soviéticos, fueron a elegir a Hess. En su contra jugaron, probablemente, su longevidad, sus condiciones de salud relativamente buenas (por mucho que él insistiese en lo de los envenenamientos) y su cercanía a Hitler. Razones demasiado poderosas para ser contrapesadas por otras, como que el real papel de Hess en los crímenes nazis fue insulso, incluso inexistente muchas veces, y que en la estructura del poder real del NSDAP, en realidad, él estaba en una tercera o cuarta fila.

La URSS necesitaba recordar, por muchas razones. Algunas reprochables, como las ligadas a la propia dinámica política interior. Otras, más comprensibles. Es posible que la URSS sea el país más devastado por una guerra de la Historia. La lista de daños es muy larga: 20 millones de muertos; 15 grandes ciudades total o parcialmente destruidas; 1.710 ciudades de tamaño medio y 70.000 pueblos y aldeas; 6 millones de edificios derrumbados o quemados; 31.850 industrias destruidas; 65.000 kilómetros de vía férrea inutilizados; 4.100 estaciones de tren destruidas; 36.000 oficinas postales; 56.000 millas de autopistas y vías rápidas; 90.000 puentes; 10.000 instalaciones eléctricas; 1.135 minas de carbón; 3.000 pozos de petróleo; 98.000 granjas saqueadas; 7 millones de caballos sacrificados; 17 millones de cabezas de ganado bovino; 27 millones de ovino y caprino; 110 millones de pollos; 40.000 hospitales y centros de salud destruidos, 84.000 escuelas, 43.000 bibliotecas (donde se destruyeron 110 millones de libros); 44.000 teatros, 427 museos y 2.800 iglesias.

Toda esa carga residía ya, únicamente, sobre los hombros del anciano Rudolf Hess.

Los aliados eran más proclives a la idea de liberarlo. Pero la liberación nunca se produjo.

Hess se hizo amigo de los pájaros. Los alimentaba de migas y se entretenía mirándolos. Incluso hubo, al parecer, unos patos que tomaron la costumbre de ir allí una nidificar una vez al año.

En 1969, un manifiesto, firmado por unos 800 intelectuales europeos, vio la luz solicitando la libertad de Hess. En noviembre de 1969 tuvo una crisis intestinal que obligó a llevarlo al hospital británico. Fue su primera salida desde 1947. Hess, en un signo más de su intrincada personalidad, no quería ir. Decía que tenía miedo. Así pues, es probable que siguiese creyendo que lo querían envenenar (eso sin preguntarse por qué no lo habían conseguido en 22 años).

En su estancia en el hospital, donde se le descubrió una úlcera de duodeno y otra perforación que había sanado sola, Hess creyó morir. Esto lo cambió, de alguna manera, para siempre. En las navidades de aquel año, inesperadamente, tomó una decisión de la que ya nadie le creía capaz: solicitó ver a su mujer y a su hijo. La estancia en el hospital británico le hizo mucho bien. En enero de 1970, por ejemplo, le dejaron ver la televisión por primera vez en su vida. La primera imagen quer apareció fue la de una chica anunciando un sostén.

A pesar de que no fueron pocas las ilusiones que se hicieron de que Hess no volvería a Spandau, lo hizo. El 13 de marzo de 1970. No volvió a su celda de siempre, sino a la capilla, más espaciosa, donde se le instaló una cama de hospital. Asimismo, su régimen cambió por otro más vigilado por los médicos, y no sólo por los guardianes. Aquellos meses tras la vuelta a Spandau, se obsesionó con el viaje a la Luna, asunto sobre el que devoraba libros y artículos.

Algún tiempo después, Hess enfermó de Parkinson. Las noticias de su progresivo deterioro físico y mental traspasaron con facilidad los muros de Spandau y las gestiones para su liberación por razones humanitarias, constantemente enervadas por su familia, fueron muchas. Pero nunca llegaron a ningún resultado. Resulta difícil saber si pensó hasta el final que podía ser liberado; es probable que fuese así, aunque esos pensamientos ocuparían su cabeza por temporadas, pues el cerebro y la voluntad de Hess, como hemos visto en estas notas, iba y venía constantemente.

El hombre que tantas veces había anunciado y temido su muerte falleció, sin embargo, repentinamente. El 17 de agosto de 1987, a los 93 años de edad. Hay quien dice que se murió en el cortacabeza de su libertad, pues para entonces en la URSS las cosas estaban cambiando muy rápidamente y no era en modo alguno descabellado imaginar que Gorvachov diese su brazo a torcer en el asunto. Se dijo que se había suicidado por autoestrangulamiento, algo muy difícil de creer.

Rudolf Hess murió 15.449 días después que su maestro y mentor, Adolf Hitler. Y 16.900 días después del último día que pasó en libertad, en la carlinga de un avión, vestido con unas ropas que le acompañaron a Spandau y pasaron todo ese tiempo muy cerca de él. En un día como hoy, apenas han pasado 7.900 días desde la muerte de Hess, lo cual nos da la medida de lo prolongado de su prisión.

Una agonía tan larga ha construido el mito a su alrededor. Se dice, yo lo he leído en muchos sitios, que Hess era uno de los pocos jerifaltes nazis que tuteaban a Hitler. Es falso, si hemos de creer a alguien tan cercano al Führer como Speer. Los únicos que lo trataban de tú eran Eva Braun, Ernst Röhm, Julius Streicher, Christian Weber y Herman Esser (y, quizá, Geli Raubal, pero eso Speer no podía saberlo y Hitler, seguro, no se lo contó, porque nunca hablaba de ella). Hess, probablemente, no era tan importante como se quiere hacer creer.

Todo lo que hizo fue vivir. Vivir lo suficiente como para poder ser el símbolo viviente del nazismo; un trauma que, probablemente, no murió hasta que él no exhaló su último suspiro.


Una cosa que inquieta. En una de las muchas revisiones de valoración que se realizaron a Hess en Spandau se le pidió que dibujase a un hombre. Hess dibujó una silueta perfectamente definida pero, al dibujar la cabeza, pintó un círculo en blanco. Sólo cuando el psicólogo le preguntó por qué dejaba el rostro en blanco, pintó unos rasgos dentro del círculo.

Siempre me he preguntado, y supongo que siempre me preguntaré, qué significado puede tener una reacción así.