domingo, julio 27, 2008

De cómo un Cid británico le hizo una llave de judo a Franco

No he tenido la suerte de pisar Huelva nunca. Pero si alguna vez lo hiciese, me gustaría visitar su cementerio de La Soledad, para buscar allí la tumba de William Martin. El mayor William Martin, muerto en acto de servicio. Supongo que el consulado británico estará pagando todavía las cantidades necesarias para poder poseer esa tumba, pues esa tumba, ahí donde la veis quienes la visitéis, es el recordatorio que nos queda de una de las acciones más curiosas de espionaje producidas en la segunda guerra mundial. Una acción de inteligencia que bien podría ser descrita como una llave de judo. No es que yo sepa mucho de judo. La verdad es que no sé nada. Pero alguna vez he leído, y por lo que veo debe de ser cierto, que el judo es un deporte de lucha en el que, entre otras cosas, utilizas para derribar a tu contrario la fuerza con la que te ataca.

La muerte de William Martin tiene que ver con todo eso. Con darle en todo el bebe a alguien aprovechando la fuerza con que te ataca. Y ese alguien es la España de Franco; la no beligerante (que no neutral, como en error involuntario o deseado se dice muy a menudo) España de Franco.

Veamos. En 1942, en frase de Winston Churchill, giraron los goznes de la Historia. Ocurrió al principio del año, con la victoria rusa en Stalingrado que, aparte de humillar al ejército alemán y hacerle un mogollón de prisioneros, supuso cortar en seco el avance teutón hacia las fuentes del petróleo del Cáucaso; una pérdida logística que haría a Hitler andar corriendo con la lengua fuera hasta el mismo día en que mordió el cañón de su pistola y apretó el gatillo. Pero en 1942 ocurrieron bastantes más cosas que Stalingrado. Por ejemplo, que los aliados se enseñoreasen de África. En buena parte, los alemanes habían preferido dejar media Francia sin invadir y crear la ilusión de que los franceses se gobernaban a sí mismos desde Vichy por eso. Dar la impresión de que Francia soportaba a Alemania voluntariamente le permitía a Hitler aspirar razonablemente a que la guerra no se extendiese al continente africano. Al menos mientras los estadounidenses no entrasen en guerra, claro; pero eso es algo con lo que Hitler contaba, pues existen sobrados testimonios, ahora mismo me estoy acordando de los del médico personal de Himmler, que nos indican que Hitler confiaba en la posibilidad de pactar con los americanos, como dos matones de patio que pactasen para repartírselo.

El 7 de diciembre de 1941, sin embargo, Japón bombardeó Pearl Harbour, y las muchísimas resistencias existentes en EEUU a la entrada del país en la guerra se disolvieron como un azucarrillo. En 1942, con la ayuda americana, comenzó la invasión del norte de África. Es evidente la fama que tiene el día D y el desembarco de Normandía y todo eso, pero lo cierto es que la pérdida del norte de África fue para Hitler un poco como para la República española la caída del llamado Frente del Norte: después de eso muchas cosas pasaron pero, de alguna forma, la guerra ya estaba perdida.

El desembarco de los americanos en el vestíbulo de Europa, además, le creó problemas a Franco. Para cuando ocurrió, el Caudillo llevaba tres años gobernando en España y estaba en lo que los historiadores llaman su etapa fascista, que duró lo que duró su convencimiento de que Hitler iba a ganar la guerra. Requerido por los alemanes para entrar en la guerra pero renuente a hacerlo por considerar que podía costarle el puesto, Franco inició su famosa fase de no beligerancia, curiosa situación en la que dices: yo voy con éste, pero como soy un puto cobarde no voy a pegarme con nadie. España, durante esos meses, fue un interesante campo de acción para los lobbys; el nazifascista pero también, muy significativamente, el británico. No sé si algún día llegaremos a saber con certeza a cuantos generales untó Churchill.

De todas formas, las simpatías de Franco estaban claras con Alemania. Los barcos alemanes repostaban y se reparaban sin problemas en nuestros puertos. Los agentes alemanes se movían por España como Pedro por su casa. Y Alemania era el receptor principal de algunas exportaciones españolas fundamentales, como el wolframio; aunque esta situación empezó a cambiar conforme Hitler perdía terreno y España no tenía más remedio que mirar a los Estados Unidos para conseguir gasolina.

Esta era la situación general cuando los aliados decidieron entrar en Europa. Y decidieron hacerlo por Sicilia. En esta operación, con seguridad, valoraron las posibilidades que una invasión exitosa de la isla le generaría a Hitler. No podían faltarles los informes de que Mussolini ya no era tan popular como años antes, y tenían que tener esperanzas ciertas de que ocurriese lo que ocurrió y es que Italia, una vez que se supo invadida, tratara de cambiar cromos con los aliados (con lo cual lo que consiguió fue ser invadida en toda regla por los alemanes).

En torno a este asunto de Silicia hay mucho mito. O eso creo. Se dice, por ejemplo, que los blindados aliados llevaban la inscripción LL, inscripción que provocaba que todos los sicilianos les ayudasen, al reconocer las iniciales del Charlie Lucky Luciano, quizá el más poderoso capo de la mafia neoyorkina y que había sido trincado poco antes. Nunca he encontrado confirmación seria de estos hechos. Parece ser, eso sí, que el gobierno americano se sirvió de los mafiosos de Nueva York, y de otras poblaciones, para controlar el puerto y hacer que los barcos alemanes, antes de declarada la guerra, tuviesen dificultades. Pero poco más.

Lo realmente importante de la decisión de Silicia es que el enemigo no se enterase. O, mejor, que pensara que la invasión iba a ser por otro sitio. Y aqui es donde entra en escena el mayor William Martin.

Se trataba de hacer que el enemigo recibiese una documentación relativa a la invasión, una documentación falsa, y que la creyese. Para eso hacía falta que todo, como dicen los mafiosos, pareciese un accidente. El servicio secreto británico, con estas premisas, urdió una trama en la cual los alemanes serían informados por sus amiguitos: los españoles. Los cuales eran no beligerantes pero, como hemos dicho, ello no quería decir que no tuviesen sus querencias.

El plan fue éste: un cadáver apareceria en las costas de Huelva; el cadáver de un militar británico. Este cadáver llevaría consigo una serie de documentos demostrativos de que los aliados preparaban una invasión de Europa del Sur comenzado por la isla de Cerdeña. Nada más aparecer el cadáver, el viceconsulado inglés en Huelva debería reclamarle a las autoridades españolas toda dicha documentación, argumentando su interés. Cosa que los españoles harían, sin duda. Eran no beligerantes. Eso sí, como iban de lo que iban, antes la harían pasar por los alemanes, que la copiarían y leerían. Españoles y alemanes, por lo tanto, terminarían derribados en el suelo como consecuencia de la fuerza de su propio ataque.

Se suponía que el mayor William Martin habría sido derribado mientras sobrevolaba el estrecho de Gibraltar, algo que no pocos aviones ingleses hacían por entonces. Y esto planteó el primer problema. Porque los espías británicos sabían muy bien que si tiraban al mar a un muerto sin más éste, al hundirse en el agua, no encharcaría sus pulmones, porque para hacer eso hace falta respirar, y los muertos, por lo general, no respiran. Esto detuvo el plan hasta que encontraron en Reino Unido a una persona joven y recientemente muerta de pulmonía. La pulmonía encharca los pulmones antes de provocar la muerte y, por ese motivo, un muerto de pulmonía podría pasar en una autopsia por un ahogado.

Que yo sepa, no se sabe a ciencia ciérta quién era, en realidad, el mayor William Martin. Pero el espionaje británico consiguió convencer a la familia, la cual cedió el cadáver.

La documentación se preparó con minuciosidad. Al mayor William Martin, que en ese momento se convirtió en un correo humano como tantos hubo en la guerra, se le convirtió en portador de una carta escrita por el jefe de Estado Mayor británico, Archibald Nye, a su segundo, el general Alexander. En dicha carta, Nye se quejaba de no haber conseguido aún lo que quería de los jerifaltes de la guerra. Citaba la posibilidad de realizar la invasión por Grecia pero insinuaba que sería mejor otro punto en el Mediterráneo Occidental. Acto seguido comentaba que iban a tratar de hacer creer a los alemanes que la invasión iba a ser por Silicia.

Para cualquier estratega con dos dedos de frente, era fácil concluir que, si esa informacion era cierta, el punto de invasión con más posibilidades era Cerdeña.

Para reforzar la cosa, el cadáver llamado Martin fue dotado con otra carta, en este caso de Lord Mountbatten (quien luego sería el virrey de la India que le dio la independencia y acabó asesinado por el IRA) a Andrew Cunningham, comandante en jefe del Mediterráneo, en el que le ponderaba las habilidades de Martin pero bromeaba diciéndole que, si no le servía y lo mandaba de vuelta, le hiciese volver trayendo algunas sardinas, pescado muy típico de aquellas islas. La cercanía fonológica con Sardegna (Cerdeña, en italiano) estaba diseñada para hacer picar a los alemanes.

Para las fotos de los documentos de identidad tuvieron que usar a alguien muy parecido al auténtico William Martin. Por mucho que lo intentaron, no consiguieron hacerle ni una foto al cadáver en la que pareciese estar ni medio vivo.

Luego vinieron los adornos. Como para confirmar esa fama del militar británico como alguien siempre algo calavera, adjuntaron una carta bancaria instando al pobre mayor a saldar una inexistente cuenta corriente en números rojos por la nada despreciable cantidad para la época de 80 libras. Incluso le inventaron una novia: Pamela. El día que cayó al mar, el mayor Martin llevaba consigo una carta y dos fotos de su amada; de hecho, es probable que la inteligencia militar británica hubiese algún sentimental: falsificaron la factura de un anillo de bodas y se la metieron en la cartera. Todo eso, más papelitos sin importancia, billetes usados de autobús... el tipo de cosas que todos llevaríamos encima si cayésemos al mar.

El 19 de abril de 1942, el submarino inglés Seraph, en ruta hacia La Valetta, Malta, zarpó con una caja llena de hielo y un cadáver dentro. Diez días después, frente a las costas de Huelva, el cadáver fue soltado en el agua, a las cuatro y media de la madrugada.

Los pescadores onubenses no tardaron en encontrar el cadáver. El 2 de mayo, el vicecónsul inglés reclamó la documentación. Y las autoridades franquistas se la remitieron el 13. El 4 de junio, la prensa inglesa publicó el nombre de William Martin en la lista de caídos en la guerra. Para entonces, el mayor ya había sido enterrado. Pamela envió un ramo de flores.

Hechos: en las semanas siguientes, los alemanes desplazaron una división acorazada a las costas griegas y reforzaron las defensas de Córcega. Cuando la guerra terminó, entre la documentación encontrada por los aliados aparecieron copias de los documentos que llevaba el mayor Martin. Y, más aún, en el diario del jefe de la Armada alemana, Karl Dönitz, éste llega a decir que en opinión de Hitler, «los documentos anglosajones descubiertos confirman que el ataque será dirigido especialmente contra Cerdeña y el Peloponeso».

Uno se imagina a Franco cenando un par de ciruelas en El Pardo. Un asistente militar se acerca y le cuchichea al oído durante un rato largo. Cuando termina, Franco se vuelve y ordena: «Que informen inmediatamente al señor Embajador [alemán, por supuesto]». Y, después, lo vemos terminando su ciruela y pensando: «menudo favor me debe ahora Hitler».

Pues no, mi general. Picaste. Picaste como un gilipollas. Un humilde Cid desconocido te ganó la batalla después de muerto, y a quien pretendías ayudar, en realidad, le hiciste, sin querer eso sí, una putada defcon tres.

Ajo. Y agua.