sábado, mayo 17, 2008

Black Power (y 2)

Como escribí al final de mi anterior comentario, el nacionalismo negro nació un poco a partir de la idea del regreso a África; idea, la del origen africano, que ha sido celosamente guardada por los americanos de color quienes, después de muchas generaciones, han querido ser conocidos como afroamericanos, signo éste de lo muy enraizado que está entre ellos este sentimiento. Sin embargo, todos los regresos a África, sin excepción, acabaron en fracasos, motivo por el cual se fue abriendo entre ellos la idea de la autodeterminación o, como diríamos hoy en España, el soberanismo.

Lo cual tampoco es una idea realmente negra. El establecimiento de una especie de colonia negra en el noroeste de los Estados Unidos es una idea que ya manejó el antiesclavista blanco Anthony Bezenet en un folleto que publicó en 1795. A Bezenet, por cierto, no parecía importarle mucho que el territorio adjudicado al futuro Estado negro estuviese ocupado por indios, lo cual demuestra que se puede ser muy progre sin dejar de ser racista. En 1805, otro blanco, Thomas Brannagan, propuso que se trazase una línea desde la frontera de los EEUU civilizados y que, a 2.000 millas de allí, se estableciese el Estado negro. Aquí podemos ver lo mucho que valoraban aquellos blancos la convivencia con los negros pues, para liberarlos, necesitaban poner nada menos de 2.000 millas por medio. De 1817 es la primera declaración propiamente negra, concretamente de un grupo de libertos de Virginia, en el sentido de que su colonia debía establecerse no en África sino en las riberas del río Missouri. Algunos años más tarde, se propuso Texas como el lugar para el Estado negro, quizá porque entonces no era el Estado que es ahora. No creo que a los tejanos de hoy les mole la propuesta. El siglo XIX registra diversos intentos, bastante torpes, de crear el Estado negro en Kansas y Oklahoma.

Cyril V. Briggs es el siguiente activista negro de la lista. Tras la primera guerra mundial, fundó la African Blood Brotherhood, una organización básicamente partidaria de la solución migratoria, pues a Briggs le ponía lo de un Estado negro en África, aunque también asumía que podía ser en América Central o del Sur. Pero Briggs es importante porque es el primer líder negro que acerca la defensa de los negros americanos a la nueva ideología de moda en el siglo XX: el comunismo. Él mismo y otros compañeros como Richard B. Moore, Lovett Fort-Witheman y Otto y Haywood Hall, se hicieron miembros del Partido Comunista Americano, que nació más o menos al mismo tiempo que el español, en 1921. El comunismo dejaría honda huella en el movimiento negro. Otto Hall fue a estudiar a Moscú en 1925 y allí el mismísimo little father Stalin le comió la oreja con que los negros eran una cuestión nacional. Es claro que el líder de la URSS vio en aquella historia una forma de dar por culo al mundo capitalista y, de consuno, en 1928 la Internacional Comunista adoptó oficialmente una postura en apoyo del derecho de autodeterminación de los negros del Cinturón Negro. Cinturón Negro no es aquí ninguna distinción de judoka, sino toda aquella área en la que la población negra fuese netamente mayoritaria.

Moscú, sin embargo, no tenía un compromiso sincero con la autodeterminación. Cuando los comunistas negros avanzaron en la construcción de una ideología que propugnaba la inmediata independencia de los negros, las gentes de Stalin se apresuraron a matizarles que eso era muy prematuro. El comunismo hizo con la independencia negra lo mismo que hizo siempre con todas las ideas atractivas que, por cualquier razón, o sabía que no podían cumplirse o no quería que se cumpliesen: situarlas en un futuro aún por alcanzar. Así, el comunismo negro americano comenzó a defender la idea de que los negros eran tan libres de separarse de los blancos como de decidir no hacerlo hasta que una eventual madurez de la situación permitiese dicha división en condiciones adecuadas.

Eso sí, la impregnación del comunismo en el movimiento negro americano supuso el viraje de éste hacia el punto en que fue, sin duda alguna, más eficiente: la demanda de la igualdad de derechos.

Con todo, no es el comunismo la única filosofía que impactaría en la ideología negra.

En 1888, un activista negro, Edward W. Blyden, escribió un folleto en el que establecía una diferencia de trato hacia los negros entre el cristianismo y el Islam; como nunca he podido dar con el folleto sólo tengo referencias indirectas, así pues no puedo explicar cómo bordeaba Blyden el pequeño asuntillo de que los musulmanes africanos montaron verdaderas factorías de encarcelamiento y venta de negros, lo cual, a mi modo de ver, más que pone en tela de juicio esa presunta comprensión de los mahometanos. Algunas décadas más tarde, en Carolina del Norte, Timothy Drew inicia la moda del cambio de nombre y pasa a llamarse Noble Negro Alí y modifica la típica ideología negra del retorno a África por otra más sutil: el retorno al Islam.

Noble Alí, quien se intitulaba profeta y se colocaba en el escalafón de la divinidad junto a Confucio, Jesús, Buda y Zoroastro, dotó al nacionalismo negro de raíces más valiosas. Sostuvo que en realidad los negros americanos eran originarios de Marruecos y, consecuentemente, herederos de los antiguos moabitas; lo cual les hacía, en sus orígenes, mucho más civilizados y poderosos que los habitantes de lo que hoy conocemos como África Negra. Por ello, Drew Alí, o Noble Negro Alí, dio a los negros una nueva identidad. Su final es un poco rocambolesco o, pensarán algunos, muy americano. Tras años de fundar templos a diestro y siniestro, otro activista, Sheik Claude Greene, vio las posibilidades de la cosa y fundó su propio grupo, también proislam. En la lucha entre las facciones, Greene fue asesinado en 1929, crimen por el que Alí fue acusado y encarcelado. Murió poco después de haber salido bajo fianza.

En 1930 eclosiona en Detroit Wallace D., también conocido como W. D. Fard. Escribió un libro delirante ya en su propio título (Teaching for the Lost Found Nation of Islam in a mathematical way), en el que establecía la teoría de que los negros de Estados Unidos descienden, todos, de una tribu perdida de Shabazz, que fue secuestrada de La Meca 369 años antes. Para liberarse, debían convertirse al Islam, hablar árabe y dedicarse a la astronomía y las matemáticas. El fenómeno Fard desapareció cuatro años después sin que se sepa muy bien ni cómo ni por qué. Eso sí, fue detenido varias veces. Pero su labor fue seguida por Elijah Poole, tuneado al Islam como Elijah Mahoma antes de la desaparición de Fard, y uno de los activistas que más claramente se decanta por la autodeterminación; en sus teorías propugna que les sean entregados a los negros tres o cuatro estados de la Unión, y que el desarrollo de la nación negra sea apoyado por los blancos durante 25 años.

Todo este cóctel de ideas, algunas de ellas un poco delirantes (no tengo tiempo de describiros la cosmogonía de Fard, o sea la historia del niño Yakub, pero es la leche) tenían, no obstante, que llevar las cosas a un punto de madurez y, por decirlo así, profesionalidad. Este paso es el que da Malcolm Little, también conocido como El-Hajj Malik El-Shabazz y, sobre todo, como Malcolm X.

Tras pasar por la cárcel, Malcolm X se convirtió al Islam y se apuntó a la iglesia de Elijah Mahoma. Sin embargo, terminó por distanciarse de él y fundar, en 1964, La Mezquita Musulmana. Peregrinó a La Meca y a África, y fue asesinado a tiros durante un mitin en 1965. La autoría del asesinato de Malcolm X es algo que no está claro; pudo ser la CIA o pudieron ser grupos de negros musulmanes rivales.

Malcolm X, con todas sus incongruencias y tonterías, que las tiene, es el primer líder negro que supera determinados pies forzados que existen, sobre todo, desde Marcus Garvey, y se atreve a blasfemar diciendo que él no distingue entre negros y blancos, sino entre gente que esté por la libertad y la justicia y gente que no. Además, tuvo la inteligencia de ser capaz de integrar las grandes corrientes del nacionalismo negro pues, si bien admitía que la solución más lógica para los negros era la vuelta a África, apostilló que, si los blancos no se atrevían a ello, entonces deberían dejarles un territorio en los propios EEUU para que pudieran vivir sin mezcla.

La principal aportación del Malcolm X, en mi opinión, es dotar al nacionalismo negro de pragmatismo. Quien haya seguido estas líneas y profundice en el tema verá que, entre estos líderes históricos, eran comunes las pajas mentales, los proyectos inalcanzables y las leyendas más propias de las Crónicas de Narnia que de una tertulia política seria. Malcolm rompe con todo eso y, a pesar de que muere prontísimo (no tenía ni 40 años), su evolución es evidente en el sentido de reivindicar cosas tangibles. En los últimos meses de su vida, los discursos de Malcolm X están repletos de demandas como que los políticos que manden sobre los negros sean negros y, sobre todo, la igualdad de derechos. En enero de 1965, en una entrevista televisiva, llegó a decir que ya no creía en el sueño de un Estado negro. «Creo», dijo, «en una sociedad donde la gente pueda vivir como seres humanos sobre la base de la igualdad». De ahí al archifamoso I had a dream de Martin Luther King sólo hay un paso; el nacionalismo negro, en las manos de Malcolm X, se tiñó de posibilismo. Revolucionario, pero posibilismo.

En 1966, en Oakland, California, dos amigos negros, Huey P. Newton y Bobby Seale, fundan el partido de los Panteras Negras. Al principio fueron, básicamente, unos grupos de seguridad local que patrullaban por el guetto de Oakland. Al igual que los mafiosos de la película Donnie Brasco se caracterizan por decir constantemente forget it, los Panteras Negras se caracterizaron por decir constantemente right on, o sea, ahora mismo.

Los Panteras Negras son una mezcla de izquierda radical y soberanismo. Su programa de diez puntos tiene uno fundamental, en el que se exige un referéndum entre los negros, supervisado por la ONU, sobre la autodeterminación; pero luego también habla de vivienda, educación, empleo, etc. Además, el suyo era un programa un tanto etéreo, porque propugnaba el referéndum, pero no decía nada sobre qué hacer según cuál fuese el resultado. Los panteras son una especie de gazpacho del revolucionarismo de Malcolm X (Eldridge Cleaver, uno de sus primeros líderes, era un seguidor suyo), el maoísmo, el castrismo y otras ideas afines; George Murray, uno de sus líderes, definió la ideología del partido como «inspirada en Che Guevara, Malcolm X, Lumumba, Ho Chi Min y Mao Tse-Tung». La suya es una estrategia de agitación guerrillera, motivo por la cual los panteras visten como el activista que se encuentra Forrest Gump al regresar de Vietnam, tocado con una boina y con ropas paramilitares.

Los Panteras Negras olvidan completamente la solución africana. Para ellos, su patria es la América blanca, y allí quieren quedarse. En su actuación, el nacionalismo cede espacio al marxismo-leninismo, pues Newton dijo: «tenemos dos males que combatir: el capitalismo y el racismo; hemos de destruir los dos».

Sobre la dialéctica de los Panteras, copiemos aquí una muestra de cómo Bobby Seale respondió, en una reunión, a una propuesta que no le gustaba: «Vamos a dar una patada en el culo a esos mamones si no se mantienen firmes en su basura y queremos decírselo claramente. Y vamos a darles unos azotes a esos maricas, a esos chicos de escuela si no enderezan su política. Así, queremos hacer saber esto a la SDS [Students for a Democratic Society; organización de negros y blancos que colaboraba con ellos]: que el primer mamón que se desmande, será mejor que se mantenga en línea para cierto tipo de acciones disciplinarias del partido Panteras Negras.»

A lo mejor, si Rajoy utilizase estas maneras, tendría al partido más unido…

Si añadimos a la nómina a Stockely Carmichael (inventor, por cierto, de la expresión Black Power), un Pantera Negra que se escindió para marcharse a África y hacerse pajas con la idea de hacer de Ghana el nuevo Estado afroamericano de la mano del presidente depuesto Kwame Nkrumah, habremos, creo yo, completado una visión a vista de pájaro de estos movimientos nacionalistas que florecieron en los sesenta y que han seguido teniendo diversas expresiones en las últimas décadas.

La relación entre negros y blancos ha seguido siendo muy conflictiva. Quizá el punto más jodido fue el famoso asunto de Rodney King, el negro brutalmente maltratado por la policía californiana y que está en los orígenes de los gravísimos disturbios provocados cuando dichos policías fueron absueltos por los jueces en 1992. También cabe citar otros episodios, como el liderazgo islamista de Louis Farrakan.

De todas formas, el nacionalismo negro siempre tuvo el problema de ser un poco antihistórico. La suya era una ideología fundamentalmente sureña y rural, pero es un hecho que los negros, a lo largo de los últimos cien años, si hay dos cosas que han hecho ha sido irse a vivir al norte y a las grandes ciudades. Asimismo, la aparición de otras minorías, notablemente los asiáticos y los hispanos, han hecho que, de alguna manera, el escalafón del racismo haya corrido, hasta el punto de hacer factible, hoy, que un negro ocupe las más altas magistraturas del Estado; cosa que sigue siendo algo más difícil para estadounidenses llamados Martínez, o Ming, o Jhartevilli.

Además, el nacionalismo negro, tan vinculado al marxismo, ha sufrido sus mismos problemas. Igual que Marx, que tantas cosas previó, no fue capaz de prever que el capitalismo sería capaz de tratar sus propias contradicciones y de darle al proletariado televisores de plasma y vacaciones en Cullera, el nacionalismo negro partía de una base, la dominación blanca, que en parte era incierta. Estados Unidos es, que duda cabe, un país con problemas de racismo; pero cuando en un país se aplica el racismo a lo bestia, como en la Alemania de Hitler o la Sudáfrica de Pik Botha, la colectividad objeto de odio no levanta cabeza ni para mear. En esos países, judíos y negros eran pobres, todos pobres. Barak Obama y su mujer son millonarios. Y no son los únicos. El primer héroe negro de la televisión que recuerdo se llamaba Corey Baker, era hijo de un policía uniformado negro que había muerto y vivía en un pequeño apartamento con su madre. Pero el héroe negro de hoy en día es Will Smith y vive en una mansión que lo flipas, propiedad de un juez negro cuyos hijos estudian en Princeton.

En realidad, eso que podríamos denominar «el experimento Obama» tiene que ver con todo esto y encuentra ahí su significado para quienes no nos jugamos gran cosa, al menos directamente, en las presidenciales americanas. El candidato no ha podido escapar a la atracción del nacionalismo negro. Él mismo tiene un pasado como activista en organizaciones muy inspiradas en las ideas de Malcolm X y que han llegado a defender ideas como que el SIDA fue una especie de guerra biológica inventada por los blancos para diezmar a los negros. Lo cual, en sí, no quiere decir nada, porque las personas, y los políticos lo son, no son necesariamente esclavas de su pasado. Robert Fitzgerald Kennedy fue, como ministro de Justicia, el principal impulsor de un viaje importantísimo de los Estados Unidos hacia la democracia social, la igualdad entre razas y los derechos civiles; años antes, sin embargo, había sido un probo asistente del senador McCarthy, sobre cuyas ideas y actuaciones no creo que haga falta extenderse.

Si Obama gana, y no hemos de olvidar que sólo ha hecho la mitad del camino de momento, para los Estados Unidos, y muy especialmente para su comunidad negra, llegará un momento crucial. Porque, como he pretendido reflejar en estos dos artículos, lo cierto es que la inmensa mayoría de los nacionalistas negros han sido excluyentes. No sólo han sido pronegros; han sido, también, antiblancos. Pero cuando se gobierna casi todo lo que empieza por anti debe dejarse aparte. Eso es, al menos, lo que dice la teoría.