sábado, febrero 23, 2008

Johnson VS JFK (y 4)

Bueno, lo primero es cumplir con lo prometido y aportar las soluciones al pequeño test del pasado post, aunque las respuestas han sido muy acertadas.

La Cibeles, en efecto, estuvo en sus inicios en perpendicular a como está ahora, mirando hacia Neptuno.

El primer edificio, que yo sepa, donde se izó la bandera republicana en Madrid el 14 de abril de 1931 fue el Palacio de Comunicaciones, hoy Ayuntamiento de Madrid.

La cuarta del Apolo, efectivamente, era la sesión golfa del teatro Apolo, que comenzaba a medianoche.

El paseo dominical para ver y ser visto era conocido a finales del siglo XIX con el muy gráfico nombre de El Tontódromo.

Y, sí. Fue José Antonio Primo de Rivera quien nació a tiro de piedra del PP.

Hechas estas salvedades, cumplimos con el calendario con la cuarta y última toma sobre el asesinato de Kennedy.



Kenny O’Donell, la mano derecha de John Fitzgerald Kennedy, asomó la cabeza a la habitación número 13 donde se encontraba poco menos que recluido, bajo la atenta mirada vigilante del agente Rufus Youngblood, el vicepresidente Lyndon B. Johnson.

‑Esto tiene mala pinta –confesó‑. Creo que el Presidente ha muerto.

En ese momento, según todos los indicios, Johnson estaba sonado. El que verdaderamente pensaba era Youngblood. Desde el mismo momento en que había llegado al hospital Parkland, se había puesto a pensar en cómo y adónde marcharse con el vicepresidente echando leches. En su mente de agente del servicio secreto, y no me parece que le sea reprochable esa forma de pensar, el atentado había demostrado que Dallas era un lugar extremadamente peligroso. Con los años hemos llegado a acostumbrarnos a la idea de que el magnicidio pudo ser cometido por un solo loco gilipollas; pero en ese momento la idea era bastante inconcebible. Para Youngblood, lo que tenía que hacer Johnson era largarse del hospital e irse al aeródromo de Love Field, donde estaba el Air Force One, y montado en el pájaro regresar a Washington.

La tentativa, sin embargo, se encontró rápidamente con dificultades. La primera de ellas fue la resistencia de Godfrey McHugh. Como ayudante aeronáutico del presidente, le competía a él organizar el traslado y el vuelo y, simple y llanamente, se negó. McHugh fue uno de los miembros del equipo de Kennedy que aquella tarde se obstinaron en considerar que su fidelidad estaba con la persona de Kennedy y no con la institución. Llevó su fidelidad al cadáver hasta el punto de pasar casi todo el vuelo a Washington en posición de firmes, velando el ataúd.

Youngblood, sin embargo, tenía un as en la manga: su jefe estaba en Washington. En efecto, el jefe del destacamento del servicio secreto, Jerry Behn, no había acompañado al presidente aquella vez, y, dado de las comunicaciones eran problemáticas, eso le dio al agente secreto el espacio suficiente como para reaccionar. En ausencia de Behn, el jefe de los agentes era Roy Kellerman, es decir el que viajaba con Kennedy cuando le dispararon; sin embargo, Rufus Youngblood y Emory Roberts, el otro agente secreto que ya vimos que se había hecho rápidamente una composición de lugar, decidieron sacar a Johnson del hospital sin consultarle. ¿Increíble? Increíble. Pero cierto.

Los dos agentes chocaron, sin embargo, con las prevenciones de Johnson. El vicepresidente no se quería mover del hospital sin el consentimiento de algún miembro del equipo de Kennedy. Emory Roberts buscó a O’Donell y le consultó la intención de Johnson de irse del hospital; O’Donell asintió en silencio; sin embargo, la cosa no está nada clara, porque O’Donell declaró que, cuando se le consultó sobre la posibilidad de que Johnson tomase un avión y se fuera, en todo momento él había asumido que le hablaban del Air Force Two, el avión del vicepresidente; no del Air Force One. Johnson, sin embargo, sostuvo que fue O’Donell quien le pidió que se fuese en el Air Force One.

A la una y cuarto, O'Donell comunicó oficialmente a Johnson que Kennedy había muerto. En ese momento, el vicepresidente lo vio claro y dijo: nos vamos de aquí.

Así pues, las personas que ya estaban trabajando para Johnson se las arreglaron, muy probablemente, para que la gente de Kennedy creyese que se lo llevaban a la base de Carswell a pirarse de Texas en el Air Force Two; cuando, en realidad, se dirigía a Love Field a pillar el Air Force One; es decir, a dejar claro ante el mundo que ahora el presidente era él y que los cadáveres no mandan sobre naciones.

Johnson salió del Parkland con todo menos parafernalia: dos coches sin distintivos que cruzaron Dallas como sendos fantasmas. Por cierto que en uno de esos coches, sentado en las rodillas de un policía como un niño pequeño, iba una persona de la que aún no hemos hablado, pero que es fundamental en este cuadro: Ira Gearhart.

Casi desde que existen las tecnologías militares nucleares existen en Washington los tipos como Gearhart. Se los llama los hombres del maletín. Cada mañana, que yo sepa, el presidente de los Estados Unidos recibe una tarjeta y unas claves. Con esa tarjeta y con esas claves puede activar el disparo de armas nucleares, que no se puede producir sin su concurso. Evidentemente, el presidente no lleva encima el maletín donde va la máquina que dispara la bomba. Ese maletín lo lleva el hombre del maletín, el cual tiene que estar siempre a unos pocos metros del presidente.

Una constante de los magnicidios modernos contra presidentes de los Estados Unidos es que el hombre del maletín se ha despistado. Cuando un loco atentó contra Ronald Reagan, nadie se acordó del asunto del maletín hasta un rato después de que el Reagan hubiese llegado al hospital. Y, en el asesinato de Kennedy, el pobre Ira Gearhart, dado que el equipo del vicepresidente no le conocía, fue apartado de él y colocado en una habitación, la número ocho, donde al mismo tiempo hacían la cura a un negro herido. Allí lo encontró Emory Roberts después de un buen rato.

Johnson cruzó Dallas agachado por debajo del nivel de la ventanilla de su coche: Youngblood así le obligó.

El viaje fue de opereta. Como iban sin distintivos les era muy difícil no parar. Lo tuvieron que hacer al lado de un camión, los agentes se mosquearon, sacaron sus armas y casi matan de un infarto al pobre camionero. Luego encontraron una calle cortada por coches aparcados y se metieron por las aceras y el césped. Cansado de tanta milonga, el jefe de policía de Dallas, Curry, cagó toda la historia del incógnito haciendo sonar la sirena. Llegados a Love Field, se jugaron el cuello de nuevo, pues cruzaron la pista hacia el avión, violando todas las reglamentaciones civiles y militares. Eran un par de coches sonando sirenas y, claro, dentro iba el presidente de los Estados Unidos; pero, eso, ¿quién lo sabía? Si en el avión llega a haber agentes y se hubieran sentido amenazados, sabe Dios lo que habría podido pasar.

Johnson, sin embargo, no despegó. Ciertamente, cada vez veía las cosas con más claridad y tomaba decisiones más propias. Pero una de ellas fue no salir de Dallas sin Jackie Kennedy; y Jackie Kennedy, lógicamente, dejó bien claro que no saldría del hospital sin el cadáver de su marido.

Mientras en Parkland ocurría lo que luego contaremos, en Love Field se discutía ya sobre el juramento. Yo creo que Johnson no estaba muy convencido de jurar ya el cargo de presidente (algo que, como hemos visto ya, en realidad no puñetera falta hace); pero su entorno pronto le convenció. Cuando Johnson estuvo convencido, surgió otro problema: preguntó sobre la fórmula del juramento, y todos los que le rodeaban se dieron cuenta de que nadie sabía cómo cojones jura un presidente en esas circunstancias. Esto era algo que sólo podía resolver el ministro de Justicia.

O sea: Robert Fizgerald Kennedy. El hermano de la persona a la que Johnson iba a sustituir con ese juramento.

Johnson llamó a RFK a su casa de Hickory Hill, Virginia. Le preguntó si tenía objeción a que jurase el cargo inmediatamente. RFK se quedó muy sorprendido con la pregunta y opinó que preferiría que dicha ceremonia se aplazase hasta que el cadáver de su hermano estuviese en Washington. Johnson, sin embargo, no le hizo caso. Su cabeza funcionaba ya perfectamente. Y había tomado una decisión.

Robert Kennedy, pese a estar en desacuerdo con la decisión, obró con lealtad. Tal y como se había comprometido, consultó con su subsecretario, Nick Katzenbach, la gran duda de Johnson, esto es quién tenía que tomarle el juramento. Según Katzenbach, fino jurista y constitucionalista, cualquier persona con potestad para tomar juramento según las leyes federales o estatales podía hacerlo. El miembro de la Asesoría Jurídica del Ministerio Harold Reis confirmó dicha impresión, añadiendo un dato histórico que la corroboraba: a Calvin Coolidge le había tomado juramento su padre, que era juez de paz. También aclaró el otro misterio: el texto del juramento, dijo, está en la Constitución.

De nuevo, aquí hay versiones diferentes. Johnson sostuvo que cuando volvió a hablar con Kennedy para que le diese estos datos, el ministro de Justicia insistió en que debía jurar cagando leches. RFK no recordaba la conversación así.

Lo siguiente que hizo Johnson fue ponerse a la caza y captura de Sarah Hughes, una juez de distrito que había sido designada para dicho cargo precisamente gracias a las buenas artes del vicepresidente. Cuando la llamaron, su pasante informó de que estaba en paradero desconocido; la última vez que la habían visto, Hughes se dirigía al banquete del Trade Mart, es decir al acto al que se dirigía Kennedy cuando le dispararon. Finalmente, la localizaron llamando al fiscal Barefoot Sanders, que trabajaba en el mismo edificio que ella, y que subió las escaleras a toda hostia para avisarla.

Dado que ya he escrito mucho sobre este hecho y temo estar aburriéndoos, os evitaré el relato del viaje del Air Force One y las cosas que pasaron en Washington. Pero aún nos queda alguna cosa que contar del hospital; porque el cadáver de Kennedy sigue, en los momentos que relato, en Parkland. Las enfermeras Doris Nelson y Margaret Hinchcliffe lo han lavado y ya ha llegado el empresario de pompas fúnebres (Vernon Oneal) con el ataúd rápidamente escogido por la familia. En el hospital se producen aún algunas escenas surrealistas, como la del padre dominico Thomas M. Cain, que se ha presentado allí afirmando que tiene una reliquia de la cruz y que se dedica a dar vueltas por la Trauma Room primero y luego por los pasillos, como practicando extraños sortilegios.

Roy Kellerman, el coordinador de los agentes secretos, y el doctor George Burkley están en una sala de enfermeras, hablando por teléfono con Jerry Behn, el jefe del servicio secreto en Washington. En ese momento, un hombre pálido, pecoso y de mirada estrábica, entra en la sala, se les enfrenta y, muy fríamente, informa:

‑Ha habido un homicidio. No podrán salir de aquí hasta que se haya practicado la autopsia.

Ese tipo se llamaba Earl Rose y tenía, la verdad, un buen par de pelotas. Su cargo: inspector médico del condado de Dallas. Y, como inspector médico del condado de Dallas, tenía muy clara la situación: alguien había matado a alguien en Tejas y ahora unos tipos querían llevarse el cadáver fuera del Estado, contraviniendo sus leyes.

Tal vez, al leer esto, deis un respingo y penséis: joder, pero… ¡es que era el presidente! Pues no tendréis razón: era un asesinado más.

Cuando los hombres de Johnson llamaron a Barefoot Sanders para que localizase a la juez Hughes, éste, que no olvidéis que era fiscal del condado, estaba en su despacho sudando mierda. Sudaba mirando libros y precedentes, tratando de encontrar alguna manera de inculpar al asesino de Kennedy, quienquiera que fuese, de un delito federal. Pero, por increíble que os pueda parecer, a principios de los años sesenta (ahora no lo sé, la verdad), no existía en el acervo legal americano una ley que contemplase el asesinato del presidente. De hecho, desde principios del siglo XX el servicio secreto había pedido una ley que condenase explícitamente el asesinato del presidente, pero dicha ley no se había aprobado nunca hasta entonces. La única excepción existente en la ley es que el asesinato hubiese formado de una conspiración. Pero, claro, Oswald había actuado solo…

En consecuencia de todo ello, el asesino de Kennedy era, sí, culpable. Pero ante las leyes del Estado de Texas. Y el muerto, por lo tanto, también le pertenecía al Estado de Texas. O eso pesaba Rose, al menos.

Kellerman se enfrentó al funcionario:

‑Oiga, amigo. Hablamos del cadáver del presidente de los Estados Unidos, y nos lo vamos a llevar a Washington.

‑No es así como se hacen las cosas –respondió el legalista Rose‑. Cuando hay un homicidio, debe haber una autopsia.

‑Le repito que es el Presidente y nos lo llevamos.

[Inciso: Kellerman mentía, aún sin saberlo. John Fitzgerald Kennedy ya no era, en ese momento, presidente de nada.]

‑El cadáver se queda aquí.

‑Escuche, amigo. Me llamo Roy Kellerman y soy agente especial a cargo del Servicio Secreto de la Casa Blanca. Nos llevamos al presidente Kennedy a la capital.

‑Ustedes no se llevan el cadáver a ninguna parte –insistió Rose‑. Aquí hay una ley, y vamos a cumplirla.

Rose se cubrió las espaldas. Llamó a la oficina del comisario jefe de Dallas y a la sección de Homicidios de la policía. Ambos departamentos le confirmaron que debía haber una autopsia. Burkley y Kellerman se desgañitaban gritándole que se trataba del presidente de los Estados Unidos. Con un par, Rose les contestaba:

‑Eso es salirse por la tangente.

Finalmente, Rose habló con un fiscal del distrito, llamado Wade, más flexible que él; le recomendó que les dejara marchar. Pero Rose no se amilanó y siguió defendiendo su punto de vista.

El funcionario se colocó en la puerta de la habitación, bloqueándola. Los miembros del servicio secreto lo rodearon para inutilizarlo. Un policía de Dallas, como no podía ser de otra manera, acudió en ayuda del funcionario público en dificultades. Se mascaba la tragedia. Los hombres de Kennedy intentaron una salida por la comarcal: llamar a un juez de paz. El juez de paz vino, y dijo… que si se sospecha la producción de un homicidio, la autopsia es preceptiva según las leyes del Estado de Texas. Finalmente, fue la terquedad de las gentes de la Casa Blanca la que venció: Rose tuvo que hacerse a un lado.

Siempre he pensado que esta anécdota pudo cambiar el curso de la Historia del asesinato de JFK. Como sabréis todos los que os habéis interesado mínimamente por este hecho, la autopsia de JFK, y muy especialmente de su cerebro, es uno de los misterios de esta historia. Mucho menos misterio se habría producido si dicha autopsia, en lugar de haber sido realizada por los militares al regreso del cadáver, hubiese sido supervisada por el competente funcionario Earl Rose.

Y aquí lo dejo. Podría contar muchas más cosas, pero tienen ya, quizá, un interés menor. Y, además, hay otras historias esperando en el horno.

Hasta luego.