lunes, enero 28, 2008

La caída de Constantinopla

Supongo que ésta es una más de las cosas que han quedado enterradas en los nuevos planes de estudio, pero antes era una de esas cosas que había que saber para ser bachiller. Me refiero al dato de que la Edad Media terminó en 1453 con la caída de Constantinopla. Aparte de que esta expresión, hoy en día, es un tanto políticamente incorrecta y anticivilizoaliancera (consideramos que Constantinopla cayó porque somos cristianos; a los musulmanes quizá les parezca otra cosa), a mí siempre me planteó dudas. Nuestra enseñanza pretérita tenía muchas cosas buenas, para qué negarlo; pero también tenía estas cosas en plan cliché, que eran malamente explicadas por los profesores y que dejaban en los educandos la impresión de que el mundo se acostó un día feudal y del medioevo y se levantó al día siguiente declamando églogas, dando vivas a Petrarca y admirando la antigüedad clásica.

Estas cosas nunca, o casi nunca, pasan en Historia. Pero el concepto tiene su fondo de verdad. Constantinopla, ciudad que llevaba el nombre de uno de los grandes emperadores romanos, era por eso como el Washington actual, sólo que más decrépita (que no corrompida; en eso ambas ciudades se deben andar a la par). El hombre medieval europeo siempre se quiso pensar heredero de la vieja gloria romana, algo que supo aprovechar muy bien la institución del papado, que había vinculado la suerte del Imperio a la suya propia y que, por ello, repetidas veces durante siglos se declararía su heredera, también en lo temporal. Además de la influencia del Papa romano, Constantinopla fue el otro gran foco irradiador de las polvorientas glorias pasadas. Su caída a manos del infiel fue, por lo tanto, todo un trauma para la cristiandad.

O sea: imaginemos que Estados Unidos va a menos, a menos, a menos, tan a menos que un día Japón se convierte en el heredero de su poder y es quien resiste los embates de, por ejemplo, los chinos. Así, mientras en la mismísima Milwakee todo dios comienza a hablar mandarín, a desayunar lollitos plimavela y a pensar en Confucio, los japoneses, en Tokio, permanecen escuchando discos de Elvis, viendo películas de Chuck Norris y echándole ketchup al yakitori.

Pues bien: la caída de Constantinopla fue para los cristianos como sería, para los occidentales en este ejemplo, la noticia de que los chinos han tomado Tokio.

El conde Belisario, último gran general romano, fue un militar al servicio de la Sublime Puerta, en una historia que Robert Graves ha contado mucho mejor de lo que lo haría yo. Lo cual me recuerda que debo callarme al punto pues a lo que vine yo hoy aquí es a colocaros un artículo de Tiburcio. Es él quien realmente sabe de Constantinopla y su circunstancia, y quien ha escrito estos estupendos párrafos que siguen y que cuentan su caída.

A disfrutar.

La caída de Constantinopla. By Tiburcio Samsa.

La caída de Constantinopla

En cierta ocasión el escritor colombiano Álvaro Mutis dijo que el último acontecimiento político que había logrado interesarle había sido la caída de Constantinopla. Así pues, esta entrada va en honor a Álvaro Mutis.

Los turcos otomanos empezaron su expansión con Orján, que empezó a reinar en 1326. En 1354 los turcos pusieron pie en Europa y justo poco después murió el único rey en los Balcanes que hubiera podido frenar su avance, el serbio Esteban Dusan. Los años siguientes fueron para los otomanos años de expansión por Europa con el único revés de la expedición que en 1366 dirigió el conde Amadeo VI de Saboya y que les arrebató Gallípoli. En 1389 los turcos aplastaron a los serbios en la batalla de Kosovo Polje y en lo sucesivo los serbios serían vasallos y colaboradores de los turcos. Tras esa batalla, Bizancio vio rotas sus comunicaciones terrestres con el resto de la Cristiandad.

A finales del siglo XIV una serie de circunstancias proporcionaron la única ocasión real que hubo en todo el período para haber frenado la expansión turca en Europa y tal vez haber salvado a Constantinopla. En Asia Menor los efectos de las campañas de Tamerlán se estaban haciendo sentir incómodamente cerca de las fronteras orientales de los otomanos. En la Cristiandad, el rey Segismundo de Hungría, cuyo reino estaba en primera línea de fuego de la expansión otomana, convenció a otros monarcas de la conveniencia de organizar una cruzada contra los turcos. La cruzada de 1396 pudo montarse por un cúmulo de circunstancias excepcionales: ingleses y franceses estaban en tregua; Borgoña vio en la empresa una manera de hacer notar su creciente poderío; para los Hospitalarios, cuyas fortalezas en el Egeo se veían cada vez más amenazadas, la cruzada fue un regalo caído del cielo…

Los objetivos estratégicos de la cruzada nunca estuvieron muy claros: ¿simplemente aliviar la presión del reino de Hungría? ¿liberar las tierras danubianas del poderío otomano? ¿expulsar completamente a los turcos de Europa? Posiblemente cada jefe cruzado tuviera sus propios planes y los desacuerdos hubieran surgido tras la victoria sobre los otomanos. Pero eso no llegó a ocurrir, porque no hubo victoria. Una constante de las cruzadas medievales es la minusvaloración del enemigo musulmán y la creencia de que una buena carga de caballeros occidentales puede con todo. El 25 de septiembre de 1396 en los campos de Nicópolis pudo comprobarse que tanto optimismo estaba equivocado. Los caballeros cristianos se lanzaron al ataque con tanto entusiasmo como poco seso y el resultado fue un desastre total. Las consecuencias de Nicópolis fueron que a Occidente se le quitaron las ganas de convocar una nueva cruzada de esas dimensiones y que dio ocasión a los otomanos para consolidar sus posesiones europeas, justo en el momento en el que por oriente les llegaba la amenaza de Tamerlán.

Igual que los cruzados habían minusvalorado a los turcos en Nicópolis, los turcos minusvaloraron a Tamerlán y lo pagaron caro. El sultán Bayaceto provocó el enfrentamiento que terminó en la batalla de Angora de 1402. Los turcos fueron aplastados y Bayaceto fue capturado. Tamerlán sembró la destrucción en los dominios otomanos de Asia Menor durante algunos meses y luego se retiró sin tratar de consolidar su control sobre la región. La gran esperanza de salvación para los bizantinos al final no fue más que un espejismo, aunque les proporcionó un corto veranillo de San Martín.

Los años que siguieron a la batalla de Angora vieron cómo los hijos de Bayaceto se disputaban el trono. Uno de ellos, Solimán, fue tan lejos como para pedir ayuda a los bizantinos, declararse vasallo suyo y devolverles algunos territorios. El emperador Manuel II supo jugar hábilmente sus cartas y cuando Mehmet salió vencedor de las guerras fratricidas, supo que le tenía mucho que agradecer al emperador bizantino. Sin embargo, Manuel II siempre fue consciente de que los intereses de los dos imperios estaban demasiado contrapuestos y que a la larga el conflicto sería inevitable.

Manuel II dejó el poder a su hijo Juan en 1421 y en el lado turco murió el sultán Mehmet casi al mismo tiempo. El sucesor de Manuel, Juan VIII, creyó que podría repetir la jugada maestra de su padre y provocó disensiones entre los turcos, apoyando al usurpador Mustafá. Tuvo la mala suerte de apostar por el caballo perdedor y el sultán legítimo, Murad II, se cogió un rebote con la doblez de los bizantinos y en 1422 asedió la ciudad durante unos meses. El veranillo de San Martín de los bizantinos se había terminado.

Juan VIII entendió que la única salvación posible vendría de Occidente y decidió apostar por la unión con la Iglesia católica como vía para que los estados occidentales se interesasen por la suerte de Bizancio. Fue como si Rajoy prometiese a las bases de su partido que para ganar las elecciones se aliará con Izquierda Unida y proclamará la República ácrata y federal. Hay cosas que sólo se hacen cuando uno está o muy borracho o muy desesperado.

En 1438-39 se reunió el Concilio de Florencia en el cual se produjo la unión de las Iglesias católica y ortodoxa. El concilio tuvo bastante de trágala para los bizantinos. Cuando se conocieron los resultados en Constantinopla la población se negó a aceptarlos y el acuerdo quedó en agua de borrajas. Sus principales consecuencias fueron que los ortodoxos rusos se apartaron de Bizancio y que los turcos se cabrearon bastante porque se notaba demasiado contra quiénes iba dirigida la unión.

Al menos de tantos esfuerzos Juan VIII se sacó una pequeña cruzada en la que participaron húngaros, serbios y transilvanos. La cruzada se inició en un momento inmejorable, porque el sultán andaba ocupado en Anatolia, pero terminó con la derrota de Varna del 10 de noviembre de 1444. Es interesante resaltar que a muchísimos griegos les resultó indiferente la derrota de sus supuestos liberadores. Puestos a elegir preferían ser conquistados por los turcos que liberados por los latinos.

En 1451 Mehmet II subió al trono otomano decidido a conseguir el cromo que le faltaba en su colección de territorios, Constantinopla. La decisión era coherente desde un punto de vista geoestratégico: Constantinopla era un absceso en medio del imperio otomano y mientras existiese daría ocasión a que la Cristiandad montase nuevas expediciones militares contra los turcos.

No se podrá decir que el asedio de Constantinopla fuera una sorpresa para nadie, porque desde el comienzo Mehmet II dio pistas de lo que se proponía. Empezó la construcción de una gran fortaleza, Rumeli Hisar, a orillas del Bósforo sobre territorio que nominalmente era bizantino. Las protestas del emperador Constantino IX le dieron ocasión para recordarle que no poseía realmente nada fuera de las murallas de Constantinopla. Buscó la amistad de húngaros, venecianos y genoveses, o sea de los potenciales aliados de los bizantinos. En el otoño de 1452 concentró a sus tropas en Edirne, cerca de Constantinopla, y contrató a un fundidor de cañones húngaro. Constantino IX tampoco se quedó parado: hizo acopio de armas y alimentos y reforzó las murallas de la ciudad.

A largo plazo Constantinopla estaba condenada a caer más tarde o más temprano en manos de los turcos. Era una cuestión de tiempo. Pero nada obligaba a que cayera en el asedio de 1453. De hecho estuvo a punto de salvarse.

El asedio empezó oficialmente el 2 de abril, cuando Mehmet II instaló sus reales en las proximidades de la ciudad y se colocó una barrera en el Cuerno de Oro. Los turcos se apostaron en una trinchera reforzada por un parapeto de tierra y una empalizada de madera que seguía el curso de las murallas de Constantinopla. Hubo entre los defensores quien propuso atacar a los otomanos mientras se instalaban en sus posiciones. Dada la disparidad de fuerzas, es probable que el ataque hubiera terminado en desastre.

El 6 de abril empezó el bombardeo de la ciudad y al día siguiente los turcos realizaron su primer asalto a la ciudad. Se trató de una empresa mal preparada y dirigida que sólo tuvo consecuencias para los asaltantes. El 11 y el 12 la flota turca atacó, pero sus barcos eran más bajos que los de los cristianos y fueron rechazados sin dificultad. A mediados de mes hubo nuevos esfuerzos otomanos que terminaron en fracaso: una ataque nocturno por sorpresa que fue rechazado; una batalla naval cerca de Constantinopla contra tres transportes genoveses y papales que llevaban refuerzos y suministros en la que los pequeños navíos turcos volvieron a demostrar que no eran rivales para los cristianos. Tras esa batalla la moral en el campo turco tocó fondo.

El 22 de abril los turcos realizaron un hazaña ingeniera: trasladaron por vía terrestre parte de su flota del Bósforo al Cuerno de Oro. De pronto la muralla norte de Constantinopla estaba también amenazada y los escasos defensores, que ya tenían problemas para cubrir el tramo terrestre de la muralla, tuvieron que estirarse al máximo para cubrir también el sector de la muralla que daba al Cuerno de Oro. De golpe la posición estratégica de los cristianos se había complicado.

Debió de ser para aliviar ese sentimiento de angustia y por creer que al tener parte de su flota ahora en el Cuerno de Oro los turcos estarían debilitados en el Bósforo, que el 28 de abril los cristianos hicieron una salida naval. Fue un desastre para ellos. El cerco se iba cerrando.

La moral en Constantinopla iba decayendo. Los efectos de la artillería turca y la constante lucha contra los minadores zapaban la moral. Surgían tensiones entre italianos y griegos. Peor todavía, el icono más sagrado de la ciudad se cayó de su plataforma mientras lo paseaban en procesión. Sin embargo, los turcos no las tenían todas consigo: una flota veneciana acababa de zarpar para ayudar a los sitiados y había rumores de que los húngaros se estaban preparando para atacar.

Mehmet II fijó el 29 de mayo como el día en que lanzarían el ataque final contra la ciudad. Seguramente sintiera que las cosas se estaban poniendo feas en el terreno internacional y que, como el asedio se alargara un poco más, alguna potencia podía verse tentada a apuñalar a su imperio por la espalda. El primer asalto lo lanzaron las fuerzas irregulares tres horas antes del alba contra la puerta de San Romano. Tras dos horas de combate y numerosas bajas, tuvieron que retirarse. El segundo asalto, en la misma zona, lo lanzaron las fuerzas provinciales, cuya disciplina era mayor. También fracasó. Las únicas fuerzas frescas que le quedaban a Mehmet II eran los jenízaros, la élite del ejército.

El tercer asalto llevaba camino de seguir el destino de los anteriores. 50 jenizaros habían logrado llegar hasta las fortificaciones interiores, pero estaban aislados y era cuestión de tiempo que los defensores los aniquilasen. De pronto, una bala perdida alcanzó al veneciano Giovanni Giustiniani Longo, que mandaba las defensas del sector. Longo, herido de muerte, se retiró. Las batallas en la Antigüedad y la Edad Media eran asuntos caóticos, donde los ánimos de unos ejércitos a menudo poco disciplinados podían cambiar en cuestión de minutos. Los defensores, al ver que Longo se retiraba y que había una bandera otomana en las murallas, fueron víctimas del pánico. Quienes defendían las murallas exteriores abandonaron sus posiciones. Nuevas tropas de jenízaros hicieron su aparición para aprovechar la oportunidad que se había presentado y lograron hacerse con una parte de las murallas interiores próxima a la puerta de San Romano. En ese momento la defensa colapsó y fue el sálvese quien pueda.

Un ejemplo de la pobre estima en que los latinos tenían a los griegos y a su amor por las disputas teológicas es la leyenda de que, mientras los turcos entraban en la ciudad, el emperador Constantino estaba discutiendo con varios teólogos sobre el sexo de los ángeles. La realidad es que no se sabe a ciencia cierta qué pasó con el emperador y que su cadáver no se recuperó. Una versión dice que murió en un intento desesperado de contener a los turcos junto a la puerta de San Romano. La otra dice que estaba intentando escapar hacia el puerto, cuando se cruzó con unos soldados turcos que, no habiéndole reconocido, le mataron.

La caída de Bizancio supuso un choque para la Cristiandad, pero fue un choque esencialmente psicológico. Bizancio había sobrevivido a la caída del Imperio Romano durante 1.000 años. Había sido un poco como ese cuñado prepotente y plasta al que luego las cosas le habían ido mal y con el que uno tal vez no se lleve demasiado bien, pero que no deja de ser como de la familia.

Para mí lo más importante de la caída de Constantinopla es que le proporcionó a Álvaro Mutis la ocasión para pronunciar una magnífica boutade.