miércoles, diciembre 12, 2007

Usera

Por mucho que la Historia lo intenta, no consigue hacer justicia a todos quienes en ella destacan. El tiempo es un juez muy duro y, tarde o temprano, para la mayoría de las personas una vez recordadas llega el olvido. Su traza sigue ahí; dan nombre a tal o cual lugar, pero las personas pronuncian ese nombre sin tener realmente conciencia o información sobre a quién se están refiriendo.

El Madrid moderno ha tenido diversos constructores y uno más famoso que ninguno: el marqués de Salamanca. En realidad, yo creo que si le preguntasen a la mayoría de los madrileños, contestarían que Madrid, como ciudad, es mérito de Carlos III y del marqués más o menos a partes iguales. Pero Madrid es muy grande y en él hay sitio para otros constructores. Hoy os quiero hablar de uno que está en boca de muchos madrileños, aunque, en realidad, no sepan quien es: Marcelo Usera.

Nació Marcelo Usera en 1874, de una familia de posibles. Su padre era inspector de ingenieros de minas y ganaba sus peculios para poder pagar una vida y unos estudios a sus cinco hijos, aunque lo pagaba a base de prolongadas ausencias de casa. Ausencia que pronto se hizo extrañamiento, porque fue destinado a Cuba, que entonces aún era española.

En 1890, los buenos oficios del señor Usera padre le granjearon el nombramiento de inspector general del Cuerpo de Ingenieros, motivo por el cual regresó a España. Sin embargo, en ese momento, de gran felicidad para la familia, sobrevino la tragedia, pues el buen hombre falleció repentinamente en aquel viaje de regreso. Marcelo, que hace la carrera de Filosofía y Letras, tiene que empezar a ayudar a mantener a su familia a base de dar clases, lo cual no le impide también estudiar Derecho.

Ésta es la vida de Marcelo Usera, la vida pues de un burgués venido a menos, golpeado por la mala suerte, hasta que en 1904, con treinta años de edad, se casa con Carmen del Río. Su esposa posee algunas tierras de labrantío pasado el Manzanares, tocando Carabanchel, Villaverde y el propio término municipal de Madrid. Esto le permite a Usera penetrar en el mundo de la producción agropecuaria, donde destacará. En 1912, con ocasión de la Exposición Agrícola y Ganadera Internacional que se celebra en Madrid, recibe varios premios. Y no es ésta la única prueba del talento organizador de Marcelo. A los veinte años se había ido, como todos los pobres, a hacer el servicio militar, alcanzando el grado de oficial y adquiriendo una serie de experiencias que le permitieron redactar un trabajo titulado Suministros a un ejército en operaciones; obra que llamó la atención nada menos que del rey Alfonso XIII, el cual acabará pagándole la edición del estudio y los costes derivados de la expedición del título de abogado.

Es tras la primera guerra mundial cuando Usera comienza a madurar la idea de que Madrid va a crecer. Una idea ciertamente visionaria; ahora parecerá muy fácil creer en ella, pero lo cierto es que, en los primeros años del siglo pasado, Madrid era una ciudad provinciana que ejercía de capital administrativa, que no económica, de un país más bien poco productivo; nada parecía indicar que habría de crecer significativamente.

Marcelo Usera decide, como décadas antes el marqués de Salamanca, construir un pequeño Madrid dentro de Madrid. Pero no puede. Las tierras que posee tras su matrimonio, ya lo he dicho, están muy dispersas; hay parcelas por aquí y por allá. Así que él comienza una labor de concentración basada en la permuta; se deshace de tierras en Carabanchel y Villaverde, sectores que en ese momento quedan muy lejanos a las líneas de expansión que él imagina, a cambio de tierras en el área de Madrid.

Una vez conseguidas las tierras, Usera promueve y comienza a comercializar las casas de su nuevo barrio, que en su origen se denominó La Legión ya que aquel hombre, al parecer, tenía gran admiración por Millán Astray, el militar que la fundó; de hecho, las calles y plazas del nuevo barrio llevan nombres de distintos jefes legionarios (una calle, por cierto, se denomina del Comandante Franco). En realidad, los nombres del futuro barrio de Usera son muy curiosos; en la primera mitad del siglo XX, en una medida que por cierto me parece muy recomendable, los vecinos tenían la potestad de decidir los nombres de las calles de sus barrios. Por este motivo, las calles del barrio de Usera llevan, en muchos casos, los nombres de parientes o empleados de Usera que eran conocidos en el barrio.

Según la documentación que he podido leer, Usera vendió 300 parcelas de La Legión, a 30 céntimos el pie. Luego acometió una operación muy parecida en un barrio conocido como El Parador del Sol, más o menos donde hoy está el puente de Praga; y, por último, promovió la construcción del barrio que lleva su nombre.

Se dice que por una parcela que le faltaba en su barrio, que valía unas 125 pesetas, Usera pagó 5.000. La gente pensó que era gilipollas. Pero, una vez urbanizada, la vendió por 30.000.

Ideó un barrio para unos 10.000 pobladores en casas de una a tres plantas; un concepto muy rural que el crecimiento de Madrid acabó, digamos, «matizando». No sé muy bien cuántas personas viven hoy en el barrio de Usera, pero para que sean seis o siete veces la cifra inicial, no tiene que pasar nada.

Usera falleció el 29 de enero de 1955. En su barrio había donado el suelo para la construcción de un colegio, que al parecer consideraba su gran obra. Su testamento dejaba en herencia en nuda propiedad a dicho grupo escolar, con una riqueza equivalente a un millón y medio de pesetas; una pasta para la época.

Nadie duda que don Marcelo quería hacer dinero, y lo hizo. Pero su labor tiene el tufo de esas personas que, además de hacer dinero, hacen otras cosas. Las crónicas de la época dibujan a un Marcelo Usera conocido por sus vecinos, a la par que clientes, los cuales, como acabo de decir, nombraban las calles con personas de su entorno, como si de una especie de familia se tratase. Así pues, el barrio de Usera hoy existente, con su nombre quizá olvidado para muchos, sirve para recordarnos algo sobre lo que a menudo dudan muchas personas: nos viene a recordar que, para hacer dinero, no es estrictamente necesario ser un cabrón.