miércoles, abril 04, 2007

Santa Semana, de la mano de Saddam

Con vuestro permiso (o incluso sin él), este blog se va a procesionar unos días, lejos del mundanal mundo electrónico. Antes de ello, sin embargo, os dejamos este post de Ina, que os recomiendo vivamente; rico, rico, rico.

Una vez más, qué narices, nos salimos del tiesto para tratar un asunto que no es la Historia de España; aunque supongo que a ninguno de vosotros le costará encontrar la ligadura. Hoy Inasequible os quiere hablar de los días, no tan lejanos, en los que amábamos a Saddam Hussein.

Le dejo a él mismo con la palabra, y de vosotros me despido hasta el lunes.

Después de más de una década de propaganda negativa, resulta difícil ya acordarse de que hubo un tiempo en el que Saddam Hussein era el bueno de la película.

Decir simplemente que la revolución islámica iraní de 1979 quitó el sueño a los estadistas occidentales, no haría justicia al tremendo impacto que tuvo. Les quitó el sueño, la sonrisa y las ganas de vivir. En pocos meses, el régimen pro-occidental el Shah Mohammed Reza Pahlevi había caído ante una extraña alianza de comunistas e islamistas. De pronto el país más poblado del Golfo Pérsico, el país con las Fuerzas Armadas mejor dotadas de la región, el país que era visto como el gendarme de la zona, se adentraba por derroteros impredecibles. Pronto se vio que la revolución era más islamista que comunista, aunque los ayatollahs empezaron a armar tal barullo que seguramente muchos habrían preferido a los comunistas.

Estratégicamente, la revolución iraní no podía haber ocurrido en peor momento. 1980 sería un año electoral en Estados Unidos y además la guerra de Vietnam aún estaba fresca en las memorias. Con Europa no había que contar. Todavía existía el Pacto de Varsovia y la OTAN, que aún no había perdido su razón de ser, no buscaba meterse en extraños líos fuera del continente europeo. Los ejércitos de los países ribereños del Golfo tampoco estaban para muchas alegrías: pequeños, dotados a menudo de más material moderno del que saben utilizar y compuestos por oficiales que ven su puesto como una agradable sinecura, más que como un cometido guerrero. Si los ayatollahs iraníes decidían pasar de las soflamas verbales a los estacazos, no estaba muy claro lo que podría ocurrir. O tal vez sí que estuviera muy claro: en la segunda mitad de 1979 se produjeron revueltas shiies en la provincia saudí de Hasa y en Bahrein, mientras que en Kuwait ocurrían actos terroristas y circulaba propaganda sediciosa. Afortunadamente, Saddam Hussein, que había accedido a la presidencia de Iraq el 16 de julio de 1979, vino a salvarnos.

Tengo un libro de la editorial británica Osprey, que se titula The Iran-Iraq war 1980-1988, cuyo autor es un tal Efraim Karsh. Resulta interesante porque, aunque está editado en 2002, presenta una visión de la guerra en la que Saddam es el bueno de la película. Me ha sorprendido que, después de lo que ha llovido, alguien siga manteniendo la misma imagen que nos vendían los medios de comunicación en los ochenta. Tal vez el bueno del profesor Karsh sea un eremita, absorto en sus estudios, y no haya leído un periódico como poco desde agosto de 1990.

Según el profesor Karsh, la guerra entre Iraq e Irán, que inició Saddam Hussein en septiembre de 1980, fue esencialmente un movimiento de autodefensa ante la sedición que el régimen islámico iraní estaba extendiendo entre la mayoría shií de Iraq e incluso entre los kurdos. De hecho, Saddam hubiera preferido aprovechar la bonanza petrolífera de 1979-80 para desarrollar el país y mejorar el nivel de vida de la población y no para lanzar una guerra. Suena bonito, pero no sé por qué me resulta más convincente lo que Said K. Aburísh cuenta en el libro The House of Saud: tanto Estados Unidos como Arabia Saudí tenían pánico de los efectos que podría tener la revolución iraní sobre la región y pensaron en alquilar al mamporrero iraquí para que los protegiera. Aburish afirma que hubo incluso un acuerdo secreto por el que los saudíes se comprometían a entregarle a Saddam toda la asistencia financiera que necesitase. El negocio parecía redondo: le iban a pagar para que matonease a un vecino molesto, en una guerra que se prometía corta y victoriosa.

Porque ésa era otra; se ve que los analistas que predijeron el resultado del ataque iraquí contra Irán en 1980 debieron de ser los mismos que auguraron una ocupación tranquila de Iraq por los estadounidenses en 2003. Las expectativas eran que Iraq barrería sin problema a los iraníes, que habían dedicado los últimos meses a purgar y ejecutar a los oficiales del antiguo Ejército del Shah y a dejar que el polvo del desierto se amontonase sobre unos aviones para los que, en todo caso, ya no podían comprar recambios, porque sus proveedores les habían cerrado el grifo. Es más, muchos esperaban que bajo el peso de las derrotas militares, el régimen del ayatollah Jomeini se derrumbase en pocas semanas. Como para preguntarles quién va a ganar la Liga.

La guerra comenzó bien para los iraquíes, pero hubo dos sorpresas desagradables: los iraníes se defendían como leones, haciendo que cada conquista fuera a costa de muchas bajas, y el régimen de Jomeini no cayó. En lugar de un conflicto breve y victorioso, a partir del verano de 1981, Iraq se encontró adoptando el papel de defensor en una lucha que empezaba a parecerse cada vez más a la guerra de trincheras de 1914-18.

Durante esos años de guerra de trincheras, Saddam siguió siendo el bueno de la película, aunque a veces sus aliados tuvieran que dislocarse el cuello de tanto girar la cabeza para no ver los verdaderos colores de Saddam. Se le perdonó que uno de sus aviones bombardeara por error un destructor norteamericano en 1987 y matara a 37 marineros. Se hizo la vista gorda ante el uso de armas químicas por los iraquíes (es posible que las ofensivas iraníes hubieran sido victoriosas si no hubieran intervenido las armas químicas iraquíes). Incluso el asesinato con gases de entre 5.000 y 10.000 kurdos en marzo de 1988, sólo llevó a que Occidente le diese un pequeño capón en la cabeza a ese dictador que no era malo, sino solamente un poco bruto.

Aburish apunta que tanto EEUU como Arabia Saudí deseaban que la guerra Irán-Iraq terminase en tablas o, como él dice: «Que Allah derrote a Jomeini, sin que Saddam salga victorioso». Me parece muy verosímil. Una victoria iraní hubiera sido un desastre: revoluciones shiíes en toda la región, difusión del islamismo radical… Una victoria iraquí sólo hubiera resultado marginalmente mejor. Un Iraq socialista, nacionalista y victorioso, convertido en potencia regional tampoco era algo que despertase grandes alegrías. Una prueba de que Aburish no anda desencaminado es el extraño asunto del Irangate. Para explicar de una manera sencilla el embrollo: Estados Unidos proporcionaba secretamente armas a Irán por medio de Israel; Arabia Saudí financiaba la operación y con los beneficios obtenidos el Ejecutivo norteamericano financiaba ilícitamente a la contra nicaragüense. Con amigos así, quién necesita enemigos, ¿verdad Saddam?


La guerra Irán-Iraq terminó en agosto de 1988 en tablas: ambos países acordaron el regreso al status quo anterior a septiembre de 1980. Saddam, de cara a su pueblo, se proclamó vencedor. Una victoria muy extraña: 200.000 iraquíes habían muerto y otros 400.000 habían muerto (dejo a JdJ que haga los cálculos de qué porcentaje representa eso en una población de 17 millones de habitantes, pero me parece que el resultado es apreciable), el país había acumulado deudas por importe de 50.000 millones de dólares con Kuwait y Arabia Saudí para sufragar la guerra, las importaciones de bienes civiles disminuyeron un 50% entre 1982 y 1987. Todos esos sacrificios habían servido para conseguir… nada.

Fue entonces cuando Saddam se convirtió en el malo de la película. Para aquéllos que gusten de conspiraciones maquiavélicas, voy a contar la historia siguiendo a Aburish.

Aburish afirma que tras la guerra a Saddam le buscaron las cosquillas y le pusieron contra las cuerdas. Justo en un momento en el que el Iraq endeudado dependía enormemente de su petróleo, Kuwait excedió su cuota de la OPEP, aumentando su producción de petróleo a partir del yacimiento de Rumailla, que está en la frontera entre los dos países y es una causa tradicional de controversia. Con esta medida, Iraq perdía del orden de los 4.000 millones de dólares anuales por ingresos del petróleo. Para más inri, Kuwait empezó a insistir en el pago inmediato de los 8.000 millones de dólares que le debía Iraq ¿Por qué Kuwait se enemistaba de esta manera con Iraq, en unos momentos en los que el dinero le salía por las orejas (las Torres de KIO en Madrid y el financiero De La Rosa pueden dar fe de que si algo no necesitaba Kuwait en esos momentos era más dinero)? Aburish no da una respuesta clara, aunque apunta varias pistas: el temor a Saddam y el deseo de reducir su poder; el intento de desviar la atención para que no saliera a la luz el apoyo que Iraq había recibido de Arabia Saudí y de Estados Unidos durante la guerra. Reconozco que Aburish llega a convencerme de que algo huele a podrido en este embrollo, pero me fallan las motivaciones: Saddam había quedado bastante debilitado con la guerra y había otras maneras de desviar la atención menos peligrosas.

La tensión entre Iraq y Kuwait se prolongó durante dieciséis meses y aquí llegamos a una parte de la historia que me fascina. El 25 de julio de 1990, Saddam Hussein llamó a audiencia a la embajadora de Estados Unidos en Bagdad, April Glaspie, para sondearla sobre cuál sería la postura de EEUU en caso de un conflicto entre Kuwait e Iraq. La respuesta fue que EEUU podía vivir con un barril en torno a los 25 dólares y que el conflicto fronterizo entre los dos países era un asunto interno árabe en el que EEUU no deseaba interferir. Saddam tomó el encuentro, al que siguió una carta amistosa del Presidente Bush (padre) dos días después, como una luz verde a la invasión de Kuwait. Ahora vienen las preguntas interesantes: Glaspie pensaba que la había llamado a audiencia el Ministro de Asuntos Exteriores, Tarek Aziz, y se encontró con el propio Saddam. ¿De verdad pensaba que la habían convocado, y esta vez nada menos que el propio Saddam, para contarle por enésima vez lo malos que eran los kuwaitíes? ¿Tan inútil era que no vio que Saddam estaba sondeándola y mandándole señales de que sus intenciones podían ser un pelín belicosas? ¿Es posible que un viejo zorro como Saddam malinterpretase (versión de Efraín Karsh) la respuesta cortés de Glaspie y tomase por una luz verde lo que no era más que una manera de quedar bien sin comprometerse a nada? Dado que Glaspie debió informar inmediatamente al Departamento de Estado de su encuentro con Saddam, ¿a nadie se le encendió una bombillita de que algo gordo se preparaba?

Como quiera que fuese, el 2 de agosto de 1990 Saddam invadió Kuwait y de aquellos polvos vienen estos lodos.

Me gustaría terminar con una reflexión: Saddam era un dictador brutal, de tendencias socializantes, nacionalistas y laicas. Lo irónico del asunto es que para Occidente posiblemente fuera uno de los interlocutores más fiables en la región. Desde luego había más puntos ideológicos en común con él que con los ayatollahs iraníes, con los monarcas saudíes o con los islamistas. Cierto que su record de Derechos Humanos era pésimo. ¿Qué hubiera debido hacer Occidente a este respecto? No sé. Tal vez habríamos podido preguntárselo a Pinochet.