miércoles, abril 25, 2007

El día que un compostelano quiso matar a la reina

La Historia es la principal fábrica de mitos que tiene el hombre. Los hechos pasados y relevantes, recordados por las generaciones venideras, suelen generar mitos, mártires y conceptos que enraizan muy poderosamente en nuestras conciencias. Hay hechos, por lo demás, que todo el mundo recuerda, dado su carácter singular. Los magnicidios, por ejemplo. Cuando alguien atenta contra un rey o un primer ministro, esto es algo que se tiende a recordar. Ya hemos hablado aquí de magnicidios como el asesinato del almirante Luis Carrero Blanco o el del primer ministro José Canalejas. Y hablaremos de algunos más, porque la Historia de España es más fecunda en magnicidios de lo que parece. Hoy, sin embargo, voy a hablaros de uno que me atrevería a apostar a que pocos de vosotros conocéis. Incluso aquellos de vosotros que sois paisanos míos, es decir gallegos. Incluso aquéllos de éstos que, además de gallegos, se sientan nacionalistas. En este último caso, además, vuestra ignorancia tiene poco perdón.

Hoy hablaremos del día que un tipo de Compostela intentó volarle la cabeza a la reina Isabel II.

Lo que voy a relatar ocurrió un 4 de mayo de 1847; pero antes, para que nos entendamos, tengo que contar algunas cosas, hablar de alguna gente. Por ejemplo, del general Solís y de Antolín Faraldo.

Los que leáis esto y no os hayáis criado en Galicia es posible que no tengáis ni idea de quién fue Antolín Faraldo. Sin embargo, Faraldo, para los gallegos, es un símbolo; especialmente para los gallegos de índole más progresista y nacionalista. Faraldo fue un activo y más que pulcro escritor y periodista que ocupó plaza en el intensísimo progresismo gallego de la primera mitad del siglo XIX. Por progresismo debemos entender aquella vertiente política liberal nacida de los tiempos de la Constitución de Cádiz que durante todo el reinado de Fernando VII luchó, con escaso éxito, contra los moderados partidarios del absolutismo por tener el poder en España. Los progresistas eran, pues, liberales, no pocos de ellos de tendencia republicana y, en Galicia, no pocos de ellos de ideas que hoy calificaríamos de nacionalistas. El nacionalismo gallego se apoyó desde muy pronto en dos grandes pilares: el progresismo político y la consideración de una deuda histórica de España con Galicia. La hoy considerada primera generación de galleguistas está formada por este grupo de agitadores de la pluma: Eduardo Chao, Augusto Ulloa, José Rúa Figueroa, Antonio Romero Ortiz, Antonio Neira de Mosquera y, por supuesto, Antolín Faraldo.

Escribió Rúa Figueroa:

Vuelve a esa Irlanda ignota y despreciada
en que el vulgo español, siempre ignorante,
ver cree en su cerviz no domeñada
de servidumbre el sello vergonzante.

Será una de las señas de identidad del protonacionalismo gallego: la identificación de Galicia como la Irlanda de España, esto es el territorio sometido contra su voluntad y sumido en la pobreza. En aquellos años, los niños mueren de hambre a docenas en Irlanda; Irlanda juega, para los españoles decimonónicos, el papel mental que hoy juegan los países africanos.

No obstante, es mi opinión particular, y por lo tanto intransferible, que en los tiempos presentes el papel real del nacionalismo en el progresismo gallego está sobrevalorado. Para mí, aquellos progresistas gallegos lo eran todo, pero más lo primero que lo segundo.

Estamos el 2 de abril de 1846, en la ciudad de Lugo; ésa a la que debéis ir si lo que queréis es comer. La reina está aún asentándose, tanto que hasta es, aún, soltera (casó el 10 de octubre de aquel año). Su padre, el rey Fernando, había muerto en 1833, debiendo realizarse una regencia por ser la reina niña, que recayó en Baldomero Espartero. Esto supuso el desarrollo de una serie de gobiernos progresistas que, sin embargo, terminó con la regencia, pues en 1843 la reina, dueña ya de sus destinos, se ha decidido por Narváez, el prohombre de las derechas moderadas.

Narváez era un personaje muy amigo del orden. Demasiado, incluso. No dudó en reprimir a sus enemigos políticos cuando pudo y, por lo tanto, sus periodos de gobierno fueron siempre un acicate para ese enfrentamiento básico entre liberalismo y conservadurismo en que se consumió el siglo XIX español. Pero, además de reprimir, en aquellos años Narváez había hecho otra cosa que le había generado bastantes problemas: reformar el sistema fiscal.

El 23 de mayo de 1845 se publicó la primera ley que implanta en España un sistema tributario moderno; una reforma que conocemos por el nombre de su impulsor, Alejandro Mon. La reforma de Mon era necesaria porque el sistema tributario español era un cachondeo sin base técnica y hacía falta modernizarlo. Esta modernización, sin embargo, no fue fácil. A despecho de que algún día deberemos hablar más en profundo de la reforma de Mon, me limitaré a explicaros aquí que la piedra angular de su reforma fue la creación de la contribución territorial, que gravaba la posesión de inmuebles, cultivos y ganadería. Esta reforma tributaria supuso incrementar las cargas en muchos lugares, no sólo de Galicia, sino de España entera. Funcionaba por el sistema de cupo, esto es: el Estado definía lo que necesitaba ingresar y la distribución entre provincias de dichos ingresos. A partir de ahí, las Diputaciones Provinciales distribuían los pagos entre municipios, y los ayuntamientos entre los vecinos.

Se trató de una reforma centralizadora, de corte francés, lo cual quiere decir que, con la excepción básica de los fueros vascos y navarros, acabó con toda una telaraña de privilegios y exenciones de pago que diversos lugares habían acumulado a lo largo de los siglos. En suma: como toda reforma tributaria seria, hizo pagar a muchos que hasta entonces no pagaban.

El 2 de abril de 1846, se alza en armas en Lugo el comandante Miguel de Solís y Cuetos, en un golpe de Estado en toda regla. Pero el grito de Solís no será Galiza ceibe (Galicia libre) ni nada que se le parezca. Solís se alza en armas con el eslogan: «Viva la libertad, viva la Reina libre y constitucional, abajo la camarilla y el dictador Narváez y abajo el sistema tributario». Lo que se dice un pronunciamiento liberal y constitucionalista en toda regla. Amén de una movida por las pelas.

El golpe de Estado tuvo un éxito inmediato en Galicia, lo cual revela la existencia de un sentimiento progresista muy exaltado en la región. El día 5 se une la guarnición de Santiago de Compostela, el día 9 la de Buceta (Pontevedra), y luego siguen Rubín cerca de Vigo, Baiona, O Morrazo, Redondela, Tui, Muros, Noia, Poboa do Caramiñal, Vilagarcía, Ribeira, Padrón y Cangas. En un movimiento con claras reminiscencias de la guerra de independencia, los alzados se apresuran a crear una Xunta Superior de Goberno de Galicia; ya he dicho que no es éste un movimiento nuevo pues así reaccionó décadas antes el país contra el francés, creando diversas juntas revolucionarias.

En ese punto, el ejército de Narváez, comandado por el general De la Concha y notabilísimamente superior a las fuerzas gallegas, se mueve ya hacia Galicia con la intención de sofocar el levantamiento. En parte por eso, es decir porque los alzados ya saben entonces que su pronunciamiento se ha limitado a Galicia, en parte porque sus sentimientos nacionalistas son sinceros, es cuando la revolución vira más claramente hacia la reivindicación nacional. La ágil pluma de Faraldo se quejará de que Galicia se ha convertido en «una colonia de la Corte»; las quejas sobre el ninguneo de Madrid hacia Galicia son constantes en el nacionalismo gallego, y tienen una gran base de razón. Quien piense lo contrario, que se pare a averiguar en qué año tuvo su región conexión por autovía y en qué año la tuvo Galicia; o para cuándo se dice (se dice) que llegará la alta velocidad a la catedral.

Este sentimiento de deuda histórica hará escribir a Faraldo, en la proclama de la Xunta de Goberno, que Galicia debe conquistar «a influéncia de que é merecente, colocando-se no alto lugar a que está chamado o antigo reino dos Suevos». La apelación a la grandeza de los tiempos del rey Reckiario es otra de las constantes del nacionalismo gallego.

La cosa no salió bien. Galicia se quejaba de que era una puta mierda, y es que lo era. Por lo menos, militarmente. De la Concha entró en la región con no demasiados problemas y las tropas alzadas debieron recular. La batalla decisiva se planteó en Cacheiras, en las inmediaciones de la hoy capital de Galicia. Los ejércitos gallegos fueron aplastados, yo diría que con bastante facilidad, y se refugiaron dentro de la ciudad, donde, según algunos testimonios, se vivió un ambiente un poco en plan Comuna de París, con el personal levantando barricadas en las calles mientras oradores improvisados arengaban a las masas liberales. Les sirvió de poco porque De la Concha les encendió el pelo.

En uno de los edificios más bonitos de Santiago, San Martín Pinario (a quien, vaya por Dios, el Word de Bill Gates se empeza en llamar San Martín Binario), Solís esperaba su destino. Allí fue prendido junto con su plana mayor. Se decidió su traslado a La Coruña, para ser juzgado.

En mis lecturas, cuando menos de momento, no he conseguido aclararme las ideas sobre lo que pasó entonces. Se dice que en las ciudades de Galicia los alzados tenían muchos, muchísimos partidarios (lo que he contado de la gente montando barricadas en Santiago así parece demostrarlo). Así pues, es probable que los carceleros de Solís y compañía tuviesen miedo de llegar a alguna ciudad donde los rebeldes pudieran ser liberados por la gente. Sea por esto, sea porque así lo tenían pensado, lo cierto es que a medio camino y con nocturnidad, en un pueblecito llamado Carral, Solís y sus mandos fueron asesinados. Hubo una especie de consejo de guerra, apresurado, y luego doce fusilamientos. Esos doce muertos son conocidos como Los Mártires de Carral y no sé, la verdad, si se estudian hoy en las escuelas de Galicia. Pero a principios del siglo pasado, para los nacionalistas gallegos eran un mito de gran fuerza.

En fin. Volvemos al 4 de mayo de 1847. La reina está en un momento tan dulce que cuando sale a la calle, el pueblo de Madrid la rodea y vitorea, tanto que hasta le obligan a rogar que la dejen un poco en paz. Sin embargo, ese día, Isabel II regresa a palacio demudada, sin color en la faz y algo temblona. Se sienta en una silla, suspira y luego dice:

‑Me han querido asesinar. Me han disparado dos tiros. Yo he sentido que me pasaba por la frente una cosa como si me quemara.

Y acto seguido se quita el sombrero, perfectamente agujereado por la trayectoria de una bala.

Lo creáis o no, poca gente se había dado cuenta. La reina iba por la calle como todas las reinas, acompañada de su séquito. Sin embargo, nadie parecía haberse dado cuenta de que le habían disparado. Ciertamente, este hecho se presta a chistecitos fáciles teniendo en cuenta que quien le disparó, luego lo veremos, era un gallego, o sea uno de esos que cuando está en una escalera blablabla. Pero eso os lo dejo a vosotros.

El atentado fue totalmente premeditado. La reina iba en un coche descubierto, acompañada de su suegro, el padre por lo tanto de Don Francisco de Asís, y de la infanta Pepita, hija de este. Remontó el paseo del Prado y fue a entrar en la Puerta del Sol. Entonces esa primera manzana de la calle Alcalá era más o menos como ahora: más bien estrecha, entonces más que lo que lo es hoy. Al llegar la calesa real al principio de la calle Alcalá se encontró una berlina parada justo ahí, impidiendo el paso. Por ello, el carruaje real hubo de aminorar la marcha, pararse prácticamente. Y fue entonces cuando se produjeron los disparos.

Lo policía no tuvo más que seguir la pista de aquella berlina que, oh casualidad, había quedado allí, tapando el paso de la reina. Descubrió que el vehículo había sido alquilado la misma tarde del suceso en una empresa llamada La Comodidad. Lo había alquilado un abogado y periodista compostelano, Ángel de la Riva, según él para dar un paseo con su mujer, de nombre María Urdiales.

Siguieron las pesquisas. En aquel entonces existía en la calle Almirante un lugar para practicar el tiro de pistola, y la policía descubrió que, en los días anteriores, De la Riva había estado practicando allí en compañía de personajes muy conocidos de aquel Madrid como Julián Romea y su hermano Florencio, o Nazario Carriquiri. Preguntados los testigos, todo el mundo se hizo lenguas de lo extraño de aquella práctica pues De la Riva nunca había aparecido por allí. Así pues, la policía registró el domicilio del gallego, en el número 13 de la calle Concepción Jerónima, y encontró allí dos pequeños revólveres, uno de ellos con evidentes signos de haber sido recientemente utilizado.

Blanco y en botella, pena de muerte.

De la Riva fue, efectivamente, condenado. Aunque la sentencia se le conmutó por otra de veinte años que poco después, el día del cumpleaños de la reina, se rebajó a cuatro años de destierro; pena de la que cumplió apenas treinta días, pues fue indultado.

¿Qué pasaba? Pues que la reina, ya antes del tiro, se estaba haciendo un poco liberal; así, pues, probablemente quiso perdonar esta afrenta, a pesar de que estuvo a piques de acabar con su vida.

Afortunadamente para los borbones, la puntería no es virtud común de todo gallego.