miércoles, noviembre 29, 2006

Arreglando el país: los enterados

No os perdáis este post de Ina. Es realmente interesante.


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El primer rasgo del enterado es que él dispone de más información que nadie. Ya sea porque su primo sea el peluquero de la cuñada del Presidente del Gobierno o porque haya oído en un restaurante una conversación significativa entre dos que seguro que pertenecían al CNI, él posee datos que nadie más posee. Cuando al enterado le fallan esas fuentes privilegiadas de información, siempre le queda su capacidad para leer entre líneas y darse cuenta de lo que se cuece, que parece mentira que nadie se haya percatado todavía.

Si los enterados se contentasen con atesorar información y conspiraciones, serían soportables. Lo malo es que se empeñan en arreglar el mundo y contártelo.

Hace algún tiempo conocí a uno de esos enterados en un bar del Madrid viejo. Era un jubilado, al que le caí en gracia. En quince minutos y con una caña, arregló la situación en Iraq. Con otros quince minutos y otra caña, habría arreglado el resto de Oriente Medio. Lo curioso es que sus ideas sobre Iraq no eran mucho más descabelladas que las de Bush, Cheney y Rumsfeld. Tal vez si le diesen una oportunidad sería un mejor Secretario de Defensa de Estados Unidos que Rumsfeld. El listón no está demasiado alto.

En los siglos XVII y XVIII, a los enterados se les denominaba «arbitristas» y el tema del día no era cómo resolver lo de Iraq, sino cómo frenar la decadencia española y que el país volviera a recuperar su esplendor pasado.

Hubo arbitristas disparatados, desde luego. Mi favorito es uno que propuso que se construyeran dos grandes canales, que se encontrarían en Madrid y dividirían la Península Ibérica en cuatro territorios de idéntica superficie. Esto permitiría que toda la Península pudiese disfrutar de los beneficios del comercio marino.

Pero junto a esos arbitristas “enterados”, hubo otros que investigaron las causas de la decadencia de España y encontraron que su raíz era básicamente económica. Si hubieran escrito en inglés y se hubieran apellidado Smith hoy serían estudiados en las facultades de económicas de todo el planeta. Para su desgracia, escribieron en español y en un imperio en decadencia al que nunca se le dieron demasiado bien la propaganda y las relaciones públicas.

Uno de los primeros tratadistas de este tipo fue Martín González de Cellórigo que, ya en 1600, se adelantó a los monetaristas del siglo XX y se dio cuenta de que el mero caudal de metales preciosos no implica riqueza, sino aumento de precios. La idea de que el aumento de la masa monetaria en circulación sin un correlativo aumento en la cantidad de bienes producidos produce inflación ya había sido entrevista por González de Cellórigo trescientos años antes de que naciera Milton Friedman.

Veinte años más tarde, Sancho de Moncada se revela como uno de los primeros economistas políticos de la Historia. Sancho de Moncada hace un análisis de la situación española del siglo XVII que no desmerece de las páginas de economía de un periódico del siglo XX. Para él, la entrada de gran cantidad de metales preciosos en España tuvo como consecuencia el encarecimiento de los bienes españoles, lo que a su vez provocó la ruina de nuestras exportaciones y el aluvión de importaciones baratas que acabaron asolando la industria nacional. Las medidas por las que aboga se parecen mucho a las que aplicaron muchos países en desarrollo en los años 60 y 70 del siglo pasado, con pobres resultados, todo hay que decirlo: proteccionismo comercial y nacionalización de la industria y el comercio, aunque no en el sentido de su asunción por el Estado, sino de la expulsión de los extranjeros y su entrega a los españoles.

Que los llamamientos de Sancho de Moncada y otros arbitristas que defendían ideas similares no fueron oídos, nos lo prueba que treinta años más tarde, hacia 1650, otro arbitrista, Francisco Martínez de Mata, volvió a proponer las mismas medidas proteccionistas y de fomento de la industria nacional que los anteriores. Eso sí, el proteccionismo de Martínez de Mata no es un proteccionismo ciego, sino uno que no pierde de vista la interdependencia entre los distintos sectores de la economía.

Los arbitristas fueron una voz que clamó en el desierto. Aunque los gobernantes fueron a menudo conscientes de que estaban cargados de razón, las necesidades apremiantes de lograr un millón de ducados para continuar el asedio de Breda o de subvencionar con medio millón de ducados al Emperador austriaco para que enviase un ejército al Báltico, hicieron que lo apremiante de los compromisos a corto plazo se comiese a la conveniencia de planificar a largo plazo. Unos gobernantes cuyo horizonte mental apenas iba más allá de la llegada de la próxima flota de Indias y de las campañas militares que su plata podría costear, no estaban capacitados para aplicar los programas de los arbitristas.