domingo, septiembre 17, 2006

Calixtino II: el milagro de los Montes de Oca

Vaya por delante que yo no creo en la metepsicosis, parapsicología y otras pseudociencias llenas de pes, que dan tanto de comer a personas que, tal vez por alguna ley matemática que desconozco, casi siempre se apellidan J(G)iménez. Creo que los fenómenos inexplicados son a veces burdas invenciones y otras, fenómenos cuya fuente aún desconocemos. La parapsicología de los Neardenthal sería, quizás, hacerse empanadas mentales preguntándose por qué determinadas piedras eran capaces de mover otras sin contacto. Y hoy eso se ha reducido al estudio del escasamente sexy magnetismo.

Pero, una vez dicho lo dicho, esta segunda y última entrada sobre el Códice Calixtino la hago para describir un milagro jacobeo que en este libro se relata. Y lo cuento porque, como ahora veremos, más que escrito en un códice medieval, parece sacado de un libro de ciencias ocultas.

Este milagro, que se suele llamar el del adolescente de los Montes de Oca, cuenta la historia de un varón francés virtuoso que, pese a su bondad, no conseguía que su mujer concibiera. Para rogar a Dios por dicha prez peregrinó a Santiago, donde el apóstol le exigió, para darle ese hijo que tanto amaba, tres días de castidad. Regresado a su casa, el varón cumplió con lo prometido (no sin antes encerrarse en su dormitorio y tirar la llave, tales eran los embates de su mujer) y, tras el ayuno, holgó con su mujer y la embarazó. Fue niño y lo llamaron, cómo no, Jacques.

Cuando aquel niño tenía quince años, la familia decidió dar gracias a Santiago de nuevo y peregrinaron todos juntos a Compostela por el camino francés. Sin embargo, en los Montes de Oca, el muchacho murió repentinamente, sumiendo a padre y madre en tierno desconsuelo. No obstante, cuando iba a ser enterrado, el muchacho abrió los ojos, y se levantó. Santiago Apóstol había hecho el milagro de devolverle el hijo a esos padres que tanto lo amaban.

Lo que suena moderno es el relato del chico, tal y como lo recoge el Códice. Dijo estar muerto y tras morir despertar a un mundo de armonía. Él se veía muerto en brazos de sus padres pero no escuchaba sus lamentos, porque se sentía transportado hacia lo alto. Quería volar hacia el cielo, pero el ser, aún, carne se lo impedía. Entonces apareció Santiago, vestido, ojo, con una túnica de inconmensurable blancura, le ayudó a levantarse, y juntos emprendieron el camino hacia la Gloria. Hacia la Luz. A medio camino, fue el Apóstol quien se conmovió de los llantos de los padres; el muchacho confiesa en el Códice que, pese a que consiguió volverse y verlos sufrir, no fue capaz de sentir dicho dolor, pues estaba lleno del Amor hacia el que iba. De una forma más o menos elegante, el relato del milagro nos cuenta cómo el santo tuvo que convencer al chico muerto para que regresara con sus padres, tal era el deseo de él de avanzar hacia lo alto.

Tan ferviente fue el deseo de morir referido por el muchacho que, al escucharlo, su madre no pudo por menos que reprochárselo. Aunque no le sirvió de nada: llegados a Compostela, el muchacho se metió monje, con lo que su madre, en lugar de perder un hijo muerto, lo perdió vivo.

¿A que suena? La Luz, el deseo intenso de ir hacia ella; la presencia de un ser bondadoso que nos llama. Las escasas ganas de vivir, en el sentido de dejar de proseguir con la muerte. Son palabras escritas hace mil años; pero son prácticamente las mismas que se han escrito, en las últimas décadas, en tantos y tantos libros dedicados a eso de la vida después de la muerte.

Ya lo he dicho: yo no creo en estas cosas. He leído por ahí que se han investigado ciertas reacciones cerebrales en momentos de máxima tensión, segregación de compuestos químicos que provocan un estado de gran placer; es una defensa contra el dolor y la angustia. Pero lo que sí me dice este relato es que, aunque otros milagros relatados en tantos libros medievales y renacentistas son probablemente inventados, éste tiene todos los mimbres de ser absolutamente real.

Da que pensar que existió el niño de los Montes de Oca, existió su muerte, y existió su inesperada resurrección. Existió su relato y también la rabia de su madre al saberse despechada por su propio hijo.

Lástima no ser Eric Von Daniken. Si llego a serlo, me forro con este post.