miércoles, julio 26, 2006

¿Un incendio, dice? Pues... ¡a los cañones!

Los habitantes del mundo moderno no nos damos hoy cuenta. Pero hasta hace muy poco tiempo, la historia del hombre, y muy especialmente de las ciudades, ha sido la historia de la lucha contra el fuego. Los bomberos son cosa moderna y, con organización municipal, comenzaron a existir hace poco más de cien años en España. Hasta entonces, el sofocamiento de los incendios en las ciudades era cosa complicada.

En España escuchamos muchas veces la expresión «oyes campanas y no sabes dónde». Se le dice a alguien que no se está enterando de nada de lo que pasa. Pues bien: el origen de esta expresión está en los incendios. En las ciudades de hace doscientos años o algo más, las campanas de las parroquias eran un mecanismo de información de primer orden. De hecho, cuando en el término de una parroquia se declaraba un incendio, ésta tocaba la campana, para hacer saber al resto de la ciudad que allí había una urgencia. Los campaneros de otras iglesias que escuchaban la llamada la repetían, para así llegar más lejos con el aviso.

El problema de este sistema era que, pasado un cierto tiempo, en toda la ciudad se escuchaban campanas (o sea, una escena como del famoso «¡Yo soy Estartaco!» de la peli de Kirk Douglas, sólo que en plan campanudo). Y ya no sabía forma de saber dónde estaba el incendio. Los vecinos, pues, oían campanas, pero no sabían dónde [estaba el incendio].

La noche del 17 de abril de 1815, se produjo en Madrid, en la Puerta del Sol, un pavoroso incendio. Tan pavoroso que quien lo presenció, Ramón Mesonero Romanos, nos cuenta que muchos inquilinos tiraban a la calle sus muebles y cosas valiosas, y otros se tiraban a ellos mismos, huyendo del fuego. En la misma Puerta del Sol se congregó el todo Madrid: autoridades civiles y militares, curas, chulos, majas y hasta el presidente del Consejo de Castilla. Pero los bomberos no aparecieron, claro; cómo iban a aparecer, si no existían.

De la magnitud del incendio dan fe las medidas de crisis que se tomaron. Los aguadores de las fuentes de Madrid fueron movilizados forzosamente, ellos y sus cubos de cobre, y puestos a trabajar en la extinción del fuego. Lo mismo ocurrió con todos los albañiles y carpinteros que se logró encontrar. Cualquier madrileño que se encontrase o se acercase a la Puerta del Sol fue, asimismo, obligado a colaborar en la extinción del incendio.

Lo más curioso de todos estos sucesos es el absurdo abanico de soluciones que hizo aflorar la desesperación. El capitán general de la plaza propuso bombardear los edificios incendiados, para así reducirlos a escombros e impedir que las llamas se propagaran. Los sacerdotes querían combatir el fuego sacando en procesión a San Isidro Labrador o, en su defecto, a la imagen del Santísimo de la parroquia de la Santa Cruz. El alcalde de Madrid propuso que todo ladrón que se aprovechase de la situación fuese fusilado allí mismo, sin juicio.

Todo esto, mucho mejor que yo, lo cuenta Mesoneros en su libro Memorias de un sesentón. Cuya lectura os recomiendo, por ésta y por muchas razones más.