miércoles, agosto 25, 2010

Folletín de verano (27)











Cuatro de la mañana. Llueve en Madrid quedamente. Carlos Luján escucha el repiqueteo contra las ventanas de su dormitorio. Habitualmente, ese sonido le ayuda a dormir. Pero no puede. Tiene demasiadas cosas en qué pensar y ganas de pensar en ellas. Antes, en sus primeros años en la Brigada, era otra cosa la que le tenía despierto en una noche así; las caras de las personas que había apalizado regresaban, como si le quisieran hacer reproches, cada vez que cerraba los ojos. Pero eso pasó hace mucho tiempo. Ahora ha aprendido a compartimentar las cosas. A poner cada sentimiento en su sitio, adjudicarle su momento. Como nunca supo muy bien cuál era el momento para sentir compasión por las personas que pasaban por sus manos, acabó por olvidar sentirla. El tiempo pasa, y él piensa en Anselmo López…


Finalmente, se dice, he acabado por tener razón. Rojos renegados. Su primera tesis ha resultado, de alguna manera, ser la cierta.


Reconstruye, provisionalmente, la historia. Con sus zonas oscuras.


Una pareja de hermanos, probablemente gemelos: los Longares. Políticamente muy significados. Uno de ellos hace carrera en el mundo militar, probablemente en labores de inteligencia. O tal vez incluso es policía; se le podría buscar en los archivos de desafectos, pero tampoco merece la pena porque con un tipo así tampoco está nada claro que Longares vaya a ser su apellido real.


Longares acaba integrándose en el cuartel de Pontejos, integrado en algún cuerpo de élite de carabineros, en directa dependencia del gobierno. Eso ocurre antes o después de estallar la guerra, pero es ahí donde permanece durante la contienda. Cuando se da cuenta de que la guerra está perdida, con Negrín además en Barcelona, muy lejos, comienza a buscarse la vida. Hace uso de su posición y de su alto nivel de información para cartografiar aspectos importantes de las defensas de Madrid. Es su seguro de vida. Un día, sus servicios captan la presencia de quintacolumnistas en la ciudad. Termina el año 38 y Longares se da cuenta de que esos falangistas son más valiosos vivos que muertos. Así que hace detener a uno de ellos y pacta con él un sabotaje a cambio de su libertad. En ese momento, Longares tiene una pareja, no se sabe desde cuándo; una fogosa activista de la FAI, Lucía Odriozola, a través de la cual pone a prueba su pacto con los falangistas dando salida de Madrid a un grupo de anarquistas que, después de la guerra, regresarán.


En lo que se refiere a la huida de los carabineros, la cosa, sin embargo, no sale bien. Contra lo que Longares había pensado, su maravilloso plan no es necesario. El golpe de Estado de Casado, y el simple y puro derrumbamiento del ejército republicano que viene después, frustran completamente sus planes. Pero él no es ningún idiota. Tiene un plan alternativo, para el cual se ha fabricado una identidad nueva, la de Julio Cendoya. Probablemente, no obstante, decide que su cobertura no es suficiente, motivo por el cual decide apuntarse a la División Azul. Acostumbrado a confundirse con el terreno, consciente de que no pocos voluntarios de la División son falangistas radicales, adopta él mismo el papel de radical.


Sabemos, además, que en algún momento durante su periplo ruso, decide hacer saber a Damián Vigo, su antiguo contacto quintacolumnista, que está vivo. Probablemente, fue su hermano Higinio quien le hizo llegar esa postal. No hay más que juntar piezas. En la mente de Luján aparece el momento exacto del largo interrogatorio a Vigo.


-Antes has dicho que hacía años que no veías a Higinio Longares. ¿Cuándo contactaste con él después de la guerra?


-Tras la muerte de su hermano había sido la respuesta del contable-. Cuando apareció yo ya estaba informado por las organizaciones de veteranos. Yo me alegré de verlo y le informé de que me veía con camaradas de Pontejos. Pero Higinio nunca vistió de militar. Supongo que su hermano se las arreglaría para librarlo. Estaba hecho de otra pasta. Vino a verme porque dijo que me había encontrado y porque no sabía que yo ya conocía la muerte de su hermano. Yo interpreté que todo lo que quería era garantizarse que no lo iba a delatar.


En algún momento en torno al año 1943, pues, tras la muerte de su hermano, Higinio Longares dejó clara su voluntad de desvincularse de todo lo que había significado él. Se negó a contactar con viejos camaradas suyos y decidió vivir su vida, una vida muy modesta. Pero persiste el misterio en torno a por qué, cinco años más tarde, repentinamente adquiere la conciencia de que quieren matarle, se esconde en una pensión de mala muerte, se dedica a llevar constantemente calcetines para que nadie pueda relacionarle con su hermano y es, finalmente, arrojado por alguien por el Viaducto; puesto que la hipótesis de que verdaderamente se suicidara es ya, teniendo en cuenta todo lo que vamos sabiendo, poco probable.


Lo siguiente que sabemos es que, de alguna forma, en Rusia Anselmo López se integra en el grupo de Cendoya. In Bello Amicitia. Longares, probablemente como una estrategia para mejorar su pedigree fascista, crea una especie de hermandad en la que están los más radicales. Y Anselmo López. Lo cual no cuadra, porque las dos personas que lo conocieron con las que se ha podido hablar, es decir su médico y la antigua compañera de Longares, Lucía Odriozola, lo dibujan como la antítesis de la persona violenta y echada para delante; y, en este punto, el testimonio de Odriozola, ella misma persona muy ideologizada, adquiere especial relevancia. El médico dejó dicho que López vivía consumido por el miedo. Lucía Odriozola lo consideraba el hombre más bueno del mundo.


Otro aspecto interesante y misterioso de este punto es la relación de Odriozola y López. Él regresó de Rusia tras quedar inútil para el servicio por recibir un balazo en la pierna. Se fue a vivir al culo del mundo en una ciudad como Madrid, abigarrada y enorme, y da la casualidad que su vecina es la compañera de Longares/Cendoya. Demasiada casualidad. Es más lógico pensar que, igual que Cendoya usó a su hermano para tener un poco atado a Vigo, usó a Odriozola para vigilar a López. Eso sí, probablemente nunca podremos aclarar en qué medida Lucía no traicionó a su amante, enamorándose del hombre al que tenía que controlar.


Lo que sí quedaba claro ahora es por qué aguantó una paliza en una comisaría. Protegía a Higinio Longares, el hermano de su novio que ella probablemente sabía que seguía viviendo en Madrid. No podía descubrir todo el pastel ante la policía porque, en ese caso, habríamos tirado del hilo Cendoya-Longares y habríamos llegado a él, cagándole la vida. Eso sí: finalmente, ni consiguió protegerle a él ni, a la larga, protegerse a sí misma. Ambos están muertos.


Sin embargo: tiene lógica que Cendoya tratase de controlar a Vigo. Si las cosas se ponían muy feas, él era su única esperanza de presentarse en un tribunal y testificar que fue una especie de quintacolumnista voluntario de última hora. Pero, ¿qué lógica tenía controlar a López? ¿Qué sabía Anselmo? ¿Se trataba tan sólo de controlar que no delatase a Cendoya? En primer lugar, no tenía motivos. Anselmo López no parece el tipo de persona identificada con el Régimen. En segundo lugar, la actitud de López no deja lugar a equívocos: pudiendo obtener más apoyos, decide vivir una vida pobre, absolutamente insulsa. Es como Higinio Longares: a todas luces, se quiere quitar de en medio. Pero en medio, ¿de qué?


Solución: de RiP 203. De Amado. Las dos extrañas pistas sin solución de este caso, sobre las cuales, por cierto, Damián Vigo dijo no saber nada, y sonó muy convincente. RiP 203 es, quizá, la única traza que Anselmo López guardó de lo que fuese que supiera. Siempre quiso conservarla, repasando la anotación con lápiz para que nunca se borrase. Es obvio que, signifique lo que signifique, López no iba a olvidarlo. Si guardaba ese papel, era para dárselo a alguien, en algún momento.


Amado, por su parte, es la razón por la que Lucía Odriozola fue asesinada. Es el nombre de su asesino, o una palabra relacionada con su asesino; sin embargo, ahora sabemos que su asesino, muy probablemente, se llama José, o Pepe. Pero Odriozola no podía esperar que la Brigada de Investigación Criminal fuese a embarcarse en una investigación compleja para esclarecer la muerte de una puta entrada en años. Es evidente que si hizo esa anotación fue para que la viésemos, y fue porque sabía, o sospechaba, que estábamos investigando el caso López.


Lo cual nos lleva a otro detalle interesante. Lucía Odriozola sabía lo suficiente del caso López como para dar por hecho que la policía estaría detrás de él. Sabía por qué alguien como Franco podría estar interesado en ello.


Repentinamente, el teléfono chilló en el salón. Laura, junto a Luján, dio un respingo y se incorporó. Bruno empezó a llorar.


Luján estaba despierto, así que fue el primero en reaccionar. Se levantó mientras le murmuraba a su mujer que se ocupase del niño y, chasqueando la lengua con fastidio, se dirigió al salón. Encendió la luz, miró el reloj; cuatro y media. Quienquiera que sea, pensó, la va a cagar.


-Diga dijo, con malos modos.


-Soy Azpíriz dijo la voz de Azpíriz, al otro lado del teléfono.


-¿Tú? ¿A las cuatro y media?


-Yo, sí. A las cuatro y media.


-¿Estás gilipollas, o qué? ¡Has despertado al niño!


-Luján el tono de Azpíriz dejaba poco lugar para la duda sobre su seriedad-. Tenemos que vernos. Ya. En una hora, como mucho.


Luján sintió una opresión en el pecho. Conocía al navarro. Aquello no era ni una broma ni una borrachera ni una chorrada.


-¿Dónde has estado esta noche después de dejarnos?


-En un tiroteo respondió Azpíriz, como quien dice «en el cine».


-¿En un tiroteo?


-Recordé algo continuó como si tal cosa-. ¿Recuerdas las averiguaciones que te prometí en ambientes radicales?


-Dijiste que no habías conseguido nada.


-Y no conseguí nada. Por eso no te comenté los detalles. Me hablaron de algunas cosas, sobre todo de lugares. Me dijeron que muchas de las personas de esos grupos solían frecuentar un bar llamado Camper.


-Vaya nombre raro.


-Eso pensé yo. Hasta esta noche. Cuando me iba a casa, caí en la cuenta. Es muy tonto: Cam-per. Camilo Pérez.


Luján se escuchó respirar pesadamente. Había dejado de escuchar los llantos de su hijo, pero eso tal vez era porque estaba concentrado en la conversación.


-¿Por qué no me llamaste?


-Era tarde. Yo había vuelto a la Brigada por algunas cosas. Hablé con un capitán de guardia. Me parecieron suficientes hombres.


-¿Fuiste solo?


-Fui solo, sí. Con veinte policías más, no te jode. Encontramos el bar cerrado, claro. Pero el tipo vivía encima. Llamamos a la puerta, dijimos que era policía, y entonces empezó a disparar.


-¡Joder! ¿Y?


-Nada la voz de Azpíriz era casi funcionarial-. No le dimos tiempo ni de rascarse el huevo izquierdo.


-¿Está muerto?


-Fiambre total. Eso sí, no era Pérez. Según la documentación, se llamaba Ardiles. Un amigo, supongo. Pérez no estaba, o tal vez escapó. Pero hablé con Ardiles antes de que estirase la pata. Y es por eso que necesitaba hablarte ahora mismo.


Azpíriz nunca se alteraba por nada. Pero en sus últimas palabras le había temblado algo la voz. Luján le dejó tomar aire.


-Luján, antes de morir le interrogué sobre sus actividades. No me hizo ni puto caso. Luego comenzó a morirse, entró en una especie de delirio. Entonces dijo: «mañana Franco se quedará solo», se rió, y la cascó.


-¿Mañana Franco…?


-Luján, es la madrugada del 20 de noviembre. Mañana, o mejor dicho hoy, en El Escorial, hay una misa en honor de José Antonio. Ministros, autoridades, cuerpo diplomático. Franco va a estar todo menos solo. Pero se quedará solo.


-¡Ostias! ¡No me jodas!


Carlos Luján colgó el teléfono con violencia. Se tomó dos segundos para respirar y, después, descolgó de nuevo y comenzó a marcar el número de Ismael Rebollo.











El 20 de noviembre de 1957, 21 años después del fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera en Alicante, se celebró en el Escorial un funeral por su alma. Era un acto habitual en la simbología del franquismo y su vinculación a la figura del fundador de Falange. Así pues, al acto estaban invitados el cuerpo diplomático, autoridades y representantes religiosas, civiles y militares, en suma el gotha del franquismo.


El acto venía planificándose desde hacía unos meses, pero a eso de las cinco y media de la mañana, cuando la decisión fundamental estaba en manos de Ismael Rebollo, se había decidido que el Caudillo no acudiese. Los indicios eran muy preocupantes. En las últimas horas, la policía había encontrado la punta del iceberg de una organización cuyo tamaño real desconocía; una organización que podría tener ramificaciones y apoyos en el extranjero a través del exilio rojo. Sin tener muchos datos, se sospechaba de elementos nacionalsindicalistas puros y anarquistas que habían llegado ya a algún nivel de entendimiento al final de la guerra y lo habían continuado posteriormente, todos ellos progresivamente integrados en la propia Falange.


A las cinco y media de la mañana ya se sabía que la persona que había muerto al responder con disparos a las llamadas de la policía se llamaba Arturo Reparaz y que había sido inquilino de Porlier1. El cadáver de Reparaz, de hecho, permitió confirmar que había sido miembro de partidas de defensa de la FAI en Madrid, donde se hizo bien conocido por su hostilidad hacia todo lo que consideraba burguesía. Terminada la guerra, no se pudo demostrar su participación en ninguna saca o paseo, motivo por el cual fue condenado a veinte años, sentencia que le fue después reducida. A pesar de estos antecedentes, Reparaz había podido ingresar en Falange. Trabajaba de camarero y encargado en el bar propiedad de Camilo Pérez.


Tras conocer estos datos, Carlos Luján se preguntó si Reparaz no sería la persona que esperaba a Léntulo Sediles en Chamartín. No lo creía, porque Reparaz parecía ser más un sicario que un jefe. En medio de la vorágine de aquella madrugada, se dio cuenta de que ya no podía seguir protegiendo a su jardinero, que tendría que ser interrogado. No obstante, al final de aquel día, cuando regresase de El Escorial, iba a descubrir que no protegía a sus testigos tanto como creía. Cuando la policía fue a buscarle la misma mañana del funeral, Léntulo Sediles apareció en su chiscón con una bala en la cabeza; los forenses dijeron que llevaba bastante tiempo muerto, bastantes días. Luján pensó: desde el día 1, cuando regresó a casa. La muerte de Sediles, en todo caso, confirmó las sospechas de Luján de que no era el contacto del jardinero; si lo fuera, o habría sabido que estaba muerto o lo habría matado él mismo; en ambos casos, difícilmente habría regresado a su pequeña casa encima del bar que regentaba, a esperar a que la policía lo localizase.


De hecho, aquel detalle, es decir el hecho de que Reparaz no hubiese sabido de la muerte de Sediles y probablemente tampoco de la de Lucía Odriozola, fue lo que más nervioso puso a Rebollo.


-Son listos les explicó a Luján y Azpíriz, mientras paseaban nerviosos por una Puerta del Sol desierta, esperando que diesen las siete-. Actúan en células que alguien coordina, pero que no se conocen entre ellas. Léntulo Sediles podría haber sido asesinado a tres portales de la casa de Reparaz, y éste nunca se habría dado cuenta de que la muerte tenía relación con él. De esta forma, si les trincamos, no saben nada. Sólo conocen su puta esquinita de la Revolución.


-Pero tiene que haber un cerebro coordinador opinó Azpíriz.


-Desde luego que sí contestó Rebollo, y señaló a Luján con su cigarrillo-. Es más: según aquí tu amigo, es el tal Julio Cendoya.


A las siete de la mañana despertaron al Caudillo. En cuanto abandonó su cama, fue rápidamente informado de las sospechas policiales y de la propuesta de Rebollo, que sus superiores habían asumido. Sin embargo, Franco se negó en redondo a faltar al funeral.


Un joven policía armada salió de la Dirección General de Seguridad y corrió hacia el grupo de policías de paisano. Sus pasos resonaron en la noche. Jadeante, informó a Rebollo de que tenía que comunicarse con El Pardo. Los tres hombres y el jovencito volvieron al edificio, donde a Rebollo le indicaron un pequeño despacho desde el que podría hablar. Luego todos esperaron segundos muy largos. Finalmente, el teléfono del despacho donde se había encerrado Rebollo sonó con estrépito. El inspector no hizo intención de susurrar. Luján y Azpíriz, en el pasillo, captaron casi toda la conversación.


-Mi general, buenas noches…


-


-Sí, muy sólidos. Lo suficiente, si lo prefiere usted así.


-


-No, mi general.


-


-Sí, mi general.


-


-Yo no puedo garantizar que eso sea exactamente así, mi general.


-


-Mi opinión ya la conoce, mi general. El Caudillo debería [inaudible]


-


-Pero la prensa podría presentarlo de otra manera. [Inaudible] No puede decirse que eso fuera a ser una falta de respeto hacia la figura de José Antonio. Y, sin embargo


-


-…


-…


-Sí, mi general.


-


-…


-…


-Sí, mi general. A sus órdenes.


Rebollo salió de la sala con cara de pocos amigos.


-La frase del muerto, eso de que Andrés no estará solo, no es concluyente. Puede querer decir muchas cosas.


Había usado con toda naturalidad el código privado con Luján para referirse de Franco.


-Pero, ¿Andrés sabe que está en peligro?


-Lo sabe; pero dice, y quizá no le falta razón, que apenas sabemos nada de ese peligro. Que podría tener ramificaciones exteriores que acabasen por sacar tajada de su ausencia. Que ni puede dar imagen de miedo ni puede, este año, faltar al funeral de José Antonio.


-¿Este año?


-Este año, sí explicó Rebollo-. Soplan vientos de modernidad, amigos. Y la modernidad tiene sus demandas; la principal de ellas, un país con… menos Falange. Pero la modernidad no nos va a hacer tan cabrones como para dar la espalda a la memoria del camarada muerto.


Luján apretó los labios. Hizo esfuerzos por callar, pero no pudo.


-De alguna manera, Rebollo, estás dándole la razón aquéllos quienes hoy pretendemos atajar.


Rebollo enarcó una ceja y miró a Luján con curiosidad y algo de violencia en los ojos.


-¿Qué has dicho?


-He dicho que de alguna forma les justificas. No a los rojos renegados, desde luego. Pero sí a los falangistas… -la palabra «auténticos» quiso nacer, sin conseguirlo- radicalizados. Al fin y al cabo, han sido traicionados.


Rebollo lo miró largamente, dedicando fugaces miradas al tercero en discordia, Azpíriz, probablemente para juzgar su posición en la discusión. Nunca le fue tan útil al navarro su cara de póquer.


-Eso que has dicho, Luján terminó diciendo el inspector, muy despacio-, si lo dijeses un poco más alto, tal vez provocaría que pasaras a dormir en el sótano de este mismo edificio, en espera de juicio. Además…


Luján le hizo callar con un gesto de la mano.


-Qué sí, Rebollo. Que sí. Que sé lo que vas a decir: además, te lleva a dudar de mi lealtad. ¿Es así?


El inspector calló, la boca torcida por un gesto de disgusto.


-Hoy voy a salvar la vida del Caudillo terminó por decir Luján, y al hablar sentía una profunda paz en el pecho-. De mi Caudillo. Dando la mía si es preciso. Porque lo entiendo todo. Entiendo que hace dos décadas de la guerra. Entiendo que España debe echar a andar. Entiendo que su destino es acabar sentada en la tribuna de la ONU junto a países hipócritamente democráticos. Entiendo que ése es un viaje que hará nuestro Generalísimo, y que si su carro va a aplastar a unos cuantos de los que no se quieran subir a él, lo justo con la Historia es aceptarlo.


Tragó saliva. Los ojos de Rebollo viraban hacia la compasión.


-Pero no me pidas que piense que esos cadáveres aplastados por el carro de la Historia son iguales que los que fueron aplastados hace ahora veinte años. Ellos son fieles a ideales muy elevados. ¿Han de morir esos ideales? ¡Pobre España! No seré yo quien lo frene. Pero, Rebollo, te lo vuelvo a decir: no intentes convencerme de que son unos cabrones.


Rebollo dejó escapar una risita, y luego realizó unos cuantos aplausos sordos.


-Bravo, bravo, bravo. Voy por rutas imperiales, caminando hacia Dios… Qué bonito, de verdad, qué bonito repentinamente su rostro se endureció-. Eso sí, me temo que olvidas que esos preclaros varones comparten armas y planes de asesinato con pistoleros faístas que te aterrorizaron a ti y a los tuyos cuando apenas eras un niño. ¿Qué dirán tus muertos de este respeto tuyo hacia sus asesinos?


Luján hizo un gesto de escepticismo.


-Supongo que una mitad de esos muertos me diría que todo el mundo acaba por equivocarse. Y la otra mitad me preguntaría qué coño ha hecho… Andrés para empujar a falangistas y faístas a ser amigos.


Por toda respuesta, Rebollo se dio la vuelta y desapareció tras una enorme puerta. Luján miró a Azpíriz.


-No sé si no me habré quedado fuera de este operativo musitó.


El navarro le contestó con un insulso: «Quizá».


Estuvieron allí, fumando y desayunando unos cafés que les trajeron en cuanto abrieron las primeras cafeterías de la zona. No volvieron a ver a Rebollo hasta las ocho y media. El inspector parecía como revigorizado, como si hubiese sido capaz de dormir todo ese rato.


-Por lo menos hemos conseguido pequeños cambios en el programa informó-. Leves cambios de ruta, horarios cambiados en diez minutos… Además, se ha aceptado que la Lonja esté limpia de público. Sólo las formaciones previstas. Todos desarmados.


Extendió un croquis. Era fácil entender que incluía la portada de la basílica de El Escorial y la Lonja que la abraza.


-La entrada será muy pronto y muy rápida. Los vehículos entrarán en la Lonja, y el público deberá estar siempre detrás del murete que la delimita, así pues será difícil que ahí pase nada. A la salida es otra cosa, porque el Caudillo pasará revista a dos formaciones. Se ha aceptado que estén una enfrente de la otra para que la revista propiamente dicha no ocupe todo el trayecto desde la entrada de la basílica hasta el coche.


Miró brevemente a Luján y Azpíriz, como buscando confirmación de que entendían.


-Las formaciones son una especial del Ministerio del Ejército, formada completamente por voluntarios especialmente seleccionados; por aquí no hay nada que temer. La otra es la XVI Centuria de Montañeros de la Guardia de Franco. Si por aquí tuviésemos algo que temer, estaríamos jodidos.


Tragó saliva unos segundos.


-Éste es el punto crítico. Habrá varias decenas de policías de paisano mezclados entre el público, para controlar cualquier movimiento. Especialmente si aparece alguien manco. Además, vamos a colocar hombres de poste de vigilancia aquí, aquí y aquí. Yo iré unos pasos por detrás del Caudillo. Azpíriz, tú has demostrado esta noche que tienes olfato olisqueando cabrones. Te quedarás al pie del auto del Caudillo, esperándolo; pero no mires hacia la basílica, hacía allí mirarán otros. Tú mira hacia fuera, y la primera mierda que veas, te rascas la oreja derecha.


-¿Y si me pica la oreja derecha? Como siempre, el tono de la pregunta no dijo nada sobre su seriedad.


-Pues te jodes por Dios y por España fue toda la respuesta de Rebollo-. Luján se detuvo unos segundos antes de hablar-, tú te colocarás aquí.


-¿En el centro de la plaza?


-Más o menos. A mitad de trayecto del Generalísimo, detrás de la Centuria de Montañeros. Todos estarán brazo en alto.


-¿Y yo estoy mirando hacia?


-Hacia Azpíriz y el militar que estará a su lado. Ambos son la señal. Si cualquiera de ellos se rasca la oreja derecha, te quiero corriendo a toda hostia hacia el Caudillo.


Rebollo se detuvo, como sopesando la importancia de lo que estaba diciendo.


-No serás el único, desde luego. En la propia plaza habrá no menos de quince personas con la misma instrucción, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí. Todo lo demás te tiene que dar igual. Tú tienes que llegar al Caudillo y si alguien te lo impide, te lo quitas de en medio. Una vez que llegues, que te dé igual lo que esté pasando. O sea: si ves a alguien que está a punto de reventarle la cabeza a algún ministro, ¿qué has de hacer?


-Proteger al Caudillo.


-¿Si te disparan?


-Protejo al Caudillo.


-¿Si me disparan a mí?


-Te remato, por si acaso.


Ismael Rebollo tardó segundo y medio en darse cuenta de que era broma.


-Menos coñas, que eso es serio se quejó. Pero lo dijo sin convicción.


-Sólo tengo una duda dijo Luján.


Rebollo, por toda respuesta, se quedó expectante.


-¿Por qué al Caudillo tiene que protegerle un miembro de la Brigada de Investigación Criminal?


Rebollo sonrió, con esa sonrisa de quien escucha a alguien hacer la exactamente la pregunta o comentario que esperaba. Luego dio una fuerte palmada a Luján en un hombro.


-¡Muchacho! Porque te has presentado voluntario, ¿o no lo recuerdas?


Luego hizo gesto de irse, pero se paró.


-¡Ah, coño! Se me olvidaba lo que más te va a gustar de todo esto, Luján. Tu misión no es ni de uniforme ni de paisano.


Luján enarcó las cejas, sin entender.


-Sube a la planta de arriba y pregunta por Mequinenza. Que te dé ropas de tu talla. Hoy vestirás de falangista.


Mequinenza resultó ser un funcionario de escasa motivación y con poco armario. Por esta razón, aquella mañana Carlos Luján subió a El Escorial impecablemente vestido con un uniforme falangista que era una o dos tallas más pequeño de lo que le correspondía y una boina declaradamente más grande. Aún así, cumplió con su obligación y ocupó su puesto más de una hora antes de que apareciese Franco. Se distrajo observando a las diferentes unidades que fueron llegando marcando el paso, en perfecta formación marcial, y que media hora antes de comenzar el acto ya estaban dentro de la plaza. A Luján le dio la impresión de que el coche del Caudillo se desempeñaba con excesiva rapidez, pero tal vez era algo provocado por lo que sabía. Cuando la misa empezó, el día se había caldeado un poco. Luján dirigió su vista hacia la salida de la plaza, donde ya estaba el coche del Generalísimo. Distinguió claramente a Azpíriz y a un militar a su lado. Ambos estaban en posición de descansen, mirando hacia fuera, dando la espalda a la basílica. Desde ese momento, no les perdió de vista más de dos o tres segundos.


La mañana transcurrió lenta. Muy fría al principio aunque, conforme la mañana se fue definiendo, se fue haciendo más tratable. Carlos Luján se sentía débil y algo enfermo. En ese momento, hacía ya más de cincuenta horas que no había dormido a pierna suelta un rato bien largo. Pero quería aguantar. Cuando escuchó la batahola de los montañeros se dio cuenta de que habían recibido orden de formar. Miró el reloj y, recordando la agenda que le habían comunicado, apenas quedaban diez minutos para el momento indicado para el final de la misa. Se entretuvo mirando a los falangistas, con dos tipos de uniforme distintos (con el tiempo sabría que unos iban de esquiadores y otros de montañeros).


El horario real apenas se demoró unos minutos. Un cuarto de hora después, Franco, como escoltado por decenas de personas principales de las que habían acudido al funeral, apareció en la entrada del patio de los Reyes. Comenzó a escucharse la marcha real. Luján había fijado definitivamente la vista en Azpíriz y su compañero. Observó al navarro elevar el mentón como para ver mejor algo relativamente lejano. Se puso tenso. En ese momento, sintió un presentimiento. La Centuria de la Guardia de Franco colocó el brazo en alto; el saludo de José Antonio. Por alguna razón a Luján ese gesto, que adivinó por el rabillo del ojo, le estremeció.


El himno de España parecía no terminar nunca. Incluso, Luján tuvo la sensación de que Franco caminaba a cámara lenta hacia las formaciones a las que iba a pasar revista. Se dijo que era porque estaba afiebrado.


Siguió escudriñando. De repente, parecía como si Azpíriz no pudiese estarse quieto. Echó un vistazo al público. No vio nada raro. Los acordes del himno se sucedían perezosos. Luján pudo sentir que Franco se acercaba. Azpíriz. Nuevo gesto. Levanta la mano. El corazón de Luján se para. No, no se rasca la oreja. Suena la música. Cercana, lejana. Murmullos. ¿Murmullos? Luján sabe que está solo. Pierde la vista de Azpíriz para mirar a su espalda. Nadie. Vuelve a Azpíriz. Ya no se mueve. Pero pasa algo. Murmullos. La música. En una esquina de su visión, una centuria de jóvenes falangistas, firmes, brazo en alto. La sensación de que Franco está cerca.


Y un grito.


-¡Mediaaaaaaaaaa vuelta! ¡Ar!


Tres golpes secos. Luján se ha vuelto, olvidando a Azpíriz. Está helado, paralizado. Varias decenas de rostros le miran. Aunque no le ven. Algunos maduros y duros; otros, rostros adolescentes, casi unos niños. Él está detrás de ellos, y ellos le miran. Con mucha dificultad, como nadando por un mar de gelatina, Luján consigue comprender. La centuria ha ordenado media vuelta. En el justo momento en que frente a ella iba a pasar el Caudillo. Mientras suena el himno de España. Franco pasa revista a una colección de espaldas.


Funeral de José Antonio. En el recuerdo del camarada caído, que te jodan, cochino traidor. Delante de todo el mundo, los notables en la puerta de la basílica, esperando que se le deje salir; los de a pie, rodeando la plaza.


Durante unos segundos que parecen siglos, Carlos Luján se queda troquelado de los rostros de la compañía que acaba de dar la espalda a Franco. Pero eso es sólo un refugio para no pensar. Piensa en Franco muerto. Piensa en una mañana de noviembre en El Escorial y un solo segundo que acaba con todo. Un fogonazo, un ruido seco, y el fin. ¿Por qué no? Tal vez ya ha ocurrido. Siente esa angustia propia de las pesadillas, querer correr pero no poder, querer gritar pero ser incapaz. Luego, como un rayo, la idea de Rebollo cruza su cabeza, las notas del himno se hacen netas, parpadea, y sabe que tiene que reaccionar.


Con retraso, de una forma un tanto ridícula, portando un uniforme que a todas luces le viene pequeño, Carlos Luján anda deprisa, para coger el paso de la pequeña comitiva que ya ha superado a la Centuria, que permanece impasible dando la espalda a la ceremonia, que parece hacer el saludo fascista hacia el cielo, y se dirige al Rolls-Royce del Generalísimo.


A diez metros del vehículo, alcanza a Rebollo. Le mira. Rebollo niega con la cabeza. Luján nunca sabrá qué significado tiene aquel gesto. Camina con él hasta el automóvil. Franco camina con un ritmo constante, ni apresurado, ni lento. Al llegar a la puerta, se paran, como si les diese miedo entrar en el coche. Luján escucha a un militar de edad que se ha parado junto al Caudillo.


-Mi general. ¿Qué hacemos con ellos?


Franco se vuelve. Mira a Carlos Luján. Parece como si se hubiese vuelto porque recordase que debe estar allí. Luján se siente ridículo, con su uniforme pequeño. Pero Franco no demuestra ni una emoción. Luego se vuelve hacia el hombre que le ha hablado, y hace un gesto con la mano derecha, como diciendo que no se le de importancia, que es una tontería.


Y entra en el coche, que sale raudo. No sin que antes Ismael Rebollo se suba en el asiento del copiloto.








1 En los primeros años de la posguerra, un convento de la calle madrileña de general Díaz Porlier fue usado como cárcel, en la que estuvieron muchos condenados por motivos políticos y comunes.

martes, agosto 24, 2010

Folletín de verano (26)













Con una pericia que demostraba a todas luces que sabía lo que hacía, Ismael Rebollo apenas necesitó unos días para esclarecer lo que internamente conocieron algunos policías, no todos, en aquella época, como la Operación Tabla. Tal y como Rebollo había sospechado, Carpena no era más que un hedillista. En 1937, había sido un fogoso voluntario que trataba de hacerse soldado en la academia de Pedro Llen, en Salamanca; y desde allí había respondido al llamamiento de defender a su Jefe Nacional de las maniobras de Franco y los carlistas para acabar con Falange. Probablemente, la noche que le hicieron la celada a Carpena, ninguno de los tres policías sabía gran cosa de aquellos sucesos. Sin embargo, no había pasado ni una semana y ya Rebollo se lo explicó a sus dos compañeros como si lo hubiera vivido en primera persona.



-Falange tenía un jefe provisional, Manuel Hedilla. Todo el mundo estaba esperando que José Antonio pasara a zona nacional porque estaban canjeando a todo Dios y nadie pensó que fuera a ser de otra manera. Pero los rojos lo fusilaron, y ahí comenzaron los problemas. Algunos falangistas, sobre todo Sancho Dávila, se convencieron de que lo mejor era fusionar Falange con los tradicionalistas bajo el mando de Franco. Pero Hedilla les salió gallito. Estaba rodeado de nazis y de paniaguados que le dieron la murga con que el jefe era él y esas cosas.



»En abril del 37, los falangistas favorables a la unificación se presentaron en Salamanca, que era donde se cocía todo lo de la zona nacional entonces. Hablaron con Franco y con Serrano. Los carlistas acabaron por ceder. Se preparó la unificación. Pero Hedilla puso pies en pared. Cuando las cosas deben evolucionar, siempre hay alguien que se erige en guardián de las esencias. Teníamos que ganar una guerra, pero por lo visto, según ese imbécil, a lo que teníamos que dedicarnos era a seguir defendiendo nuestros partidos y banderías y discutiendo entre nosotros. Justo el tipo de cosas que hicieron de la República el agradable lugar que fue y que a José Antonio le provocaban el mismo efecto que el ricino que le hacía beber a los rojos. Menos mal que hay gente lista que sabe separar el grano de la paja y borrar los puntos que no sirven1.



Los tres: Rebollo, Luján y Azpíriz, tomaban café como tres burgueses frente a la galería de una vieja cafetería, con la vista puesta en el enorme portal de un edificio antiguo, en el barrio de Salamanca. No parecían tener prisa.



-Supongo dijo Azpíriz, lentamente, como sopesando las palabras- que a Franco no le costaría demasiado pasarle por encima al tal Hedilla.



-Bueno, no fue tan fácil como parece. Sancho y los suyos decidieron cesar a Hedilla, pero éste se hizo fuerte con su gente, llamó a falangistas afectos a Salamanca, y se preparó para montarla. Una noche mandó a cinco de sus chicos a matar a Sancho2. Le pillaron en calzoncillos pero con la pistola debajo de la almohada. Uno de sus guardaespaldas se cargó a Alonso Goya; y al calor de los disparos uno de los que venían con Goya entró y se cargó al guardaespaldas..



-Me parece ocioso preguntar si ese pollo sigue vivo comentó, con algo parecido a la sorna en el torno de voz, el navarro.



-Por lo que yo sé, es así intervino Luján-. Le cayeron dos penas de muerte, pero Franco las acabó conmutando.



-Pues sí asintió Rebollo, suspirando al mismo tiempo-. Y, ya que me crees incapaz de criticar al Caudillo, te diré algo: se equivocó.



Rebollo señalaba a Luján, enfrente de él, con la punta de su cigarrillo.



-La mierda hay que limpiarla. Y, si ves una rata, lo que hay que hacer es cargársela. Si tienes un solo segundo de vacilación, si por un solo momento dejas que te entre la idea de la ratita se parece al Ratoncito Pérez y que hay que ver qué pena, estás jodido. Se escapará y luego parirá más ratas que parirán más ratas.



-¿Y Carpena?



-Ya te lo he dicho, Luján. Un currinche que estaba preparándose para ir al frente. Un enano mental que se creyó todas las historias de los nazis sobre la pureza del partido y las esencias y toda esa mierda. Cuando trincan y condenan a Hedilla, él está en el frente y comienza a calentarse la cabeza con historias fantásticas. Está en el frente de Burgos, en su unidad hay alguna centuria de apasionados. Hablan de volver grupas e irse a Salamanca a ponerle una pistola en los huevos a Franco para que ponga las cosas en su sitio. ¡El frente de Burgos! Aquellos días hacían falta allí cinco hombres donde había uno, y ellos soñando con dejar el frente para hacer la revolución nacionalsindicalista…



-Le darían un buen sopapo.



-¡Y tanto! Joder, este Carpena debe de ser un soldado de la hostia, porque comerse toda la mierda que se comió y sobrevivir, leche, tiene su mérito. Pero, claro, el chico quedó marcado. Terminó la guerra con tantas medallas que cuando quiso entrar en la policía debió faltar poco para que no le nombrasen ministro de la Gobernación. Así que ya tiene su mesa, sus puntos y sus contactillos para burlar el racionamiento. Se podía haber quedado ahí quieto, pero no; es que los hedillistas tienen ideas.



-¿Ideas? ¿Quiénes decir, como los rojos?



Quizá fue un sarcasmo. Quizá no. Con Azpíriz nunca se sabía. Rebollo miró a Luján y éste, más perito en aquellas situaciones, le hizo un gesto de la mano indicándole que no le hiciera ni caso.



-Un día, hace cosa de algunos años, suena el timbre en su casa y es Damián. Su compañero Damián. Como estuvieron juntos en Teruel, lo mismo fueron más que amigos de lo mucho que se debieron abrazar3. Tras la sorpresa inicial y las presentaciones, el visitante explora lo que ha venido a averiguar. Y averigua que Carpena sigue siendo el mismo. Somos los tropezones del Movimiento. Nuestro sueño no se ha cumplido, ni se cumplirá. Esas cosas que piensas tú los días impares.



Carlos Luján trató de dedicarle una mirada helada a su interlocutor. Pero con ello no le borró la sonrisa chulesca de los labios.



-Si piensas eso, no sé qué haces implicándome en tus cosas. Si tanto me va la revolución, podría estarte traicionando.



Rebollo hizo un rictus de escepticismo.



-En primer lugar, Luján, eres fogoso, pero listo. Carpena sólo es un imbécil, y Hedilla y sus hedillas, una panda de subnormales. No encajarías ahí; en menos de un mes, te estarían enviando a un Alonso Goya a que te ayudase a dormir… para siempre. Un tipo listo no puede evitar hacerle sombra a un lider simplón.



-¿Y en segundo lugar?



-¿En segundo lugar? Pues, Luján, en segundo lugar, ya has conocido el destino de Carpena de primera mano. La mano que casi te rompes astillándole los huesos de la cara. Así pues, yo te doy información; y si tú luego, con esa información, quieres hacer la revolución nacionalsindicalista, allá tú.



Rebollo acercó su rostro al de Luján y susurró con tono grave.



-Pero, si es así, aunque seas tan listo, tu destino será el de Carpena.



-Lo sé. Como sé que a ti no te costaría ser mi verdugo.



Rebollo ni se inmutó. Tranquilamente, miró hacia el portal enfrente de la cafetería.



-¿Tienes ya el informe completo, Azpíriz?



-Aquí mismo informó el navarro, abriendo una carpeta que tenía y repasando los papeles. Damián Vigo, 54 años, contable. Instructor de centurias. Hace tres años fue invitado a no volver a pisar los locales de Falange Española Tradicionalista y de las JONS4 de su barrio, a causa de diversos enfrentamientos dialécticos. En uno de ellos, durante una visita de Esteban Bilbao5, le dijo a gritos que no tenía derecho a pisar aquellos locales y le llamó burócrata de la burguesía.



-¿Burócrata de la burguesía?



-Eso pone...



-¿Y eso es un insulto?



Azpíriz se alzó de hombros. Luego prosiguió.



-Se tiene por cierto que en su condición de instructor de centurias tiene acceso directo a armamento corto. Se ha comprobado, además, que no pocas veces ha aprovechado la juventud y fogosidad de algunos de sus alumnos para tratar de captarlos. No obstante, no se le conoce ninguna acción de importancia. Una vez dijo, a ver…, una vez dijo, sí, durante una discusión en el partido, que ante la posibilidad de matar a Indalecio Prieto6 o al general Varela, le daría más gusto lo segundo. Pero no hay constancia de que eso pasara de bravatas de borracho.



-Eso díselo a la Odriozola masculló Luján.



Damián Vigo trabajaba en una empresa que tenía sus oficinas en un viejo palacete del barrio de Salamanca. Los tres policías esperaron tranquilamente hasta verlo salir, a eso de las seis y media, y luego le siguieron. Cuando comprobaron que tomaba el autobús que tenía que tomar para ir a su casa, se relajaron e incluso Rebollo estuvo a punto de perderlo por quedarse a mirar un escaparate que le interesaba. El vehículo iba atestado; los policías se situaron lejos de Vigo pero entre él y la puerta, para prevenir que se bajase en algún lugar inesperado. No obstante, el objeto de su seguimiento fue absolutamente previsible. En la parada de su casa, se bajó. Luján lo había hecho antes que él y Rebollo y Azpíriz lo hicieron detrás, confundidos dentro de una pequeña masa de gente que se precipitaba del autobús. Con el fino olfato que da seguir a muchas personas, los tres compañeros apenas tuvieron que mirarse para decirse unos a otros que aquel hombre no se había dado ni cuenta de que lo estaban siguiendo; como clandestino, resultó ser bastante torpe.



Lo abordaron en el portal de su casa. Vigo entró y ellos lo hicieron detrás. En la penumbra, el hombre fue a accionar el interruptor de la luz de la escalera, pero Luján, que era el que estaba justo detrás de él, le agarró la muñeca con firmeza.



-No haga eso susurró.



Damián Vigo se tomó dos segundos para procesar la situación. Cuando lo hizo, tironeó del brazo y gritó.



-¡Ladrones, ladrones!



-No, peor dijo, con voz calma, Ismael Rebollo. Para entonces tenía ya su placa a cuatro dedos de la nariz de Vigo, quién, a juzgar por el suspiro que dejó oír y por la inmediata tensión en su cuerpo que Luján, que lo agarraba, notó, no tuvo problemas para distinguirla en la oscuridad.



Sonó un chasquido y se abrió la puerta de la portería. Una mujer entrada en años, en bata, se asomó y pronunció, dudosa, el nombre del señor Vigo. Los policías se limitaron a esperar. Su víctima respiraba pesadamente, pero tuvo la presencia de ánimo de decirle a la portera que no pasaba nada, de insistirle tres o cuatro veces hasta que cerró la puerta.



-¿Qué te parece si subimos a tu casa? Acabó por proponer Rebollo.



-Mi casa no. Mi mujer…



-Vigo, eres soltero.



Fue en ese momento cuando Luján notó que aquel hombre se daba cuenta de lo que estaba pasando. Si la policía te busca puede ser por muchas razones. Pero si te ha investigado lo suficiente como para conocer tu estado civil, es que va a por ti. El inspector sabía que ahora podía soltar su mano. La sintió caer sin fuerza.



Subieron tres pisos. Damián Vigo caminaba pesadamente, como si fuese a su propio funeral. Le costó abrir la puerta porque no atinaba con la llave. Cuando ya estaban dentro Rebollo señaló a Luján con la barbilla y luego puso cara de inocente; luego a Azpíriz y negó con la cabeza. Sus dos compañeros asintieron. Era fácil de entender. Él se reservaba el papel de cabrón, le dejaba a Luján el de bueno y a Azpíriz le ordenaba que estuviese callado.



Cuando llegaron al salón de la pequeña casa, Damián Vigo estaba ya sentado en un sillón, con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos. Luján echó un vistazo a las paredes. Por todas partes, fotos enmarcadas de distintos grupos paramilitares, siempre sonrientes.



Rebollo sacó un pitillo y lo encendió. Se quedó de pie. Luján y Azpíriz, en cambio, se sentaron en un sofá perpendicular al sillón donde estaba Vigo.



-¿Por qué no te has casado, Damián? Preguntó con voz casual.



El contable no reaccionó.



-Déjame que adivine: prefieres la compañía de jovencitos flechas y pelayos a la de las mujeres.



Entonces sí que le miró. Sus ojos quisieron ser agrios y desafiantes pero, una milésima de segundo después, pareció acordarse de quién era la persona que tenía delante, y el miedo regresó.



-No soy ningún vicioso alcanzó a decir, sin embargo. El tono de protesta era casi inapreciable en su voz.



Rebollo chupó largamente su cigarrillo, mientras le miraba como estudiando lo que iba a hacer con él. Luego hizo un rictus de escepticismo, y dio dos pasos hacia el sillón.



-Las cosas están así, Vigo le dijo-. Te vamos a hacer unas cuantas preguntas. Y, por cada vez que me mientas, yo te daré una hostia.



-Yo nunca miento.



Apenas terminó su frase Vigo, Rebollo descargó su mano derecha y le dio un bofetón que casi lo saca del sillón. El contable emitió un grito ahogado, y luego se protegió con los brazos.



-¡No me pegue!



-No quiero pegarte repuso Rebollo, muy tranquilo-. Pero en el portal has mentido. Has dicho que estabas casado. ¿O no?



En la interna apuesta que Luján había hecho consigo mismo, pensaba que ése era el momento en que Damián Vigo se pondría a llorar. Rebollo siempre había tenido una habilidad innata para demostrar a sus interrogados que su nivel de control sobre la situación era cero, y el momento en que esa realidad descendía sobre sus hombros solía ser el punto en que el llanto rompía. Pero aquel hombre era algo más duro de lo que él había esperado. Respiraba pesadamente, espiando por los intersticios de sus brazos cada movimiento de Rebollo, pero ni lloró ni pidió perdón.



Y un dato: tampoco preguntó, en ningún momento, por qué la policía se interesaba por él. Y eso es lo que preguntan siempre los inocentes y gran parte de los culpables.



Luján puso su mano en una rodilla de Vigo. Éste dio un respingo.



-Abra los brazos. ¡Abra los brazos, hombre! El inspector se lo ha dicho claro, ¿no? Si no miente, no tiene nada que temer, ¿no?



-¡Yo no sé nada! Bramó el contable, desde su trinchera de brazos.



-¿Nada de qué? Preguntó Luján.



-¡Nada de nada!



Rebollo se acercó todavía más.



-Así no vas a conseguir nada, Luján.



Levantó un puño.



Damián Vigo chilló.



Luján hizo un gesto imperativo, deteniendo a Rebollo.



-¡Espera, coño, espera! ¿No ves que sólo está asustado, joder?



-¡Ni espera ni hostias! ¡A este tipo me lo cargo yo aquí mismo!



Luján se levantó. Forcejeó con Rebollo. Fueron muy convincentes. Luján estaba de espaldas al testigo. Le guiñó un ojo a su jefe. No sin dificultades, consiguió «calmar» a éste.



Una vez que consiguió restablecer la situación, se volvió hacia Vigo.



-Señor Vigo, hemos venido aquí a hacerle unas preguntas.



-¡No le deje que se acerque!



Luján dio una patada a una silla, que chocó con estrépito contra una librería de pared.



-¡Me cago en Dios! Pero, ¿es que no se da cuenta de que eso precisamente es lo que estoy intentando? Mire, Rebollo es un bestia, lo admito. Tiene la mano larga y es un poco… inestable. Pero nosotros hemos venido aquí para interrogarle, y si usted se obstina en quedarse ahí, agazapado, escondiendo el rostro, joder, cada minuto más que hace eso me lo pone más difícil. Porque más razón tendrá él si dice que es usted culpable y que hay que matarlo a hostias. ¿No lo entiende?



Lo había hecho. Pronunciar la palabra traumatúrgica. Y, como siempre, surtió su efecto. Damián Vigo se quedó callado unos segundos, luego abrió los brazos y, con ojos implorantes, esta vez sí al borde de los llantos, balbució.



-¿Cul… culpable? ¿Yo? ¿De qué?



Esta vez fue Luján el que sacó un cigarrillo. Se volvió hacia Rebollo.



-Rebollo, coge una silla y siéntate.



-Luján, oye…



-¡Que te sientes, hostia! Cada vez que hacía esto, Luján se sorprendía de su propio vozarrón-. Lo haremos a mi manera, ¿estamos?



-Ya. ¿Y si no canta?



-Si no canta le pisas los huevos.



Esta parte también estaba dentro de la estrategia habitual Rebollo-Luján: discutir el destino del detenido en su presencia, como si no estuviera. Los años les habían demostrado que servía para angustiarlo todavía más.



Para cuando Luján volvió a sentarse al lado de Damián Vigo, éste temblaba ostentosamente y no podía dejar de mirar a Rebollo, que se había sentado bien lejos de él, en la otra punta del salón.



-¿Quiere un cigarrillo?



Le tomó cosa de un minuto encenderlo. Las manos le temblaban tanto que no encontraba sus propios labios. Sin embargo, una vez encendido, la primera calada, como suele ocurrir, colaboró para estabilizarlo un poco.



-Vamos a ver si podemos terminar esto en poco rato.



-¿Van a detenerme?



-Eso ahora no…



-¡Van a detenerme!



Rebollo se levantó con violencia. A Damián Vigo la sangre le abandonó la faz y fue incapaz incluso de gritar. La croqueta ya está blandita y rebozada, pensó Luján.



Sin mirar a Rebollo, le indicó con un gesto de la mano que se sentara. Rebollo obedeció.



-Es usted de Falange.



-¡Por supuestísimo! Contestó Vigo, como si acabase de encontrar un agarradero para librarse de aquello-. Instructor, además, de…



-Lo sabemos, lo sabemos interrumpió Luján, con voz calmada-. Y está muy bien. Muy bien.



Damián Vigo dio una larga chupada a su cigarrillo, visiblemente más tranquilo.



-¿En qué consiste su instrucción?



El testigo se alzó de hombros.



-Pschts, lo de siempre. Marchas, instrucción cerrada, abierta. Esas cosas.



-¿Manejo de armas?



Se miraron frente a frente. Luján casi podía oír cómo el cerebro de Damián Vigo sopesaba qué respuesta dar.



-Cortas terminó por decir-. Y, por lo general, sólo los instructores.



-¿Qué quiere decir «por lo general»?



El contable se sintió claramente pillado.



-¿Por lo general? Pues, por lo general, ¿no?



-No.



Luján esperó en silencio. Rebollo no hizo nada. Azpíriz, a su espalda, ni se movió. Los segundos transcurrían muy perezosos.



-Bueno… -acabó por decir Vigo-, no voy a negar que, algunas veces…



-¿Algunas veces?



-Sí, los chicos… bueno, es la curiosidad de la juventud, ¿no? Y si hacen instrucción, pensarán que es para algo, ¿no?



-Me está diciendo que algunas veces adolescentes disparan armas, ¿es eso?



La expresión de angustia regresó al rostro de Damián Vigo. Fue entonces, con todo ese retraso sobre el horario previsto, cuando rompió a llorar.



-¡Dios mío! ¡Dios, Dios, Dios…!



Cuando escondió la cara entre las manos y ya no le podía ver, Luján sonrió, miró hacia atrás y compartió sonrisas con sus compañeros. Rebollo, además, asintió con la cabeza. Aprobaba la marcha del interrogatorio. En realidad, había salido a pedir de boca. Justo como lo habían planeado. Damián Vigo lloraba desconsolado, convencido de que le habían trincado, de que ya le habían jodido. Y ellos ni siquiera habían empezado.



Tras repetidas palmadas en la rodilla del testigo y mucha mano izquierda, Carlos Luján consiguió que regresase al planeta Tierra. Aceptó un segundo cigarrillo cuando aún no había aplastado el primero en el cenicero.



-¿Me van a acusar? Acabó preguntando, con un hilo de voz.



Luján se alzó de hombros.



-¿Quién sabe? Al fin y al cabo, pegarle unos tiros a unas latas no tiene por qué ser cosa de tanto, ¿no?



Se volvió hacia Rebollo.



-Vosotros, ¿qué opináis?



Rebollo hizo un gesto de escepticismo, como diciendo «no hay para tanto».



Esto envalentonó a Damián Vigo.



-Es lo que digo yo. Son cosas de… recreo, sí. De recreo. Y también pueden tener su necesidad.



-¿Ah, si?



-Pues sí. ¿Y si algún día vuelve a pasar que…?



Luján dejó escapar una breve risa.



-¡Joder, Vigo! ¡Tendrían que morirse Franco y cien generales el mismo día!



Esa respuesta desanimó al testigo. Justo lo que quería Luján. Tenerle cerca, pero lejos.



-Las armas no son necesariamente un problema. El problema son los que las llevan.



-¡Pero nosotros somos falangistas!



-Falangistas los hay de muchos tipos. Además, hoy en día todo dios es falangista, ¿o no?



Damián Vigo suspiró.



-Me temo que no le entiendo.



Luján sonrió y le palmeó la pierna.



-El Movimiento es exactamente lo que necesita España. Pero el Movimiento, precisamente por eso, es muy amplio, muy variado. Algunas personas sin experiencia y con mucha pasión pueden llegar a confundir el Movimiento con lo que no es. Es como, no sé… como una persona que viera un cuchillo de cocina y lo usara para matar a alguien, sin darse cuenta de que los cuchillos de cocina son para cortar verduras, no para matar gente.



-¿Matar gente? Susurró Damián Vigo, confirmándole a Luján que, de la gilipollez que acababa de soltar, se había quedado tan sólo con lo que él quería que se quedase.



Ahora, Carlos, dijo Luján dentro de la cabeza de Luján: descubre tus cartas.



-Vigo, las armas nos importan una mierda. Hemos venido aquí a hablar de personas.



El testigo se tomó unos segundos, que Luján le cedió gustoso, para comprender. Su rostro reflejó el torbellino de sentimientos que le embargó. Primero, lentamente, el alivio: ya se había creído detenido por el asunto de las instrucciones y ahora se daba cuenta de que los policías no iban detrás de ese asunto. Luego, de nuevo angustia: si lo estaban interrogando, es porque era sospechoso. Y, en tercer lugar, el atropello: todo lo que tenía que hacer era convencerles de que él no era una de esas personas que estaban buscando.



-¡Yo, yo, yo, yo soy fiel! Exclamó, repentinamente, mientras su cara enrojecía- ¡Absolutamente fiel!



-Dale una hostia se escuchó a Rebollo.



-¡Yo soy fiel!



-¡Tú eres un puto hedillista de los cojones! Estalló Rebollo, levantándose con tanta violencia que la silla, al chocar con la pared, se quebró-. ¡Eres una mierda nacionalsindicalista revolucionaria, un puto terrorista!



Dio tres pasos. Damián Vigo cometió un error. Confió más de lo debido en su amigo Luján. No se dio cuenta de que el juego del policía bueno y el policía malo acababa de terminar. Apenas se cubrió y, por eso, cuando Rebollo llegó a él y le arreó el puñetazo, el inspector pudo arreglárselas para encontrarle la mandíbula.



El golpe fue tan fuerte que el contable se ladeó, con él el sillón, y ambos acabaron cayendo al suelo. Rebollo dio un paso más y luego le pisó la cabeza con un golpe seco. El testigo gimió como un niño chico, y se las arregló por fin para protegerse. Se quedó en posición fetal, llorando y gritando mientras Rebollo le pateaba la espalda.



-¡Yo soy fiel! ¡Yo soy fiel!



Rebollo dejó de pegarle. Estaba sudoroso y con cara de muy pocos amigos. Con la barbilla, mirando a Luján, señaló al bulto del suelo. Luján se levantó, se agachó junto al contable, le agarró el pelo y tiró con fuerza. Damián Vigo chilló de nuevo pero se dejó hacer. Tenía la nariz como un pimiento morrón, completamente ensangrentada.



-Escúchame, hijo de puta le dijo-. Y escúchame bien, porque ésta va a ser la única oportunidad que vas tener de responderme y conservar todas las costillas. Yo me cago y me meo en tu fidelidad. ¿No te hemos demostrado antes que habíamos hecho los deberes? A lo mejor teníamos que haberte contado que tu camarada Carpena ya está detenido.



En efecto, muchos policías habrían empezado por ahí. Por lo más sólido que se tiene. La principal pista de Rebollo, Luján y Azpíriz eran, en efecto, las confesiones de Carpena. Luján, sin embargo, era de los que pensaban que a un testigo hay que trabajárselo antes de darle la información relevante.



Damián Vigo estaba muy bien trabajado. El signo de ello es que ni siquiera intentó decir que no conocía de nada a Carpena.



-¿De… detenido?



-Detenido, sí. A la espera de que decidamos con qué parte del Código Penal nos lo vamos a llevar por delante. Y a ti te quedan cada vez menos oportunidades de evitar correr su suerte.



Luján notó el olor a quemado. Echó un vistazo rápido. El cigarrillo que estaba fumando el testigo cuando Rebollo le atacó había terminado debajo de su culo, y de ahí salía un humo que denotaba que estaba quemando la tela de sus pantalones. Pero Vigo no parecía darse cuenta de ello. Luján pensó, fugazmente: si estuviera donde esta él, yo tampoco me daría cuenta.



-¡Yo soy fiel!



-¡Cojonudo! Porque es el momento de demostrarlo.



Le soltó el pelo, se levantó y se volvió a sentar en el sillón. Rebollo permaneció de pie. Vigo no se movió.



-En el 37 estabas en Salamanca, en Pedro Llen, ¿no es así?



-¿Eso qué importa?



-Recuerda tus costillas. Allí te enseñaron cosas, ideas. Nacionalsocialismo del bueno.



-Yo soy nacionalsindicalista.



-Lo que tú digas. Lo importante es que tienes sueños y que crees que es imperativo que los consigas. Tú y tus amigos.



-¿Mis amigos? ¿Quiénes son mis amigos?



-Eso mismo respondió Rebollo, que fumaba tranquilamente sentado en el sillón donde había estado Vigo- es lo que hemos venido aquí a que nos cuentes.



El contable se sentó pesadamente en el suelo. Flexionó las piernas y se abrazó las rodillas, sin dejar de mirar a Rebollo. Extrañamente, parecía estar recuperando la compostura.



-Yo no tengo amigos respondió, como enfurruñado.



-¿Ningún amigo?



-Ninguno. De ésos, ninguno.



-De cuáles.



-Ustedes son los que han hecho los deberes. Así que ustedes sabrán.



Rebollo y Luján se miraron con fastidio. Así pues, se repetía el caso Odriozola. Diez años antes había pasado lo mismo con la falsa puta. Se había mostrado vulnerable y temerosa, pero aún así no había soltado prenda a pesar de la paliza que recibió. Lo que quiera que fuese que supiera Damián Vigo, era lo suficientemente importante como para soportar la brutalidad policial. Esto cambiaba las cosas; ambos sabían ahora que a hostias no serían capaces de sacarle la verdad. Había llegado la hora de la negociación.



-Vamos a ver. Carpena ha cantado de plano. Sabemos que fuisteis compañeretes buena parte de la guerra. Sabemos que si no os presentabais voluntarios para las misiones difíciles, os presentaban, dado vuestro comportamiento en Salamanca. Sabemos que entre esas misiones complicadas se incluyó pasar el frente en la Navidad del 38, comenzar a prepararlo todo.



-Fue una heroicidad el tono de protesta del testigo sonó torpe, desganado.



-Lo fue. A lo mejor hasta te quita cuatro o cinco añitos. Sólo que aquí contactasteis con la Quinta Columna, y con más gente.



-¿Más gente?



Luján había llegado al final del camino. Ahí terminaban las confesiones de Carpena. Cuando confesó que el grupo que había pasado las líneas, formado por él mismo y Damián Vigo, había tomado contacto con anarquistas en Madrid, ya no dijo más. Por muchas hostias que le dieron. Juró y perjuró que los contactos no habían sido suyos, que era Vigo el que había conseguido hablar con ellos, a través de conocidos.



Así que pensó: ¿por qué no? Miró a Rebollo, y no vio nada raro en sus ojos. También miró a Azpíriz. Fue como tratar de averiguar qué piensa una mesa de escayola.



Suspiró, y se lanzó.



-Más gente, sí. La gente de Cendoya.



En realidad, fue un riesgo calculado. Damián Vigo no había preguntado siquiera por qué le buscaban; tampoco había intentado negar que conociese a Carpena. Era obvio que no era una persona ducha en interrogatorios. No era el tipo de persona que sabe disimular una sorpresa. Además, llevaba una buena mano de hostias encima.



Luján no se equivocó.



Al escuchar el nombre de Cendoya, una fuerte corriente eléctrica pareció recorrer a Vigo de parte a parte. Se quedó mirando a Luján, con ojos implorantes que decían: «pero, ¿también sabéis eso?» Luján se permitió una sonrisa chulesca.



-¿Creías que seguíamos tragándonos el cuento del falangista radical? No, Vigo, no. Hace tiempo que sabemos del tal Cendoya decidió que tenía que remachar aquello, jugar fuerte a que lo sabía todo-. Cendoya y su hermano, el que se hacía llamar Higinio Longares.



El contable dejó escapar un suspiro breve. Estaba ya tan derrotado que, para una vez que Luján tropezó y cayó en aquel interrogatorio, él le ayudó a levantarse.



-Está usted equivocado. No es Higinio el que se hace llamar Longares, sino Cendoya el que se hacía llamar Cendoya.



Luján no se inmutó, aunque en su fuero interno se enfadó por haber errado. Otro testigo más listo que Vigo, o más resignado a la idea del dolor o de la muerte, se le habría escapado en ese punto.



-Está bien. Los Longares, entonces. ¿Cuándo los conociste?



-Usted lo ha dicho. En Madrid, la Navidad del 38. Nosotros hacíamos correr la voz de lo que iba a pasar. Los rojos llevaban años escuchando propaganda de que si los moros les cortaban los pechos a las mujeres, que si matábamos a los presos después de lidiarlos y estoquearlos como a novillos; todas esas patrañas. Pero nosotros les decíamos que todo aquel soldado que no tuviese sobre sí un delito de sangre no tenía nada que temer, y que la actuación de los oficiales sería simplemente revisada.



»Conforme avanzaban las tropas por Cataluña, la moral de muchos en Madrid se resquebrajaba. Mucha gente empezó a mirar por ella misma. En enero ya teníamos bastante claro que no seríamos molestados a menos que fuésemos muy descarados; nadie quería ya asumir la responsabilidad de cargarse a unos falangistas. No obstante, una tarde me detuvieron. Yo pensé que para matarme.»



-¿Por qué?



-Porque me detuvieron en Atocha, adonde había ido a visitar a un pariente de un compañero alférez. Era la primera vez que iba a esa casa y me detuvieron a unos metros del portal. Claramente, me habían seguido. En aquellos días y en Madrid, si te hacían seguir…



-Comprendo.



-Me detuvieron y me llevaron a Pontejos. Al cuartel de los de Asalto. Ya saben. La pocilga de Castillo7.



-Ajá.



-Me llevan ahí, me meten en una salita, yo me pongo a rezar el rosario y, cuando, voy por la mitad, entra un capitán. Pero de Carabineros. Yo grito Arriba España y decido morir allí mismo, no en cualquier tapia de las afueras; pero, para mi sorpresa, el tipo me dice que me calme y coloca su pistola encima de la mesa. Si me quieres pegar un tiro pégamelo ahora mismo, me dice, porque de todas maneras acabaréis por fusilarme tarde o temprano. Ahora bien, te convendría escucharme.



-Y tú le escuchaste.



-Nos ha jodido que le escuché. Despliega delante de mí varios mapas. El área del puente de Segovia. Moncloa, Ciudad Lineal. Tenía todo el puto Madrid dibujado ahí. Y me va señalando todos los puntos calientes. Aquí hay una batería. Aquí un destacamento de carros que puede colocarse aquí, aquí o aquí en menos de veinte minutos. Aquí está el polvorín. Me cago en Dios, si llego a ser Franco, esa tarde gano la guerra antes de la cena.



-¿Qué quería, venderte los planos?



-¿Longares? Era mucho más listo que todo eso. Quería salvar el cuello. Lo primero que me dijo es que desde ese mismo día hasta que acabase la guerra iba a poner a varios de los suyos vigilándome día y noche.



-¿Para qué?



-Para que no pudiese dejar Madrid. Consideraba que yo era su seguro de vida. Quería que supiese que tenía plena capacidad de sabotear elementos fundamentales de las defensas de la ciudad. Aquella tarde llegamos a un pacto. Él me vigilaría, pero también garantizaba mi vida y la de quienes yo le señalase. Y haría una cosa más. Llegado el momento, él y su grupo de incondicionales, apenas diez o doce personas de Pontejos, sabotearían algún punto de entrada a Madrid, cuando atacásemos. Mi parte del compromiso era defender esto cuando fuese detenido o, mejor, que le ayudase a escapar.



-Pero no pudo ser.



-A medias. Como adelanto del pacto, llegamos a sacar a los primeros, unos cuantos. Honradamente, no sé quiénes Luján, Rebollo y Azpíriz se dedicaron miradas de inteligencia; ellos sí sabían quiénes: los compañeros de Lucía Odriozola-. Pero luego Casado8 se lo cargó todo, después de de lo de Cartagena9, debió decidir que tenía hacer méritos, y decidió hablar con Beseiro, con Mera10; consiguieron que la República se rindiera, la guerra terminó



-¿Y Longares?



-Él me había contado muchas cosas. Para que estuviese yo bien situado y supiera actuar. Me contó de La Abubilla.



-¿La Abubilla?



Luján no logró situarse. Miró a Rebollo, quien se alzó de hombros.



Azpíriz tosió perceptiblemente. Sus dos compañeros lo miraron.



-El pueblo informó sin pasión-. El pueblo de Salamanca donde nació Julio Cendoya. Lo dice en la documentación.



-Tiene razón… ese señor dijo Vigo, concitando de nuevo la atención de todos-. La Abubilla es una pequeña pedanía cuya iglesia fue quemada en mayo del 31, cuando lo del follón de los conventos11. Se perdió todo el archivo parroquial. Longares me dijo que eso la hacía perfecta, porque con falsificar el asiento parroquial, nadie tendría la forma de trazar su mentira. Nadie sospecharía.



Luján asintió.



-Cierto. Nosotros lo hemos tenido delante, y ni siquiera lo habíamos pensado.



-Yo sabía, pues, que Longares tenía una identidad para dejar de ser Longares, pero no sabía cuál. Hasta que la División Azul se fue a Rusia y yo recibí una postal.



-¿Cendoya te escribió desde Rusia?



-Escribió a alguien que me mandó la postal. Era completamente insulsa y no me citaba. Daba toda la impresión de ser una postal entregada al destinatario equivocado. Pero me fijé en las emes.



-¿Las emes?



-Las emes, sí. Las emes mayúsculas, y había varias en la postal, eran extraordinariamente alambicadas y grandes. El tipo de letra que una vez que la ves ya no la olvidas. Longares sabía eso.



-Entiendo interrumpió Luján-. Ya habías visto su letra antes.



-En los famosos mapas. Debió de pensar que yo me acordaría, y no se equivocó. Fue una manera de decir: estoy aquí, sigo vivo...



-… y, si me descubrieran, cumple tu parte del pacto.



-Exacto.



Rebollo se levantó del sillón y le ofreció una mano a Vigo. Éste, después de pensárselo, la agarró y dejó que el policía tironease para levantarlo.



-Ahora es cuando me detendrán dijo, aunque no había miedo en su voz- o me pegarán un tiro.



-Nuestra justicia no mata cuando le da la gana protestó Rebollo, aunque con voz monocorde-. Tenemos nuestras reglas. Siéntate.



El contable obedeció. Rebollo se paseó por el salón un rato, sin hablar, meditando. Finalmente, se encaró con Vigo, quien tan sólo esperaba ya su destino, cualquiera que éste fuese.



-Vamos a ver. Tenemos un problema, Vigo. Todo lo que nos has contado es muy interesante. Pero no deja de referirse a alguien que, para bien o para mal, murió en Rusia. En el lago Ilmen.



-Lo sé. Aunque no me crea, leo los boletines de la Hermandad de Ex Combatientes.



-Sin embargo, alguien, no sé… alguien relacionado con este mundillo. Alguno de esos rojos renegados, sigue por ahí jodiendo. Matando gente.



-¿Matando? A todas luces, la sorpresa de Vigo fue sincera.



-Hace unos días informó Luján-, una mujer murió asesinada. Lucía Odriozola. ¿Te suena el nombre?



Vigo no reaccionó al nombre. Pero Luján había traído una foto sacada al cadáver en la Morgue. Entonces el contable sí que hizo un gesto inequívoco. Era muy tarde ya para que comenzase a disimular. No hizo el menor esfuerzo por esconderse.



-Siempre la vi en Pontejos informó-. Ella y Longares parecían… ya me entienden.



-¿Y no sabías que seguía viviendo en Madrid, trabajando en una barra americana?



El gesto de Vigo quiso significar: «pues no, y además me importa una mierda que no me creas.»



-Yo soy Damián Vigo, de profesión contable. Señores policías, mi vida consiste en cuadrar filas con columnas y en cantar himnos guerreros por la sierra los fines de semana. Pueden pegarme más si quieren; pero eso no hará de mí un terrorista peligroso.



-Está bien el cuento del contable contestó Luján-, pero entenderás que cueste creerlo. Tu amigo Carpena estaba implicado en un operativo para garantizar la huída de alguien, probablemente vinculado a ese grupo de rojos infiltrados al que pertenecían Longares y Odriozola.



-No voy a negar que conocemos a alguna gente. Pero nunca pensé que pudieran matar a nadie. ¿No lo habrá hecho Higinio?



-Está muerto. Hace diez años.



La noticia sorprendió a Vigo, pero aparentemente la aceptó como algo lógico.



-No le veía desde mucho antes fue todo lo que dijo.



-Hábleme de esa gente que conoce.



Trabajosamente, Vigo se levantó del sillón y caminó arrastrando los pies hasta una pared, de donde descolgó una foto. Volvió al sillón y se la ofreció a Luján. Luján la observó y luego se la pasó a Rebollo, quien asimismo se la pasó a Azpíriz. Cuando volvió a sus manos, Luján la estudió más detenidamente. Tres hombres en uniforme de Falange, uno de ellos Vigo, posaban sonrientes para la cámara, en un paisaje serrano.



-¿No nota usted nada en la foto? Vigo parecía casi divertido.



Luján negó con la cabeza.



-No llevamos boina informó el contable-. Esos uniformes son auténticos.



-¿Quiénes son?



-Éste dijo Vigo señalando a un joven alto, delgado y fibroso- es Camilo Pérez. Éste el chico de pie a su lado era algo más grueso, aunque igual de alto- es Pepe Durán.



El tal Durán llevaba la manga izquierda, vacía, prendida al resto de la prenda.



-Franco cumplió su promesa dijo Vigo, con un deje de admiración en la voz-. Aquél que se había limitado a luchar y a cumplir con su deber, no fue molestado. Pérez y Durán no tuvieron problemas a pesar de haber sido destinados a Pontejos en los últimos meses de la guerra; Durán, además, perdió el brazo a principios del 39, con lo que para cuando terminó la guerra ya no era ni soldado. Entonces creían en el comunismo libertario. Yo, terminada la guerra, comencé a juntarme los fines de semana con la gente… la gente como yo, y como Carpena. Al principio lo rechazaron, pero yo les recomendé que se dejasen ver, que la mejor forma de confundirse con el paisaje sería hacerse falangistas. Con el tiempo se fueron haciendo nacionalsindicalistas de verdad.



Tosió levemente, como pidiendo permiso para hablar.



-No es tan difícil si… si piensas ciertas cosas. El falangismo nunca estuvo por el capitalismo. José Antonio quería la verdadera liberación del obrero y del campesino. El Estado totalitario, en el fondo, tiene algunas cosas de las que ellos querían. O, quizás, tan sólo pasó el tiempo.



-¿Dónde están?



-Hace tiempo que no les veo. Lo juro.



Hora y media después, los tres policías estaban de nuevo en la cafetería donde habían esperado a Damián Vigo. Ahora veían por la cristalera al vehículo de la Policía Armada que se lo llevaba. La Operación Tabla había sido un éxito. Una vez que habían conseguido toda la información posible sobre el asunto que verdaderamente les interesaba, los policías habían continuado el interrogatorio centrándose en la labor de esos grupos de instrucción en los que participaba el contable. Acabó por aparecer lo que esperaban. Pasquines clandestinos, reuniones extrañas, manifiestos reclamando de Franco la pureza revolucionaria. Fuegos artificiales. Pero como todo petardo puede siempre convertirse en una bomba pues, al fin y al cabo, está hecho de pólvora, Damián Vigo fue detenido y puesto a disposición del juez, al igual que lo había sido Carpena poco antes. De Vigo no volvieron a saber nada. De Carpena acabaron por saber que, tras unos años de cárcel, no había podido regresar a la policía, así que se había cambiado de ciudad.



-En fin sentenció Rebollo, tras terminar su café-. Algo hemos avanzado. Sabemos que tenemos que buscar al tal Camilo Pérez y a José Durán. Algo es algo.



-Lo malo repuso Luján- es que el que nos interesa de los dos, o los dos, nos lleva ventaja. Sabe que lo buscamos desde el día de Difuntos. Y nosotros no hemos sabido hasta hoy quién es. Bueno, en realidad aún no lo sabemos.



Rebollo arqueó las cejas, mostrando extrañeza.



-Sí. Son dos. Obviamente, uno de ellos es el asesino. Es lo que explica que Lucía le dejara pasar. Pero aún no sabemos cuál de los dos mató a Lucía Odriozola.



-Sí lo sabemos musitó Azpíriz.



Rebollo y Luján lo miraron al unísono. El navarro apretó los labios.



-¿Ya puedo hablar, señor inspector? Preguntó, con retintín en la voz, mirando a Rebollo.



-Déjate de gilipolleces contestó Rebollo, con fastidio-. El Silencioso es una institución de los interrogatorios bien hechos. Descoloca al testigo. Pero, venga, ahora estamos a otra cosa. ¿Por qué dices que sí lo sabemos?



-Porque Durán es manco.



-Ya. ¿Y…?



-Que a Lucía Odriozola la mató un manco.



La mirada que Rebollo intercambió con Luján quería decir: «este tío es tonto». Pero Luján pensó: o muy listo.



-Explícate.



-No hay violencia para entrar respondió Azpíriz tranquilamente-. Pero sí hay violencia para salir. Lo cual nos dice que el asesino no tuvo problemas para abrir la puerta al entrar, pero sí para salir.



-… porque entró acompañado y salió solo –susurró Luján.



-Exacto. Al salir, vuela de un disparo un cerrojo que se abre casi con respirarle encima. ¿Tan torpe era?



Azpíriz contempló con mal disimulada satisfacción el silencio de sus interlocutores.



-La clave de la puerta no es que el cerrojo sea fuerte o tenga llave. Es que hay que abrirla accionando el pestillo y el picaporte al mismo tiempo.



-¡Me cago en la hostia! Murmurró Rebollo.



A Luján le costó cerrar la boca.



-¡Claro, joder! Una persona con una sola mano no podía abrir esa puerta. O accionaba el pestillo, o bajaba el picaporte. Por eso voló una de las dos piezas.



-Concentrémonos en Durán, entonces concluyó Rebollo-. Y será añadió, haciendo el ademán de levantarse- a partir de mañana.



Luján puso una mano en el hombro del inspector y presionó suave para que se sentase. En el rostro del inspector se dibujó la sorpresa. Luego, Luján se dirigió a Azpíriz.



-Rebollo tiene razón. Seguiremos mañana. Vete, Azpíriz. Yo tengo una cosa que hablar con él.



Si el navarro se sintió preterido por no poder ser partícipe del último diálogo entre los dos policías, no lo reflejó. De todas formas, probablemente estaba ya muy acostumbrado a la idea de que ellos eran los que tenían un caso entre manos, así pues era lógico que guardasen secretos.



Cuando se quedaron solos, Rebollo miró a Luján con fastidio.



-Es muy tarde, Luján. ¿Qué quieres ahora?



-Ismael… una vez me dijiste que si necesitaba algo especial en el caso Anselmo López, te lo pidiese a ti.



-En efecto.



-Pues hoy es ese día.



Rebollo acogió la noticia con afectada tranquilidad. Se echó hacia atrás en la silla, sacó un pitillo y se tomó su tiempo para encenderlo. Mientras hablaba, hizo un gesto con la mano, moviéndola de forma caótica, dejando retales de volutas de humo entre los dos.



-No entiendo, Luján. Estamos juntos en esto. Hemos investigado juntos. Yo sé lo que tú sabes. No veo que necesites nada extraordinario.



-Yo sí lo pienso. Es más: creo que es imperativo.



-¿Imperativo, qué?



-Exhumar el cadáver de Anselmo López.



Rebollo le miró apretando los labios, con expresión de suficiencia.



-¿Eso? Eso se lo puedes pedir a cualquier juez. Conozco uno que no te pondrá ni el más mí…



-Y el de Cendoya.



Rebollo se quedó como si Luján le acabase de decir que había nacido en Alpha Centauri.



-¿Qu… qué? ¿Qué has dicho, Luján?



-Lo que has oído. Que hay que exhumar el cadáver de Julio Cendoya.



Ismael Rebollo respiró muy hondo. Para Luján fue una experiencia nueva verle tan sorprendido, al borde del shock. Con el rabillo del ojo, vio que el cigarrillo que tenía en la mano izquierda se le caía y quedaba sobre la mesa de la cafetería, humeando.



-Luján terminó por decir, hablando con inseguridad-. ¿Tú… tú sabes lo que estás pidiendo?



-Sí.



-¡Cendoya murió en Rusia!



-Lo sé.



-¡Está enterrado en la puta Rusia! ¡En la tierra de los rojos!



-Ya te he dicho que lo sé.



-¿Quieres que le pidamos a los soviéticos permiso para ir al lago Ilmen a buscar la tumba de Cendoya y exhumar su cadáver?



-Hay referencias de donde está.



-¡Una mierda referencias! Estalló Rebollo- ¡Las referencias no son un problema, joder! El problema es… ¡joder, el problema es el país, es un país de cabrones! Nosotros no nos hablamos con ellos, ¿o es que no lo sabes?



-Sé qué eso no es verdad repuso Luján, afectando la tranquilidad que no tenía.



-¿Que no es verdad?



-No, no es verdad. Tú mismo me contaste el caso Abrantes.



Rebollo se tomó unos segundos para recuperar en su cabeza los datos del caso Abrantes. Luego negó violentamente con la cabeza.



-Eso es otra cosa.



-Lo sé.



-Nosotros no podemos ir por el mundo desenterrando cadáveres.



-Lo sé. Tendrían que hacerlo ellos.



Rebollo abrió la boca. Luego se dejó llevar por la risa nerviosa.



-¡Esto es la hostia! ¡Pero la hostia de verdad! No me puedo creer que un policía español, en noviembre de 1957, me esté hablando con tanta tranquilidad de hablar con los rusos para desenterrar un cadáver de hace quince años. ¡Como si fuese un oficio judicial!



Luján se arrimó a Rebollo. Acercaron los rostros y comenzaron a susurrar.



-Mira, Rebollo. Yo no sé lo que habrás pensado tú de la… conversación de esta noche; pero, por mi parte, hay un par de cosas que me han quedado claras.



-Aparte de volverte completamente loco.



-¡Escúchame primero, coño! Mira, yo vivía en esta ciudad cuando la República y la guerra. Era muy joven, pero sabía escuchar. Y a mi alrededor se hacían muchos comentarios.



-Y, ¿qué tiene que ver eso?



-Los de Pontejos eran las fuerzas del gobierno. Todo el mundo lo sabía. ¿Y los carabineros? Rebollo, los carabineros eran un cuerpo policial dependiente del Ministerio de Hacienda. Y, ¿quién fue ministro de Hacienda?



-Ya. Negrín.



-Será por eso que los recuerdan como el ejército privado de Negrín. Los comunistas tenían el SIM12 y Negrín a sus chicos.



-Y eso, ¿qué cambia?



-Eso nos dice que Longares, o Cendoya, no era ningún cualquiera. No era ni un soldadito de plomo ni un militante con guerrera militar. Cendoya era un espía. Un espía muy hábil que a finales de 1938 ya lo tenía todo preparado para cambiar de identidad al final de la guerra y escaquearse. Es obvio que no le fue fiel a su jefe hasta el final. Eso es algo normal en los espías, que siempre acaban, tarde o temprano, mirando por sí mismos.



-Sigo sin entender por qué…



-Cuando terminó la guerra, Rebollo, entramos aquí como una apisonadora. Metimos en la trena a miles de personas. Limpiamos esto a fondo de cabrones. Pero Cendoya consiguió, no solo escaparse de nuestra mirada, sino convertirse en uno de los nuestros. Así las cosas, ¿quién te dice que en Rusia no pudo hacer el camino de vuelta?



Los ojos de Rebollo se convirtieron en una línea muy fina. A todas luces, buscaba la manera de rebatir a Luján. Pero no podía.



-Ya sé que es muy difícil. Un grupo de soldados se queda pillado bajo el fuego enemigo, casi sin cobertura. Mueren como héroes. Es una situación en la que las personas normales no sobreviven. Y Cendoya, probablemente, tampoco. Pero lo que sí sospechamos es que él tenía recursos que los demás no tenían. Y sabemos otra cosa.



-¿Otra cosa?



-Sí, otra cosa. Yo interrogué a Herminio Pozas, así que lo sé bien. Sabemos que nadie lo vio morir. Todos los que le vieron morir murieron con él y los demás lo que vieron fue un cadáver abrasado por las balas. ¿Y si repitió la jugada de su hermano?



-¿La jugada de su hermano?



-La jugada de su hermano, sí. Razonablemente acicalado siempre, Higinio Longares, en el tiempo previo a su muerte, parece descuidar su higiene y se deja crecer el pelo y la barba. Un detalle curioso. Llegué a pensar que podría estar deprimido o algo así. Pero pensando en su hermano, esta noche, me he dado cuenta de que hay otra posibilidad.



-Trataba de no ser reconocido dijo Rebollo.



-Exacto. Lo cual demostraría, por cierto, que temía ser asesinado. Que sabía que estaba en peligro. Pero el caso es que Cendoya pudo hacer lo mismo. En su caso, con más razones. Los soldados de la Azul no podían ni salir a mear fuera de las tiendas del frío que hacía. Dejarse barba era algo lógico en esa circunstancia. Con seguridad no fue el único. Si simuló su muerte, no le debieron faltar sustitutos.



Rebollo recuperó el pitillo y comprobó con fastidio que se había apagado. Lo reencendió con una nueva cerilla. Luego miró a Luján, y negó otra vez con la cabeza.



-Joder, Luján. Piensa lo que quieras, pero lo que pides es muy, muy difícil.



-Lo sé, pero si alguien puede conseguirlo es… Andrés.



-¿Andrés?



-Andrés, sí. El hombre al que fuimos a visitar tú y yo el año pasado. Ya sabes, Andrés…



Rebollo arqueó las cejas, en un gesto de escepticismo.



-Y, ¿qué esperas encontrar en la tumba de un muerto hace quince años?



-Lo primero es conseguir la exhumación. Luego tendremos que pensar más detenidamente el asunto.



Rebollo miró largamente a Luján, y luego negó con la cabeza, como decepcionado.



-Perdóname, Luján. Será que no te entiendo porque soy inestable.








1 Rebollo hace aquí alusión al hecho de que Franco, al asumir los puntos programáticos de Falange, dejó fuera el vigésimo séptimo y último, que era precisamente el punto en el que José Antonio había delimitado que el partido no debería nunca pactar con otras fuerzas políticas que no asumiesen su ideario nacionalsindicalista, de corte fascista.





2 Hedilla sostuvo hasta el final de sus días que esta versión de sus contrarios es falsa. Dijo que había enviado a los falangistas a la pensión de Sancho para hablar con él, pero nunca explicó por qué iban a parlamentar con su oponente unas personas que no pertenecían a la cúpula de Falange; y, sobre todo, por qué iban fuertemente armados.





3 Es una alusión sarcástica al hecho de que, en la acción bélica de Teruel, ciudad que fue ganada por los republicanos y posteriormente reconquistada por los nacionales, los soldados tuvieron que soportar durísimas temperaturas bajo cero.





4 El partido único creado por Franco.





5 Presidente de las Cortes. Tradicionalista, no falangista.





6 Político socialista, fue ministro varias veces en la República y durante la guerra civil.





7 El teniente Castillo, guardia de asalto de significado izquierdismo cuyo asesinato, de hecho, provocó el de Calvo Sotelo.





8 El coronel Segismundo Casado.





9 Se refiere a la huida de la flota republicana al puerto argelino de Bizerta, producida tras una rebelión en la plaza en la que estuvo a punto de caer en poder de los franquistas.





10 Cipriano Mera, dirigente anarcosindicalista que llegó a teniente coronel del ejército republicano. Su intervención en apoyo de Casado fue decisiva en los enfrentamientos.





11 Se refiere a la quema indiscriminada de iglesias y edificios religiosos que se produjo en toda España el 10 de mayo de 1931 y los días siguientes.





12 Servicio de Información Militar, el sistema de espionaje montado por los comunistas en el lado republicano.