jueves, junio 14, 2007

Escoged a una mujer

El grupo socialista en el Congreso ha propuesto que en ese ámbito monetario en el que aún tenemos la soberanía de poner lo que nos plazca, es decir las monedas, aparezca la figura de alguna mujer. Es una propuesta lógica y loable, aunque también es cierto que la aparición de la mujer en los estampillados y acuñaciones no es completamente nueva. Por ejemplo, el primer sello de correos que existió en España lleva, si no me equivoco, el retrato de una mujer (Isabel II). Y desde el primer billete de mil pelas que logré ahorrar yo (con el que me compré un reloj en la calle del Pez, no se me olvidará nunca) me miraban, entre atónitos y aburridos, Fernando e Isabel, que tanto monta, monta tanto. Y no hay que olvidar aquel billete de quinientas pelas, creo, con el retrato de Rosalía de Castro (o, como la llamaba mi padre, a chorona).

Pero el tema ha generado inmediatamente la polémica que hoy quiero traer aquí, que es qué mujer española merece pasar a las monedas de euro o de dos euros o, dicho de otra manera, quién es la mujer más importante para la Historia de España.

Los socialistas han propuesto a Clara Campoamor, lo cual es una prueba de generosidad porque, muy al contrario de lo que se anda diciendo hoy por ahí en algún que otro foro de internet, Clara no era socialista, sino radical; era, pues, miembro del partido de Alejandro Lerroux, que se deshizo durante la república como un azucarillo; tras de lo cual ella intentó ingresar en la formación presidida por Azaña (Izquierda Republicana), pero no en el PSOE.

Clara Campoamor asomó la cabeza por la ventana de la Historia durante los debates parlamentarios, producidos en 1933, sobre si convenía en las elecciones de noviembre del 33 extender el derecho al voto a las mujeres. Y hay que decir que en aquellos debates hubo una oposición cerril... por parte de las izquierdas. Los partidos así llamados progresistas no son distintos del resto del mundo: son lo que son básicamente cuando les conviene. La izquierda española pensaba que, en la España de 1933, las mujeres eran como setenta veces más conservadoras que los hombres, así pues permitirles votar era ponerle la cosa más fácil a las derechas. Y es un hecho que las derechas ganaron aquellas elecciones. Aunque tampoco está claro que fuera por eso. El mito de la mujer conservadora tiene también mucho de mito. Sin ir más lejos, tengo yo por mí que las 500 mujeres, 500, que durante la huelga general revolucionaria de 1917 se tiraron a las vías del tren para impedir su avance, no eran muy de derechas, no.

No obstante todo lo dicho, es lo cierto que, si el CIS hiciese hoy una encuesta, no creo que más allá del 3% de los españoles, y porcentaje similar de españolas, declarase saber quién era Clara Campoamor. ¿Injusto? Desde luego. Las mujeres tienen mucho que agradecerle a esta gallarda parlamentaria que se defendió, ahí está para demostrarlo el Diario de Sesiones (ahí, quiero decir, en la biblioteca del Congreso; ya sabemos lo que entiende el Sr. Marín por transparencia), como gato (perdón, gata) panza arriba, que cantaban los de Palacagüina. No obstante, no parece que el recuerdo le haya hecho muchos favores.

En toda esta historia hay otro elemento que es, además, asexuado, que es la selección en sí del personaje. Si nos olvidamos de las tías, todavía tenemos bastantes cosas que discutir porque, la verdad, no siempre las monedas han acertado. Los billetes de cien pesetas se adornaron con el rostro de Gustavo Adolfo Bécquer y yo, la verdad, no acabo de entender tamaño homenaje al poeta si todavía seguían en la lista de espera, a menos que me equivoque, personajes como Quevedo o Góngora. También había un billete con el retrato de un pintor, no recuerdo si Zuloaga u otro, y que yo sepa Goya o Velázquez no han tenido billete (aunque no estoy muy seguro). En todo caso, para un anverso de billete se usó a la mujer morena que pinto Julio Romero de Torres; cuadro que está muy bien, pero se me ocurren, sólo del catálogo del museo del Prado, como veinte que lo merecen antes.

Respecto de los músicos, en su día se eligió a Manuel de Falla. Y digo yo: ¿cómo se puede honrar a Falla estando el Fary?

Todo ello teniendo en cuenta que la política de homenajes en billetes y monedas ha tendido, históricamente, a preterir profesiones como: médicos, ingenieros, jueces, astrónomos, marinos, editores, bla, bla, bla. O blogueros, ya puestos.

En fin. ¿Mujeres relevantes para la Historia de España? A ver cuántas nos salen. Por poner unas reglas, diré que se pueden dar 10, 9 y 8 puntos a tres de ellas, aunque se pueden citar muchas más, a ver si logramos hacer una buena lista de féminas relevantes.

Empezando un poco a mocosuena:

Agustina de Aragón
María Pita
Teresa de Ávila
Fernán Caballero
Mariana Pineda
Emilia Pardo Bazán
La Princesa de Éboli
Catalina de Erauso (La Monja Alférez)
Lilí Álvarez
Zahara (la novia de Abderramán)
Marie Anne de la Trémoille
Dolores Ibárruri
Clara Campoamor
Margarita Nelken
Victoria Kent


De éstas, yo me quedaría con Mariana Pineda (10 puntos), María Pita (cómo no, 9 puntos) y la Pardo Bazán (8 puntos).

¿Que barro para casa? ¡El blog es mío, no te jode!

martes, junio 12, 2007

Nos hemos vuelto locos

Ya sabeis, porque yo os lo he contado, que este blog viene registrando, en días de diario, un nivel de visitas entre poco menos de 250 y 300. El 60% o 70% de ellas de usuarios nuevos, con un 30% (esto es, unas 80 personas) de usuarios repetidos y bastante fieles.

Pero esto fue hasta que el elefante Tiburcio decidió teorizar sobre si Hitler podría o no haber ganado la guerra mundial. Esto ocurrió ayer, que fue cuando coloqué el post. Y... ¿sabéis cuántas visitas dice Google Analytics que llevamos hoy?

Ahora mismo, 2.827.

La razón es que el post de Tibur ha sido «meneado» repetidamente a lo largo del día de hoy. Juro por Santa María Egipciaca que hasta hace unas horas no tenía yo ni idea de lo que es eso del meneo (de hecho, ha sido un comentario sobre el asunto lo que me ha llevado a averiguarlo). Pero ahora me he enterado; cuando te menean 2.400 veces, vaya si te enteras.

Va por ti, Tiburcio. Eres un hacha. Si no fueras un elefante, si no tuvieras tan mala leche, si no te oliese tanto el aliento a gramínea, si no dieses esos pisotones, si no fueses tan obstinado al atacar al pobre Von Ribentropp y sobre todo, si supieses cocinar, me casaría contigo.

JdJ

lunes, junio 11, 2007

¿Pudo Alemania ganar la segunda guerra mundial?

Bueno. Paciencia, que es la madre de la ciencia. Mi cocina comienza a parecer una cocina, así pues albergo esperanzas ciertas de regresar, algún día, a mis cuarteles de invierno, desde donde podré retomar un ritmo razonable de alimentación del blog.

Mientras tanto, me veo obligado a vivir de Tiburcio. Nuestro particular elefante sabio nos deleita hoy con un ensayito más que aseado que tengo yo por de lectura necesaria, sobre todo para aquellas personas, legión, que tienen una especie de visión fatalista de la Historia: al final, las cosas que ocurren, ocurren porque tienen que ocurrir.

En el texto que sigue subyace la idea de que Alemania ganó la que llamamos segunda guerra mundial como también pudo perderla. ¿Que es al revés? Pues eso...

Le dejo la palabra (aunque no he podido evitar introducir un par de llamadas en el texto, con comentarios míos que van al final).

¿Pudo Alemania ganar la segunda guerra mundial? By Tiburcio Samsa. Notas de JdJ.

En el verano de 1940, con Francia derrotada, Hitler intentó hacer la paz con Inglaterra. Hitler admiraba a Inglaterra y odiaba tanto a Francia como a la URSS. Pensaba que era factible un acuerdo entre los dos países en el que Inglaterra dejase a Alemania las manos libres en Europa Central y Oriental, mientras que Alemania no se inmiscuiría en las colonias. Si Eduardo VIII, ese Rey que cambió la corona por una estricta gobernanta, hubiese estado en el Trono en esos momentos y el Primer Ministro no se hubiese llamado Winston Churchill, tal vez Inglaterra habría acabado aceptando la proposición alemana. Tras la guerra pocos quisieron recordar que en 1940 había bastantes en el establishment británico que querían una paz con Hitler y que temían más al comunismo que al nazismo.

Una vez que se vio que Inglaterra no se avenía a razones, Alemania tenía dos vías para doblegarla, la directa y la indirecta. La directa consistía en la invasión, la famosa operación León Marino. Pienso que los alemanes nunca se tomaron esa operación demasiado en serio. No sólo había que desembarcar tropas en Inglaterra, sino que después había que mantenerlas abastecidas. Cuando Göring sugirió que la Luftwaffe podía hacerse cargo del problema inglés, supongo que muchos vieron el cielo abierto. No habría que enfrentarse a la Navy.

La Batalla de Inglaterra fue un despropósito desde el inicio. La autonomía de los aviones alemanes era insuficiente: el combustible apenas sí les daba para sobrevolar Inglaterra durante menos de una hora, largar las bombas y retirarse. Además debían de combatir contra dos enemigos temibles: el rádar y los cazas Spitfire. La campaña alemana se centró inicialmente sobre los aeródromos ingleses y las industrias y empezó a volverse preocupante para los ingleses. Sin embargo, los alemanes cayeron en la tentación de Londres y en el ensueño de que desmoralizando a la población civil mediante el terror aéreo podrían sacar a Inglaterra de la guerra.

Cuando la Batalla de Inglaterra tuvo que darse por terminada en el otoño de 1940, Alemania hubiera podido intentar la estrategia mediterránea, que el almirante Räder y algunos en la Armada preconizaban y que habría entusiasmado a los italianos: conquista de Gibraltar para cerrar el Mediterráneo; conquista de Malta y ofensiva contra el Canal de Suez, que eventualmente habría podido llegar hasta el pro-germano Iraq y sus campos petrolíferos. Esta estrategia seguramente habría forzado la entrada en la guerra de EEUU, pero habrían tenido que enfrentarse a una Alemania que sólo estaba luchando en un frente y que estaba en posesión de más petróleo del que podía utilizar.

Los estrategas alemanes nunca se tomaron en serio esta estrategia mediterránea. Desde finales de 1940, Hitler había decidido que el siguiente golpe sería contra la URSS. Las justificaciones que se dieron en su momento fueron: privar a Inglaterra de toda esperanza de prolongar la guerra buscando una alianza con la URSS y hacerse con las inmensas reservas soviéticas de materias primas con vistas a una guerra que amenazaba con prolongarse.

Ambas justificaciones resultan ridículas. Por un lado, la URSS ya tenía un pacto de no agresión con Alemania y aunque Stalin no fuese de fiar y fuese pescador en río revuelto, no hay indicios de que se propusiese romper el pacto. En los archivos soviéticos aparecieron, tras la perestroika, planes militares que preveían un ataque preventivo contra Alemania en Polonia. Sin embargo, parece probable que esos planes no fuesen más que los típicos planes de contingencia que todos los ejércitos preparan.

En cuanto a la cuestión de las materias primas, Alemania entró en guerra con una sorprendente falta de preparación económica. Aparentemente el mando nazi pensaba que si estallaba un conflicto en Europa, ocurriría hacia 1942 ó 43, no en 1939 (1). No se les puede culpar por ese error de cálculo: si las democracias occidentales habían permitido que se merendasen a la República Checoslovaca, ¿por qué pensar que la invasión de la dictadura militar polaca iba a desencadenar un conflicto europeo? En todo caso, la URSS ya estaba suministrando materias primas a Alemania.

La verdadera justificación de la invasión de la URSS era ideológica. Desde siempre Hitler había menospreciado a los pueblos eslavos y había visto en el Este el área natural de expansión para la raza alemana. Hitler tenía flexibilidad táctica, pero no estratégica. Era un buitre, que sabía captar en cada momento cuál era el animal que estaba a punto de sucumbir. Pero carecía de flexibilidad estratégica. Llevaba tantos años soñando con la expansión hacia el Este, que era incapaz de ver que, con Inglaterra invicta, resultaba lo peor que podía hacer.

Vender la idea de la invasión de la URSS al Ejército alemán no fue difícil por dos factores. El primero fue el pobre desempeño soviético en la guerra ruso-finesa de 1939-40. Si los rusos sólo habían logrado la victoria frente a un enemigo menor a base de pura superioridad numérica y muchas bajas, ¿qué podía esperarse de un enfrentamiento con Alemania? El segundo fue una deficiente inteligencia. Los servicios de inteligencia alemanes, que dejaron mucho que desear durante toda la guerra, aquí se lucieron. Estimaron la fuerza militar soviética muy por debajo de la realidad. Así en septiembre de 1941 los militares alemanes descubrieron que ya llevaban aniquiladas tantas divisiones soviéticas como sus agentes les habían dicho que existían y, sin embargo, seguían llegando tropas al frente.

La Operación Barbarroja fue un todo o nada. O Alemania noqueaba a la URSS antes del invierno o se vería en problemas. Creo que Alemania tuvo posibilidades reales de haber derrotado a la URSS, pero hubo tres factores que lo impidieron, dos causados por los propios alemanes y otro, un imponderable. Primero, el imponderable: el tiempo. Las lluvias otoñales empezaron en 1941 demasiado temprano y el invierno que las siguió fue de los más severos del siglo. Los otros dos factores fueron las deficiencias logísticas y la brutalidad.

Las victorias alemanas al comienzo de la II Guerra Mundial, la calidad de su armamento y su superioridad táctica hace que nos olvidemos generalmente de una cosa: logísticamente eran unos cenutrios y es en las cocinas donde se pierden y se ganan las guerras. Increíblemente, parece que los planificadores alemanes no habían pensado que en Rusia nieva y que el invierno podía pillarles a sus muchachos en trincheras en torno a Moscú con temperaturas de 20 grados bajo cero (2). Tampoco habían pensado que las carreteras rusas podían no estar asfaltadas y que los ferrocarriles rusos podían dejar mucho que desear. Eso fue lo que ocurrió y más de un soldado alemán pagó en forma de dedos la imprevisión de sus superiores.

Si el tema logístico es de idiotas, lo de la brutalidad ya es de nota. No se puede decir que el régimen estalinista despertase entusiasmos entre muchos sectores de la población. Muchos ucranianos y bálticos, e incluso rusos, hubieran podido simpatizar con cualquiera que les librase de Stalin. Con cualquiera menos con los nazis. Los nazis entraron avasallando, por utilizar un eufemismo. Desde los primeros días lanzaron campañas de exterminio de comunistas y judíos y no hicieron ningún secreto de que su intención era hacer de Rusia una colonia alemana, en la que los rusos que sobrevivieran serían los criados y los campesinos; no los mayordomos, porque para eso ya tenían a los rumanos. No es de extrañar que los rusos se galvanizaran. Stalin sería un hijoputa, pero al menos era su hijoputa.

Con el fracaso de la ofensiva final contra Moscú y la entrada en guerra de los Estados Unidos, la suerte de la II Guerra Mundial estaba echada y ya sólo era cuestión de tiempo ver cuánto tardaría Alemania en rendirse.



(1) Este hecho, es decir que la lógica indicase que la guerra no debía comenzar hasta 1942 aproximadamente, es lo que ha provocado que, en no pocos libros, los historiadores coqueteen con la idea de que Hitler estuviese gravemente enfermo. En el búnquer berlinés, al final de sus días, tenía evidentes síntomas de enfermedad, probablemente mal de Parkinson. Estas teorías señalan que Hitler lo sabría a finales de los añós treinta, y por eso adelantó las hostilidades. Personalmente, creo más en la teoría de Tiburcio: simplemente, no calculó bien las consecuencias de la invasión de Polonia.

(2) La logística era el principal punto débil de la estrategia alemana, lo cual es lógico porque se da un poco de leches con la famosa Blitzkrieg o guerra relámpago. Una parte nada desdeñable de las tropas alemanas atrapadas en la bolsa de Stalingrado no había recibido nada más que ropas de verano.

jueves, junio 07, 2007

Fuentes

Los noticiarios informan hoy de la muerte del profesor Fuentes Quintana.

Cuando el tiempo pasa, apenas queda espacio en las mentes para recordar a los primeros espadas. Así pues, ahora que han pasado ya 30 años desde 1977, un año crucial para la democracia española, quizá, los que recuerden algo, recuerden la figura de Adolfo Suárez, que era el presidente del Gobierno. Y se nos quedará en el tintero, entre otros, el nombre de Enrique Fuentes Quintana.

El recuerdo personal que tengo de Fuentes Quintana es como de hace veintipico de años. Aquel verano fui alumno de un curso de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Cualquiera que haya estado sabe de lo que hablo; una universidad de verano es un foro cultural, pero con sus muchos relajos por razón del lugar y sobre todo la época. Alguien, por cierto, un amigo mío muy metido en política, me presentó en la cafetería del palacio, aquel año, a un joven político de Alianza Popular, un tipo con futuro me aseguró mi amigo, que me dio la mano perfectamente trajeado y con un minúsculo maletín en la otra mano; se llamaba, y se llama, José María Aznar.

A lo que voy. Yo estaba en un curso en el que se producían las conferencias una detrás de otra; los alumnos tomábamos notas, a veces; otras no. Entonces se corrió la voz por todo el palacio de que había un curso de verano... ¡con exámenes! Un curso cuyo profesor encargaba a los alumnos lecturas tras las clases sobre las que hacía preguntas al día siguiente.

Era un curso sobre fiscalidad y su director era Enrique Fuentes Quintana.

El nombre del profesor quedará para los libros de Historia y para las monografías económicas. Y, sin embargo, los españoles le debemos mucho más que ese reconocimiento. Le debemos, a él y a sus compañeros de viaje, incluidos los representantes sindicales y empresariales, una buena parte de nuestra democracia; pues la Historia demuestra, son muchos los ejemplos, que la mejor forma de alejar a un pueblo de la creencia en la libertad y en la democracia es empobrecerlo.

Francisco Franco, caudillo de España, cometió muchos errores. El penúltimo de ellos fue pensar que España, por no se sabe qué unidad de destino en lo universal, podía dar la espalda a lo que estaba pasando en la economía mundial. Un puñado de meses antes de que muriese el dictador, en Oriente Medio ocurrió la guerra del Yon Kippur, que ocasionó la violenta reacción del mundo árabe, el cual decidió castigar a Occidente poniéndole el petróleo a un precio mucho más elevado. Es la llamada crisis del petróleo (o primera crisis del petróleo; hubo otra en los años ochenta, causada por la guerra entre Irán e Irak). Esta crisis fue muy profunda y grave pero, aún así, los ministros económicos de Franco escuchaban, un consejo de ministros detrás de otro, la misma cantinela en respuesta a sus propuestas de política económica: «Lo que usted quiera, pero que no suba la gasolina».

Franco vino a morir, más o menos, en el momento en que esta situación ya no se sostenía, motivo por el cual la economía española, además de entrar en democracia, se sumió en una situación de alta inflación de dos dígitos, más o menos el doble de la europea, e incremento exponencial del desempleo. Para colmo, aquel año 77 se produjo ese enero sangriento que filmó Juan Antonio Bardem, dentro del cual se inscriben los asesinatos de los abogados laboralistas de Atocha. En una situación de muy fuertes enfrentamientos políticos, en año 1977 fue el elegido por los falangistas decididos a la transición democrática (o sea, Suárez, Martín Villa et altera) para comenzar la verdadera normalización democrática del país. Ahora la denostamos; España está llena de gentes que dicen que si la Transición fue incompleta, que si esto, que si lo otro. Y es que de toros, desde la andanada, entiende cualquiera.

Todo ese montaje, todo; todo, incluida la legalización de los partidos políticos, las autonomías, la reforma de las fuerzas de orden público, la normalización militar, todo, repito, estaba en peligro si seguíamos empobreciéndonos, si continuábamos nuestra marcha hacia el colapso económico. Dicho colapso, sin embargo, se impidió, y la herramienta para dicho freno fueron los llamados Pactos de La Moncloa, negociados en el actual domicilio de José Luis Rodríguez Zapatero en el mes de agosto de 1977.

En los Pactos de la Moncloa no ganó absolutamente nadie; salvo todos, claro. Los Pactos de la Moncloa son una cesión por parte de todos, como debe de ser. Cuando un cuerpo está enfermo, muy enfermo, todos los órganos han de colaborar para la curación; no es momento de expresar reivindicaciones egoístas.

Los firmantes de los Pactos, de Santiago Carrillo a Manuel Fraga, observados desde la trastienda por otros negociantes tan importantes como los políticos como eran empresarios y sindicatos, firmaron al pie de un papel que decía muchas cosas. Decía, por ejemplo, que se iniciaría una política monetaria restrictiva para acabar con la inflación, lo cual quería decir restringir el acceso de todos a los recursos monetarios. Decía que las revisiones salariales en la negociación colectiva se harían de acuerdo con inflación prevista y no pasada, lo cual quiere decir que los trabajadores asumirían en sus salarios las desviaciones reales en el crecimiento de precios, que las hubo, y gordísimas, en los años posteriores.

Firmaron la fijación de un cambio más realista de la peseta, a todas luces sobrevaluada en aquellos tiempos lo cual, para un país que importaba buena parte de lo que hacía, fue un sacrificio de la leche; notablemente para las industrias, cuyos bienes de equipo (maquinaria, por ejemplo) eran casi todos importados, y que empezaron a pagar en carísimos dólares.

Firmaron, por último, el inicio de una mayor estabilidad presupuestaria, es decir reducción del gasto público; y el inicio de una flexibilización del mercado laboral, pues aquella España, que laboralmente hablando era la España de Franco o, mejor dicho, de Girón, era una España en la que, como decía José Sazatornil Saza en una película de las de la época, resultaba más fácil divorciarte de tu mujer que de tus obreros (y eso que aún no había divorcio).

En los pactos se sentaron también las bases de la reforma fiscal que culminaría otro político hoy fallecido, Francisco Fernández Ordóñez, Pacordóñez.

Los Pactos de la Moncloa conforman un plan de estabilización a largo plazo de gran acierto que, por lo tanto, debe anotarse en el haber de quienes los firmaron: Adolfo Suárez, Enrique Tierno Galván, Santiago Carrillo, Felipe González, Joan Raventós, Josep María Triginer, Juan Ajuriaguerra, Leopoldo Calvo Sotelo, Manuel Fraga y Miquel Roca i Junyent. Y no me quiero olvidar de Carlos Ferrer Salat, entonces presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales, ni de los líderes sindicales Nicolás Redondo Senior (UGT) y Marcelino Camacho (Comisiones Obreras).

Y es lógico que un pacto de contenido económico fuese preparado por el ministro de Economía de aquel gobierno. O sea, Enrique Fuentes Quintana.

Hoy que, insisto, a tantos les parece que la Transición fue una torpeza, estos hechos aparecen como algo extraño, distinto, ajeno a nosotros. En 1977 se dieron unos niveles de consenso político entre enemigos declarados que, desde luego, no tienen ni comparación con estos tiempos presentes nuestros, todo comprensión y diálogo.

martes, junio 05, 2007

El himno

Sólo unas líneas para recordar, más por folclorismo que por otra cosa, que la tentativa que parece tomar cuerpo ahora de que el himno español tenga letra no es nueva. Esto de que cuando suena en público la Marcha Real no se puede sino tararear ya se le había ocurrido a Franco, motivo por el cual permitió la tentativa de uno de sus intelectuales de cámara, José María Pemán, para que intentase ponerle letra.

Lo cierto es que el poema escrito por Pemán era un poco horterilla y disperso, motivo por el cual, supongo, no medró. Aparte las imágenes casi ultraístas, como la de unas ruedas cantando (¿ein?), que se me hace complicadilla.

No obstante lo dicho, a mí me parece obvio que Pemán intentó diseñar un himno para todos los españoles donde alguno de los leiv-motivs del franquismo naciente (creo que la letra está compuesta en 1938) aparece matizado. Por ejemplo: el himno dice alzad los brazos y no alzad el brazo, que es lo que debería decir en un himno fascista. Asimismo, dice Viva España y no Arriba España, que era el grito de la Falange triunfante. Eso sí, también tiene mensajes subliminales. Está la referencia a los yunques, explícita en la época, aunque quizá hoy no le diga mucho a mucha gente. Está la referencia a la marcha de España sobre el azul del mar, interesante metáfora cromática que creo yo vinculada al color de ciertas camisas. Y está la referencia a una vida nueva, también obviamente vinculada a la idea de un pasado reciente no tan glorioso (o sea, la República).

He aquí, en todo caso, la horteradilla.

Viva España, alzad los brazos, hijos
del pueblo español,
que vuelve a resurgir.

Gloria a la Patria que supo seguir,
sobre el azul del mar el caminar del sol.

Gloria a la Patria que supo seguir,
sobre el azul del mar el caminar del sol.

¡Triunfa España! Los yunques y las ruedas
cantan al compás
del himno de la fe.

¡Triunfa España! Los yunques y las ruedas
cantan al compás
del himno de la fe.

Juntos con ellos cantemos de pie
la vida nueva y fuerte del trabajo y paz.

Viva España, alzad los brazos, hijos
del pueblo español,
que vuelve a resurgir.

Gloria a la Patria que supo seguir,
sobre el azul del mar el caminar del sol.

Gloria a la Patria que supo seguir,
sobre el azul del mar el caminar del sol.

Una Lolita barroca

Un refrán español dice que «tiran más dos tetas que dos carretas». Su significado está fuera de toda duda, al menos para los hombres. Así las cosas, la Historia no es parca en momentos en los que la mujer, en tanto que elemento de atractivo sexual para el hombre, ha tenido un papel importante. Quizá la más conocida por todos es la historia de amor entre Helena y Paris, que provocó, según Homero, la guerra de Troya. En realidad, poco importa que aquel enfrentamiento tuviese, que las tuvo, otras y muy distintas raíces. La hipótesis amatoria es tan verídica que todos la hemos creído sin problemas.

Hoy quiero hablaros de una Lolita barroca que estuvo a punto de provocar lo más parecido en su época a una guerra mundial (guerra que, por todo lo demás, acabaría por producirse, años más tarde, sin su concurso). Sobre lo de Lolita, es éste un mito contemporáneo que se debe a la novela del mismo título del escritor Vladimir Nabokov. Una Lolita es una mujer aún niña que, a pesar de ello, tiene ya (y/o lo fomenta) un fuerte atractivo sexual para los hombres.

Nuestra Lolita es francesa, se llama Carlota Margarita de Montmorency, es hija del Condestable de Francia (todo un cargo) y tiene, en 1609, quince años. Así pues, se le podría adaptar la letra de aquella canción de Hilario Camacho que decía:

Tienes ya quince años, cuerpo de ola
y tu madre no quiere que salgas sola.

En aquel entonces, era normal que los adolescentes, y sobre todo las adolescentes, se casaran. La vida era más corta que ahora, al frisar los cuarenta cualquiera estaba ya para los restos y, además, entre las gentes importantes era fundamental atar compromisos y sellar alianzas. A la de Montmorency la pretendió un candidato de su nivel, Enrique de Borbón, Príncipe de Condé, que entonces contaba 21 años de edad.

Reina en Francia Enrique IV, que a la sazón tiene 56 años, edad que, ya lo hemos dicho, no tiene nada que ver con los 56 años de hoy en día, que pasa tanta gente yendo al gimnasio, practicando el paddle y comprándose coches marca BMW; para entonces, era ya una edad provecta en la que los hombres de bien comenzaban a volver su cara a Dios y olvidar las cosas mundanas. No así nuestro Henry el cual, a lo que se ve, todavía quería vivir la vida y, cuando vio a la núbil Carlota Margarita, se prendó de ella, con tal fuerza que el propio Enrique de Borbón, consciente de que el que manda, manda, incluso le planteó anular sus planes de boda para dejar el camino libre al viejo monarca rijoso. El rey, sin embargo, guardó las formas, se hizo el ofendido, y le dio a Enrique su permiso para los esponsales.

El matrimonio Borbón-De Montmorency se celebró el 17 de mayo de 1609 y, tras dicho acto, el rey llamó a la pareja para una ceremonia que era tradicional entre las bodas de alcurnia francesas de la época: el besamanos a la reina por parte de la novia. Así pues, los recién casados se fueron a Fontainebleau, el lugar donde entonces residían la mayor parte del tiempo los reyes de Francia, pensando que tal besuqueo les llevaría todo lo más un par de días; pero se quedaron más de diez, en los que el novio fue descubriendo, poco a poco, que el rey no podía pasar sin el babeo diario al ver cerca de sí a la tierna Lolita de sus sueños.

Como quiera que aquellos eran reyes absolutos y no los que hay ahora, o sea hacían su real gana, Enrique no tuvo más que ordenar a su vasallo el Príncipe que quedase a su servicio, o sea cerca de él; obviamente, las habilidades políticas del Borbón le importaban una mierda; él lo que quería era tirarse a la niña. Claro que eso también lo sabía su marido, motivo por el cual contestó que vale, que se quedaba (tampoco tenía elección); pero solo.

Taimado como buen francés, el rey Enrique comenzó a adular a su vasallo. Le ofreció ser miembro de su Consejo (dicho de otra forma: como me gusta tu bollicao, te nombro ministro), a lo que Enrique de Borbón le contestó: como que sí, pero mi mujer no se queda. Eso mosqueó bastante al monarca que, por toda respuesta, sacó de su interior al cabroncete que llevaba, así pues resolvió sitiar al celoso marido por hambre. Ordenó a su hacienda que no se le pagasen sueldos, ni gajes, ni pensiones; es más: hizo saber en la Corte que quien le prestase dinero dejaría de gozar de sus, a todas luces, veletudas proclividades.

La pasión del rey iba en aumento. Según los relatos de la época, salía de palacio, se tocaba con una barba postiza y con ropas impropias de su condición y se iba a espiar el paso de Carlota Margarita allí donde estuviere. La princesita, sin embargo, estaba bien guardada por su celoso marido, quien la hacía acompañar siempre por una compañía de ertzainas de la época lo cual, según nos cuenta en su relación sobre el caso el general italo-español Ambrosio Spínola, tuvo como consecuencia que el rey «vino a encenderse más». A buen entendedor…

Así las cosas, el rey dio al príncipe un ultimátum: o en diez días se trasladaba la familia Borbón-Montmorency a la Corte, o el señor Príncipe se iba derechito a la Bastilla; los cargos, ya se vería. La reacción del príncipe fue aceptar (nos ha jodido), pero con el matiz de que él iría personalmente a buscar a su esposa para llegarse ambos juntos a Fontainebleau. El rey, ciego de pasión, no vio la jugada, y aceptó.

Borbón se fue a por su mujer y, una vez ella en la grupa de su caballo, tiró hacia el Este y se presentó en Bruselas, posesión española, donde pidió más o menos lo que hoy denominamos asilo político.

[Debéis recordar que estamos en 1609. Aunque décadas después, y hasta hoy, España la reinarán los Borbones, entonces aún reina la casa de Austria; más concretamente para ese año, Felipe III.]

Enrique IV montó en cólera. Hizo varias cosas. En primer lugar, impulsar una campaña de imagen internacional en la que, cual Miguel Sebastián barroco, lanzó contra el príncipe toda serie de remoquetes, vituperios, y acusaciones de pasadas lisonjas con otras mujeres, a fuer de convencer a su adolescente esposa de que su marido era un pendón desorejado que la haría muy infeliz. También pensó, pura y simplemente, en raptarla. No obstante, lo que le sirvió fue la apelación a la familia. Papá Condestable y la tita Madame de Angulema se dedicaron a escribirle cartas a la niña, a la que terminaron por convencer de que debía volver.

La huida de Enrique de Borbón provocó un problema político de primer nivel. Se había pasado a las Provincias Unidas (más o menos el territorio del actual Benelux: Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo), que era algo así como el Vietnam de la Europa barroca: cuando las potencias, es decir España, Francia e Inglaterra, no se querían hostiar directamente, lo hacían en las Provincias Unidas a cuenta de la religión, ya que los holandeses querían ser protestantes pero la corona española era fiel defensora del catolicismo (la guerra de las Provincias Unidas duró décadas y décadas y quien mejor os la puede explicar es el elefante Tiburcio, que la ha estudiado mucho más que yo durante sus estancias selváticas).

España, acojonada en un primer momento, quiso sacarse el problema de encima y, una vez Enrique de Borbón en Bruselas, resolvió darle el pase y exigirle que saliese de terrenos españoles en 72 horas, cosa que hizo marchándose a Colonia. Sin embargo, en los días que siguieron no pocos consejeros del rey en Madrid se acordaron de Antonio Pérez, desleal secretario de Felipe II que había sido expulsado de la Corte y había recibido refugio en París, de donde el rey francés se había negado a extraditarlo. Donde las dan las toman, monsieur, debieron pensar; invitaron al Borbón a regresar a Bruselas, donde lo acogieron.

El intento de rapto de Carlota Margarita fue todo un suceso. Ya hemos dicho que, para entonces, ella ya estaba de acuerdo en ser raptada. Sin embargo, hubo filtraciones y los españoles supieron de las intenciones del embajador francés, motivo por el cual decidieron trasladar a la niña de su residencia en el palacio de Orange al palacio de Bruselas, donde podían poner un soldado de los tercios en cada esquina y sería, por lo tanto, imposible raptar incluso a una puta cucaracha. Esto provocó que el embajador francés y la voluntariamente protorraptada acordasen adelantar el hecho a la noche del mismo día en el que hablaban.

Ese día, Carlota fingió estar indispuesta (el eterno cariño, me duele la cabeza) para poder dormir sola. Además, todos los franceses que estaban en la cena se retiraron muy pronto, aunque lo que hicieron fue esconderse en un jardín que había debajo dela ventana del dormitorio de la princesa. Así se quedaron todos esperando hasta las dos de la mañana, hora en la que penetraron en el palacio de Orange dos compañías de caballeros a caballo y seiscientos burgueses armados (y es que los franceses, cuando raptan, raptan a lo grande).

El príncipe se despertó con el bullicio y, al punto, salió echando leches a la alcoba de su mujer, cuyo vestíbulo se encontró repleto de nobles y otros personajes franceses, a los que empezó a insultar y a amenazar. Cómo debió ponerse el tipo que siendo él sólo contra varias decenas de nobles, apoyados además por decenas de caballeros y seiscientos tipos armados en el jardín, consiguió que los franceses se jiñasen y se piraran sin la princesa, que se quedó allí, como diría Almodóvar, al borde de un ataque de nervios.

Enrique IV, cuando se enteró, dijo lo que Groucho Marx: «¡Más madera, es la guerra!»

La guerra, sí. Había en el área de las Provincias Unidas un conflicto de posesiones, uno más, el que afectaba al ducado de Clèves, pretendido por el conde de Neoburgo, católico; y el de Brandemburgo, protestante. Con esta disculpa, pues eso era, Enrique formó un ejército y entró en Flandes. En realidad, todos aquellos piqueros, caballeros y trenes de artillería no tenían más razón de ser que recuperar a su Lolita. España reaccionó con una leva de 6.000 valones, 6.000 alemanes, 2.500 soldados austriacos y se hizo fuerte en Filippeville, en la provincia de Namur, muy cerca de la raya de Francia. La niña pidió el divorcio pero los españoles le contestaron que en su mundo el único que divorciaba era el Papa (y el Papa no dijo nada; bastante estaba con estar en Roma, au dessus de la melée, evitando que le cagase a él el palomo).

¿Qué ocurrió? Pues nada. Un tronado lo resolvió.

El 14 de mayo de 1610, cuando la guerra francoespañola se mascaba, el rey francés salió del Louvre para darse un paseo y un baño de masas por París. Se paseó por las calles de la capital, entonces más estrechas que hoy en día, en una carroza descubierta. A la altura de la calle de la Ferronerie, al parar por la densidad del tráfico, un católico desequilibrado, Juan Francisco de Ravaillac, se subió a una rueda de la carroza y le asestó dos puñaladas en el corazón, como dicen hoy los portavoces del SAMUR, ambas incompatibles con la vida. Quería librar a Francia de un rey que había combatido en el bando hugonote, es decir protestante. El asesinato desinfló la guerra, claro, pues la guerra no tenía más razón de ser que la pasión senil de una persona ahora muerta.

Enrique, al principio, no quiso ni siquiera volver a dirigirle la palabra a su esposa; pero la historia nos dice que le dio tres hijos: Ana Genoveva, Luis y Armando, por lo que hemos de concluir que algún tipo de arreglo de pareja habría entre los dos.

Y Europa estuvo a punto de iniciar un baño de sangre por un capricho.

jueves, mayo 31, 2007

Leer vidas

Como ya sabéis, ando yo un poco apartado del mundo ordenadoril y con dificultades para escribir posts en los ratos libres. Afortunadamente, todavía nos queda Tiburcio, nuestro elefante de cámara, coposteador de este espaciete. Es él quien ha venido a salvarme con un excelente post recomendando más lecturas. En leyéndolo me ha entrado en gusanillo de añadir dos o tres apostillas, motivo por el cual el texto original lleva, en su final, un anexo debido a mí, con mis recomendaciones.

La cosa va hoy de biografías. Que lo disfrutéis, y que disfrutéis las recomendaciones.

...

Leyendo vidas. By Tiburcio Samsa (AKA Inasequible Aldesaliento), con un interesantísimo anexo de JdJ.

Una buena biografía tiene que estar un poco a caballo entre la Historia y la literatura, aunque siempre inclinándose más del lado histórico. Para mí los mejores biógrafos son los anglosajones. No sé cómo, consiguen contar la Historia sin resultar aburridos ni pedantes, y meten anécdotas que humanizan al personaje y distraen al lector, sin caer nunca en el cotilleo. En comparación, los alemanes son plúmbeos y sus biografías parecen hojas de servicios de funcionarios extraídas de algún Boletín Oficial; los franceses son ligeros y se van por las ramas a la mínima de cambio y así relatar los éxitos de Alcibíades en las Olimpiadas puede servir de excusa para informar al lector de que la autora del libro en cierta ocasión ganó el primer premio de latín y el segundo de griego en un concurso (ver Alcibíades, de Jacqueline de Romilly). En cuanto a los españoles, las pocas veces que se deciden a escribir biografías suele ser para denigrar al biografiado (La incompetencia militar de Franco, de Carlos Blanco Escolá) o para hacer prensa del corazón (véase la pésima biografía que sobre Jaime Gil de Biedma escribió Miquel Dalmau, que parece más interesado por la vida sexual del biografiado que por su literatura; tal vez si escribiera la biografía del actor porno Nacho Vidal, haría hincapié en sus poemas de adolescencia).

En fin, algunas recomendaciones para los que quieran mezclar Historia y literatura:

El Conde-Duque de Olivares, de J.H. Elliott. Se centra sobre todo en la acción política del Conde-Duque. Relata con minuciosidad todos los pormenores de los problemas a los que se tuvo que enfrentar el Conde-Duque y cuáles fueron los determinantes de las decisiones que tomó. Al final uno no puede menos que sentir simpatía por ese hombre trabajador, al que si hubiera montado un circo le habrían crecido los enanos.

Ribbentrop, de Michael Bloch. Es la biografía del jerarca nazi más ridículo de todos, mal que le pese a JdJ, que sigue convencido de que ese título le corresponde a Göring. Ribbentrop fue el Ministro de Asuntos Exteriores de Hitler entre 1938 y 1945 y resulta entre patético y grotesco, verlo pasear por una Europa en llamas, preocupado exclusivamente por si Rosenberg le estaba invadiendo sus competencias o si Ciano le había hecho un feo.

Alejandro Magno, de Mary Renault. Me imagino que Mary Renault, después de escribir su trilogía sobre el conquistador macedonio, se dijo que para amortizar el esfuerzo de documentación, bien podía escribir una obra histórica. Es indudable que Mary Renault está enamorada de su personaje y que el libro es más una hagiografía que una biografía, pero aun así es de lo más recomendable.

Freud, darkness in the midst of vision, de Louis Breger, que no solo escribe la vida de Freud, sino que psicoanaliza al mismísimo padre del psicoanálisis. Me confirmó lo que siempre había sospechado: que el complejo de Edipo es una engañifa. Según Breger, Freud lo descubrió para distraer la atención sobre su verdadero complejo de inferioridad, que le venía de ser hijo de un padre judío en una sociedad antisemita, manirroto e incompetente. Como Gil de Biedma diría muchos años después: era imposible descubrir el complejo de Edipo en las condiciones reales de la sociedad austrohúngara de finales del siglo XIX. Un Edipo entonces habría consistido en el deseo de matar a tu madre (que era la dueña de la casa) para poder acostarte con la criada (que era quien hacía las tareas domésticas). Pero me estoy yendo por las ramas. Es mi gran defecto, como me dice mamá Yocasta.

Espero que disfrutéis con estos libros. Siempre es más fácil leer una biografía que vivir una vida y vistos los resultados puede hasta resultar más aconsejable.


Apéndice de JdJ

Hay algunos libros que me parece pueden ser añadidos a esta lista, y no creo que Tiburcio esté en contra de una sola de estas recomendaciones.

Extraordinaria me parece la biografía de Stalin, Stalin: triumph and tragedy, de Dmitri Volkogonov. Yo la leí en inglés y, honradamente, no sé si existe edición en español. Volkogonov fue uno de los militares de alta graduación que se apuntaron a la era Gorvachov, aquello de la glasnost y la perestroika. Por lo tanto, es uno de los primeros historiadores rusos que tiene acceso a fuentes que han pasado décadas, y en parte siguen, ocultas a los ojos mortales. Es autor también de sendas biografías de Lenin y de Trosky, que no he leído porque son dos personajes que me causan mucha menos curiosidad.

En todo caso, si quien lee esto es capaz de leer en ruso (o en inglés para las traducciones) me parece valioso recomendarle que esté al tanto de las novedades historiográficas rusas. Rusia es un país que hoy está elaborando grandes trabajos a causa, precisamente, del volumen de documentación hasta ahora ignota que se está poniendo a disposición de los scholars. Entre los libros escritos por no rusos, me gustó bastante Beria: Stalin’s first lieutenant, obra de Amy W. Knight, a pesar de que el libro trata de reivindicar la figura de Beria, algo que me parece misión imposible.

Otro libro muy interesante es RFK: his life, escrito por Evan Thomas. De nuevo, debo decir que lo he leído en inglés. La biografía es muy completa y cumple la función para la que fue concebida, esto es, sacar a un personaje histórico de primer nivel, Robert Kennedy, de la sombra de su hermano Juanito, y mostrárnoslo.

Sí que sé que se ha editado en español el libro de Chung Jang y John Halliday, Mao: the unknown story. Otro libro muy recomendable, si bien para disfrutarlo completamente es, tal vez, necesario, conocer dos palabras con anterioridad sobre la historia de China en el siglo XX.

Olvido imperdonable por tu parte, Tibur, es la monumental biografía de Adolf Hitler escrita por Ian Kernshaw, y que en España está ya editada en libro de bolsillo baratito.

Entre los españoles, me gustaría recomendar las últimas tendencias, relativas sobre todo a los tiempos de la República, pero no puedo. Al contrario que Tiburcio, no creo que las biografías se escriban en España para denostar; también hay un importante volumen de hagiografías. Así, el libro de Octavio Cabezas sobre Indalecio Prieto es un inteligente ejercicio boxístico: el autor hace uso de un inigualable juego de piernas y de cintura para esquivar, uno tras otro, los aspectos no demasiado claros, y hay bastantes, de la vida política de Prieto. Por lo que se refiere a la biografía de Negrín escrita por Moradiellos, como ya he escrito aquí es bastante más equilibrada, lo cual no quiere decir, en modo alguno, que sea equilibrada.

Por supuesto, esta división de los historiadores en tirios y troyanos afecta, primero que a todos, a la figura centralmente polémica de todo aquello, que es el general Franco. Nunca recomiendo biografías de él porque pienso que la biografía adecuada (o la que yo considero adecuada) está por escribir. Y me explicaré: mi opinión es que, para acercarse a una figura compleja, importante y de peso históricamente hablando, una figura de poder, no se puede analizar tan sólo al hombre. Como dice Kernshaw en el prólogo de su libro, escribir la historia de Hitler es, en gran parte, escribir la historia del pueblo alemán y de cuándo, cómo y, sobre todo, por qué, decidió unir su destino con el de aquel soldado veterano, bajito y de mala leche, aficionado a la pintura y a Wagner, para colmo austriaco. Ese análisis, apasionado a la par que desapasionado, no ha sido hecho aún en el caso de Franco y el franquismo.

martes, mayo 29, 2007

Carta a D. Manuel Marín

Estimado señor Presidente:

Me dirijo a usted llamándole estimado porque, después de aprobada aquella reciente ley sobre gobierno corporativo en la que desaparecían los tratamientos de excelentísimo e ilustrísimo, supongo que es lo que debo hacer. El motivo de la presente es comentarle un par de cosas sobre un paseo que me dí no hace muchas horas del momento en que escribo estas líneas.

Como tenía tiempo y algo de dinero (como se verá, era algo, pero no mucho; no suficiente), me dirigí al Paseo de Coches del Retiro, a visitar la Feria del Libro. No es lugar al que vaya todos los años (yo soy más de Feria del Libro Antiguo), pero fui y, la verdad, me sorprendí muy gratamente. La Feria del Libro de Madrid es, cada vez menos, un compendio de librerías que trasladan su escaparate al parque y ofrecen un 10% de descuento, y más un compendio de casetas pertenecientes a quien tiene, de verdad, algo que ofrecer. Pasé dos horas deliciosas visitando stands, al cabo de las cuales me pesaba en el hombro derecho el resultado de dichas visitas, en forma de varias bolsas con libros y folletos.

Ya me iba cuando, saliendo de la Feria por su principio, las primeras casetas, caí en el área amarilla, correspondiente a las instituciones oficiales. Es muy recomendable visitar estas casetas. Los editores oficiales (casi todos) suelen tener dos características clave: la primera, publican libros interesantes que, por ser su interés minoritario, tienen dificultad para ser publicados por editores comerciales; y dos, ya que son públicos, suelen tener su propia red de ventas y esas cosas, editan libros baratos. En la caseta de la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, que por la presente recomiendo a los paseantes, encontré libros para mí muy interesantes, primorosamente editados, por 15 euros. Hoy en día, un libro nuevo ya no cuesta 15 euros.

Recomendabilísima, también, la pequeña caseta de la Diputación de Valladolid. Da gusto ver a una institución política trabajar, aunque sólo sea un poquito, por la cultura y el conocimiento.

Luego llegué a su caseta, señor Marín. La caseta de las Cortes Generales. Allí me atendió un señor muy amable que se interesó por mis intereses, valga la redundancia. Yo me confesé al punto: a mí, del Congreso, lo que me interesa son las actas de los plenos. He leído docenas de discursos e intervenciones recensionadas o copiadas en otros tantos libros de Historia, pero siempre he tenido grandes dificultades para encontrar las actas, la fuente directa.

Pero eso resulta que existe. Con escaso interés (al principio no lo entendí; pero luego llega la solución), el atendiente del stand me informó de que todas las actas de los plenos del Congreso desde las Cortes de Cádiz están siendo editadas en DVD. Me sacó uno, que hacía el número 14, que abarcaba algunas legislaturas de mitad del siglo XIX. Luego he comprobado que esta información está en su página web.

He de reconocer que me solacé. ¡Qué ejemplo de sensibilidad cultural e histórica! Finalmente, los cuatro gatos que tenemos este gusanito, amén de los profesores universitarios y ese tipo de ralea, tendremos la posibilidad de llevarnos a nuestras casas las actas y pasar las horas muertas leyendo.

Luego llegó la explicación del escepticismo de mi interlocutor. «La verdad», confesó entre dientes, «es que estos DVD tienen un precio un poquito disuasorio».

El que tenía en la mano valía 213 euros. Casi 35.500 pesetas.

Señor Marín: el Boletín Oficial del Estado desde 1845 está colgado en internet. Cualquiera puede, por el precio de la tarifa de ADSL (más el tóner de la impresora de las copias, y el papel), entrar en la página, utilizar un buscador, encontrar lo que busca, guardarlo en su disco duro e imprimirlo. El Instituto Nacional de Estadística tiene prácticamente todos sus anuarios estadísticos del siglo XX escaneados y colgados en su web. Conocer, por ejemplo, la mortalidad por la gripe española de principios del siglo XX es una operación que cuesta menos de cinco clicks.

Sin embargo, para leer los primeros debates parlamentarios tras La Gloriosa de 1868, hay que pagarle a usted 213 euros. 35.500 pesetas.

¿Tan pobre es el Congreso? Pues que suba el café y lo ponga al precio de la calle. Y no le diré eso de que «que se bajen los sueldos los diputados» porque me tengo por uno de los tres o cuatro españoles que piensan que los diputados no es que ganen demasiado, es que deberían ganar bastante más. Claro que, visto lo visto, me lo estoy pensando.

Con esta actitud, señor Marín, está demostrando un desprecio olímpico por el conocimiento histórico. No sé si es usted muy dado a hacer de corifeo de eso sobre lo que tanto se habla ahora de la memoria histórica y tal; pero si cree en ello, podía empezar por aplicarse el cuento [que, ya puestos, si tan imporante es la memoria histórica, ¿por qué no se ha comenzado la publicación de los diarios de sesiones por la República y el franquismo?].

¿Qué memoria histórica está usted fomentando si la vende por 213 euros? A un estudioso que quiera hacerse con los diarios de sesiones entre 1812 y 1856 le obliga usted a desembolsar 1.000 euros. Y, claro, como no lo he comprado, no puedo hablar de lo que hay dentro. Pero, no sé por qué, tengo escasas, escasísimas ilusiones de que los diarios vengan en el disco acompañados de algún buscador o herramienta de gestión. Por 213 euros, ¿a qué podemos aspirar? Unos cuantos legajos escaneados, y a tirar millas.

Le repito que, dentro del ámbito público, tiene usted muchos teléfonos a los que llamar donde instituciones con presupuestos similares o inferiores a los de la institución que usted preside le podrán explicar cómo se hace para poner eso a disposición de la gente. Gratis.

En la Feria del Libro hay muchas casetas. Unas las miras, otras no. Yo, por ejemplo, paso siempre de largo por las muchas que hay sobre esoterismo, parapsicología y esas cosas. Pues bien: que sepa, señor Marín, que ayer me fui del Retiro pensando que la opinión que yo tengo sobre el esoterismo es, cuarta arriba, cuarta abajo, la que tiene usted sobre el conocimiento histórico.

Su seguro servidor, más que improbable pagador,

JdJ

jueves, mayo 24, 2007

Aviso para lectores

3 de cada 10 personas que nos hacen el honor de entrar en este blog lo hacen con cierta habitualidad. Todos nos caeis bien, desde luego; pero estos nos caen bien periódicamente, con machaconería.

Es, sobre todo, a estos lectores continuados a los que quiero dirigirme hoy para daros eso que se llama hoy en día una información de servicio público. Durante los últimos tres meses, Ina y yo mismo hemos hecho todo lo posible por acostumbraros a un ritmo de un post nuevo cada dos días o así (dos o tres días, más bien). Sin embargo, en las próximas cuatro a seis semanas, quizá, sólo quizá, el ritmo sea algo más dilatado. Por una serie de circunstancias personales en modo alguno luctuosas (la cosa tiene que ver con obras de reforma y tal), calculo que las próximas seis semanas pasaré la mitad del día absolutamente alejado de: a) mi ordenador; b) cuando menos una parte de mi biblioteca. Ambos elementos son críticos para la alimentación de este blog.

Quiero rogaros paciencia y fe. No vayais a pensar que ciertas ausencias son síntoma de cansancio o de que empezamos a pasar del blog. Nanay. Son, pura y simplemente, y como se decía en Televisión Española hace décadas, causas técnicas ajenas a nuestra voluntad.

La ventana, anyway, sigue abierta. Tened por seguro que, solo o en compañía de otro (Ina), seguiré asomándome en cuanto pueda.

miércoles, mayo 23, 2007

Hartazgo

Nuestro ex presidente del gobierno, José María Aznar, ha vuelto a sacar, en un mitin electoral, la guerra civil a paseo. Ha dicho algo así como que el gobierno actual está practicando la misma política que aquéllos de entonces, excluyendo a media España y enfrentándola.

Está claro que dentro de su elenco de regalos de las próximas Navidades deberían encontrarse algunos libros de Historia. Si bien es cierto, no lo niego, que algunos políticos actuales tienen visiones un tanto extrañas del pasado de España que les llevan a visiones, más que maniqueas, binarias (yo mismo soy 1, o sea demócrata; los otros son 0, o sea no), una cosa son las ideas y otra muy distinta los hechos. Los hechos están a años-luz de aquéllos que vivieron nuestros abuelos, y eso es lo que cuenta.

Ya hemos hablado de esto alguna vez, aquí, y aquí. Pero parece que es necesario hacerlo más. Voy a hacerlo un poco telegráficamente, porque me aburro yo mismo escribiendo de este asunto.

Lo que sigue es la crónica de los primeros cien días de la República española. O sea: los cien mejores, los cien más ilusionados, los cien en los que todavía no se habían podido producir los enfrentamientos que luego derivaron en la guerra. Que lo disfrutéis.

- 1 al 10 de mayo: tiroteos en Bilbao entre comunistas y la fuerza pública. Treinta heridos. Un guardia muerto en Barcelona.

- 10 de mayo: asalto al Círculo Monárquico de Madrid. Tentativa de asalto del edificio del ABC. Quema del quiosco de la Puerta del Sol (propiedad del diario católico El Debate). 17 heridos.

- 11 de mayo: quema de doce conventos y colegios en Madrid. Suspensión de El Debate. Torcuato Luca de Tena y los hermanos Miralles son encarcelados.

- 14 de mayo: disturbios en Barcelona, con cuatro heridos. El conde de Gamazo y el doctor Albiñana son encarcelados.

- 18 de mayo: clausura de la facultad de Medicina de Valladolid. Un obrero muere a tiros en Barcelona.

- 20 de mayo: Suspensión del ABC.

- 25 de mayo: se declara el estado de guerra en Sevilla.

- 27 de mayo: huelga en Pasajes que causa seis muertos y 50 heridos.

- 29 de mayo: huelga general en Asturias.

- 4 de junio: estalla una bomba en la iglesia de San Vicente, en Bilbao.

- 5 de junio: asalto fallido al polvorín de Montjuïch, en Barcelona.

- 8 de junio: huelga en Bilbao.

- 12 de junio: estalla una bomba en la iglesia de los jesuitas de Palma de Mallorca.

- 18 de junio: un guardia civil linchado en Montemolín (Badajoz).

- 20 de junio: huelga en Sevilla.

- 21 de junio: seis muertos y treinta heridos en unos disturbios en Huataco.

- 22 de junio: huelgas en Barcelona, Zaragoza, Sevilla y Palencia.

- 23 de junio: seis heridos en Huelva.

- 24 de junio: huelga en Córdoba.

- 28 de junio: quince muertos y sesenta heridos en una serie de choques en Barcelona, Badalovía, Herencia, Alamedilla, Villanueva de las Torres y Vergara.

- 30 de junio: huelgas en Granada y Málaga.

- 2 de julio: huelga y estado de guerra en Logroño, con resultado de un guardia muerto y quince personas heridas.

- 3 de julio: huelga en Málaga y Melilla.

- 6 de julio: huelga en Valencia, Murcia, Ceuta y La Coruña.

- 7 de julio: alguien corta todas las líneas telefónicas de Madrid, León, Asturias y Galicia (Telefónica estaba en huelga).

- 10 de julio: de nuevo cortadas las líneas en Madrid y Zaragoza, Sevilla y Gijón (seguía la huelga de Telefónica).

- 12 de julio: huelga en Palma de Mallorca.

- 13 de julio: estalla una bomba en una iglesia de Granada.

- 14 de julio: los 4.000 obreros de La Hullera Española se ponen en huelga en Bilbao.

- 16 de julio: huelga en Cartagena, Zamora y Valencia.

- 17 de julio: cortadas líneas telefónicas en Bilbao, Vigo y Zaragoza.

- 18 de julio: huelga en Barcelona.

- 19 de julio: cuatro muertos y treinta heridos durante la huelga violenta en Sevilla.

- 20 de julio: huelga general en Cádiz, Málaga y Valencia.

- 21 de julio: incendio de la central telefónica de Dos Hermanas.

- 22 de julio: Estado de guerra en Sevilla. Sesenta muertos y doscientos heridos. El ejército realiza disparos de artillería contra algunas casas. Huelga general en Málaga.

- 28 de julio: los disturbios en Sevilla arrojan un saldo final de 116 muertos y 420 heridos.



Dejaremos para otros post la llamada Revolución de Asturias y la Ley de la Defensa de la República, que sólo tiene 4 artículos y que el señor Aznar debería releer, o tal vez leer, con atención; quizás entonces aprendería la diferencia que existe entre aislar a un adversario político y tratar de eliminarlo como tal.

En la lista de sucesos que he copiado hay alguna suspensión de medio de comunicación. La lista, algo más completa, de los periódicos opositores de los que tengo noticia fueron suspendidos durante la República es ésta:

- ABC, El Debate, Informaciones, Diario Universal, El Siglo Futuro y La Nación, en Madrid.

-Heraldo Alavés, de Álava.

- El Diario de Albacete, de Albacete.

- El Día, La Gaceta de Levante, Patria, El Pueblo Obrero y La Voz del Pueblo, en Alicante.

- La Independencia, Diario de Almería y Heraldo de Almería, en Almería.

- El Diario de Ávila, en Ávila.

- El Luchador, en Baleares.

- El Correo Catalán, en Barcelona.

- El Castellano y ABC, en Burgos.

- Extremadura y El Faro de Extremadura, en Cáceres.

- Nuestro Tiempo, Diario de Jerez, Claridad, La Información y Regeneración, en Cádiz.

- El Pueblo Manchego, en Ciudad Real.

- El Defensor de Córdoba, en Córdoba.

- El Ideal de Granada.

- El Ideal Gallego, La Verdad y El Compostelano, en La Coruña.

- El Diario de León, La Luz de Astorga y El Pensamiento Astorgano, en León.

- La Verdad, El Eco de Cartagena y Cartagena Nueva, en Murcia.

- La Región, en Oviedo.

Igualito, igualito, que ayer por la tarde.

domingo, mayo 20, 2007

Cesáreo del Cerro, patrono curtidor

Esta tarde, mientras leía una edición de 1960 de la correspondencia de Francisco Largo Caballero que compré hace un par de semanas, me he encontrado con un papel entre las páginas. Son estos encuentros un divertimento y misterio colateral a la propia lectura de antiguos libros usados. 

viernes, mayo 18, 2007

El pistolerismo (III): the last chance

Te recuerdo que este pequeño capítulo es continuación de:

El pistolerismo (I): La huelga de La Canadiense.
El pistolerismo (II): Brabo Portillo y Pau Sabater.



Habíamos dejado Barcelona a finales de agosto de 1919, temblando, a pesar del calor, por el tristísimo asesinato de Pau Sabater y con, al menos, una buena noticia, como es la llegada de un nuevo gobernador, en la persona de Julio Amado, que quería resolver de una vez y para siempre las desavenencias entre obreros y patronos mediante la creación de una especie de parlamento laboral, antecesor de nuestra actual negociación colectiva. No obstante, el panorama no movía al optimismo. Toda el área estaba perlada de huelgas, especialmente en Manresa que era muy a menudo una ciudad a menos de medio gas; y, por la parte patronal, el matonismo había vuelto a las calles, de la mano del inefable Brabo Portillo, todos cuyos secuaces, con la sola excepción de Luis Fernández, habían sido liberados a pesar de haber sido detenidos por su participación en el asesinato de Sabater. La situación se hizo tan insostenible que los anarquistas decidieron dar un paso más, darle una vuelta de tuerca más a la situación, matando al mismísimo Brabo Portillo.

Estamos en el 5 de septiembre de aquel año. Se parecía, y mucho, a cualquier 5 de septiembre de nuestra vida actual porque aún la ciudad estaba a medio gas, con un montón de gente de vacaciones. En la esquina de las calles Paseo de Gracia y Roselló vive Brabo Portillo, y allí está trabajando esa mañana; todo en esas horas lo hará solo, lo cual nos da la medida de hasta qué punto se sentía este hombre omnipotente e intocable. Tras de cuidar de sus asuntos, se fue al barrio de Gracia a echar un cañete en el chalecito en el que, al parecer, tenía instalada a una amiga. Ya en el tranvía, el ex policía se percató de dos tipos que no le quitaban ojo de encima. Así pues, se bajó del tranvía sin dejar de vigilarlos, y con la mano presta para sacar la pistola. Iba al número 369 de la calle Córcega, donde vivía otra de sus conocidas (era, por lo que se ve, prolijo en las artes amatorias); pero, según todos los indicios, infravaloró el espionaje ácrata, pues era en ese mismo portal donde le estaba esperando su agresor.

Los asesinatos realizados por anarquistas siempre seguían el mismo patrón. Se utilizaba a tres asesinos, uno de los cuales disparaba mientras que los otros dos tenían como función cortar la retirada de la víctima. En realidad, los hombres que seguían a Brabo no eran quienes tenían que dispararle, sino los que iban a contenerlo. Aún y a pesar de esta estrategia, el ex policía logró huir unos metros por la calle Santa Tecla, hasta que fue herido en una ingle, momento en que debió parar y parapetarse tras un coche. Pero los atacantes se echaron al suelo y le dispararon por debajo del coche.

Brabo Portillo llegó vivo al dispensario de Ríus y Taulet, pero murió prácticamente de inmediato.

La muerte de Brabo agotó las existencias de cigarros puros en no pocas zonas de Barcelona. Para lo obreros, era la mejor noticia posible. Sin embargo, esa muerte tuvo un elemento nada positivo, y fue la radicalización de los patronos. Obviamente, los empresarios y burgueses de Barcelona se sintieron desamparados; alguien que era capaz de matar a Brabo era capaz de matar a cualquiera. Y, por último, estaban los miembros de la banda. Porque los empresarios todavía tenían su moral; pero los hombres que trabajaban para Brabo eran, pura y simplemente, delincuentes. Y obraron como tales.

A través de alguno de sus infiltrados en la CNT, consiguieron citar a los autores del atentado en un bar de la Ronda de San Pablo. Una vez que estuvieron allí, entraron para matarlos. Los cenetistas, sin embargo, reconocieron a El Mallorquín y, por eso, en ese momento se produjo dentro del bar un tiroteo al mejor estilo de las películas de Clint Eastwood.

Al no lograr su objetivo, los miembros de la banda activaron el Plan B, consistente en reconstituirse con un nuevo jefe. Que apareció en la persona de Rudolf Stallman, barón de König. Ya hablaremos de él.

Mientras ocurría todo esto, Amado trataba de reunir a su comisión mixta y abrir paso al diálogo. El 16 de septiembre, patronos y obreros alcanzaron un acuerdo. No está claro, sin embargo, que la voluntad de los empresarios fuese, de verdad, firmarlo (la firma se dejó para el día siguiente). Sea esto o no cierto, lo que sí lo es que pronto tuvieron a qué agarrarse para dar su negativa.

Esa noche, en unas fiestas de barrio en el Poble Nou, un desconocido hirió a Agustí Sabater, hijo de un industrial de la zona. Ni siquiera está claro que fuese un asunto político; quizá se trató de algún tipo de problema personal. Pero, a la luz de los hechos, el 17 a las 11 de la mañana, los representantes patronales se dirigieron al gobierno civil y, en plena ceremonia de la firma, comunicaron a través de su abogado, Tomás Benet, que no iban a firmar.

Amado montó en cólera. Con el apoyo de los obreros, pues Seguí se apresuró a asegurar la voluntad de la CNT de firmar el acuerdo, conminó a los empresarios a pensárselo mejor, y les dio 24 horas para dar una respuesta. Los representantes patronales consumieron aquel día en consultas y tertulias. Al día siguiente, ni siquiera se presentaron en el gobierno civil.

La respuesta de los patronos fue muy otra. Convocaron una gran conferencia empresarial española, que se abrió el 21 de octubre en el Palau de la Música Catalana. Arropados por empresarios de todo el país, envalentonados, los patronos catalanes decidieron ejecutar un lock out total (o sea, una huelga general de patronos) el 3 de noviembre y nombraron presidente de su federación a Feliu Graupere, un personaje hasta entonces de escasa importancia.

El problema de las huelgas generales es siempre el mismo: o el personal esta muy, pero que muy por la labor, o son un fracaso. El lock out del 3 de noviembre consiguió bastante poco, pues muchos empresarios continuaron con el trabajo y, por esta razón, apenas tres días después ya estaban patronos y obreros tratando de reunir la comisión mixta y llegar a algún tipo de acuerdo. Tras una serie de dimes y diretes, y merced a la intervención personal del general Miláns del Bosch, finalmente los patronos aceptaron llegar a un acuerdo, el día 11 de noviembre. El convenio se firmó el día 12, no sin suspense porque, esta vez, fueron los delegados obreros los que se demoraron varias horas. En la plaza de Sant Jaume esperaba una abigarrada multitud de burgueses y obreros, que recibió la noticia con júbilo.

El jueves día 14, Barcelona volvió a ser Barcelona. Uno de los pactos de aquel acuerdo era la suspensión de todos los conflictos, cierres y huelgas, que se discutirían uno por uno. Así pues, aquel día todas las empresas catalanas trabajaron con normalidad. Sin embargo, en algunas de ellas, normalmente grandes, ocurrió algo inesperado. Al llegar los obreros a las fábricas se encontraban con empleados de confianza manejando listas; en las listas figuraba quien estaba despedido y quien podía entrar. Esta actuación era frontalmente contraria a lo pactado, pues el convenio establecía que no habría represalias contra los huelguistas.

Grupos de obreros se fueron al gobierno civil y exigieron ver a Seguí, que estaba negociando conflictos con los patronos. Cuando el Noi del Sucre se enteró de lo que pasaba, montó en cólera, entró en la sala y, ante las explicaciones torpes y parciales de los patronos, anunció que la CNT se retiraba de la comisión mixta.

Fue la última oportunidad de impedir el pistolerismo en Barcelona.

El día 24 por la noche, estalló una bomba cerca de la Capitanía General de Barcelona que hirió a dos soldados. No está claro quién hizo aquello; todo el mundo pensó que era un acto de los obreros, pero también se ha apuntado a la banda de König, porque lo cierto es que el resultado de ese atentado fue que Miláns, que estaba hasta entonces bastante alejado del orden público, volviese a tomar el control de las calles, radicalizando los enfrentamientos.

Envalentonados, los patronos movieron ficha. El 1 de diciembre, a las puertas de las Navidades, decretaron un cierre patronal que dejaba a 50.000 obreros en la calle. El objetivo era dejarlos sin ingresos, sin nada que comer, sin posibilidad de comprar algo para vestirse, hasta que se rindieran.

El péndulo se movió, bruscamente.

miércoles, mayo 16, 2007

Mi voto en las próximas elecciones

Andamos los hispanos, en el tiempo presente, muy revueltos políticamente. La razón es que se nos acercan unas elecciones municipales y autonómicas (aunque no en todas las autonomías). Quizá los que podáis leer esto y no seáis españoles penséis que unas elecciones municipales son elecciones menores. Pero no hay tal, en nuestro caso. Unas elecciones municipales trajeron la II República, por ejemplo. Y, además, ahora mismo se da la circunstancia de que, a pesar de que hay mucha gente que no vota lo mismo cuando el parlamento que está votando es el local, regional o estatal, el hecho de que las municipales se celebren más o menos un año antes que las generales hace que sea bastante cierta la regla por la cual el partido que gana aquéllas, gana después éstas.

A mí nadie me ha preguntado el voto. Pero, aún así, yo contesto. No tengo ningún problema en escribir en público la decisión que tomaré el 27 de mayo, como la he tomado ya muchas veces en los últimos años.

Mi voto será nulo. Más que nada, porque es la única forma que conozco de expresar mi radical desacuerdo con el sistema electoral.

Son varias las cosas que me rayan.

En primer lugar, las listas cerradas. A las pocas horas de comenzar oficialmente la campaña electoral, ya recibí en mi casa las dos primeras cartas invitándome al voto a la Asamblea de Madrid. No sé si es fruto de la casualidad, si van coordinados (lo dudo) o qué, pero el caso es que las dos listas propuestas eran la de Falange Española de las JONS y La Falange, que al parecer hoy en día son cosas distintas (sin ir más lejos, el logo de una es el yugo y las flechas en blanco sobre fondo negro, y el del otro es el yugo y las flechas en negro sobre fondo blanco).

En ambos casos, la papeleta contiene 123 nombres; 120 candidatos, y tres candidatos suplentes.

Una pregunta personal, lector: ¿cuántos amigos tienes? Siempre se dice que los amigos de verdad se cuentan con los dedos de una mano. Pero, sumando a los colegas, no sé, todos tenemos una cuadrilla de, digamos, entre cinco y quince personas, con la que nos iríamos un sábado a cenar y al cine perfectamente. La siguiente pregunta es: ¿y a cuánta gente conoces un poco? O sea, si haces una lista de las personas de las que tienes datos del tipo si están casados o no, si tienen hijos, en qué trabajan, si son más bien ricos o pobres, si del Madrid, del Atleti o del Barça, ¿cuántos te saldrían? Entre compis del curro o del aula, amigos de papá y de mamá, el vecino ése tan cachondo mental… ¿sesenta, setenta personas?

Corolario: si tú, que lees eso, en los quince, veinte, treinta, cuarenta o sesenta y tantos años de vida que tienes, has conseguido acopiar información básica sobre algo más de 50 personas, ¿cómo serás capaz de juzgar la capacidad de 123 desconocidos a la hora de representarte en la Asamblea de Madrid?

Las listas cerradas no sólo son antidemocráticas sino que son absolutamente contrarias a nuestro devenir histórico. Hasta la transición posfranquista, los españoles de toda la vida de Dios, cuando habían podido votar, habían votado listas abiertas. Esto daba para ciertas comparaciones inteligentes; por ejemplo, en el PSOE de la República el candidato más votado era, casi siempre, Julián Besteiro. Y en las elecciones del 36 en Barcelona ciudad, a pesar de que el líder político catalán indiscutido era Lluis Companys, no fue el candidato más votado de la lista.

Las listas cerradas fomentan el deporte del «escaño seguro», ergo del lobby político. O sea: yo soy un líder político que quiero obtener el apoyo de un gran financiero y lo mismo lo consigo si su hijo tiene veleidades políticas: lo pongo de quinto candidato por Murcia, que para mi partido es escaño seguro, y a tirar millas.

Esta práctica del escaño seguro es el trasunto moderno del deleznable artículo 29 de la ley electoral de la Restauración, mediante el cual un candidato que no tenía oponentes era automáticamente proclamado; así, los caciques ni siquiera tenían que conseguir que la gente les votase; con amedrentar a todo aquél que osase competir con ellos les bastaba. Estoy hoy ya no pasa; no hay caciques, que se sepa. Pero sí hay diputados que el votante traga sí o sí. Suponiendo que yo conociese de la leche a María del Carmen Fátima González Gutiérrez (número 15 en la lista de FE de las JONS para la Asamblea de Madrid); suponiendo que la conociese y la ponderase como persona de enorme inteligencia y habilidad política, ¿por qué dicha ponderación tendría que llevar aparejado mi apoyo a otros 122 señores y señoras? Más aún: ¿cuál es mi capacidad de reacción si opino que María del Carmen Fátima merecería ser diputada en la Asamblea de Madrid pero, en cambio, albergo la opinión exactamente opuesta sobre Norberto Pedro Rico Sanabria, número 1 de su lista?

Pues esa libertad de decidir, los españoles la teníamos. La teníamos incluso en tiempos que motejamos de caciquiles y poco democráticos.

Un estudio sociológico interesante sería conocer, para cada partido, el nivel de conocimiento por los votantes de los candidatos de la lista. Fijo que por debajo del número seis no los conoce ni Dios.

Lo siguiente que me jode son las circunscripciones electorales. En la República se reinventó la circunscripción provincial como una medida contra el caciquismo. Y estuvo bien porque es cierto que, cuanto menor era la circunscripción electoral, más probabilidad había de que hubiese un mandamás llevándose al huerto los votos o la proclamación directa.

Pero el tiempo ha pasado y, hoy por hoy, me pregunto qué narices hacemos los residentes en Madrid votando candidatos al Congreso por una circunscripción como la muestra, con más de cinco millones de habitantes. Vale, por eso votamos más candidatos. Pero, como las listas son cerradas, eso no hace sino acrecentar el problema. Hay que votar listas abiertas y, además, listas de no más allá de cuatro o cinco candidatos.

Dicho de otra forma: en un sistema realmente democrático, yo quiero tener un congresista. Mi congresista. Un tipo, o tipa, con nombres y apellidos, con una historia, con una trayectoria y unas habilidades. Que haya hecho esfuerzos por hacerse conocer por mí, ya que su escaño depende de mi voto. A quien yo pueda acudir, me haga mucho o poco caso, cuando tengo algo que decir. Que pueda saber que votando a favor de la Ley X se la está jugando, porque yo estoy en contra. Las democracias parlamentarias en las que los parlamentarios votan según la indicación de un jefe de partido son democracias a medias.

Lo de las listas de cuatro o cinco candidatos me lleva a otro asunto, como es el juego de mayorías y minorías y las coaliciones. En el sistema electoral de la II República, los votantes votaban en las papeletas por un número de escaños inferior al total de la circunscripción que se tratase. Este sistema propugnaba la existencia de candidaturas llamadas de mayorías (el partido muy votado que va a al copo) y candidaturas de minorías (el partido de escasa implantación, pero que tal vez cuenta con un personaje de especial relevancia, que lo presenta buscando «rebañar» ese escaño al que no pueden llegar los votantes de los grandes partidos).

Este sistema, sobre todo, tenía una ventaja fundamental: las alianzas y coaliciones debían ser previas, no posteriores. Un sistema de mayorías y minorías favorece enormemente a la formación política que es capaz, a través de coaliciones, de presentarse ante su electorado unida. La izquierda perdió las elecciones del 33 por estar fraccionada, pero en 1936 aprendió la lección y le dio la vuelta a la situación con el Frente Popular. No creo que nadie desmienta la idea de que una coalición ante es muchísimo más democrática que una coalición post. En una coalición post, los líderes políticos de los partidos coligados están haciendo un juicio de intenciones (que sus electores quieren que se coliguen) al que, claramente, no han querido someterse por la vía de los votos; si tan convencidos están de que ése es el deseo de sus votantes, ¿por qué no se aliaron antes?

Se ha escrito sobradamente que este sistema electoral de mayorías fue uno de los grandes problemas de la República, porque favoreció la victoria de posiciones radicales. Yo no estoy de acuerdo. Hubiera sido el sistema electoral en la República el que hubiera sido, la situación se habría radicalizado igual, porque el problema de la República, además del sistema electoral, fue la inexistencia de un centro político. La deplorable situación de las clases humildes españolas, especialmente en el campo que era el principal motor de empleo, unida a la polarización política de aquellos tiempos (binomio marxismo-fascismo), hizo que las opciones de centro no existiesen. La Confederación Estatal de Derechas Autónomas de Gil-Robles, que viene a ser, en situación en el espectro sociológico, como nuestro PP de hoy, le hacía decir a su jefe en los mitines cosas como que había que construir un nuevo Estado y si el Parlamento no entendía eso, habría que someterlo; si a Rajoy se le ocurre decir la mitad de un cacho de un 10% de esto, lo echamos de España. Y qué decir de la izquierda. Ya no del PSOE, que entonces era un partido marxista de libro; la propia izquierda burguesa, es decir los radical-socialistas y los azañistas, mantenían políticas bastante alejadas del centro político.

En 1933 y en 1936, ganar era alejarse del centro; hoy en día, gana quien más se acerca a él. Pero el problema de las coaliciones estriba en que deberían ser casi ilegales a voto pasado. ¿Fomenta eso el frentepopulismo? Pero, ¿quién ha dicho que el frentepopulismo es malo? El Frente Popular se presentó a las elecciones de febrero de 1936 con un programa electoral (manifiesto electoral se llamaba entonces) muy interesante, a la par que moderado e integral. No faltaron las declaraciones de los políticos de dicho Frente en sentido integrador y Azaña, tras la victoria, así lo aseveró en el Parlamento: quería dirigir un gobierno para todos los españoles. De la deriva que después tomaron las cosas tuvieron la culpa algunas personas, pero no el Frente Popular como estrategia.

Pero, ¿cuál sería el juicio de la Historia si hubiese transcurrido de otra manera? Pongamos que en la España de 1936 el sistema electoral hubiera sido otro, digamos el que tenemos hoy nosotros: enormes circunscripciones electorales, ley D’Hont y listas cerradas. Pongamos que en febrero que 1936 se presentan cinco grandes fuerzas políticas a las elecciones: la derecha monárquica antidemocrática (el Bloque Nacional de Calvo-Sotelo, y los tradicionalistas); la derecha republicana (CEDA); la izquierda burguesa (Unión Republicana e Izquierda Republicana, digamos que en coalición o en un solo partido político, más las candidaturas portelistas); el PSOE y los comunistas, también en coalición o bajo las siglas del PSOE; y los nacionalistas.

¿Cuál habría sido el resultado de esas elecciones? Es imposible saberlo, pero mi apuesta es que, sobre un Parlamento de unos 350 escaños, el nacionalismo vasco y el catalán obtendrían representaciones similares a las que tienen, algo más elevadas en el caso del nacionalismo catalán; los monárquicos tendrían una minoría del tamaño de la que tiene hoy en día Izquierda Unida; los partidos de centro tendrían unos 50 o 60 diputados; y la CEDA y el PSOE-PC serían las grandes minorías, con más escaños para la segunda, digamos unos 160-170 para el PSOE, 120-130 para la CEDA. Lógicamente, habría en el grupo mixto pequeñas minorías, como los partidos más de izquierdas como el POUM.

En estas circunstancias, el PSOE, la izquierda burguesa, los partidos extremos y el nacionalismo catalán podrían recomponer el Frente Popular. Pero el juicio de la Historia ya no sería el mismo; estaría trufado de reproches, sobre todo hacia los partidos burgueses, por coligarse con formaciones más extremas después de las elecciones. Hoy en día, se habrían escrito páginas y páginas discutiendo hasta el fondo la cuestión de si quienes votaron en el 36 a los partidos burgueses eran o no partidarios de que éstos se aliasen con partidos marxistas; cuestión que hoy no existe en nuestro debate histórico, por el simple hecho de que la coalición existió y existió antes de las elecciones.

La democracia moderna, sin embargo, está repleta de multipartitos, tripartitos, bipartitos, tetrapartitos, pentapartitos y lo que caiga, a los que nadie ha votado como tales. Son los políticos los que prejuzgan la actitud de su electorado y, además, no le dan a ese mismo electorado la ocasión de que mostrar su desacuerdo mediante listas abiertas.

Iré, pues, a mi colegio electoral, pues para mí votar es, más que un derecho, una obligación. Pero para votar a 123 señores a los que no conozco de nada, que no me conocen a mí de nada tampoco y, aún así, se han arrogado la capacidad de hacer un juicio de intenciones sobre lo que yo quiero o dejo de querer votándoles, para eso, ya digo, haré lo que todos los años, en todas las elecciones: meteré en el sobre varias papeletas de varios partidos e iré señalando con círculos y flechas a aquellos candidatos de cada papeleta que deseo votar.

Siempre me ponen cara rara (salvo en las votaciones al Senado) por lo voluminoso de mi sobre. Una vez, una sola vez, un interventor electoral, no diré de qué partido, trató de averiguar, muy educadamente, la razón de tal volumen.

Se la expliqué, pero siempre he dado por hecho que no lo entendió.

domingo, mayo 13, 2007

La muerte de Azaña

Manuel Azaña fue el segundo presidente de la II República española, y el último de ellos que lo fue sobre un país con integridad territorial; lo cual quiere decir que hubo otros presidentes después, pero lo fueron en el exilio y, por lo tanto, su mandato no se extendió propiamente sobre país alguno. Por lo demás, el orden constitucional nacido de la Ley de Reforma Política del franquismo, y la Constitución actualmente vigente después, proclama la alegalidad de aquella República surgida tras la derrota de 1939; al considerar el gobierno legal y soberano de España la monarquía constitucional prevista en las leyes franquistas, se viene a admitir que la República dejó de existir con el franquismo. Es por ello que, desde algunos puntos de vista, se podría decir que Azaña es el último presidente de la República española. Al menos, de momento.

Azaña tuvo en su vida tres grandes obsesiones: la religión, el ejército y él mismo. Empezando por la última, no fueron pocos los políticos republicanos, correligionarios de él, que le señalaron, una y mil veces, su excesiva displicencia para con los adversarios políticos, que en no pocos debates rozó el desprecio y que le hizo llegar tan lejos en la seguridad en sí mismo que llegó a cometer gravísimos errores, como cuando, en medio del debate parlamentario sobre los sucesos de Casas Viejas, dijo aquello de que allí «había pasado lo que tenía que pasar», como diciendo que el destino de un puto jornalero anarquista es que le revienten las tripas a tiros o lo quemen vivo dentro de la casa donde se ha hecho fuerte.

Azaña tenía mala opinión hasta de quienes le eran más cercanos; de todos los políticos con que trató al final de la República y durante la guerra, ninguno tenía tanta sintonía con él como el socialista Indalecio Prieto; y, sin embargo, en plena guerra, y merced a una aleve filtración, se publicaron algunas entradas de los diarios de Azaña en las que, entre otras cosas, se burlaba de la incultura del político socialista y de su incapacidad para expresar con agilidad sus ideas. Y ése le caía bien. Porque en sus diarios hay un montón de perlas dedicadas a los que le caían mal, como ésta, dedicada a Lluis Companys: «Una persona de mi conocimiento asegura que es una ley de la Historia de España la necesidad de bombardear Barcelona cada cincuenta años». Ahí queda eso.

En materia militar, Azaña se creía un gran experto. En los primeros meses de 1936, cuando tanta gente se le acercaba para prevenirle del golpe de Estado que se preparaba, Azaña contestaba: «si conocieran ustedes como conozco a los militares, sabrían cómo hay que tratar sus demandas». Y parece bastante obvio que se equivocó.

Pero, con todo, su principal obsesión, como la de tantos políticos de izquierdas de aquella época, era la religión católica. Ya sabéis que Azaña había sido el principal propagandista del laicismo del Estado consagrado por la Constitución republicana, con la famosa frase que pronunció en el debate parlamentario: «España ha dejado de ser católica». Quizá por eso, la religión le perseguiría hasta más allá de su muerte, y es de esto que va este post.

En enero de 1939, Cataluña, en realidad el último frente serio de la guerra civil, se hundía bajo el empuje de las fuerzas franquistas. Desde el momento en que Franco consiguió aislar las dos áreas republicanas, el Centro y Cataluña, la guerra estaba irremisiblemente perdida para la República. Encontramos a Azaña el 21 de enero del 39, sábado, huyendo de buena mañana, en compañía de sus dos escoltas, del pueblo donde reside tras salir de Barcelona, llamado La Barata. Según mis noticias, está cerca de Tarrasa.

El domingo, Azaña reside en Llavaneras, lugar poco seguro porque es bombardeado. Finalmente, alcanza Figueras y el castillo de Perelada. Podéis intentar imaginar al presidente de la República viviendo allí, en un lugar fantasmagórico, rodeado de cuadros. En Perelada, en efecto, está ya una parte de las grandes obras del Museo del Prado, que han sido llevadas allí para salvar el tesoro artístico nacional de los bombardeos. En una sala de fumadores del castillo se pueden apreciar el Cristo de Velázquez y Las Meninas; éstas, eso sí, sin marco, pues ha sido necesario quitárselo para que pasaran por el dintel de una ventana. La mayor parte de las pinturas, no obstante, han sido ocultas en una mina de talco en el pueblo de La Bajol, pegado a Francia. Las Cortes de la República celebrarán su última reunión en suelo español el 1 de febrero de dicho año, en el castillo de San Fernando de Figueras.

En febrero, el propio Azaña se refugia en La Bajol. Toda la autoridad de la República cabe ya en un pañuelo: Negrín, presidente del gobierno, en el pueblo de Agullana; Azaña, presidente de la República, en La Bajol; y Lluis Companys, presidente de Cataluña, en un lugar llamado Mas Perxes, entre Agullana y La Bajol. El cuatro de febrero, sábado, los franquistas, que saben cosas, alcanzan el cuartel general de Agullana y tiran bombas hacia Mas Perxes, con tanta precisión que Companys tiene que salir de najas por el pinar que rodea la casa, a toda hostia. Ya está claro: partir al destierro, o morir.

Azaña abandona España el domingo 5 de febrero a las seis de la mañana, tras haber pasado toda la noche comprobando la salida de los cuadros de la mina de La Bajol. Pasa en Francia a Le Boulou y luego a Perpiñán. Luego Nimes y luego Collonges-sous-Salève, pueblecito saboyano en el que el cuñado de Azaña, Cipriano Rivas, había alquilado una casa el año anterior (signo evidente de que lo que pasó es lo que Azaña esperaba que pasase).

El 8 de febrero, Azaña hace un viaje a París vía Ginebra, donde permanece varios días en contactos diversos. El día 15 es instado por Negrín, a través del ministro Julio Álvarez del Vayo, a volar a Madrid. Se niega. Azaña afirma que volver a Madrid no es sino una forma de prolongar la guerra, y las muertes, algo con lo que no está de acuerdo. «Si cruzo la frontera», le dice a Álvarez del Vayo, «no se puede contar conmigo para nada, como no sea para hacer la paz». Cuando Azaña es informado de que Francia e Inglaterra están a punto de pactar el intercambio de embajadores con la España franquista, se va a la Gare de Lyon, toma un tren, vuelve a Collonges y, una vez allí, redacta una carta en la que comunica al presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, su dimisión como Presidente de la República española.

En noviembre de 1939, ante la amenaza creciente de invasión alemana de Francia, Azaña y los suyos se van de Collonges para establecerse en el número 32 del Boulevard de l’Ocean, en el pueblecito de Pyla-sur-Mer, cerca de Burdeos. En febrero de 1940, a raíz de una gripe que se complica, sufre gravísimas complicaciones de salud.

Con el derrumbe de Francia y el armisticio, la playa de Archaron, donde se encuentra Pyla-sur-Mer, se convierte en zona ocupada por los alemanes, motivo por el cual se hace recomendable para Azaña salir de allí, pues para entonces ya sabe que Franco acaricia el proyecto de hacérselo entregar para ser juzgado, y probablemente ejecutado, en España (como de hecho le pasó a Companys, entre otros). Es por ello que se desplaza a Montauban. El 16 de septiembre de 1940, Azaña sufre un ataque que le paraliza medio cuerpo. Es el final.

El círculo íntimo de Azaña en esos últimos días es muy reducido: su mujer, su criado Antonio Lot, Juan Hernández Saravia (que había sido general jefe del Ejército de Cataluña), y una religiosa, la hermana Ignace, que frecuenta el Hotel du Midi, donde se aloja el ex presidente. Al parecer, sor Ignace, en realidad, daba servicio espiritual a Dolores Rivas, la mujer de Azaña, ya que ésta era católica practicante.

El mito de la muerte de Azaña se basa en una declaración firmada el 7 de marzo de 1952 por Pierre Marie Theas, que era, en 1940, obispo de Tarbes y de Lourdes. Dicha declaración, tal y como la reproduce en un libro suyo el escritor Carlos Rojas, dice así:

1.- [Azaña] recibió, con plena lucidez, el sacramento de la Penitencia, que yo mismo le administré.

2.- Cuando solicité permiso de la señora de Azaña para darle el viático a su esposo, tenía la certeza de que el enfermo deseaba comulgar. Tropecé sin embargo con la obstinada negativa de N. Cinco veces comparecí y cinco veces fui rechazado. «Esto le afectaría demasiado», me dijo.

3.- Fue la señora de Azaña quien me llamó a medianoche para administrarle al enfermo la Extremaunción. La recibió
in extremis; pero en pleno uso de sus facultades.

4.- Enterado el cónsul mexicano por la señora Azaña, preparó un entierro civil para el presidente. Después, la viuda no osó protestar, porque México abonaba la cuenta del hotel de Azaña y de sus acompañantes.

5.- Lo ocurrido con toda certeza es que el presidente había retenido, o hallado de nuevo, una muy intensa fe cristiana.



Las cosas no están muy claras. El biógrafo de Azaña y cuñado suyo, Cipriano Rivas Cherif, acepta en su libro que, viendo morir al ex presidente, sus íntimos decidieron llamar a la monja, que acabó llegando acompañada del obispo; pero no dice que le fuese administrado sacramento alguno. Delante de otro investigador de la vida y muerte de Azaña, Frank Sedwick, la esposa de Azaña negó que hubiesen pedido, ni ella ni el moribundo, el viático; aunque reconocía tener recuerdos muy borrosos de aquellos momentos. Es un hecho que doña Dolores estaba, en ese momento, sometida a una tensión enorme, pues no sólo su marido estaba muriendo sino que, en esas horas, había sido informada de que su hermano Cipriano acababa de ser condenado a muerte en España (aunque se le conmutó la pena). Por lo demás, no hay que olvidar que Azaña había estado ya a las puertas de la muerte durante su crisis gripal-cardiaca, algunas semanas antes, y es un hecho que entonces no pidió sacramentos.

A todo ello hay que añadir la extraña actitud de secretismo de monsieur el obispo, que no nos aclara quién fue el tal N. que, por cinco veces, se negó a que Azaña recibiese el viático. A favor de la tesis de que dicho deseo fuese cierto están los muchos perfiles de Azaña que se conservan, según los cuales el presidente parecía ser una persona con ciertas dosis de temor, sobre todo ante el sufrimiento físico, que pudieran haber influido en su ánimo en el momento postrero. Sin embargo, lo delicadísimo de su salud da que pensar que es difícil que en esos momentos postreros siguiese muy lúcido. Ciertamente, el obispo así lo afirma; pero es sabido que no pocas veces los sacerdotes tienden a ver lucideces donde quieren verlas.

Cierto o no cierto, que yo no lo creo cierto, resulta un dato de escasa relevancia histórica hoy en día la posibilidad de que Manuel Azaña, el inventor del «España ha dejado de ser católica», hubiera pedido, con su último suspiro, morir en paz con el Dios de sus padres; pero, sin embargo, dio para mucho en tiempos del franquismo. Y hasta es posible que la cosa vuelva a circular hoy en día, dadas las importantes dosis de mojigatería, azul y roja, que rodean a ese proceso que debiera ser serio y riguroso y que llamamos, con torpe pleonasmo, memoria histórica.

Por el momento, pues, la cuestión de la muerte de Azaña es sólo una cuestión para muy apasionados en la Historia. Como lo eres, o lo vas siendo, tú, si es que has llegado hasta la lectura del presente punto y final.

jueves, mayo 10, 2007

Antilecturas

Inasequible Aldesaliento, siempre atento a las novedades y a la innovación, es nuestro principal generador de post novedosos. Hoy inaugura un nuevo tipo de post, que podríamos denominar la Antilectura.

Se trata de comentar un libro que no se os recomienda leer. Que ha sido leído por el crítico, muy a su pesar. Paréceme todo un servicio éste de Ina, porque es cierto que, si útil es que te señalen dónde debieras pisar, más lo es aún que te aviertan dónde, en caso que pongas el pie, vas a ponerte el zapato hasta las trancas de mierda.

Bienvenida sea, pues, esta Antilectura de Ina.

La Historia política de la España contemporánea, de Melchor Fernández Almagro, es una obra clásica para el estudio de la Historia española de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX.

Durante muchos años anduvo por mi casa el volumen segundo de los tres que la componen. Después de muchos años de tenerla en la lista de libros a leer algún día, finalmente me la he leído. Creo que ha sido para desafiar a JdJ, que me consta que no se la ha leído, y poderle decir: «Te habrás leído el diario de un bedel del Banco de España durante el reinado de Alfonso XIII y las memorias del primo segundo de Dolores Ibarruri, pero ¿a que no te has leído a Fernández Almagro?» Pues bien, el desafío me ha salido mal. JdJ, no leas a Fernández Almagro, por lo que más quieras.

El libro ha envejecido mal. Fernández Almagro concibe la Historia a la manera antigua: Historia es aquello que hacen los políticos y los militares. Los movimientos sociales, las ideologías, los acontecimientos económicos, prácticamente no cuentan. Da la impresión de que el libro haya sido escrito a base de los diarios de sesiones de las Cortes, recortes de hemerotecas y algunas memorias de prohombres de la época. Eso tal vez fuera suficiente para escribir Historia a comienzos del siglo XX. Hoy no basta.

Por poner un ejemplo. Dedica seis páginas al nacionalismo catalán y a las bases de Manresa, las cuales transcribe. Pero al cabo de esas seis páginas el lector sigue sin saber cuáles son los orígenes del nacionalismo catalán y cuál era su base social. Otro ejemplo, aún más sangrante: la segunda guerra de Cuba, a la que dedica prácticamente dos capítulos y medio de siete que tiene el libro. Fernández Almagro se extiende minuciosamente sobre las marchas y contramarchas de los ejércitos. Nos informa de que el general Hernández de Velasco sorprendió el 28 de marzo de 1897 a la partida insurrecta de Ríus Rivera en Cabezadas de Río Hondo y que ésta estaba compuesta por 100 hombres. ¡Bravo por el detalle! Pero el trasfondo de la guerra queda muy difuminado. Por un lado estaba la Unión Constitucional que era proespañola y asimilacionista, por otro estaban los autonomistas que nadaban entre dos aguas y lentamente iban perdiendo partidarios que se pasaban al independentismo. Pero aparte de saber que los cubanos se quejaban de la corrupción y desidia de la Administración colonial, apenas nos dice el autor cuáles eran las fuerzas sociales que apoyaban a cada uno de los bloques y las causas profundas del descontento. También durante el relato de las operaciones militares, el lector se queda en la duda de si los habaneros y el pueblo cubano en general eran proespañoles, proindependentistas o indiferentes. Tan pronto da la impresión de que deseaban la derrota de España como la de que estaban hartos de los desmanes de los independentistas.

Otra cosa que acaba molestando un tanto es que el autor a menudo abandona la neutralidad del historiador y ofrece sus juicios personales, que suelen ser patrioteros y conservadores. No diré que los historiadores actuales sean un dechado de neutralidad, pero al menos han aprendido a esconder mejor sus prejuicios.

Finalmente, para un lector del siglo XXI si hay algo en Fernández Almagro que acaba cansando es su retórica, que seguro que causó furor en su día. En el segundo párrafo del volumen ya tenemos un ejemplo magnífico: Contaba Doña María Cristina treinta y siete años cuando recayeron en su erguida cabeza de mujer extraordinariamente distinguida y de firme carácter, las tocas de la viudez y el peso total de la corona que hasta entonces compartiera sin carga constitucional de ninguna especie ni vislumbres de poder. Joven, viuda, herido el corazón a fondo; en tierra extraña; amenazada por toda suerte de posibilidades adversas, sin hijo varón que asegurase la sucesión, de no ser niño el fruto de su embarazo; desprovista de experiencia política y ajena por entero al juego de ideas e intereses de que acto continuo habría de ser árbitro… Y así durante 400 páginas más.