miércoles, julio 28, 2010

El folletín del verano

Bueno, dentro de unos días me piro. Creo que tengo acceso a internet a través de una cosa que se llama 3G. Pero escribir se me va a dar mal. Tengo el proyecto de leer mucho, sacar muchas fotos y escribir poco.

No obstante lo dicho, este blog no se queda en silencio. Más bien todo lo contrario. Tras pensarlo un rato largo de dos minutos y pico, he decidido que, durante lo que queda de verano, me voy a salir. El ritmo normal es de un post cada dos o tres días. Pero ahora vamos a pasar, durante el verano, al anormal ritmo de un post diario.

En el siglo XIX había una tradición que era, por así decirlo, el Supervivientes de su época. Se trataba del folletín, palabra que está, creo, prestada del francés. Cada día, en los periódicos, además de las noticias y esas cosas, se publicaba un capítulo corto de una historia que, en ocasiones, llegaba a ser bastante larga. Historias de amor o de guerra diseñadas por sus autores para encandilar al público y aportarle una lectura periódica que los tuviera más bien en tensión. Muchos fueron los escritores famosos que publicaron en forma de folletín.

Hoy en día, los folletines han caído en desuso, entre otras cosas porque los propios periódicos se usan menos. No obstante, no ha mucho tiempo que autores como Eduardo Mendoza han publicado alguna de sus obras en verano en este formato. Yo creo que es un formato que nunca muere; lo cual quiere decir que creo que es un formato aplicable, también, a las nuevas tecnologías.

Por eso he pensado en este divertimento, consistente en publicar un folletín en la red. Hay dos formas de escribir un folletín. La que podríamos llamar de Eça de Queiroz (así escribió, por ejemplo, El misterio de la carretera de Sintra), consistente en parir un buen argumento e ir escribiendo día tras día el capítulo necesario; y la forma planificada, consistente en escribir toda la historia y, sólo después, convertirla en capítulos de folletín.

La que yo voy a publicar este verano es del segundo tipo. La oportunidad de Judas, que así se llama la obra, está ya completamente escrita y ocupa unas 175.000 palabras. Lo cual quiere decir que yo, en este momento, ya conozco las dos claves de la novela, a saber: quién mató a Anselmo López, y por qué. Aunque también se podría decir que no lo sé, porque el final es un poco abierto. Hay que llegar al final para verlo, claro.

He dividido parte de la obra en 44 tomas de folletín que, por lo tanto, Blogger, si funciona bien, irá desplegando desde hoy o mañana hasta los primeros días de septiembre. Cada día, una toma. Cada toma incluye el texto en pantalla y un hipervínculo con el que, si todo va bien, el lector se podrá bajar el texto completo de cada toma. Tras una serie de consultas a amables lectores del blog introducidos en el mundo del E-book, he llegado a la conclusión de que, puesto que todo el mundo dice que el formato Rich Text Format es el más fácil de convertir para los lectores de libros electrónicos, éste es el formato en el que estarán los ficheros. El que tenga un libro electrónico, que se convierta el fichero y lo lea ahí si le apetece. El que no, siempre puede bajárselo, imprimirlo o leerlo en pantalla.

La toma 44 termina en la madrugada del 20 de noviembre de 1975. En ese punto, lector, todo lo que sabrás es que Carlos Luján, inspector de policía, ha resuelto el misterio del asesinato de Anselmo López. Pero no sabrás más. El resto, es decir la descripción de lo que Luján logró averiguar finalmente, después de un cuarto de siglo de investigaciones, está en una toma 45, que publicaré algunos días después de la 44. ¿Y por qué así? Pues, como el gallego del chiste: por joder...

Un par de apreciaciones «técnicas»:


1.- Disculpa los cambios de estilo y tamaño de letra en el texto en pantalla. He hecho lo que he podido, pero el editor de textos de Blogger es la hostia de jodido, la verdad, cuando le pegas textos de otras fuentes, por ejemplo OpenWriter, como es el caso.

2.- Importantísimo: la novela tiene, shit you little parrot, más de cien notas al pie. Esto tiene que ver con el hecho de que le tengo una especial tirria a los diálogos forzados. O sea, en una serie de TV, o en una novela, dos tipos que son economistas están hablando y uno dice: «hay que ver los datos del PIB»; y el otro contesta: «¿te refieres al conocido método macroeconómico para medir el valor añadido generado por una economía en un determinado periodo?» Para evitar estas mierdas, prefiero poner sólo el primer diálogo, con una nota al pie que explique qué es el PIB.

He intentado, por lo tanto, que mis personajes, en su mayoría falangistas, hablen con naturalidad. Pero para que lo hagan necesito meter una nota al pie para explicarle al lector, por ejemplo, quién es ese «Gregorio» al que en un determinado momento se refiere un personaje.

Al partir las tomas del folletín creé un fichero unitario para cada una, y el programa, por lo tanto, rompió la serie de las notas al pie. Así pues, en las tomas en las que hay notas, éstas empiezan por el número 1; cosa que obviamente no pasará el día que cuelgue en la biblioteca el fichero con el texto completo. Debes tener en cuenta esto, como debes tener en cuenta que el editor de Blogger manda, en cada toma, todas las notas al final (cosa lógica, porque no tiene páginas). Alguno de mis amigos pre-lectores me ha informado de que el RTF convertido a Kindle conserva las notas fetén, hipervinculándolas al texto que completan; de otras conversiones, sin embargo, no tengo información.

¿Qué espero de ti? Bueno, yo no te pido que me bajes una estrella azul, entre otras cosas porque la dicha petición es una horterada de la hostia. Tampoco te pido, por cierto, que pagues por esta lectura. Escribí la novela para divertirme y pretendo continuar la diversión. Así de simple. Por si no te has fijado, todo este blog está bajo licencia Creative Commons por la cual puedes leer sus textos, copiarlos, enviarlos, reenviarlos, regalarlos, etc.; lo que te apetezca, con dos limitaciones. Una es que ganes dinero con ello. La otra es que modifiques la obra.

Lo único que te pido es

que la leas, si tienes tiempo, y ganas, y el género te mola;

que le cuentes a quien tú creas que puede estar interesado que este folletín está en marcha. Más lectores tenga, más feliz seré;

que me hagas saber tu opinión y, sobre todo, me critiques aspectos argumentales o de ambientación. He invertido en este texto muchas horas de investigación, notas, fichas y cosas de ésas. Todo eso me ha servido tan sólo para darme cuenta de que una novela histórica no deja de ser siempre un fraude, porque es imposible, repito, imposible ser capaz de reproducir un ambiente pasado, los hechos que ocurrieron, etc. Así pues, la ambientación es todo lo limitada que soy yo, o sea mucho.



Esto es lo que te pido. Lo que espero, sinceramente, es que disfrutes.

martes, julio 27, 2010

Dumb at three o'clock

Oliver Stone es, de tiempo atrás, un buen ejemplo de que el hecho de que alguien domine el arte del tiempo fílmico y la capacidad de adaptar guiones a las imágenes no presupone, necesariamente, que sea alguien con un nivel intelectual superior a la media.

Ya he dicho varias veces que siempre me ha sorprendido mucho por qué las personas en general están tan interesadas en saber lo que opinan sobre política los actores, cantantes y directores de cine, como si para ejercer cualquiera de estas tres profesiones hubiese que leer más de lo que hace el común de los mortales. Hace ya muchos años, cuando en la televisión española primaba el Un, dos, tres, responda otra vez, Chicho Ibáñez Serrador hacía de vez en cuando ediciones caritativas del concurso en las que invitaba a concursar a actores famosos. Siempre dispuesto a no dejar que nadie quedase mal, solía ponerles preguntas de su business, para que así los famosos pudiesen hacer dinero en favor de alguna buena causa y, de paso, no quedasen como unos lerdos. Ni aún así lo logró; aún recuerdo el papelón de un par de actores de campanillas, que no eran de Teruel pero eran tonta ella y tonto él, que fueron incapaces de decir un solo nombre de autor de teatro francés de todos los tiempos, que tiene tela.

El farandulero medio, por lo tanto, es aquel tipo que es capaz de hacer 7.000 representaciones de Molière y aún así no saber ni siquiera cuántos pies tenía. Con todo, el farandulero con conciencia es peor aún, porque como medio mundo le ríe las gracias y le respeta, como digo, como si su opinión fuese de valor sobrepujado; como quiera que políticos y medios de comunicación miman cada una de las chorradas que suelta, el farandulero con conciencia acaba por convertirse en un histrión de sí mismo y participando en una película que, como el show de Truman, dura la vida entera y cuyo título es Fulanito cambia el mundo.

Uno de estos tipos que está cambiando el mundo y enseñándonos a los demás las cosas como verdaderamente son, es Oliver Stone. Mientras el señor Piedra, que sobre esta piedra edificó su iglesia, se centró en la Historia de los Estados Unidos de Norteamérica, que es su país de origen, fue capaz de hacer cosas aseadas. De hecho, hubo un momento en que pareció que iba a ser listo y permanecer dentro de los límites del conocimiento fácilmente abarcable por su persona. No obstante, debió de haber una mañana en la que, afeitándose frente al espejo, se dijo: I'm getting Universal. Dí que sí, Oliverio. Tú lo mereces.

Acaba de perpetrar Stonecito unas declaraciones sobre la Alemania nazi. Dice él que el dominio judío de los medios de comunicación está impidiendo un debate reposado y una discusión abierta en torno al hitlerismo. Desconocíamos que toda la discusión que se ha producido en torno a Hitler y el nazismo se hubiese producido en el entorno de los medios de comunicación. Aún aceptando barco como animal acuático y asumiendo, por lo tanto, que los judíos dominan todos los medios de comunicación, para aceptar que no se permite el debate de la cuestión aún tendríamos que demostrar que los judíos también dominan todas las universidades y todos los parlamentos del mundo.

Nos informa Oliver Stone, quizás pensando con ello que desempolva del olvido datos ignotos, que el hitlerismo tuvo sus partidarios dentro y fuera de Alemania. Esto es algo cierto. Lo que no es, desde luego, es algo que haya permanecido sin saberse hasta el momento en el que el Stoneoráculo ha hablado. Que en Francia había sectores proclives al nazismo lo sabe todo aquél que ha leído los periódicos de la derecha francesa, los cuales, en los momentos en los que sus oscuros dueños judíos (recuérdese que los judíos poseen todos los medios de comunicación) miraban para otro lado, publicaban eslóganes tales como «mejor Hitler que el comunismo». En Inglaterra, sin tener ese temor histérico al comunismo, había muchas personas de perfil conservador que valoraban a Hitler, y esto es tan así que incluso hubo un nazi, un nazi bastante lerdillo todo hay que decirlo, como Rudolf Hess, que llegó a pensar que en Inglaterra había gente con la que podía pactar una entente tory-nazi.

Pero que un tipo caiga más o menos simpático no quiere decir que se compre la totalidad de sus acciones, ni siquiera que se comprendan o justifiquen. Todos los europeos, no pocos de ellos españoles, que apoyaron el comunismo antes de 1953, no pueden considerarse asesinos sanguinarios por el mero hecho de haber apoyado a Stalin. A muchos comunistas de a pie (otra cosa son los dirigentes y los sedicentes intelectuales), de hecho, les pasaba con Stalin lo mismo que a muchos que pudieron admirar a Hitler. Un detallito que a Stone se le escapa en sus declaraciones, tal vez porque no lo sepa, tal vez porque no quiera saberlo.

Tanto Hitler como Stalin se parecen en una cosa: ambos hicieron todo lo posible para que las tropelías que cometieron no se conociesen. Stalin condenó a miles y miles de ciudadanos soviéticos a morir o malvivir en los campos de concentración y, además, no existir para el mundo. Esta condena permaneció vigente hasta 1956 para los miembros del Comité Central del PCUS, y para el resto de la Humanidad hasta finales de los setenta, que es cuando se conocieron urbi et orbe las famosas denuncias de Khruschev. Hitler, por su parte, diseñó una solucion final para exterminar a los judíos, una vez que la probó con los discapacitados mentales (aunque tal vez Oliver Stone quiera que se abra un «debate abierto» sobre qué hemos de hacer con las personas mentalmente retrasadas o perturbadas; discusión que podría incluir la alternativa de llevárnoslos por delante, como hizo Hitler). Pero, igual que Stalin, ni de coña cogió el micrófono de Radio Berlín y proclamó: «voy a someter a los judíos a jornadas de trabajos forzados, con dietas de menos de 500 calorías diarias, y cuando estén extenuados los voy a matar obligándoles a respirar gas venenoso».

Si tan virtuosa era esa política a los ojos de un «debate abierto»... ¿por qué la ocultó?

Hitler era el primero que sabía que lo que estaba haciendo no tenía pase. Era el primero que no quería una open discussion sobre la materia.

Claro que si una open discussion es algo que consiste en hacer comparaciones estúpidas, igual hay margen para ello. Lo digo, más que nada, por esa comparación que hace Stone en sus declaraciones, según la cual Hitler se portó peor con los soviéticos (él dice rusos en su entrevista; no le dan las meninges para entender que llamarle ruso a un ucraniano es casi peor que meterle un pepino por donde los amargan) que con los judíos, puesto que de los primeros mató más de 25 millones. Hay una pequeña diferencia, y es que Hitler invadió la URSS y le hizo la guerra, lo cual quiere decir, por lógica, que la URSS se la hizo a él. Los judíos nunca le declararon la guerra a Hitler. Fueron exterminados por la sola razón de ser judíos. Esto, evidentemente, no consuela a los nietos de los soviéticos asesinados y violados por Hitler; no rebaja el nivel de sus atrocidades. Pero eso tampoco quita que la comparación sea, simple y llanamente, y por decirlo de una manera educada, torpona.

Dice Stone que a Hitler y a Stalin hay que ponerlos en contexto. Sabe Dios lo que entiende este milongas por contexto.

jueves, julio 22, 2010

Las sacas

Las notas escritas en el anterior post sobre Melchor Rodríguez han provocado algún que otro comentario privado sobre el asunto de las sacas de las cárceles de Madrid durante el otoño del 36. Vaya por delante que a mí me gusta escribir sobre Historia, y tengo por mí que mientras hay personas vivas contemporáneas de unos hechos, éstos difícilmente pueden considerarse hechos históricos. Éste de las sacas es un asunto desagradable y jodido que presenta muchos perfiles de pasión. Aproximarse a ello desapasionadamente es, verdaderamente, tarea difícil.

martes, julio 20, 2010

Don Melchor

En la nutrida galería de españoles injustamente olvidados por nuestro recuerdo histórico figura en lugar señero el anarquista Melchor Rodríguez. Será, tal vez, porque en los tiempos que corren, tan dados a la memoria histórica de un cierto jaez, el recuerdo de Rodríguez sea un tanto incómodo por estar ligado a un periodo de nuestra guerra civil cuya rememoración, tal vez, no sea lo que se dice políticamente correcta. Sin embargo, la figura de Melchor Rodríguez, a mi modo de ver, evoca, precisamente, lo mejor de nuestro recuerdo, por lo que supone de conciliación de ambos bandos.

El 30 de mayo de 1893 nace en Sevilla nuestro Melchor Rodríguez. De origen humilde, aprende los oficios de calderero y carrocero y, finalmente, el de ebanista. Pero, como otros muchos andaluces de su época y de otras posteriores, Rodríguez lo que quiere ser, en verdad, es torero. Así que comienza una vida de maletilla frecuentador de tentaderos y otras oportunidades menores y, finalmente, toma la alternativa el plaza de Sanlúcar de Barrameda, el 5 de septiembre de 1915. Esa tarde, compartida por el cuarto de los toreros que llevaron el nombre de Bombita, sale en hombros por la puerta grande sanluqueña. El 4 de agosto de 1918, alcanza su máximo sueño debutando en Madrid, en la plaza de Tetuán de las Victorias. El segundo toro de su lote, sin embargo, lo alcanza y cornea de gravedad. Rodríguez regresa a los ruedos tras su recuperación, pero, mermado de facultades, recibe tres cornadas muy seguidas, en Salamanca, Viso de Alcor y Sevilla. En 1920, se retira de los toros.

Así que Melchor, regresado a la condición de civil se emplea de carrocero e ingresa en la Unión General de Trabajadores. Sin embargo, este dato ugetista no es más que un indicativo del factor aglutinador de todo tipo de obreristas que tenía entonces la UGT, pues Rodríguez, lejos de ser marxista como Pablo Iglesias o Francisco Largo Caballero, es ya, entonces, anarquista de ideas, compañero de fatigas de otros destacados ácratas como Celedonio Fernández o Feliciano Benito.

Rodríguez conoce pronto la cárcel como resultado de sus actividades anarquistas. En tiempos del dictador Primo de Rivera es considerado peligroso. Con la llegada de la República, comienza a colaborar con publicaciones ácratas, donde destaca por su ataque a los ministros republicanos de derechas, sobre todo Miguel Maura, foco de sus iras tras la detención masiva de más de cien activistas anarcosindicalistas.

Llega la guerra civil. Durante la contienda, y como fruto de la implicación de los anarquistas en la gobernación del país, un anarquista, Juan García Oliver, es nombrado ministro de Justicia. Buscando correligionarios para cubrir los cargos vacantes, García Oliver se acuerda de Rodríguez para que cubra el puesto de delegado general de Prisiones. Rodríguez, que es dirigente del sindicato carrocero anarquista, toma posesión de su cargo el 5 de noviembre de 1936.

Melchor Rodríguez, pues, llega a las cárceles de Madrid en el momento para las mismas más oscuro y, como decía antes, políticamente incorrecto de recordar. Hay que tener en cuenta varios factores.

Factor uno: las cárceles de Madrid, en las semanas posteriores al golpe de Estado nacional y la consolidación de los republicanos en Madrid, se abarrotaron de personas consideradas por el bando que controlaba la capital como fascistas. Esto incluye a personas efectivamente fascistas, tales como el doctor Albiñana o Ramiro Ledesma, y otros muchos que eran, simplemente, burgueses, acomodados, católicos, militares, políticos de derechas, curas, o personas denunciadas por otros, a veces por razones ideológicas, a veces por meras envidias o conflictos personales pendientes.

El segundo factor importante tras la saturación penitenciaria es la decisión tomada por el gobierno Giral de, tal y como exigían las organizaciones de izquierdas, dar armas al pueblo, es decir a todas las organizaciones (partidos y sindicatos) que apoyaban la República sin ser en sí el ejército o la policía. Con esa decisión, es posible que la República salvase Madrid (aunque sobre eso hay bastante que discutir), pero perdió, definitamente, el oremus del poder sobre el orden público (que, para qué negarlo, no había sido su fuerte ni en tiempos de paz). A partir del momento en que las armas estuvieron en manos de determinadas ideologías, el gobierno de la República (exactamente igual que el gobierno autonómico catalán) aceptó ser un rehén de las organizaciones que tenían la sartén por el mango, o más bien el fusil por la culata.

El tercer factor que, en mi opinión, debe tenerse en cuenta es el hecho de, en el final del verano del 36, las tropas que pronto conoceríamos como franquistas estuvieron a metros de tomar Madrid. Si hemos de creer a Zugazagoitia, estuvieron a punto de desbordar a los republicanos a la altura del puente de los Franceses.

Tenemos, pues: cárceles llenas de fascistas supuestos o adscritos a la condición de tales; ausencia casi total de orden, concierto y organización disciplinada en la administración de la violencia; y la convicción, más o menos generalizada, de que en días, si no en horas, los golpistas podían tener Madrid bajo su control.

Estos tres elementos explican, a mi modo de ver, que a lo largo del mes de agosto del 36, las dotaciones gubernamentales de funcionarios de prisiones de las diferentes cárceles madrileñas fuesen sustituidas por partidas de milicianos partidarios y sindicales, los cuales se hicieron los reyes de las galerías y procedieron al asesinato, a ratos selectivo, a ratos a mogollón, de los presos.

Para justificar esos hechos incalificables, que dañaron de forma incluso irreversible la imagen de la República (sus gobernantes se pasarían los siguientes tres años asegurando en el extranjero que podían garantizar el orden público, sin ser muy creídos), se ha desarrollado la teoría, que ya está en el libro de Zugazagoitia, de los «incontrolados». Según esta teoría, las sacas y los asesinatos en las cárceles madrileñas, muy especialmente en la Modelo que estaba más o menos donde hoy está el Cuartel General del Aire de Moncloa, no fueron obra de la República en sí, sino de «incontrolados» que actuaron a su puta bola. A mi modo de ver, es un argumento saduceo: si no es cierto, malo, porque indica unos instintos asesinos en un gobierno presuntamente democrático que ya, ya; pero si es cierto, casi peor, porque indica que el gobierno republicano, o bien decidió mirar para otro lado, o bien, sabiéndose impotente para luchar contra aquellos desafueros, ocultó al mundo y, quizá, a sí mismo, su condición de gobierno débil y sin autoridad.

Pero lo que todo un gobierno, por lo visto, no era capaz de hacer, lo hizo un solo hombre.

Lo primero que hace el recién nombrado delegado general de Prisiones es restituir en las galerías a los funcionarios gubernamentales y echar de las cárceles a los milicianos que se habían adueñado de ellas. A partir del momento en que toma posesión del cargo, de las cárceles ya no salen para morir nada más que los que han sido condenados por ello por los tribunales populares (y no entraremos aquí a discutir la condición jurídicamente ecuánime de estos sedicentes tribunales). Otra norma puesta en marcha por él es la prohibición de que se sacasen presos de las cárceles entre las seis de la tarde y las ocho de la mañana, para evitar los paseos nocturnos que solían terminar con los paseantes decúbito prono en cualquier cuneta. Asimismo, prohibió que se pudiesen sacar presos, a cualquier hora, sin la debida protección. Con todo, el momento más importante de su existencia como alto funcionario de prisiones se producirá en Alcalá de Henares.

El 8 de diciembre de 1936, las turbas partidarias y sindicales, animadas por el saqueo con apiole incluido que han realizado en la cárcel de Guadalajara, intentan repetir la fiesta en la ciudad cervantina. En la cárcel de Alcalá hay 1.600 presos que están llamados a ser blancos de las iras de unas personas que están mazo cabreadas por el bombardeo nacionalista de la localidad. Grupos de milicianos armados toman una porción del establecimiento mientras muchas personas esperan en la calle. Se masca la tragedia.

Llega Rodríguez.

El delegado general de Prisiones ha ido a Alcalá acompañando a una cuerda de varios centenares de presos, a los que ha decidido escoltar personalmente para que no los maten por el camino (así está el tema). Cuando se percata de lo que está pasando, penetra en la cárcel acompañado por su secretario.

Luego Rodríguez se sube a un coche y le habla a las gentes que están en la calle. Trata de hacerles entender algo tan sencillo como que, para llevarse a un preso por delante, primero tiene que estar condenado a muerte, pequeño tecnicismo legal que su audiencia no es partidaria de atender. Le llaman fascista. Rodríguez se cabrea. ¿Con veinte años entrando y saliendo de las cárceles, dice, me vais a llamar fascista? Y luego dice: «¿Queréis matar fascistas? Pues, vale. Pero en el frente.»

Según parece, la discusión duró seis horas, de cuatro de la tarde a diez de la noche, tiempo durante el cual Melchor no dio su brazo a torcer e, incluso, llegó a utilizar los puños. Finalmente, consciente de que la gente va a acabar entrando a llevarse por delante a los presos, comete el pecado mortal del republicano: anuncia que va a dar orden de que se arme a los reclusos. Sólo entonces, ante dicho anuncio (hecho, hemos de suponer, con total convicción; aunque nunca sabremos si verdaderamente estaba dispuesto a cumplirlo), la gente se aviene a abandonar sus proyectos iniciales de perpetrar contra los presos de Alcalá un desafuero digno de cualquier genocida.

Con sus actuaciones, Melchor Rodríguez salvó la vida de cientos, si no miles, de personas afectas al bando franquista o simplemente consideradas desafectas al republicano. Entre ellas, cabe destacar al general Agustín Muñoz Grandes, o Ramón Serrano Súñer, el doctor Gómez Ulla, el celebérrimo portero de fútbol Ricardo Zamora, Rafael Sánchez Mazas, Raimundo Fernández Cuesta o Miguel Primo de Rivera.

Rodríguez cesó de su cargo el 2 de marzo de 1937, cuando habían terminado las sacas. Pero no paró ahí su labor. El 20 de abril de aquel año, denunció publicamente a José Cazorla, sucesor de Santiago Carrillo como consejero de Orden Público en Madrid, al que acusó de someter a juicio a «personas sensatas».

Prueba del carácter ecléctico y respetuoso de Rodríguez es la anécdota de abril de 1938, cuando muere Serafín Álvarez Quintero. Su hermano Joaquín, amigo de Rodríguez, le comunica la voluntad del finado de llevar un crucifijo en el ataúd. En la España republicana de 1938, donde toda misa existente era semiclandestina y portar un crucifijo podía provocar que te enviasen a visitar a su dueño, un anarquista se ocupó de que el féretro de su amigo llevase a Jesucristo crucificado, como había deseado.

El 27 de marzo de 1939, Melchor Rodríguez, que era desde 1934 concejal del Ayuntamiento de Madrid, es la autoridad que entrega el gobierno municipal a los falangistas. De hecho, Rodríguez y el socialista Julián Besteiro son los dos únicos republicanos que los franquistas encontraron en sus puestos al llegar a la capital. Los falangistas, por cierto, lo aceptaron como alcalde temporal hasta la rendición final.

Terminada la guerra, Rodríguez fue detenido y sometido a consejo de guerra. En el curso del juicio, ni quiso abogado defensor ni citó testigos a su favor. Pero los tuvo. El general Muñoz Grandes, que acabaría mandando sobre la División Azul, se levantó y prestó testimonio a su favor frente al tribunal franquista que lo juzgaba.

El consejo de guerra lo condenó a varios años de prisión, aunque diversas gestiones por parte de conspicuos franquistas consiguieron que saliese un año y medio después. Fue nuevamente detenido en 1947, pasando unos meses en la cárcel, tras lo cual se hizo agente de seguros.

Melchor Rodríguez falleció el 14 de febrero de 1972, en el hospital de la Princesa de Madrid. Su entierro fue una masiva demostración de duelo, sobre todo, de aquellos hombres y mujeres, muchos de ellos para entonces plenamente identificados con el franquismo, a quienes 35 años antes, él había salvado la vida. Vivía y gobernaba España el general Franco pero, aún así, un hombre fue enterrado en un ataúd vestido con los colores rojo y negro del anarcosindicalismo, en un entierro en el que un ex ministro franquista, Alberto Martín Artajo, leyó algunos versos escritos por el finado; y los católicos presentes rezaron un Padrenuestro por el alma de un hombre que no creía en Dios. Un sacerdote, el padre Félix García, que aquel día de diciembre esperaba la muerte en cualquier celda de la cárcel de Alcalá de Henares, escribió su necrológica en el Ya.

Melchor Rodríguez: tal vez, el mayor héroe de nuestra guerra civil.

viernes, julio 16, 2010

León, rey de Madrid

Madrid es una ciudad interesante para hablar de ella porque, como metrópoli importante que es, en su seno han ocurrido muchas cosas dignas de mención. Así pues, es relativamente fácil saber cosas de Madrid, poder contar anécdotas e historias más o menos increíbles. Sin embargo, como ciudad importante y con Historia que es, Madrid guarda algunas sorpresas realmente grandes.

Muy poca gente, por ejemplo, sería capaz, según mi experiencia, de contar con qué país asiático tiene Madrid una vinculación muy especial que no comparte con el resto de España. Para poder contestar a esta pregunta, es necesario conocer la historia de León de Armenia, que tiene su miga.

Tenemos que viajar hasta el siglo XIV. El siglo de Enrique II de Trastámara, el iniciador de una nueva dinastía de reyes castellanos, inicio que no se produjo precisamente en términos moralmente aceptables. Enrique murió en 1379 en Santo Domingo de la Calzada y fue seguido por su hijo Juan, Juan I de Castilla. Para entonces, la castellana era una nación sin preámbulos que tenía una presencia internacional nada desdeñable, que sería aprovechada cien años después por los reyes católicos para colocarla, como decían los falangistas en los viejos libros de texto de hace décadas, en su destino imperial.

En el año 1080, en el territorio contenido entre la ribera del Éufrates y la cordillera del Ponto, un lugar que siempre había tenido vocación de imperial y que le había dado, por ejemplo, grandes quebraderos de cabeza a Cayo Mario, Sila y el propio Julio; allí, en lo que se terminó denominando Armenia Menor, un tal Rhupen fundó un pequeño estado. El principado de Armenia Menor, en las siguientes décadas, invadió la Cilicia y la Capadocia, creando con ello un país más que aseado en lo que a sus posesiones se refiere. León II, descendiente de este Rhupen, consiguió la dignidad real, no principesca, en 1187, tras la concesión en tal sentido por el siempre burbujeante Enri de Champagne, soberano de Jerusalén; de donde se deduce, lógicamente, que León había apostado por los cristianos durante las cruzadas.

Apenas doscientos años después, sin embargo, la dinastía Rhupen, que se había convertido en la dinastía Lusignan, no pudo pararle los pies al creciente poder egipcio. En 1375, el sultán Chasbán II arrasó Sis, la capital de Armenia Menor, y metió a su monarca en la trena en El Cairo. Se trataba de León VI, hijo de Juan de Lusignan y de Soldana de Georgia. Cuando tenía tres años, en 1327, su tío el rey Guido I fue asesinado por instigación de Constantino, un primo cabrón, que accedió al trono con el nombre de Constantino III. León huyó a Chipre donde se consolidó su educación cristiana, ya que él era cristiano por tradición (tanto los Rhupen como los Lusignan habían sido procruzados y, por lo tanto, antimusulmanes); motivo por el cual, cuando logró recuperar la corona, se encontró reinando sobre un pueblo mayoritariamente mahometano que fue el primero en alegrarse cuando vio llegar a los mamelucos egipcios por la colina.

El encierro de León fue cruel. Tanto, que durante el mismo tanto su mujer, la francesa Margarita de Soissons, como una hija que tenían ambos, murieron. Por ello, León envió mensajes a las cortes cristianas tratando de convencerlas que no tenía pase que un rey jesucristocreyente estuviese puteado en unas mazmorras musulmanas.

Obviamente, España era el lugar más indicado para hacer caso de este mensaje. Todavía la nación no se había sacudido completamente el yugo musulmán y, en todo caso, el compromiso con la cristiandad era total por parte tanto de Juan I de Castilla como de Pedro IV de Aragón. En 1382, conmovido, o tal vez acojonado, por los mensajes recibidos desde España, Chabán soltó a León, quien llegó a Castilla al año siguiente.

La crónica del rey Juan nos dice, textualmente, que el monarca, «viéndole [a León] desvalido e con parco sustento, otorgóle para en su vida la villa de Madrid, la de Andújar, e la Villa Real [Ciudad Real], con todos los pechos, derechos e rentas que en ellas había». El rey castellano, por lo tanto, donó Madrid, la que acabaría siendo ciudad gallardonita de zanja e impuestón, a aquel pobre desgraciado que, por lo que cabe adivinar, no sólo no tenía nación ni pueblo; es que no tenía ni dónde caerse muerto.

Madrid se cogió un cabreo de solsticio cuando se enteró de la decisión de su rey. Los representantes de la ciudad, es decir los notables burgueses que cortaban el bacalao, formaron una airada comisión que se desplazó a Segovia a pedirle cuentas al monarca. Al parecer sólo entonces, cuando los madrileños le explicaron la cosa, se dio cuenta Juan de lo que había hecho: regalar un trozo de su país a un soberano extranjero. En puridad, con aquel gesto se podría pensar que Madrid se convirtió en el reino de Armenia Menor, puesto que en la Armenia propiamente dicha ya no quedaba reino porque estaban los mamelucos.

De 12 de octubre de 1383 data el privilegio dictado por Juan como consecuencia de la audiencia de Segovia. En él se aclara que la donación ha sido a León, no a Armenia ni a su casa real y, por lo tanto, la posesión morirá con él, revirtiendo Madrid, como querían sus representantes, a la corona castellana. Además, el rey se compromete a no volverle a enajenar la ciudad a ningún amiguito.

Dicen las crónicas que León de Armenia no fue mal rey de Madrid. Se destaca de él que no despidió a ninguno de los altos funcionarios de la villa y que fijó unos impuestos más bien bajos; en eso, la verdad, se distingue del actual alcalde-virrey de la capital. Dicen, asimismo, las crónicas, que León de Armenia, obsesionado por ser conocido y amado por los madrileños, gustaba de pasear por la ciudad sin escolta, tratando de pegar la hebra con todo el mundo (y sin conseguirlo habitualmente).

León, sin embargo, no tardó en tratar de recuperar su reino real. Para ello abandonó Madrid para irse a Pamplona; no porque fuesen sanfermines, sino para convencer al rey Carlos II y a Gastón III de Bearne de financiarle una cruzada para echar a los egipcios de sus tierras. Llegó hasta París donde Carlos VI, rey de Francia, le dejó clarinete que no pensaba ayudarle en su empresa bélica; pero, a cambio, lo acogió en su corte cariñosamente. Le cedió un castillo, el de Saint-Ouen, así como unas rentas generosas.

León de Armenia, rey de Madrid, moriría en Francia en 1398, sin haber recuperado su reino, pero habiendo siendo el menos castizo de los reyes en el reino más castizo del mundo; si no estoy mal informado, está enterrado en el panteón real francés de la abadía de Saint Denis. Para entonces, en todo caso, hacía dos años que los madrileños habían arrancado de Enrique III, sucesor de Juan I, un decreto por el cual se revocaban los derechos de León sobre la ciudad, aprovechando que ya podía vivir de la renta real francesa.

Madrid, capital de Armenia. Quién lo diría, ¿a que sí?

miércoles, julio 14, 2010

¿Existen las dos Españas?

Mi post del lunes pasado ha provocado una pequeña discusión con Amaranta, amable comentarista habitual de este blog. Para quien no haya leído esos mensajes o no los quiera leer, ella sostiene que eso de las dos Españas es un mito ya no existente, y yo no estoy tan seguro; más bien, estoy bastante seguro exactamente de lo contrario.

Desde mi primera respuesta a Amaranta me di cuenta de que era probable que la cosa terminase donde está ahora; es decir, en un post específico, puesto que las cajitas de los comentarios son un poco limitadas (no estoy nada dotado para el microblogging). Todo lo que puedo decir, Amaranta, es que en justicia no puedo sino otorgarte la misma oportunidad a ti. Si quieres contestar por lo largo, éste es tu blog. Ya sabrás que la única condición que yo pongo, tanto para los posts como para los comentarios, es que no se insulte a los vivos.

Vayamos con mi tesis.

Yo creo que existen dos Españas porque desde que las dos Españas nacieron ha habido muy pocos tipos lo suficientemente listos, o lo suficientemente integradores, como para acabar con ello. La prueba de lo que digo es la cantidad de gente que tiene por el summum que pen de la integración a un político en el fondo y en la superficie tan sectario como Manuel Azaña. El hecho de que Azaña, que se desempeñó como político con un notable resentimiento hacia el catolicismo y las clases sociales conservadoras, sea tenido por gran esperanza blanca de la España transpiradora de concordia, lo dice todo. Quizá el político más integrador que ha tenido España, político con mando en plaza me refiero, haya sido José Canalejas. Pero es que a José Canalejas una de las principales fuerzas desintegradoras de la Historia Contemporánea de España, el anarquismo, se lo llevó por delante.

Las dos Españas son fruto de la esquizofrenia de la guerra de la Independencia. Hace poco leí en internet una entrevista con Arturo Pérez-Reverte en el que este escritor opinaba que uno de los problemas de España es que nosotros nunca hemos decapitado al rey. Este detalle, a mi modo de ver, es el que hace que, en España, un proceso que es evidente en otros países, el del viraje social progresista, viraje que en todo caso es difícil y dramático en todos los casos, se produzca en menor medida.

España no es un país normal desde el punto de vista religioso. Es un país que tuvo que ser reconquistado para la cruz, y esto hace que su compromiso con el Vaticano sea un pacto de hierro. Teóricamente, esto debía haberse matizado con los principios de la Revolución Francesa, pero resulta que el importador de dicha revolución a España, José Bonaparte y el ejército francés, no fue el mejor de los posibles. La España que se reconquista por segunda vez es una España en la que los empecinados, los muertos de hambre, ya han adquirido un protagonismo inusitado, pero en la que los amantes del orden antiguo pretenden reimplantarlo como si nada hubiese ocurrido; una reacción lógica si tenemos en cuenta que el orden nuevo, como digo, es el orden del enemigo.

Las dos Españas no existen porque existan, en cada momento de nuestra historia en los últimos doscientos años, al menos dos formas radicalmente distintas de ver la vida. Existen por el hecho de que esas dos formas son incapaces de colaborar, que no es exactamente lo mismo. Zapateros y Rajoyes va a haber siempre; las dos Españas existen cuando no pueden ir juntos ni a comprar un sello.

Las guerras carlistas son una mezcla de reivindicaciones regionalistas (especialmente la primera, que es una guerra eminentemente vasca) y de explosión de esta incapacidad de colaboración. Fernando VII y sus torpezas ingresaron a España en un entorno binario, una especie de spoil system a lo bestia en el que, o manejaban unos, o manejaban otros; algo típico en un hombre de Estado como el Borbón, que no tenía más ideología que su silla. Fue esta característica de si mandas te lo llevas todo la que hizo tan importante mandar y alimentó la proclividad de los militares españoles hacia el golpismo; merecía la pena alzarse pues, si bien te podían fusilar, también la recompensa era la leche.

El golpismo militar es un gran alimentador de las dos Españas. No tiene lógica tender la mano a alguien después de haberlo apaleado. El golpista, por definición, se ceba en el perdedor; lo encarcela, lo fusila, lo exilia. Los tiempos han cambiado para bien pero, en el fondo, ese espíritu sigue vivo. Hoy, el que gana, no a tiros, sino a votos, lo que hace es buscar pactos lo más amplios posible, dominar los medios de comunicación, poner resortes estatales a su servicio, etc. Es la misma filosofía de al enemigo ni agua, sólo que sin pegar tiros.

Estaba claro que en el siglo XIX, España tenía que repensar su relación con la jerarquía católica y el papel de la religión en el país. De hecho, no es la única nación que lo hace en dicho siglo. Sin embargo, el hecho de que las estructuras y, sobre todo, las ambiciones del régimen antiguo sobreviviesen a la Revolución Francesa impolutas y en perfecto estado de revista hace que, tras encontrar un campeón en don Carlos, hagan la guerra; una guerra crudelísima en la que se cometieron tropelías que mueven al vómito cuando uno las lee.

En estas circunstancias, la revisión pendiente se hace mal y, sobre todo, y éste es a mi modo de ver el gran defecto de la España de izquierdas o España B, demasiado rápido. La desamortización fue un proceso supersónico más que nada porque su función no fue hacer justicia histórica; su función fue financiar una guerra.

Entre las dos Españas está el reformismo; reformista es aquél que entiende que la España B tiene razón al reclamar cambio, pero que la España A tampoco anda descaminada cuando apostilla que los cambios hay que hacerlos con paciencia, porque las cosas es mejor hacerlas bien que hacerlas antes. Sin embargo, el reformismo del siglo XIX se traiciona a sí mismo. Desamortiza malamente y a toda leche y, en gran parte movido a ello por la intransigencia de la España A, que haberla haina y a toneladas, comete el error de aliarse con la España B.

En efecto: el escaso margen de maniobra dejado por la España de Narváez y la personalidad de Isabel II, reina casi tan nefasta como su puto padre, unido a la presión inherente al hecho de que el tradicionalismo trabucaire no deja de ser un problema en todo el siglo, no le deja al reformismo más cojones que buscar aliados en la España B. Una vez Aznar, entonces gobernando, le dijo a Zapatero: cuando te juntas con los pancarteros, sabes cuándo empiezas, pero ya no puedes saber ni cómo, ni cúando, vas a terminar. Esto es la Gloriosa.

La Constitución del 69 quiso ser el broche que cerrase la cajita dentro de la cual iban a quedar las dos Españas, cabreadas pero encerradas. A mí me parece uno de los textos jurídicos más bonitos que se han hecho; me gusta mucho más que la Pepa. Acepta la monarquía, pero la monarquía democrática (concepto que luego prostituirá Cánovas); es una constitución laicista, pero no laica. Sustantiva, en un país que tiene para entonces una sed de décadas para estas cosas, cosas como la libertad de imprenta. La Constitución española de 1869 la podría haber redactado Francis Fukuyama, porque es una Constitución que busca decretar el fin de la Historia.

Prim le decía a todo el mundo que él tenía la fórmula para que la monarquía, odiosa palabra para la España B, funcionase como a ésta le gustaría sin que por ello la España A se fuese a sentir amenazada. Quizá decía la verdad. Pero tras el incidente de la calle del Turco dio igual; si disponía del bálsamo de Fierabrás para acabar con las dos Españas, se lo llevó con él. Muerto Prim, a la deriva la nave del Estado, la España B que había pactado con los reformistas reclamó su sitio y su oportunidad, y lo obtuvo.

Castelar, uno de los prohombres republicanos españoles, diría años después, cuando un periodista le preguntó si volvería a presidir una república española: «desde luego que lo haría; pero con más guardia civil». De alguna manera, este reformista estaba sustantivando el gran pecado de la España B. Porque si la España A tiene como principal defecto el vivir convencida de que sus postulados son los que deben ser respetados porque sí (porque pertenecen a la esencia de lo español, dirá décadas después José Antonio Primo de Rivera), el principal defecto de la España B es que no sabe refrenarse; en realidad, no quiere.

La España B se ha pasado los últimos doscientos años tratando de hacer en 48 horas lo que otros tardan años en construir. La I República, por ejemplo. Tantas prisas se da que exacerba a los contrarios, que le hacen la guerra, por tercera vez, con saña. Y aún habrá una cuarta guerra carlista; lo que pasa es que la llamamos pistolerismo.

Muerto el sueño de Prim, Cánovas se siente con fuerza moral para cerrar el asunto de las dos Españas de otra manera. Esa otra manera es, básicamente, apostar por una de esas dos Españas. Es cierto que la Restauración es notablemente integradora con los reformistas: Castelar cena muchísimas noches en casa del propio Cánovas. Pero con la España B su actitud es otra. Trata de hacer como que no existe. La Restauración realiza a la perfección su principal misión, que es parar la sangría de las guerras carlistas; deja a la España A sin espacio para dar por culo. Pero radicaliza a la España B. De hecho, los líderes tradicionales de la España B, republicanos más o menos radicales, federalistas avanzados, pierden el machito en manos de unos nuevos tipos que pintan su España de otro color, el rojo y el negro, y le dan otro aire bien distinto.

De nuevo, la intransigencia de la España A fuerza el pacto de los reformistas con la España B. En la segunda década del siglo XX, este pacto triunfa por todo lo alto consiguiendo bloquear la carrera política de Antonio Maura; el famoso ¡Maura, no! que se repetirá, 90 años después, con José María Aznar (en ambos casos, por cierto, con la inestimable colaboración de ambos). La dictadura de Primo de Rivera es el último rabotazo de este montaje de la España A, haciendo como que respetaba a la España B, y que por la fuerza del tiempo, de las circunstancias y del creciente radicalismo de la otra España, se iba de las manos.

Los españoles que traen la República en 1931 no son los políticos. Los políticos se habían reunido meses antes en San Sebastián y apenas habían llegado a dos o tres acuerdos muy generales. Estaban tan desunidos que ni siquiera fueron capaces de organizar juntos un golpe de Estado, hecho que dolorosamente comprobaron en sus pechos (y en el resto del cuerpo) el mesiánico Galán y el muy católico García Hernández. El 14 de abril de 1931 sí que está a punto de cerrarse el asunto de las dos Españas. La mayoría social que sale a la calle a celebrar, como si de un Mundial de fútbol se tratase, está dispuesta a sacrificar particularismos en el altar del progreso.

Sin embargo, ya es tarde. Ya es tarde para unos políticos cuya escuela y gimnasio ha sido el odio al contrario, la voluntad de arrinconarlo.

Las dos Españas encuentran un nuevo arquitecto en Francisco Largo Caballero. Largo Caballero cava una zanja en la tierra y dice: de aquel lado, ellos; de éste, nosotros. Cuanto más grande es la zanja, más contento está Largo. Manuel Azaña, el presunto ecuánime, compra esa fórmula cuando pronuncia la famosa frase de que el bienestar de los suyos es mucho más importante que la seguridad jurídica (pues éste, y no otro, es el significado de su opinión de que todas las iglesias de España ardiendo no valen lo que la vida de un republicano; expresión que, en sí, viene a decir que la vida de un no republicano no vale una mierda).

La República, esto es la España B, no hace nada serio por evitar el enfrentamiento entre las Españas. En la España B hay probablemente muchas personas que piensan que con la mera ejecución de los planes de progreso, simplemente la España A se disolverá como un azucarillo. Pero hay una cosa con la que no contaban. Dentro de la España B hay una España B+, superradicalizada e inmune a la componenda, que no está dispuesta a esperar. Jim Morrison decía: We want the world, and we want it, now! La praxis anarcosindicalista de la II República no se aparta gran cosa de esa frase. El anarquismo es culpable de haber acabado con toda esperanza de que la España B se pudiera haber conformado con gobernar a lo Cánovas, haciendo como que respetaba a la España A. El socialismo marxista no puede permitir que alguien a su izquierda esté dando la impresión ser más radical que él. La República comienza a ahogarse en su propia vorágine de incongruencias.

Desesperada por ello, la sociedad española prueba, en noviembre de 1933, a poner al frente del Estado a la otra España, a ver si éstos han aprendido la lección. Pero la España A apenas hace otra cosa que destruir la labor de la España B. No la atempera ni la matiza; la destruye. Largo está que no cabe en sí de gozo; la zanja es cada día más ancha; acaba de quedar demostrado que él no es el único que la cava. Ya es tan ancha que incluso justifica el golpe de Estado. Octubre del 34. En octubre del 34, la España A y la España B se dicen aquello de las películas del Oeste: tú y yo juntos no cabemos en este pueblo, forastero.

El franquismo es una excrecencia de esta situación. Su resultado. Franco es largocaballerista en el sentido de que se mueve como pez en el agua en ese entorno de dos Españas, una buena, y la otra mala. A todo lo que no huela a España A lo encarcela, lo exilia, o lo condena a una vida de olvido. Mientras la contraversión de Franco sean los militantes de las Españas, el franquismo permanece consolidado. A partir de los años sesenta, sin embargo, surgen de nuevo los reformistas. Los tipos que, desde la clandestinidad interior y desde el propio Movimiento, dicen: vamos a acabar con esto de una puta vez. En El Pardo, una España barrita: nada sin el Movimiento. En Toulouse, la otra himpla: nada sin la República. A ambas visiones ciegas acabará por pasarles la Historia por encima.

Eso es la Transición: las dos Españas, Manuel Fraga y Jordi Solé Tura, firmando al pie del mismo contrato, donde dice: «los socios comanditarios». Ambos socios, el A y el B, se han puesto en el pasado multitud de demandas y juicios aún pendientes. Pero en una cosa que se llama Ley de Amnistía, ambos se comprometen a retirar esas acciones legales.

Algunos optimistas creímos en su día que la Transición había sido un proceso más perfecto de lo que, por lo que se ve, realmente ha sido. Las dos Españas han terminado por renacer, porque ni el largocaballerismo ni el franquismo están muertos. Las deudas que ambas partes dicen tener pendientes no se las inventan. Están ahí, son. Pero es que seguimos sin entender que, como decía más arriba, el oxígeno de las dos Españas no son las diferencias ideológicas ni la existencia de conflictos entre las partes. El oxígeno de las dos Españas es la voluntad de resolver dichas diferencias mediante la victoria total, anulante, aplastante, sobre el contrario. Las dos Españas no surgen en el momento que alguien decide que sólo va a comer verduras; surgen el día que ese mismo vegetariano decide que al que come carne hay que motejarlo de hijoputa, de desecho social, de civil colaborante con el lobby de los mataderos, de lo que haga falta, para que ese tipo se coja sus filetes, su cuchillo, su tenedor y su bote de mostaza, y se vaya de España.

España, sin embargo, es de todos. Y lo que hay que hacer, cada día si es preciso, es tirarse a la zanja, cuantos más mejor. Tal vez así llegue el día en que no haya zanja.

lunes, julio 12, 2010

La mugre

Hola.

Si tienes menos de 35 años y estás leyendo esto, que sepas que lo he escrito para ti. Que no se ofendan mis lectores por encima de esa frontera vital; pero es que hoy toca hablar con los más jóvenes.

Es probable que tú, como yo, pasaras ayer algún tiempo entre las 11 de la noche y las cinco de la mañana danzando y gritando en la calle. Es probable que tú, como yo, no pudieras evitar saltar como en un electrochoque cuando Iniesta lanzó el balón cruzado que ha enviado a La Roja a las páginas de la Historia. Es probable que ambos hayamos estado anoche apenas a unos metros de distancia, celebrando lo mismo y de la misma manera. Y, sin embargo, entre tú y yo hay una diferencia fundamental. Tú no te has sacudido la mugre, y yo sí.

Me gustaría poder explicarte por qué, para muchas generaciones de españoles, lo que pasó ayer es tan importante. Tiene que ver, desde luego, con ser los mejores y todo eso. Con la admiración deportiva. Pero tiene que ver también con otras cosas. El gol de Iniesta nos ha sacado de encima una espesa mugre de décadas.

Madrid ha batido en estos días su récord de banderas españolas por metro cuadrado. El anterior récord se estableció el 1 de octubre de 1975, durante la manifestación que se convocó en la plaza de Oriente para exteriorizar el apoyo de los españoles al dictador Francisco Franco. Franco, para entonces un anciano debilitado que pronto tendría un infarto que inclinaría el plano de su vida hacia abajo sin remisión, acababa de hacer lo único que sabía: reaccionar a las agresiones agrediendo. Convencido de que la forma de acabar con el terrorismo era la represión, y contra el parecer del mundo entero, había decidido el fusilamiento de tres terroristas del FRAP y dos de la ETA, si no recuerdo mal. Un millón de españoles según la propaganda oficial (ya el franquismo tuvo esta habilidad de meter volúmenes imposibles en escasos metros cuadrados) dieron vivas a Franco mientras decía que todo lo que le ocurría a España era fruto de la conspiración judeomasónica internacional. Se cantó el Cara al Sol brazo en alto.

La mera reflexión sobre los dos motivos, tan diferentes, que han llevado a las personas a salir a la calle, en 1975 y en el 2010, a ondear su bandera, es la mejor demostración de en qué medida, y en qué dirección, se ha producido el cambio de España en estas últimas décadas. Media España, la que tiene más de 40 años, tiene un trauma provocado por el franquismo que le impide valorar lo que el franquismo dio por bueno. Esto ha afectado, sin duda alguna, a la bandera. La bandera de España se ha convertido, durante un tercio de siglo, en cosa de fachas. El único delito que ha cometido esta combinación de colores, como digo, es que Franco juró morir por ella.

Y ayer nos hemos quitado esa mugre de encima.

Otra cosa que nos trajeron las cuatro décadas de franquismo fue una admiración desmedida por lo extranjero. Cuando la Opel-General Motors quiso establecer una fábrica más en Europa, se fijó en España, en Aragón y en un lugar llamado Figueruelas. Allí, en efecto, estableció una factoría de cuya productividad y eficiencia no parece que pueda tener muchas quejas. Pero esos mismos directivos de la Opel que estaban encantados produciendo en España, cuando trataban de vender esos coches a los españoles, lo hicieron inventando el eslógan Ingenería alemana a su alcance. De haber cambiado, en el eslógan, alemana por española, no habrían vendido ni una triste bicicleta, y lo sabían.

La era de Franco nos enseñó que el futuro prometedor estaba en el ámbito internacional. Primero fue el Plan Marshall que, como genialmente filmó Luis García Berlanga, nunca llegó. Luego, entrar en la ONU. Con los años sesenta, llegó el mantra de ser miembros de la Comunidad Económica Europea. El exilio de la posguerra y un ambiente intelectual interior difícilmente respirable, sobre todo en los primeros años del régimen, hicieron que España perdiese comba de muchas cosas. En descargo del franquismo hay que decir, en todo caso, que la actitud hispana de despreciar el avance es muy anterior. Pero, por unas cosas o por otras, poco a poco la España del siglo XX, a pesar de su desarrollismo, se convirtió en un niño de origen modesto asomado a los Pirineos, observando a sus vecinos europeos vivir como cresos. El sueño de irse allí a ganarse un buen pedazo del pastel se convirtió en un sueño colectivo, casi nacional. Eso los menos pudientes. Las clases medias, por su parte, soñaban con poder pasar la frontera para poder ver El último tango en París, o cosas parecidas.

España, desde la carta de Fernando María Castiella hasta tu integración definitiva, estuvo un cuarto de siglo esperando a ser admitida en Europa. 25 años esperando una primera cita es como para que acabes magnificando sus resultados e imaginando que la chica con la que te vas a ver es la más guapa del mundo. Muchos politólogos destacan el hecho de que el nivel de consenso europeísta existente en la sociedad española es algo inusitado; es así porque otros países, tal vez, no están tan acostumbrados como nosotros a admirar lo no-español.

En los libros de texto que yo estudié en el colegio se destacaban con tintes encomiásticos dos hechos: que en España estaban las mayores minas de mercurio del mundo (Almadén); y que España era el mayor productor mundial de aceite de oliva. Y aquí terminaban nuestros méritos. Luego estaban los demás con sus salchichas, sus coches, sus ordenadores, sus trenes puntuales, sus minifaldas, su libertad de expresión y sus revistas con tías enseñando las tetas. Que yo recuerde, la primera mujer que se desnudó (a medias) en la portada de una revista española fue Victoria Vera en una que se llamaba Papillón. En mi colegio (130 alumnos en el curso) había un ejemplar, y su dueño lo alquilaba a dos pesetas el cuarto de hora.

¿Cómo íbamos siquiera a soñar con ganarles en algo? Ciertamente, Massiel marcó una muesca; pero nosotros seguíamos siendo los parientes pobres. Todo lo extranjero, por definición, era mejor. Josele, un excelente humorista, llenaba las salas de fiesta con un sketch en el que un andaluz hablaba por teléfono con otro andaluz, emigrado a algún otro país del mundo, y le gritaba: ¡Vente p'a España, tío! Decir eso, en la adolescencia y juventud de las gentes de mi generación, era el equivalente del ¿Qué passa, Neng? de hoy en día.

¿Once españoles ganándole a once alemanes, a once holandeses? Estás de coña. Nosotros ni aspirábamos a eso. España era todo lo que no eran esos países y, consecuentemente, ellos eran todo lo que nosotros no éramos. Eso sí, Rusia era otra cosa. A Rusia le habíamos marcado el famoso gol de Marcelino. Y te parecerá acojonante pero, sí, se puede vivir más de diez años recordando sólo un gol, que ni siquiera se marcó en una final. Porque nosotros, amigo mío, nosotros no llegábamos a las finales.

Ayer por la noche, o al menos eso espero, nos hemos sacudido la mugre. La mugre de estar en constante conflicto con nosotros mismos. La mugre de no querernos. La mugre de asumir, de entrada, que sólo somos side shows de la Historia. La mugre de creer que no merecemos la ambición.

Ya ves. Tú saltabas, con la botella de champán en la mano, pensando que sólo saltabas porque Iniesta metió un gol. Pero, aunque no lo sepas, también saltabas por todo esto.

viernes, julio 09, 2010

Monegascos

Hace ya algunos días, al mundo del papel couché se le han puesto los dientes largos con el anuncio de una nueva boda real: la del príncipe Alberto de Mónaco. Las redacciones de las revistas y los programas televisivos de casquería moral saben, además, que esta boda no es cualquier boda real. La monarquía monegasca ejerce una atracción especial en los amantes del glamour; en realidad, es la única atracción que tienen estos reyes que reinan sobre un pequeño territorio que vive del juego. El Las Vegas auténtico tuvo en el mafioso Bugsy Siegel su rey, pero en Europa las cosas están organizadas de otra manera.

Lo curioso, o tal vez destacable, de esta historia, es que la propensión de la corona monegasca hacia el escándalo y el movimiento de parejas no tiene nada de nuevo. Aquí os voy a intentar resumir los porqués de tal afirmación.

Pero, en primer lugar: ¿por qué existe la corona monegasca? Para encontrar los orígenes de la dinastía Grimaldi hay que llegar a Otón Canella, que en 1133 era cónsul de Génova y tenía un hijo llamado Grimaldo que daría nombre a la casa real; de donde se deduce que los reyes de Mónaco no se llaman Los Manolos por pura casualidad. Los descendientes de Grimaldo, Rainiero y Carlos, eran a principios del siglo XIV almirantes de la flota francesa. Eran tiempos en los que las tierras se compraban, y de esta manera los hermanos compraron las pedanías de Mónaco, Menton y Roquebrune, proclamándose señores de Mónaco. Conscientes de ser, como dice la canción, algo pequeñito, los monegascos sobrevivieron a los siglos mediante alianzas, ora con Génova, ora con Florencia, ora con el Vaticano o con España. En 1641, sin embargo, concluyeron una alianza con Francia. Desde principios de este siglo, bajo Honorato II, los soberanos de Mónaco eran ya príncipes, como actualmente. En 1731 se hizo uso por primera vez de la previsión dinástica para los casos en que el soberano muriese sin hijos varones. Es lo que le ocurrió a Antonio I. En estos casos, según las constituciones monegascas, la corona es heredada por la hija de mayor edad, pero en realidad la condición principesca recae en su marido, quien por lo tanto debe renunciar a su apellido y tomar el de Grimaldi. Así pues Luisa Hipólita, merced a estas previsiones, se convirtió en la mujer del príncipe, su marido Jacobo de Goyon-Matignon, desde entonces Jacobo I Grimaldi.

La Revolución Francesa puso a los Grimaldi en fuga, pero regresaron en 1814.

Los príncipes de Mónaco son duques de Valentinois, marqueses de los Baux, condes de Carladès, barones de Buis, duques de Mazarino, señores de Saint-Rémy y de Matignon, condes de Thorigny, barones de Saint-Lô, barones de la Luthumière y de Hambye, duques de Estouteville y de Mayenne, príncipes de Chateau-Porcien, condes de Ferrete, de Belfort, de Than y de Rosemont, barones de Altkirch, señores de Isenheim (¿no os suena este título a nobleza Rohirrim de El señor de los anillos?), marqueses de Chilly, condes de Longjumeau, marqueses de Guiscard y barones de Massy. Están, lo que se dice, en la puta calle.

Regresemos a los finales del siglo XVII. Allí encontramos a Luis I de Mónaco, bajo el reinado de Luis XIV. Luis está casado con Catalina Carlota de Gramont, a quien, como tantas otras de su clase, le han impuesto dicho matrimonio. Ella quería haberse casado con el apuesto hijo del conde de Lauzun, futuro duque de Puyguilhem y primo suyo. Los tres primeros años de dicho matrimonio transcurren en París. Catalina Carlota ha sido designada para el gabinete de Enriqueta de Inglaterra, cuñada del rey de Francia. Aunque, en realidad, permanece en la capital para así tener tiempo de zumbarse a su primo. Al príncipe Luis esta situación no le hace demasiada gracia, motivo por el cual decide llevarse a su esposa a Mónaco, o sea el culo del mundo. Puiguilhem sigue a la carroza de su amante disfrazado hasta la misma raya del principado, momento en el que tiene que darse la vuelta. Luis, dueño absoluto de su esposa como era costumbre en aquellos tiempos, encierra a su mujer en una vida provinciana, más que aburrida, plana. Pero un día, acosado por el déficit público (no había ruleta entonces), decide imponer un peaje a los navegantes que pasan por su puerto, y éstos protestan a París. Luis tiene que enviar allí a un embajador con capacidad de convicción, y no se le ocurre otra idea que enviar a su mujer.

Parece una decisión estúpida, pero no lo es. Quizá Luis conoce mejor al rey de lo que pensamos, y sabe lo que va a pasar. En efecto: en cuanto Luis XIV pone los ojos en Catalina Carlota, se prenda de ella y empieza pensar en cómo hacérselo para pinchársela. Tanto es así que, al aparecer la competencia de Puyguilhem, le ordena un traslado militar para quitárselo de enmedio, ante lo cual el primo se muestra dispuesto a dimitir del ejército y se coje un rebote de tal calibre que, días después, en una fiesta palaciega, le pisa una mano, con toda la intención, a su otrora amante.

Catalina Carlota, que aparece en los retratos de época con una cara bonita y labios carnosos pero, la verdad, más bien tapona y tirando a botijo, logra del Rey Sol todo lo que interesa. Luis consigue mantener sus peajes y sabe dios los encuentros que consigue ella; pero el caso es que los esposos monegascos acaban por separarse en 1672, iniciando con ello la de momento interminable serie de separaciones y divorcios de esta casa real.

Bastante más buena que Catalina Carlota estaba María de Lorena, hija del conde de Armagnac (por lo que podemos decir que tendría una belleza embriagadora), que se casó en 1688 con el heredero monegasco, conde de Valentinois, futuro Antonio I. Antonio era alto, corpulento y bien parecido; pero su mujer lo trataba como si fuera Torrebruno recién salido de una piscina de ácido. El marido hizo lo mismo que su predecesor, así pues castigó a su mujer encerrándola en Mónaco; ella contestó creando un escándalo mayúsculo al acusar a su suegro, para entonces ya provecto, de haber intentado violarla. Fruto de este escándalo fue devuelva a París, donde su padre la encerró en vida sin prácticamente dejarla salir de casa. Allí moriría en 1724, provocando con sus conflictos que la casa Grimaldi estuviese falta de un heredero varón, por lo que hizo falta encontrar un candidato que se quisiera casar con la joven Luisa Hipólita. La elección recayó finalmente en el conde de Matignon, que pasó a serlo de Valentinois.

Jacques de Matignon vivió en París mientras vivía su mujer, que estaba muy empeñada en ser la soberana de Mónaco. A la muerte de ésta, sin embargo, regresó a Mónaco para reinar como Jaime I. Sin embargo, algo en toda esa historia debía de no gustarle , porque en 1733, dos años después de haber sucedido a su mujer al frente del principado, recuperó su viejo condado y abdicó en la persona de su hijo Honorato.

Este Honorato III, pese a ser monegasco, era un punto filipino. Tenía una amante, la marquesa de Brignoles, por la que bebía los vientos. Tenía tantas ganas de empotrársela que, cuando fue presionado para casarse y dar descendencia a la dinastía , no se le ocurrió mejor idea que hacerlo con Marie Cathérine, la hija de su churri. Una vez casado, la niña le gustó y se dedicó a cortejarla, con lo que la madre se cogió un ataque de cuernos. No obstante, cuando llegaron a París, Marie Cathérine encontró especialmente interesantes los huesos que componían el esqueleto del príncipé Louis-Joseph de Bourbon-Condé. Cuando Honorato se enteró de que su mujer se zumbaba al noble, la encerró en un cuarto y le dio una mano de hostias. La mujer huyó a un convento. Asistida por su amante, hombre muy influyente, le puso una demanda al marido y consiguió que un tribunal dictase la separación del matrimonio. Fusioso, Honorato llegó a condenar formalmente a su mujer a muerte.

Honorato III y su familia fueron detenidos durante la Revolución, y Mónaco convertido en una subprefectura de los Alpes Marítimos. Al morir Honorato, heredó la jefatura real su hijo Honorato IV, epiléptico, casado con Luisa Felicidad, y que tenía dos hijos, Florestán y Honorato, que pasaban completamente de su destino real.

Al terminar la revolución, Talleyrand, gran amigo de Honorato IV, le restituyó el Estado de Mónaco, aunque el rey no salió de París, donde moriría tras caerse al Sena. En todo caso, después de Waterloo, Mónaco despertó el interés de la naciente potencia de Lombardía, la cual invadió la roca en nombre del rey de Cerdeña. Mientras tanto, a Honorato IV le sucedía Honorato V, su hijo, quien como dijimos no tenía demasiadas ganas de ser príncipe. A su muerte, en 1841, y puesto que no tenía hijos, le sucedió su hermano Florestán, de profesión cantante, casado con otra cantante y bailarina, Caroline Gibert.

Aunque no lo sé con certeza, supongo que la Gibert es la responsable de que la primogénita de Rainiero Grimaldi se llame Carolina. El hecho es que Carolina fue la princesa de facto, puesto que Florestán ni servía para ello ni tenía intención de intentar servir. Y no lo hizo mal, a pesar de tener que lidiar con un periodo especialmente tumultuoso en toda Europa, el de la quinta década del siglo XIX, en el cual también hubo tumultos en Mónaco, fundamentalmente porque sus habitantes se sentía discriminados fiscalmente respecto de los sardos. La pareja principesca otorgó una constitución, pero ni aún así pudo evitar la rebelión de Menton, que estableció un gobierno propio y, junto con Roquebrune, se independizó de facto. Florestán, finalmente agobiado por sus problemas, abdicó en su hijo , entonces casado con Antoniette de Merode, quien reinó como Carlos III.

Carlos III tuvo que enfrentarse a la desastrosa situación financiera de Mónaco. Ayudado por su inteligente madre Carolina, inició diversos proyectos, que tuvieron suerte variada, aunque no muy buena. Fue Carlos III (o Caroline) quien, finalmente, albergó el proyecto de convertir Montecarlo en una casa de juego. Pero lo cierto es que los primeros promotores de la cosa, Aubert, Langlois y después un tal Daval, se arruinaron con ello.

En 1860, el condado de Niza votó su anexión a Francia. Menton y Roquebrune, los dos territorios rebeldes, votaron lo mismo, con lo que Mónaco quedó aislado en un mar francés; fruto de ello fue la pragmática decisión de Carlos III de pedir la protección de Francia. Francia, en generosa respuesta, le compró Menton y Roquebrune.

En 1863, llega a Montecarlo el empresario François Blanc, que es quien verdaderamente inventa el Montecarlo moderno.

Otro miembro de la dinastía, que reinaría como Alberto I de Mónaco, se casó con María Victoria de Beauharnais. Mira que ha habido matrimonios tormentosos en Mónaco, pero ése se lleva la palma. Los esposos incluso discutían en plena calle, como una vez en pleno paseo de los Ingleses de Niza, cuando se dijeron de todo menos ectoplasma. Alberto acabó cogiendo una carta que guardaba de Napoleón III conminándole a casarse con Victoria y la envió al Vaticano, el cual anuló el matrimonio aceptando el argumento de que se había producido con coacciones. En Mónaco siempre han sido muy hábiles convenciendo a Roma de la necesidad de anular matrimonios.

Tras su anulación, Alberto I se convirtió en el primer príncipe de Mónaco que sentó a una americana en el trono. Se casó con una mujer que dicen muy bella, Alice Heine, viuda del duque de Richelieu; poco después, al morir Carlos III, accedieron al trono. A Alberto, sin embargo, le interesaba mucho más el fondo de mar que el fondo de la persona de su mujer. Se pasaba días enteros con su buque oceanográfico (que, para más coña, llevaba el nombre de su señora) mientras que su consorte se comía los mocos en palacio. Al final, la americana se divorció.

Así llegó la corte monegasca hasta Rainiero, el hombre que, según cuenta la leyenda, probablemente, falsa, se encontró por casualidad en un pasillo del palacio con una mujer americana, la actriz Grace Kelly, que lo visitaba dentro de un grupo de turistas, y se lo enseñó personalmente, durante lo cual se prendó de ella. Es más que probable que él invitase a la Kelly a visitar el palacio cuando algo ya había entre los dos. Grace era hija de un magnate americano de la construcción y actriz de éxito, merced a su indudable belleza y, sobre todo, a una mirada muy especial, que las mujeres dirán hermosa y los hombres calentona. Rainiero se prendó de ella y se fue a Estados Unidos, oficialmente a hacerse un chequeo, aunque en realidad fue a negociar con el constructor y a terminar de cortejar a su amada.

Rainiero de Mónaco y Grace Kelly vivieron una historia de cuento de hadas, una especie de Cenicienta del siglo XX, que enamoró a dos o tres generaciones de europeos; mito al que puso la guinda la desgraciada muerte de la princesa en accidente de tráfico. Sin embargo, la historia de la monarquía monegasca está llena de escándalos y, aunque los príncipes siempre fueron muy cuidadosos de evitarlos, no pudieron sortear el hecho de que los hijos, y sobre todo las hijas, les saliesen un poco ranas. Tuvieron una hija que fue en su tiempo, probablemente, una de las hembras más hermosas del continente. A Carolina, sin embargo, le costó bastante sentar la cabeza, llevó una vida un tanto desenfrenada que cristalizó en su boda con Philippe Junot; el primer hombre, dicen, que, lejos de sentirse impresionado por su belleza, se decidó a destacarle sus defectos. El matrimonio Junot fue la leche, vendió revistas y periódicos a tutiplén, pero fue finalmente anulado. Carolina, si no recuerdo mal, se casó con el italiano Stefano Casiraghi, del que sin embargo enviudó para casarse con Ernesto de Hannover, hoy en día fuente de inspiración de miles y miles de chistes, todos ellos con la misma temática. Con todo, Carolina ha sido superada por su hermana Estefanía, cantante a tiempo parcial, profesional sin oficio conocido el resto del día, y aficionada a las relaciones border line, alguna de las cuales, y esto lo escribo de memoria, creo que incluso le puso los cuernos con cámara delante y todo.

Ahora, el príncipe se nos casa. Y lo hará en una ceremonia en la que le prometerá a su novia amor eterno. Es de suponer que los fantasmas de palacio, cuando tal cosa haga, mirarán para otro lado.

miércoles, julio 07, 2010

La guerra civil bis (y 11)

Nota previa: si todo va bien, pinchando aquí accederás al fichero rtf (así lo dejo para su conversión a formatos de E-book) con el texto completo de esta serie.

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Como afirmaba en mi anterior post, nada es casualidad en los últimos años cuarenta. Son los años en los que se consolida la guerra fría, las negociaciones sobre Berlín van naufragando poco a poco, y los bloques se definen. Para Estados Unidos, hablar de amenaza fascista es como hablarle en el 2010 a casi cualquiera de sentar a Franco en el banquillo. Hasta ese momento, el franquismo ha intentado, y ha fallado. Pero con la creación de la OTAN y el comienzo del despliegue militar USA en Europa, la cosa cambia.


El 11 de enero de 1950 será un señor llamado John Kee el que, por utilizar la expresión de Churchill, haga girar un poquito los goznes de la Historia. Míster Kee, presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes de Washington, declara públicamente que los EEUU deben establecer unas relaciones diplomáticas normales con España. Su argumento es que, sin España, la Europa occidental está incompleta. ¿No era España un país fascista? Bueno, sí, nos dice Mr. Kee; pero si «modifica su régimen y rectifica sus métodos armonizándose con el resto de Europa», ya la cosa cambia. A partir de ese mismo día, de esa misma declaración, los franquistas de trinchera, los ideólogos que ganaron la guerra, comienzan a perder terreno dentro del aparato de la Administración, en favor de los llamados tecnócratas, bien cobijados bajo el ala del almirante Carrero. La misión de estos tecnócratas, mayoritariamente reclutados en las filas del Opus Dei, será construir un régimen franquista con pinta de respetable. Ésta, y no otra, es la razón de su pujanza.

Casi simultáneamente a las declaraciones de Kee, Dean Acheson, secretario de Estado, declarará ante la Comisión de Asuntos Exteriores del Senado que los EEUU están dispuestos a enviar un embajador a España en cuanto la ONU modifique su acuerdo de 1946. Argumenta Acheson, y no le falta razón, que la retirada de los embajadores, lejos de debilitar a Franco, lo ha consolidado, entre otras cosas, remacha, porque no se ve qué gobierno lo puede reemplazar; lo que es una clara alusión al patio de Monipodio en que se ha convertido el antifranquismo, con un teórico gobierno democrático en la sombra al que buena parte de sus «súbditos» teóricos dan por muerto.

Por si no estuviese suficientemente claro, Acheson termina su perorata anunciando algo que es fundamental: la disposición de los EEUU a darle a Franco créditos suficientes para sus proyectos económicos. La respuesta de Albornoz es premonitoria. «La actitud de los Estados Unidos respecto al régimen franquista», dirá, «aportará más que cualquier otro acontecimiento internacional una ayuda preciosa a los comunistas de la península». En esto acierta el viejo zorro republicano. A partir más o menos de ese momento, comunismo y antifranquismo comenzarán a ser, cada vez, más sinónimos.

Perú, Bolivia, Costa Rica y Colombia envían su «enterado» del mensaje de los EEUU mediante el gesto de designar embajadores en Madrid. Panamá rompe relaciones con la República.

De culo, y contra el viento.

Estalla la guerra de Corea. El 1 de agosto de 1950, un portavoz de la embajada española en Washington declara la total solidaridad de la España de Franco con Estados Unidos. Ese mismo día, el Senado aprueba créditos de 4.700 millones de dólares a naciones amigas para rearmamento; el conflicto coreano le ha enseñado a la Casa Blanca que la Guerra Fría se puede calentar, así pues los americanos quieren que sus gentes tengan con qué defenderse. El senador demócrata por Nevada Pat McCarran propone que 100 millones se dirijan a España. La propuesta se aprueba, aunque mediando un tecnicismo para impedir que la pasta venga propiamente del Plan Marshall. Acheson expresa su oposición a la medida porque, dice, Franco no ha dado pasos democratizadores. El 3 de agosto, Truman se expresa en los mismos términos. El Senado, no obstante, envía el proyecto a la Cámara, la cual aprueba un crédito de 62,5 millones de dólares. Truman sigue oponiéndose... pero no hace uso del veto presidencial.

Los países latinoamericanos conservadores, notablemente la República Dominicana y Perú, inician una ofensiva para lograr que en la próxima Asamblea de la ONU se incluya la eliminación el acuerdo del 46. El Comité Político de la Liga Árabe, asimismo, vota la reinstauración de relaciones diplomáticas con España.

La quinta Asamblea General de la ONU comienza en Flushing Meadows el 19 de septiembre. El 21, se aprueba la inclusión de la cuestión española en el orden del día. Eso sí, la cuestión, cómo no, se remite primero a una Comisión ad hoc. En esos días, siete de los más afamados escritores franceses: André Gide, Louis Martin-Chauffier, Paul Rivet, Jean Cassou, Albert Camus, Claude Aveline y Jean Marie Domenach, firman un manifiesto a favor de la República española.

En la Comisión de la ONU, que comienza a trabajar el 27 de octubre, los latinoamericanos conservadores y Filipinas presentan una proposición que incluye la abrogación de la decisión del 46 y el permiso para que España pueda formar parte de las organizaciones internacionales de la ONU, como Unicef, la FAO... El 31 se vota y es aprobada con los votos afirmativos de: Afganistán, Argentina, Bélgica, Bolivia, Brasil, Canadá, Chile, China, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, Egipto, El Salvador, Grecia, Haití, Honduras, Islandia, Persia, Irak, Líbano, Liberia, Países Bajos, Nicaragua, Pakistán, Panamá, Paraguay, Perñú, Filipinas, Arabia Saudita, Siria, Tailandia, Turquía, Unión Sudafricana, EEUU, Venezuela y Yemen. Votan en contra: Bielorrusia, Checoslovaquia, Guatemala, Israel, México, Polonia, Ucrania, URSS, Uruguay y Yugoslavia. Abstenciones: Australia, Birmania, Cuba, Dinamarca, Etiopía, Francia, India, Indonesia, Nueva Zelanda, Noruega, Suecia y Reino Unido.

Este voto, que se repitió en la Asamblea, fue calificado de ultraje por los republicanos. Prieto es el primero en reaccionar. El 3 de noviembre, desde San Juan de Luz, envía al PSOE una carta en la que reconoce su absoluto fracaso, se acusa de «haber inducido a nuestro partido a fiarse de poderosos gobiernos democráticos que no merecían esa confianza», y dimite. Llopis, secretario general del PSOE, envía una carta encabronada a la COMISCO en la que, entre otras cosas, ruge: «Ni un solo país de Europa dirigido por socialistas ha votado contra Franco».

Albornoz dimite el 30 de noviembre, aunque siguió en el puesto (claro que, ¿en qué puesto, exactamente?) hasta el 8 de julio de 1951. El 13 de agosto, Martínez Barrio encarga la formación de nuevo gobierno al político leonés Félix Gordón Ordax. Por mucho que lo intentó, Gordón no pudo formar un gobierno de partidos, sino de personas. Los partidos, para entonces, estaban o agotados, o cabreados, o ambas cosas. El gobierno Gordón es:

  • Presidencia y Hacienda: Félix Gordón Ordax.
  • Estado: Fernando Valera.
  • Justicia: Juan Puig y Ferreté.
  • Acción en el Interior y en el Exilio: Julio Just.
  • Información, Propaganda y Archivos: Eugenio Arauz.
  • Asuntos militares: general Emilio Herrera.
  • Ministros consejeros: José María de Semprún (Roma); José Antonio Balbontín (Londres); y Victoria Kent (Nueva York).

El 17 de noviembre de 1952, la España de Franco ingresa en la UNESCO. El 28 de agosto del año siguiente, el Vaticano firma un concordato con Franco. Un mes más tarde, el 26 de septiembre, Alberto Martín Artajo, ministro franquista de Asuntos Exteriores; y James Clement Dunn, embajador de EEUU en España, firman el primer pacto que acabará sellando el levantamiento de bases americanas en territorio español. Franco cobra pasta por eso. Pero cobra más. En enero de 1955, España recibe estatus de observador permanente en la ONU. José María de Areilza, embajador en Washington, sondea la opinión de la URSS sobre una entrada de España en la ONU. La respuesta de Moscú es que si los países occidentales le apoyan en algún que otro ingreso más, no pondrá problemas.

En la X Asamblea, celebrada en Nueva York, se celebra una primera transacción: la entrada de Austria, Portugal e Italia (candidatos occidentales) a cambio de Bulgaria, Hungría y Rumania (candidatos de la URSS). A Gromiko todavía se le ha quedado fuera Mongolia. Negocia el apoyo de los países latinoamericanos. Éstos piden un precio. Y el precio es Franco.

Gordón Ordax se multiplica. Envía decenas de cartas y telegramas a todos los países amigos. Incluso envía un mensaje desesperado a Molotov solicitando el veto de la URSS a la entrada de España. Inútil. Moscú y Washington ya han llegado a un acuerdo en la entrada de 16 países, entre ellos España. En la sesión del 14 de diciembre de 1955, España recibe 55 votos a favor de su ingreso, cero negativos y la abstención de Bélgica y de México.

Franco ha alcanzado, también esta vez, sus últimos objetivos en la guerra civil bis.



En este momento en que dejamos a la República española en el exilio bajo la batuta de Félix Gordón, quizá su último mohicano de primera fila, presta a vivir, a partir de ese momento, una existencia fantasmagórica que culminará en 1977 con una autodisolución que ya no le interesa a nadie; en este momento en que terminamos estas notas, digo, quizá sea momento de recapitular un poco y preguntarse por qué Franco ganó la guerra civil bis.



Pues bien: Franco ganó la guerra civil a secas, en buena parte, a causa de los errores de sus contendientes. Y en la guerra civil bis ocurrirá esto mismo.

La República en el exilio pecará de irredenta. Menos presionados que sus compañeros de interior, que viven con el aliento de la Brigada Social franquista en sus nucas, los exiliados españoles, con la sola excepción del prietismo y algunos anarquistas, permanecerán refractarios a la idea de que cualquier solución que eche a Franco es válida. No es lo mismo querer que se vaya Franco que querer que vuelva la República. El segundo de estos deseos introduce un pie forzado que no gusta en aquellas cancillerías que tienen que dar su nihil obstat al proyecto. La República, tal y como era en 1936, pudo regresar a España si, como esperaba Negrín, la segunda guerra mundial hubiese estallado antes de terminar la civil española. Una vez que eso no ocurrió, lo mejor habría sido olvidar la posibilidad. Sin embargo, los políticos republicanos hicieron exactamente lo contrario.

La República en el exilio pecó de desunida y, al mismo tiempo, no supo desunirse lo suficiente. A pesar de que los intentos de todos sus gobiernos es ser integradores y meter a todo el mundo en el saco, sus divisiones son evidentes casi desde el principio, y está el gran problema del comunismo. Muchos republicanos fueron reacios a echar al PCE del nido del cuco, lo cual les distanció de aliados naturales que querían hacer precisamente eso. Como consecuencia, los amigos de la República escuchaban historias diferentes según quién les hablase, y por eso Dean Acheson pudo acabar por decir que acabar con Franco plantearía el problema de su sustitución. Esta desunión republicana, además, dio alas al monarquismo español, que operó en todo este proceso como fuerte elemento distorsionador.

Porque, efectivamente, en este proceso hay tres grandes elementos distorsionadores.

El primero es Juan de Borbón, un tipo que juega a una cosa los años pares, y a otra los impares. Un hombre para el cual la reinstauración de la monarquía en España era, cuando menos en los años aquí relatados, sideralmente más importante que la reinstauración de las libertades. El monarquismo puso al antifranquismo caliente caliente y luego le echó un balde de agua helada, a cambio de un pacto etéreo que Franco administró durante veinte años. Al monarquismo español le faltó esa misma capacidad de sacrificio de la que careció el republicanismo. Ninguno de los dos estaba dispuesto a dar su brazo a torcer para que volviesen las libertades a España.

El segundo son los comunistas. Los comunistas distorsionaron la República durante la guerra civil y siguieron haciendo lo mismo durante la guerra bis. Hasta mediados de los cincuenta, cuando agotados ellos mismos y bajo el paraguas de una URSS que ya no está dispuesta a dejarse muchas plumas puteando a Franco, se caigan del guindo y desarrollen la teoría de la reconciliación nacional; hasta entonces, digo, el comunismo español trabajará, aún a su pesar, en contra de la normalización democrática de España casi con tanto denuedo como el propio Franco. Están pero no están. Colaboran pero no colaboran. Apoyan soluciones pacíficas pero mantienen el recurso a la violencia. Y dañan al republicanismo, que nunca logrará dejar de ser sospechoso ante quienes acabarán por preferir el franquismo.

El tercer gran elemento distorsionador es Franco. Franco es tenido por su exilio como un hombre sin recursos internacionales tras el final de la guerra mundial. No hay que reprochárselo; yo hubiera pensado lo mismo. Pero el franquismo es infravalorado por sus enemigos; sigue, en parte, siéndolo hoy, de hecho. Los comunistas que invaden España por los Pirineos en 1944 forman doce divisiones con 500 hombres, que vienen a ser dos compañías. Lo hacen así porque están convencidos de que, horas o días después de comenzar su acción, habrán formado las doce divisiones con los voluntarios que se les van a unir espontáneamente. Lo que encuentran es un país que les apedrea y ayuda todo lo que puede al ejército enviado a apiolárselos. España, por comodidad, por atavismo, por miedo, por lo que sea, está con Franco. Le sigue en su etapa fascista, y le sigue en la no-fascista.

Entre 1946 y 1955, Franco juega sus cartas y maneja los tiempos setenta mil veces mejor que cualquiera de sus contrincantes. Probablemente, desde muy pronto sabe que ni Londres ni Washington están por la labor de echarlo a patadas de España; ésa es su seguridad. La partida de la guerra civil bis es una partida de mus en la que Franco lleva la de perete, pero se las ha arreglado para ver la seña de su compañero, así pues envida con el solomillo que el otro, que además es mano, lleva. Por lo que se refiere a la República institucional y al tan bienintencionado como ambiciosamente torpe Prieto, cada descarte apenas consiguen ligar jugadas mediocres. Y, además, todo dios les ve las cartas. No se puede ganar al póker a una mesa de cabrones sin algún as en la manga. Para un as que tuvieron, el acuerdo con los monárquicos, se fue perdiendo el culo al yatecito de Franco, y si te he visto no me acuerdo.

¿Podrían haber sido las cosas de otra forma? Sinceramente, creo que no. Pero ésa es sólo mi opinión.

lunes, julio 05, 2010

La guerra civil bis (10)

El 25 de agosto de 1948, en un yate propiedad de un industrial vasco y acompañado por un pequeño séquito, Juan de Borbón se acercó al yate Azor, la nave usada por Franco en sus vacaciones, anclado a corta distancia de la costa de San Sebastián. Dos destructores acompañaban al barco de Franco, y su marinería presentó armas al Borbón, tanto al pasar al yate como al salir de él. Franco y Juan de Borbón departieron durante tres horas. En el curso de dicha entrevista, el jefe del Estado le ofreció al jefe de la casa real española designar algún día a su hijo Juan Carlos como heredero del trono, lo cual vendría a suponer que a partir de entonces el muchacho tendría un proceso de educación monitorizado por ambas partes. En resumidas cuentas: Franco le ofreció a la casa de Borbón volver a reinar en España a cambio de tener la oportunidad de convertir a su heredero en un franquista.

El Pardo sabía muy bien lo que hacía. La fecha, 1948, no es casualidad. Diez años después del fin de la guerra civil, Franco, para entonces, ha sobrevivido a lo peor del hambre de la posguerra; ha sobrevivido a los planes, más o menos deletéreos, de imponer la monarquía mediante la fuerza simbólica de los generales monárquicos; ha sobrevivido al escrito de 27 procuradores de sus Cortes en favor de la monarquía; ha sobrevivido a las más que probables presiones internacionales, notablemente británicas, a favor de la solución monárquica; y ha sobrevivido al bloqueo internacional. Todo eso sólo se consigue con una cosa que los tiempos actuales, probablemente para evitar lo doloroso de tal asunción, tienden a olvidar e incluso a negar: un fuerte y masivo apoyo popular. El Franco de 1948 es un líder nacional que está muy lejos de estar cuestionado. Que esto fuese así por miedo, por prudencia o por interés de los españoles, sería cuestión de otro post. Lo que más importa aquí son los hechos. Juan de Borbón, a lo largo de la segunda mitad de los cuarenta, se ha ido convenciendo progresivamente del poder y la fuerza sociológicos de Franco y ha decidido, simple y llanamente, pactar con él. Es cierto que en el momento de la entrevista no le da su anuencia al plan propuesto; pero el plan propuesto, al fin y a la postre, se pone en marcha. Y eso es todo un síntoma.

No parece que a Juan de Borbón llegar a dicho acuerdo más o menos tácito con Franco le suponga ningún prurito moral por estar dejando en la estacada a esa facción del republicanismo en el exilio, y del antifranquismo del interior, que aceptó la idea de que era necesario un acuerdo con los monárquicos. La entrevista entre Franco y Juan de Borbón es, por parte de aquél, una jugada maestra, y, por parte de éste, una defección en toda regla. Por lo demás, aunque el entonces jefe de la casa real da toda la impresión de ser persona de limitadas capacidades analíticas, no podían faltarle finos observadores en su entorno que le hiciesen ver que el paso que iba a dar rompería, quizá definitivamente, al republicanismo, diviendo y, por lo tanto, debilitando sus ya magras posibilidades. Así fue. No pocos republicanos irredentos, y por supuesto los comunistas, se podría decir que celebraron la entrevista en lo que tenía de confirmación de que la vía Prieto era una cagada. Por su parte los prietistas intentaron hacer como si que no ocurría nada e incluso forzaron a toda hostia, espoleados quizá por el hecho de que los propios monárquicos se dieron cuenta de lo que habían hecho, el llamado Pacto de San Juan de Luz, en el que ambas partes renuevan su voluntad de colaborar en unos términos etéreos y difusos, como no podía ya ser de otra manera. Prueba del paroxismo intelectual en el que cayó el republicanismo posibilista es la enloquecida afirmación realizada por Prieto en la presentación del pacto, según la cual «si estallase otra guerra mundial, la permanencia de Franco en el poder sería uno de los mayores peligros a los que tendrían que enfrentarse los adversarios de Stalin en el Occidente europeo». Sic. ¿Franco, ayudando, siquiera indirectamente, a Stalin? ¿El mismo Franco que incluso pensó en no acudir a un partido internacional oficial con Rusia en el Bernabéu?

El 21 de septiembre de 1948, en París, se abre la III Asamblea de la ONU. Allí sigue existiendo el bando republicano y el bando comprensivo con el franquismo. Pero está el asunto palestino y su capacidad de arrastre. Argentina, acompañada por algunos países latinoamericanos, trata de poner en marcha una tercera vía, y arrastra con ella a los países árabes, interesados en que las naciones sudamericanas renueven su apoyo a los palestinos. Aún así, la tercera vía no aprece ser suficientemente fuerte, pues no logra designar a su candidato para presidir la Asamblea.

Pero, en todo caso, lo que caracteriza esta Asamblea es la escasez de pronunciamientos sobre España y las pocas ganas que se le notan a los delegados de armar bulla con la historia. Una carta de Albornoz en este sentido fue como tratar de hundir un portaaviones con un merengue. Además, durante el año 1948 habían sido ya varios los países que habían violado el acuerdo de la ONU aún vigente, y habían enviado embajadores a Madrid; tal ocurrió con la República Dominicana, El Salvador, Perú, Bolivia y Paraguay.

El balance de mierda que el republicanismo podía exhibir de la Asamblea de 1948 decidió a Albornoz a dimitir. El 6 de diciembre, Martínez Barrio le encarga de nuevo la formación del gobierno. Éste se constituye el 16 de febrero, claramente diseñado para incrementar su capacidad de influencia internacional, de la siguiente manera:

  • Presidencia y Estado: Álvaro de Albornoz (IR).
  • Vicepresidente y Hacienda: Fernando Valera (UR):
  • Justicia: José Maldonado (IR).
  • Ministro sin cartera y secretario del Consejo: Eugenio Arauz (Partido Federal).
  • Ministros sin cartera con misión en América: Félix Gordón Ordax, general Asensio Torrado y Vicente Sol Sánchez.
  • Ministros sin cartera con misión en Europa: Manuel Serra Moret y José María de Semprún y Gurrea.

En marzo der 1949, y a pesar de la insistencia en sentido contrario de Portugal, España es preterida en la formación de la OTAN, organización en la que, curiosidades de la vida, será un gobierno socialista quien se adhiera. Éste es también el año del golpe de Estado en Venezuela que instaura la dictadura de Pérez Jiménez, giro copernicano con el que el antifranquismo pierde un aliado y el franquismo gana un embajador.

En abril de 1949 se celebra la nueva Asamblea de la ONU, en Lake Success. Albornoz, consciente de que ya pelea para empatar el partido, y eso con suerte, trata de influir en las delegaciones amigas para que toda discusión sobre España se aplace. No lo consigue. En la discusión, se ponen encima de la mesa propuestas que, salvo la pura renovación de la decisión de 1946, se refieren a prohibición de tratados comerciales o determinadas exportaciones, como material de guerra. Brasil, en un movimiento ya agónico para la República, presenta una moción para que la ONU, sin cuestionar la resolución del 46, deje libertad a sus miembros para hacer lo que quieran (cosa que muchos ya están haciendo).

El 4 de mayo, comenzó el debate del asunto en la Comisión Política. La URSS y sus satélites convirtieron pronto la discusión en una dura diatriba de la política de defensa de Reino Unido y EEUU. Por supuesto, Polonia se encargó de presentar una resolución dura, que fue rechazada por una mayoría aplastante. Igual pasó en la Asamblea. Pero la guerra civil bis aún no había terminado porque el franquismo, tal y como pretendía, no había conseguido dejar de ser nación apestada en la ONU y, cuando menos sobre el papel, 1946 seguía en pie.

A la luz de lo que pasó, debió de ser entonces cuando Franco llamó al primo de Zumosol y le susurró al oído: you need me, pal.