viernes, septiembre 11, 2020

Franco y Dios (7: un acercamiento formal)

Como quiera que el tema de España, la República y la Iglesia ha sido tratado varias veces en este blog, aquí tienes algunos enlaces para que no te pierdas.

El episodio de la senda recorrida por el general Franco hacia el poder que se refiere a la Pastoral Colectiva

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Y ahora vamos con las tomas de esta serie. Ya sabes: los enlaces irán apareciendo conforme se publiquen.
Posiciones enfrentadas
Aquel agosto que el Generalísimo decidió matar a los curas de hambre
La tarde que el cardenal Pacelli se quedó sin palabras
O el cardenal no sabe tomar notas, o el general miente como una perra
Monseñor Cicognani saca petróleo de las dudas del general Franco
La nación ultracatólica que no quería ver a un cardenal ni en pintura
No es no; y, además, es no
¿Qué estás haciendo: cosas nazis?
Franco decide ser nazi sólo con la puntita
Como me toquéis mucho las pelotas, me llevo el Scatergories
Los amigos peor avenidos de la Historia
Hacia la divinización del señor bajito
Paco, eres peor que la República
¿A que no sabías que Franco censuró la pastoral de un cardenal primado?
Y el Generalísimo dijo: a tomar por culo todo
Pío toma el mando
Una propuesta con freno y marcha atrás
El cardenal mea fuera del plato
Quiero a este cura un paso más allá de la frontera; y lo quiero ya
Serrano Súñer pasa del sacerdote Ariel
El ministro que se agarró a los cataplines de un Papa
El obispo que dijo: si el Papa quiere que sea primado de España, que me lo diga
Y Serrano Súñer se dio, por fin, cuenta de que había cosas de las que no tenía ni puta idea
Cuando Franco decidió mutar en Franco


Ahora que las posturas, mal que bien, se iban definiendo, el tema de las negociaciones entre Franco y el Vaticano iba a dar un paso importante con la profesionalización de dichas discusiones por ambas partes. Quiere eso decir que tanto la España nacional como el propio Vaticano parecieron darse cuenta, más o menos al mismo tiempo, de que les iba la vida en tener unos negociadores, en el día a día de la discusión, que estuviesen suficientemente caracterizados por la inteligencia y la mano izquierda. Es por esto que ambas partes se movieron en la dirección de poner al frente de sus trincheras a dos personas que, sin duda, tenían cualificación e inteligencia suficiente como para estar ahí.

El Vaticano hubiera querido nombrar nuevo nuncio del Papa ante el gobierno de Burgos en las primeras semanas de 1938. La cosa, sin embargo, se enquistó. La culpa, según algunas instancias habitualmente bien informadas, la tuvo Martínez Anido, el ministro de Orden Público. MA dictó en marzo una nota en la que decretaba la anulación de una disposición del Boletín Oficial del Obispado de Vitoria sobre la utilización del euskera en el culto. La decisión cogió totalmente por sorpresa al episcopado vasco, que contaba, en este tema, con la actitud de Ramón Serrano Súñer, entonces titular de Interior, favorable a la utilización de los diferentes “dialectos de España” en el culto. Esta movida vino a unirse con la del obispo de León y el cabreo sobreactuado con que el gobierno de Burgos había recibido el nombramiento. Por su parte, desde Roma Aycinena informaba de que Pacelli le había dicho a su mujer (la del marqués; Pacelli no tenía más esposa que la Santa Madre Iglesia) que el Papa había parado el nombramiento de un nuevo nuncio porque Franco le había escrito un telegrama a Hitler felicitándolo por haberse apiolado Austria.

A pesar de estas renuencias, cuando Gomá estuvo en Roma a mediados de abril, los altos funcionarios vaticanos le confirmaron que lo de nombrar un embajador en la España de Burgos estaba hecho.

El elegido era monseñor Gaetano Cicognani, que venía de ser nuncio papal en la desgraciada Viena, de la que había salido por piernas cuando habían entrado los alemanes. Cicognani, un hombre bastante inteligente y culto pero, sobre todo, con preclara capacidad para entender motivaciones oscuras y movimientos aparentemente desconectados (un astrónomo en potencia, pues) se hizo famoso por decir “que viene Hitler” cuando en Viena eso no se lo creían más que cuatro y el de la cornamusa. De hecho, para cabreo de los nazis había tenido la previsión de sacar todo el archivo de la nunciatura, que tan caro le podría haber sido a los de la cruz gamada a la hora de repartir alguna que otra hostia (de las suyas) semanas antes de que se produjese el movimiento de anexión. Cicognani era hábil entendiendo al género humano, pero mucho más lo era entendiendo al género humano nazi, que conocía muy bien. Para más inri, nunca mejor dicho pues hablamos de un sacerdote, a don Gaetano no le era nada desconocida España pues, en sus tiempos de diplomático becario, había sido secretario de la nunciatura española con monseñor Francesco Ragonesi, entre 1913 y 1921. Gomá, la verdad, hizo todo lo que pudo para que el nombramiento recayese en Antoniutti; pero el Vaticano quería un nuevo tono para la Nunciatura y yo, ya os digo, creo que no se equivocó en lo absoluto. En mi personal y humildísima opinión, sin negarle a monseñor Antoniutti muchas habilidades, compararlo con Cicognani es como comparar a un aseado carrilero del Getafe con el delantero centro del Manchester City.

En su visita a Roma, Gomá dejó tras de sí un completo informe sobre la problemática de la Iglesia en la España nacional. Al cardenal primado de España le parecía posible, factible y necesaria la negociación rápida de un modus vivendi que incluyese el preaviso de los nombramientos episcopales con una antelación suficiente como para que a Burgos le diese tiempo de expresar pruritos políticos si los tenía. Recomendaba, asimismo, al Papa ser extremadamente equilibrado en el nombramiento de dignidades eclesiales en Cataluña y el País Vasco: debía de huir de sacerdotes marcadamente nacionalistas, pero tampoco caer en la tentación de nombrar aliens de la otra esquina de España.

El modus vivendi , sin embargo, todavía no se podía negociar, pues Churruca estaba todavía esperando recibir respuesta a las consultas que le había lanzado a Jordana cuando éste le había remitido instrucciones que el encargado de negocios consideró demasiado precipitadas (por no decir hijas de un análisis intolerablemente superficial). Burgos se tomó hasta los primeros días de mayo para terminar de contestar: efectivamente, la reivindicación del Concordato de 1851, como el propio Churruca había insinuado, no podía abandonarse. Se podía negociar un acuerdo sobre la base del preaviso al gobierno español; pero tenía que quedar claro que con esa propuesta, Burgos no renunciaba absolutamente a ninguna de sus reivindicaciones. Tenía que quedar claro, pues, que la España nacional seguía apostando por beneficiarse del Patronato Real y que, por lo tanto, Franco quería nombrar obispos.

A los curas, esta posición no les gustó mucho. Los incentivos para el Vaticano a la hora de aceptar un preaviso ahora sin siquiera obtener la renuncia a la reivindicación del Patronato Real eran inexistentes. Así pues, Pacelli optó por intentar complicar la negociación diciéndole a Churruca que lo mejor sería negociarlo todo de una vez.

A pesar de que formalmente parecía que los temas avanzaban bien, en realidad no era así. O bien Franco, o bien Jordana, o bien, tal vez, Serrano Súñer, quien en ese momento no tenía cartera para meter cuchara en el tema vaticano pero no dejaba de ser el cuñado del jefe; o bien alguna combinación de estos tres elementos, obligó a hacer las cosas de manera que a Roma le quedase claro que Burgos no estaba contento. Como haría muchas otras veces en circunstancias parecidas, el régimen, no queriendo romperse la cara por el fondo, prefirió fijarse en las formas. El gobierno de Burgos tardó una eternidad, dos semanas, en dar su placet a monseñor Cicognani; lo hizo, o al menos yo así lo creo, por tres razones: la primera porque, como no se procedió a nombrar embajador en el Vaticano, se imprimía a la situación una pátina de provisionalidad. La segunda, y más importante, porque así pudo realizar la propaganda que realizó en el sentido de que el Vaticano había reconocido a la España nacional. Y, la tercera, porque así, al tener a Antoniutti en una situación altamente provisional, puesto que ya se había ido pero todavía no podía irse, pudo permitirse ser desabrido con él, que era algo que en Burgos apetecía mucho (lo veían como un curita provasco).

Sólo después, como digo, de medio mes de manipulación, esperas y alguna que otra zancadilla, procedió el gobierno de Burgos a nombrar embajador en el Vaticano. Eso sí: cuando lo hizo, consciente de la gran importancia de esta figura, lo hizo en una persona ampliamente capaz para el cargo: José Yanguas Messía, vizconde de Santa Clara y Avedillo.

Yanguas no era, propiamente hablando, un franquista. Mucho menos un falangista. Era un monárquico a carta cabal, muy católico, y un gran experto diplomático. Había sido profesor de Derecho Internacional en las universidades de Valladolid y Madrid; había sido representante de España en la Sociedad de Naciones, y juez del Tribunal de La Haya. Durante la dictadura de Primo de Rivera, había sido ministro de Estado y presidente de la Asamblea Nacional. Franco no estaba enviando a un cualquiera. Yanguas, indudablemente de corte conservador, es uno de esos tipos, de los que hay muchos, que el juicio de brocha gorda del franquismo, que tiende a hacer pandi de todos sus miembros y a colocarles, por lo tanto, a todos el sanbenito de crueles, de inútiles, de incapaces, queda injustamente velado. Muy lejos de ese juicio, cabe decir que de sus comunicaciones se deduce que era persona que dominaba las artes diplomáticas y que tenía profundos conocimientos de aquello que era necesario en su puesto; y que realizó su labor con una eficiencia encomiable, sobre todo teniendo en cuenta que las circunstancias no eran las mejores y que se estaba jugando los amarracos con la mejor diplomacia del mundo.

Se puede pensar que es raro que Franco confiase, para una misión tan importante, en un monárquico. Sin embargo, la clave yo creo que la da Antoniutti en sus memorias, cuando glosa el nombramiento de Yanguas afirmando que llevó a Roma la reivindicación de los monárquicos españoles en favor del Patronato Real.  Es una forma un tanto desenfocada de decir que, en el fondo, Yanguas, con su perfil, era una persona muy indicada para asumir la labor que asumía, pues sólo una persona de hondas convicciones monárquicas podía llegar a entender los orígenes, las bases filosóficas y las sutilezas del viejo privilegio concedido por los Papas a algunos reyes.

Yanguas presentó sus cartas credenciales el 30 de junio, en un acto que, sin duda alguna Pío XI concibió como una oportunidad importante para enderezar de partida una negociación que ya había tenido, como hemos visto, sus momentos complejos incluso antes de comenzar formalmente. El elemento más llamativo del discurso del Papa en el acto, que hizo sin notas, fue el hecho de que se refirió al embajador de la España nacional como “representante de la España entera”, sintagma éste que provocó orgasmos espontáneos en Burgos. Sin embargo, acto seguido el embajador recién aceptado y el Papa se entrevistaron en la biblioteca del pontífice. Allí Pío XI estuvo menos dulce y candoroso, y le expresó al embajador español su honda preocupación por la extensión del nazismo, al que consideraba enemigo del humanismo cristiano. El nazismo, dijo el Papa, se extiende por Europa, y corre un peligro cierto de hacerlo por Italia y España. Por ello, le rogó al ministro español que le expresase al Generalísimo su más viva preocupación por esta posibilidad. Yanguas terció indicándole al Padre Santo que las doctrinas del nazismo y de la España católica eran notablemente distintas.

Por esas fechas, asimismo, Cicognani presentó sus cartas credenciales ante Franco, en un discurso en el que tuvo buen cuidado de hacer mención a las agresiones que se habían producido a la religión católica en el pasado reciente de España, y cómo ésta había encontrado en el gobierno de Burgos a un cerrado defensor. Franco vio con muy buenos ojos aquella retórica.

Todo era buen rollo. O casi todo. Al Vaticano, en realidad, no le gustaba nada esa zona de calma chicha que había fabricado el gobierno nacional durante algunas semanas de mayo y junio, con la clara intención de poder realizar toda su propaganda en el sentido de que el Vaticano había reconocido al gobierno sublevado. Pío XI, tal es mi convicción, nunca buscó una identificación tan estrecha con la causa nacional, consciente de que en el bando republicano había fuerzas políticas que todavía eran proclives a alcanzar algún tipo de convivencia pacífica con la Iglesia. Por este motivo, cuando le dio sus últimas instrucciones en Roma, Pacelli se apresuró a explicarle a monseñor Cicognani que se iba a Madrid como nuncio del Papa presso il governo di Burgos; esto es, “cerca del gobierno de Burgos” o, si lo queremos escribir en castellano recio, cabe el gobierno de Burgos. Y, de hecho, éste fue el mismo tratamiento que le dio a Yanguas: embajador extraordinario y plenipotenciario de la España nacional cerca de la Santa Sede.

Son meros matices; pero es que, en diplomacia, los matices son muy importantes. En ocasiones, fundamentales. De alguna manera, Pío XI no había quedado contento con el resultado que se ofrecía a la opinión pública de los actos combinados de entrega de credenciales, los de su nuncio y los del nuevo embajador español ante la Santa Sede. Juzgó, tal es mi pensamiento, que la identificación con la España nacional había ido demasiado lejos. Los obispos españoles podían firmar todas las pastorales colectivas que quisieran; no dejaban de ser una Iglesia nacional, sometida además a unas circunstancias bélicas. Pero el Vaticano era otra cosa. El Vaticano, además de representante de la Iglesia Universal, era un Estado más de Europa, un miembro más de la comunidad internacional.

Todo esto, creo yo, pesó mucho el ánimo de los jerifaltes vaticanos a la hora de plantear una negociación que fue todo menos fácil.

2 comentarios:

  1. Lester Burnham2:21 p. m.

    Comentario tonto del mes:

    En esta última temporada un aseado carrilero del Getafe no tiene nada que envidiarle a un delantero centro del Manchester City, salvo quizá su sueldo.

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    1. La verdad es que tienes razón. Pero la vocación de estos artículos es durar en el tiempo ;-)

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