Una vieja introducción al tema (2008)
Las sutilezas de una civilización muy suya
Un día estás aquí, y otro día estás aquí
De Pearl Harbor al sacrificio de Attu
Planes desesperados
Un poema de Norinaga Nootori
El 25 de octubre de la escuadrilla Yamato
Nace el mito
Victorias, derrotas y dudas
El suicida-acróbata
Últimos coletazos filipinos
De Formosa a Iwo Jima
De Ohka a Ohka, fracaso porque me toca
… o eso parecía
El gran ataque
Últimas boqueadas
El 25 de noviembre de 1944, en el crepúsculo, diversos aviones de vigilancia japonesa descubrieron cerca de Leyte a la sufrida Task Force 38, al mando del vicealmirante Marc A. Mitscher. Se produjo un ataque kamikaze que duró apenas media hora, y provocó incendios en los grandes portaaviones Hancock, Essex e Intrepid. Los tres fueron gravemente tocados. También se produjeron incendios importantes en los portaaviones ligeros Cabot e Independence. Sin embargo, en ningún caso hablamos de una situación desesperada que no pudiera ser resuelta por los bomberos durante la noche.
El 26 de noviembre se produjeron más ataques. Por la mañana, el éxito japonés fue más que relativo; pero en la tarde, diversos aparatos suicidas alcanzaron navíos de transporte.
El lunes 27 de noviembre de 1944 es la fecha de uno de los ataques kamikaze más fieros. Los aviones salieron de sus bases a las 9,30 de la mañana, en número de unos treinta. A las 10,50, y después de haber jugado al gato y al ratón con los cazas americanos que patrullaban para encontrarlos, avistaron a los navíos de la VII Flota, al mando del almirante Robert Hayler. Los estadounidenses sabían que venían; pero la combinación de estrategias de ataque practicada por los nipones los despistó lo suficiente.
Eran 20 navíos formados en círculos y navegando a toda hostia. Los japoneses llegaron más o menos a las 11, y llegaron de diversos sitios. La artillería se llevó por delante a varios aparatos; pero uno de ellos avanzó, a toda velocidad, contra el crucero ligero St Louis. Peor suerte tuvo el también crucero ligero Montpellier, que fue impactado por tres aparatos, aunque tuvo la suerte de que las bombas que llevaban los aviones no explotasen. Hay que decir que, en ese tiempo, los pilotos japoneses no cebaban la bomba hasta el último minuto, con el objeto de darse oportunidades de regresar si la misión no podía realizarse. Conforme avanzó el tema kamikaze, las bombas fueron plenamente montadas desde el despegue, lo que supuso la renuncia total al regreso del piloto.
Un cuarto avión kamikaze llegó al mismo barco y, aunque quedó seriamente dañado en un ala, explotó su bomba, creando nuevos daños. Un quinto aparato se estrelló contra una de las torretas de 127 milímetros, causando importantes bajas. Un sexto, aunque su bomba no estalló, pringó de gasolina toda la popa del barco. Todavía llegó un séptimo aparato que no alcanzó su objetivo (lo cual es un pequeño misterio, porque las defensas no lograron pararlo). Un octavo aparato fue alcanzado en el aire.
Los marineros del Montpellier estuvieron dos horas luchando contra las consecuencias de los ataques recibidos. Los daños, a decir verdad, fueron menores de lo que inicialmente se había pensado, pero el Montpellier tuvo que salir de formación (aunque tendría una larga vida hasta que el 1 de marzo de 1959, fue vendido por la Marina USA para chatarra).
El 28 de noviembre hubo dos ataques sobre la fuerza anfibia estadounidense en Leyte, pero las pérdidas provocadas fueron leves. La noche del 28 al 29 de noviembre, sin embargo, las sirenas de alarma comenzaron a dar por culo. Sin embargo, no hubo nada. Los radares habían captado puntos sospechosos; pero concluyeron que, o habían sido interceptados, o tenían otros objetivos.
Sin embargo, a las 4,30 de la tarde del 29, fue evidente que se acercaban aviones japoneses. Un primer avión atravesó todo el área batida por la artillería antiaérea como si el tema no fuese con él. Iba a por el acorazado Maryland. Sin embargo, su chulería quedó matizada por un obús que le acertó en todo el ojete y lo volatilizó a unos 20 metros sobre el agua. El resto de japoneses pareció tomar altura para abrirse de allí. Sin embargo, regresaron media hora después. El primero de los aviones que se lanzó lo hizo contra el crucero pesado Portland; sin embargo, no podemos saber lo que pasó, pero el caso es que el piloto, que iba tieso hacia su objetivo, repentinamente cambió de trayectoria y se fue a por el destructor Aulick. Impactó sobre él, causando un incendio que, sin embargo, fue sofocado con relativa rapidez. Un segundo avión parece como que pretendió terminar lo que se había empezado contra el Maryland y allá que se fue. Para sorpresa de todos, sin embargo, el piloto japonés, en medio del picado, picó el morro de su aparato y tomó altura. No lo hizo para irse. En realidad, mi teoría es que el piloto de aquel aparato, que no olvidemos estaba sometido a una tensión enorme y como cinco años de estrés postraumático concentrados en apenas dos minutos de su vida, bien pudo emborracharse. A las puertas de la muerte, dopado por sus hormonas desbocadas, el piloto entró en otra dimensión, un poco en plan Star Wars, la fuerza me acompaña, esas mierdas. El caso es que los marineros del Maryland observaron al avión regresar, efectuar virajes y cabriolas más propias de un fin de semana de tortilla en Cuatro Vientos que de una guerra seria, luego un looping, y luego esto, luego lo otro. Finalmente, se tiró a toda leche contra una torreta de 406 milímetros.
Mientras que en Maryland admiraban y temían a partes iguales al suicida-acróbata, otros aparatos estaban cayendo sobre la formación aliada, y muchos de ellos eran pasto de la artillería. Uno de ellos, sin embargo, consiguió sobrevivir a los obuses, y pudo escoger un objetivo. Eligió el destructor Saufley. El impacto fue tan preciso y fuerte que se llegó a pensar que el barco quedaría allí mismo; sin embargo, pudo finalmente navegar por sí mismo y ganar puerto.
A partir de la jornada del 29 de noviembre, que por supuesto fue, y en gran parte es, señalada como heroica por los japoneses, los ataques se hicieron menos frecuentes. No por falta de frufrufrú, sino por falta de ñiquiñiqui, más bien. Además, el Alto Mando sabía que el enemigo iba a escalar los ataques y, en consecuencia, comenzó a pensar que mejor conservaba fuerzas.
A pesar de esa modestia, el 3 de diciembre, un grupo kamikaze atacó a una formación naval americana en la bahía de Ormoc. Se hizo así porque los japoneses sabían que aquellos barcos estaban preparando un desembarco que, lógicamente, querían impedir o dificultar al máximo. Dos aviones cayeron sobre un destructor entonces muy moderno, el Cooper. El barco se partió por la mitad y se inundó.
MacArthur, sin embargo, era, yo creo que todo el mundo que sepa algo de él lo tiene claro, un tipo muy terco. Había decidido un desembarco en Ormoc, y lo tendría. Por ello, se decidió desplazar nuevos navíos a la zona. El 7 de diciembre, al alba, una pequeña fuerza aliada desembarcó allí, formada por elementos de la 77 División de infantería.
A los japoneses no les quedaba otra que enviar otra nueva flotilla de kamikazes para intentar llevarse por delante a los barcos. Aunque hay que decir que llegaron tarde, pues las tropas ya estaban en tierra. Al destructor Mahan le tocaron dos aparatos que lo dejaron hecho una mierda. Cerca de él, el destructor de transporte Ward quedó jodido e inundado.
Cuatro días después, el 11, un grupo de navíos de avituallamiento de las tropas desembarcadas en Ormoc fue también atacado por los japoneses. El destructor Reid recibió dos impactos, que quizás fueron tres, de aviones suicidas, quedando muy seriamente dañado. El también destructor Caldwell también fue seriamente dañado, pero pudo seguir por sus propios medios.
Aquel día se hizo evidente para los estadounidenses que Japón había mejorado sus tácticas, y ahora era capaz de obtener mejores resultados con menos aparatos. Por lo demás, con cada victoria kamikaze, verdadera o más o menos maquillada por la propaganda, el Ejército nipón tenía más voluntarios que querían apuntarse a morir por el Imperio y por el tenno. En realidad, por cada avión disponible tenía para elegir hasta tres candidatos.
Esto, sin embargo, no podía esconder que el enemigo avanzaba claramente por las Filipinas occidentales, y que tenía a tiro de lapo la posibilidad de desconectar las comunicaciones entre las islas, amenazando gravemente, sobre todo, tanto a Mindoro como a Luzón. El 13 de diciembre, sobre las mesas de los generales nipones se generalizaron los mensajes que reportaban la llegada de una nutrida Task Force enemiga al estrecho de Surigao. El enemigo preparaba otro desembarco.
Como consecuencia directa, al amanecer del día 14 de diciembre, 11 aparatos nipones partieron para patrullar; pero no vieron nada. Aún, así, se decidió una importante operación de ataque.
De Mabalacat despegaron dos Nakajima Saiun, aviones de reconocimiento; 23 cazas Kawanishi Shiden, el modelo más reciente de caza japonés; 30 cazas Mitsubishi Zero; y dos bimotores Nakajima Ginga, modelo también muy reciente y polivalente. Cerca de Mabalacat partieron tres bombarderos Suisei, comandados por el militar en la reserva Yonosuke Iguchi. Hablamos, pues, de la formación aérea más seria montada por los japoneses desde el inicio de las operaciones kamikaze. Se dirigieron al sur de la isla Negros, y después sobrevolaron el mar de Mindanao.
A unos 200 kilómetros de su partida, los aviones se encontraron con varios Hellcat estadounidenses. El ataque fue bastante brutal, lo que obligó a los japoneses a dispersarse. Además, el general clima les jugó en contra, por lo que los japoneses abandonaron su misión y comenzaron a buscar aeródromos donde aterrizar. Una vez hecho, fueron reportando su situación, de lo que los mandos nipones llegaron a la conclusión de que sólo la formación de los tres Suisei se había perdido. Bueno, en realidad, no, porque Iguchi estaba localizado y contactado por radio, pero ya no podía aterrizar: su bomba estaba cebada. Por eso, tomó la decisión de patrullar el golfo de Leyte hasta encontrar un objetivo sobre el que lanzarse. Esto lo hizo después de enviar al resto de su escuadrilla de vuelta. A las 12,37, envió su último mensaje de radio: “En este momento, me lanzo. ¡Tenno Banzai!” Sin embargo, parece que se lanzó contra el mar, al no haber encontrado ningún objetivo, porque el caso es que no hay reporte estadounidense alguno que permita identificar un objetivo atacado.
Más o menos al mismo tiempo, otro grupo kamikaze había avistado un grupo naval enemigo en el mar de Jolo. Esa vez, la estrategia de los japoneses fue lanzarse uno detrás de otro. A pesar del espeso fuego artillero, que hizo blanco en varios aparatos, uno logró lanzarse contra el crucero ligero Nashville, que era el navío almirante de la pequeña escuadra. El ataque fue brutal, provocando 133 muertos y 190 heridos. Tuvo que dejar la formación y poner proa hacia la base de reparación de Leyte; acompañado de otro destructor que también había sido alcanzado y seriamente dañado.
Todo esto no sirvió para parar a los estadounidenses. El 15 de diciembre, en la mañana, 28.000 soldados americanos desembarcaron en la isla de Mindoro, a media distancia entre Leyte y Luzón. Ese día, los kamikaze se presentaron en la zona y atacaron los navíos de desembarco. Sin embargo, el fuego artillero fue efectivo contra ellos. Aún así, dos grandes transportes del tipo LST se inundaron, y otros resultaron dañados.
El 18 de diciembre, un tifón se presentó sobre la III Flota estadounidense, al este de las Filipinas. Fue un suceso rápido, pues el tifón avanzaba muy deprisa, pero provocó muchos daños. Tres destructores: el Spencer, el Monaghan y el Hull, tenían vías de agua, y también había daños en los portaaviones Monterey, San Jacinto, Cowpens, Cabor, Altamaha, Nehenta Bay, Cap Esperance, Kwajalein, y el crucero ligero Miami. La III Flora, por lo demás, tenía 800 hombres desaparecidos o heridos, además de 186 aviones que habían caído al mar, o se consideraban irreparables. Así las cosas, la III Flota, vencida por el clima en mayor medida que por cualquier otro ejército enemigo antes, tuvo que retirarse a Ulithi para proceder a reparaciones.
Esto, sin embargo, no matizaba para los japoneses la gravedad de la situación generada por el desembarco en Leyte el 7 de diciembre. La 77 División se había hecho con la localidad de Ormoc, lo cual le dejaba el camino expedito para reunirse con la 1 División. Esta reunión se produjo el 21 de diciembre, con lo que, a partir de ese momento, la resistencia japonesa en Leyte quedó prácticamente reducida a nada.
En Mindoro, sin embargo, el hecho de perder el apoyo de la III Flota, y que la isla estuviese mejor defendida, hizo que el avance fuese más lento. El 21 de diciembre, un grupo kamikaze repitió el ataque sobre los navíos de desembarco. Una vez más, dos LST se inundaron y otros fueron dañados. Pero eso no le impidió a los estadounidenses, apoyados por filipinos, tomar el control de la isla de Samar.
Estados Unidos, por su parte, trataba de evolucionar en relación con los ataques por percusión. El vicealmirante John S. MacCain, jefe del Task Group TG 38-I y segundo comandante de la Task Force 38, desarrolló una nueva táctica basada en tres puntos. En primer lugar, llevó a cabo un entrenamiento intensivo para mejorar la densidad y precisión del fuego artillero; en segundo lugar, modificó la composición de los aparatos en los portaaviones, en beneficio de los cazas y detrimento de los bombarderos; en tercer y último lugar, organizó una rotación constante de sus cazas sobre los aeródromos filipinos controlados por los japoneses, generando un tapón que impedía a los aparatos nipones despegar y montar sus misiones. Esta estrategia inutilizó, en unos pocos días, cerca de 200 aparatos japoneses.
Genial entrada, como siempre.
ResponderBorrarSólo anotar que el USS Cabot es nuestro Dédalo:
https://www.eurasia1945.com/armas/mar/uss-cabot/
No lo sabía. Por cierto, yo visité el Dédalo de chaval en el puerto de La Coruña.
Borrar