Una vieja introducción al tema (2008)
Las sutilezas de una civilización muy suya
Un día estás aquí, y otro día estás aquí
De Pearl Harbor al sacrificio de Attu
Planes desesperados
Un poema de Norinaga Nootori
El 25 de octubre de la escuadrilla Yamato
Nace el mito
Victorias, derrotas y dudas
El suicida-acróbata
Últimos coletazos filipinos
De Formosa a Iwo Jima
De Ohka a Ohka, fracaso porque me toca
… o eso parecía
El gran ataque
Últimas boqueadas
El almirante Onishi dio la orden de enviar al combate a una primera fracción de la nueva unidad dedicada al ataque “por percusión”; y eligió para ello Cebú, en la zona de la isla de Leyte, considerada un probable objetivo de las operaciones estadounidenses.
El 20 de octubre, a mediodía, una escuadrilla de cuatro Zero cargados de bombas, y cuatro más encomendados de protegerlos, todos ellos pertenecientes al grupo Yamato, despegaron de Mabalacat, y llegaron a Cebú a eso de las cinco de la tarde. Para el resto de los japoneses, aquella fue una operación de transporte de rutina; nadie conocía la creación de las nuevas unidades. Eso, sin embargo, no habría de durar mucho. Ese mismo día, a las 10, el enemigo había comenzado el desembarco en la costa oriental de Leyte; así pues, la resistencia revestía caracteres de urgencia.
Tadashi Nakajima era oficial del 201 escuadrón, y pilotaba uno de los Zero de escolta que habían volado ese día. Él fue el encargado de reunir al personal de Cebú y anunciarle la creación del cuerpo de combate por percusión. Transmitiendo sin dudas las órdenes de Onishi, anunció la creación de nuevos grupos especiales con la misma utilidad; pero matizó que sólo aquéllos que mostrasen una verdadera disposición serían permitidos a formar parte de los mismos. Los japoneses, claramente, más que a la pérdida de sus aviones, que ya daban por segura, temían a la humillación que pudiera suponer un piloto suicida que se arrepintiese en el penúltimo segundo. Nakajima, de hecho, dijo que el número de aparatos disponibles no era muy alto y, como primera provisión, sugirió a los militares con cargas familiares que desistiesen de presentarse voluntarios. A pesar de esta admonición, decenas de brazos se levantaron, presentándose voluntarios.
La I Flota, el 21 de octubre, contaba con unos pocos centenares de aviones, puesto que había sido gravemente diezmada por el enemigo. Necesitaba reforzarse con efectivos de la II Flota. La II Flota, sin embargo, presentaba problemas de bisoñez. Había sido creada en Kyushu, el 15 de junio de 1944, y muchos de sus pilotos, en realidad, estaban todavía en formación. Su primera gran acción de guerra se había producido, de hecho, al final de la primera quincena de aquel octubre.
La cosa, sin embargo, no estaba como para mandangas. El 23 de octubre, el jefe de la flota combinada, almirante Soemu Toyoda, dio la orden para que los 350 aparatos de la II Flota se trasladasen a Filipinas. Era jefe de esta II Flota el vicealmirante Shigeru Fukudome, y debía de presentarse a las órdenes del también almirante Gunichi Mikawa, jefe del teatro de operaciones del Pacífico sudoccidental.
Fukudome era un hombre muy experimentado que había sido jefe de Estado Mayor de la Marina japonesa. Pero era un tipo, a aquellas alturas de la guerra, que presentaba un cierto problema de desactualización. En un momento en que la guerra del Pacífico estaba en Windows 10, él parecía seguir un poco anclado en los tiempos del Windows Vista. Estaba un tanto mesmerizado por las grandes victorias japonesas aéreas del principio de la guerra y, de alguna manera pensaba que la situación desesperada que tenían los japoneses en Filipinas se podía resolver mediante raids aéreos masivos en plan Tora, tora, tora! Dicho y hecho: el 24 de octubre, un día después de haber llegado al teatro tagalo, lanzó un ataque masivo de 250 aviones japoneses contra los estadounidenses. La consecuencia fue que cinco navíos estadounidenses fueron dañados, pero de forma tan leve que conservaron su puesto en la formación; mientras que los aviones japoneses recibían un duro castigo.
En paralelo, cuando la I Flota recibió la orden de reforzar a los efectivos que apoyaban al almirante Takeo Kurita (algo que, como ya he escrito, el almirante Onishi había dejado prístinamente claro era fundamental para el éxito de la operación Sho-go), la ayuda enviada por la II Flota, embarcada como os he dicho más en operaciones clásicas, fue apenas de 14 cazas. Con eso, Kurita no podía aspirar a conservar sus posiciones en el denominado mar de Sibuyan. De hecho, el tema fue peor: la situación era ya tan débil que las comunicaciones no funcionaban bien. Por ello, los Zero no pudieron contactar con los barcos de Kurita que, cuando los vieron llegar por el cielo, los tomaron por estadounidenses, y les empezaron a lanzar pepinos, obligándolos a darse la vuelta.
La incorporación de la II Flota a la lucha de las Filipinas fue tan descorazonadora que el Alto Mando japonés no tuvo otra que decidir la implicación en la lucha de la III Flota, que era más un planteamiento que una realidad. La III Flota estaba en pleno estado de formación; era una escuadra de becarios. Se estaba usando para completar las dotaciones de los portaaviones japoneses. Pero ahora fue enviada a Filipinas.
Para entonces, Onishi se había convencido a sí mismo de todas las ideas que son necesarias para llegar a la conclusión kamikaze; y, en consecuencia, estaba presionando a Fukudome en el sentido de que la guerra reclamaba aquel sacrificio, y que debía ordenar la formación de escuadras suicidas en el resto de las unidades. Fukudome, sin embargo, era un hombre terco y muy apegado a sus convicciones personales. Así que siguió ordenando la realización de ataques más o menos masivos, con muy escasos resultados.
Mientras ocurría todo esto, las unidades navales que eran el centro de la operación Sho-go, empujadas por los estadounidenses, iban convergiendo en el golfo de Leyte, que habría de ser el teatro de una batalla naval de grandes proporciones, y de la que se habla demasiado poco. En realidad, las cosas iban bastante como los japoneses habían pensado, puesto que el propio Sho-go establecía un punto de encuentro allí mismo. Las cuatro formaciones navales japoneses lo alcanzaron al caer la tarde del 24 de octubre.
Tres días antes, el 21, a las tres de la tarde, en Cebú se recibió un mensaje informando que de seis portaaviones estadounidenses habían sido avistados a unas 60 millas al este de la isla de Suluan. Los aviones del grupo Yamato habían sido escondidos fuera de las pistas del aeródromo, para impedir que pudieran ser dañados. Eran una escuadra pequeña: tres Zero, y dos más de protección. Pero necesitaban algo de tiempo para montar las bombas en aquellos aparatos que estaban destinados a atacar por percusión. Tardaron poco; unos veinte minutos. Pero les dio igual. Cuando estaban escalando a las carlingas, vieron aparecer a una formación de aviones estadounidenses. En apenas cinco minutos de ataque, el enemigo había afectado a los cinco aviones que estaban dispuestos a despegar. Los bombarderos estadounidenses se desempeñaban con total impunidad sobre las instalaciones, así que el mando japonés ordenó que los aviones de reserva saliesen de allí cagando leches. Minutos después, dos Zero de ataque y uno de escolta despegaban, en medio de un cafarnaún de proyectiles. En el crepúsculo, cuando todo había terminado, regresaron dos aparatos. Sus pilotos declararon que, aunque pudieron salir de la pelea, el mal tiempo había reducido la visibilidad y habían terminado por perder de vista el aparato de su jefe, el teniente de navío Kubo. Alguna historiografía japonesa ha llegado a insinuar que Kubo encontró algún navío estadounidense y se lanzó contra él; pero la cosa es que no se conserva ningún comunicado de parte enemiga que confirme esta idea.
Aquel mismo día, en Mabalacat, un grupo de la escuadrilla Sikishima se preparaba para su primera misión kamikaze, al mando del teniente de navío Yukiho Seki. Los pilotos elegidos fueron agasajados con un vaso de agua de calabaza, y luego partieron. Sin embargo, el mal tiempo les impidió avistar enemigos, y regresaron en el crepúsculo sin haber cumplido su misión.
Los días 22, 23 y 24 las condiciones climáticas fueron tan malas que las operaciones suicidas no fueron posibles. Muy pocos aviones japoneses tenían instalado el sistema de vuelo sin visibilidad que, sin embargo, era común en la flota estadounidense.
Todo esto conspira para convertir el 25 de octubre como la gran jornada kamikaze, por así decirlo. Recordad que en la tarde anterior las cuatro formaciones navales japoneses se habían concentrado en el golfo de Leyte, anticipando la batalla. Aunque en realidad deberíamos hablar en plural de las batallas, puesto que la batalla de Leyte es, en realidad, la sucesión de cuatro batallas aéreas y navales distintas, libradas también por fuerzas distintas. La batalla de Leyte marcó un antes y un después para la guerra del Pacífico, pues le demostró a los japoneses que no podían destruir a cabeza de puente enemiga y, por lo tanto, ya sólo podían aspirar a causarle daños para evitar que avanzase; pero es, también, el inicio real del fenómeno kamikaze.
Ese mismo día 25, Fukudome, genio y figura, lanzó un nuevo ataque clásico o raid sobre la flota estadounidense. Y, de nuevo, como en las jornadas anteriores, consiguió entre uno y ninguno resultados prácticos con ello. Las derrotas del 25, en todo caso, unidas a que Onishi le estaba constantemente comiendo la oreja, acabaron por doblegar al viejo marino quien, en la noche del 25 al 26 de octubre, aceptó la idea de crear unidades suicidas en la II Flota. A partir de ese momento, en realidad, distinguir las flotas es un ejercicio más retórico que otra cosa. De hecho, los estados mayores de ambas flotas se fundieron en uno solo y las dos flotas comenzaron a conocerse como Flota Combinada en el teatro del suroeste. Ello, bajo el mando de Fukudome, que ostentaba su seniority frente a Onishi (era de más edad); Onishi fue nombrado jefe de Estado Mayor.
Hay que decir que la conversión de Fukudome fue relativa. El almirante cedió a presiones de unos y de otros, y a la labor de zapa constante de Onishi. Pero no estaba personalmente convencido. Seguía considerando que, a la larga, los japoneses serían mucho más efectivos con ataques clásicos. Sus pilotos, en todo caso, fueron informados de la creación de los grupos kamikaze en la I Flota, lo que provocó su demanda en el sentido de que se hiciese lo mismo en la II.
Desde las primeras horas de la mañana del día 25, los combates navales en Filipinas se generalizaron. En ese momento, el mando de la I Flota envió un cablegrama a los grupos kamikaze ordenándoles lanzar ataques sin esperar a que se hubiese establecido contacto con el enemigo. Ya daba igual la inteligencia; la presencia naval estadounidense en aquellas aguas era tanta, que resultaba prácticamente inevitable que, si echaban a volar, se la encontrasen.
Así las cosas, con el amanecer, en Cebú, una escuadrilla de seis aparatos despegó en dirección este. Apenas 35 minutos después, los aviones avistaron a una fuerza naval enemiga. Se trataba del Grupo Taffy 1, compuesto de cuatro portaaviones de escolta y siete destructores, a las órdenes del contraalmirante Thomas L. Sprague. Estaban, efectivamente, en la costa norte de Mindanao, a unas 40 millas de la isla de Siargao. Vieron a los japoneses cinco minutos después de que los japoneses les viesen a ellos, gracias a que los atacantes se refugiaron en las nubes.
Uno de los aviones se lanzó en picado hacia el portaaviones Santee, ametrallando. Luego hubo un gran resplandor y el sonido y el humo que hizo al estrellarse contra un costado del puente de vuelo del barco. El choque provocó un gran boquete, y un incendio que se comunicó rápidamente al hangar del barco y un grupo de ocho bombas que había allí. Afortunadamente para los estadounidenses, las bombas no estaban completas; les faltaba el fulminante, por lo que no estallaron.
Cuando los marineros del Santee estaban haciendo lo que podían contra el incendio, otro Zero apareció de entre las nubes. Las defensas antiaéreas comenzaron a vomitar. Aparentemente, aquel avión había tomado por objetivo el Sangamon; sin embargo, desde el Suwanee acertaron a darle con un pepino, momento a partir del cual el avión comenzó a bajar haciendo espirales. El Suwanee le acertó una segunda vez, desarbolando al aparato, que cayó al mar a unos metros. Un tercer aparato fue reventado por las defensas del portaaviones Petrof Bay. En ese mismo momento, el Suwanee, donde por lo que se ve viajaban algunos buenos artilleros, se llevaba por delante el segundo avión del día. Pero luego apareció otro aparato. Los artilleros también le dieron, porque el avión basculó en el aire y comenzó a echar humo. Sin embargo, esta vez el piloto recuperó el control de su aparato, y se dirigió en jibaku hacia el propio Suwanee. Se lanzó sobre el navío a muy alta velocidad, y ya no pudo ser alcanzado antes del choque, en el medio del puente de vuelo. El sexto aparato japonés desapareció entre las nubes.
En el Santee, el incendio fue sofocado con relativa rapidez. El ataque, en todo caso, había producido 16 muertos y 27 heridos. Sin poder llevar a cabo sus operaciones aéreas, el barco, sin embargo, no perdió su posición en la formación. En el caso del Suwanee, los daños eran aún menores, puesto que la actuación de los bomberos de a bordo había sido rápida y eficaz. De hecho, su puente de vuelo era operativo de nuevo a las 10,10 de la mañana.
Los aviones que habían realizado el ataque habían sido los de la escuadrilla Yamato que, por lo tanto, se convirtió en el primer grupo de aviones que, aquel 25 de octubre de 1945, inauguraba la lucha aérea por percusión, que es la forma técnica que tenemos de designar al ataque suicida kamikaze. A punto estamos, pues, de cumplir 80 años desde ese primer día.
Una corrección: 25 de octubre de 1944
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