Una vieja introducción al tema (2008)
Las sutilezas de una civilización muy suya
Un día estás aquí, y otro día estás aquí
De Pearl Harbor al sacrificio de Attu
Planes desesperados
Un poema de Norinaga Nootori
El 25 de octubre de la escuadrilla Yamato
Nace el mito
Victorias, derrotas y dudas
El suicida-acróbata
Últimos coletazos filipinos
De Formosa a Iwo Jima
De Ohka a Ohka, fracaso porque me toca
… o eso parecía
El gran ataque
Últimas boqueadas
La naturaleza de las expediciones que abordarían esos grupos de cinco aparatos también marcaba gran parte de la selección de los pilotos. Los aviones de escolta deberían volar uno encima y el otro debajo de sus compañeros protegidos, pero sus instrucciones eran evitar el combate. Lo suyo no era aceptar el enfrentamiento con avión enemigo alguno, sino garantizar que sus compañeros llegarían al punto necesario para ejercitar el jibaku. Por lo tanto, repentinamente hacían falta pilotos muy peritos en sus habilidades; y que tuviesen, además, habilidades normalmente no muy necesarias en un piloto de combate. En puridad, ésta es la razón de que los mejores pilotos de la aviación japonesa nunca, o casi ninguna, consiguieron ser elegidos para misiones suicidas. Un barón rojo nipón por así decirlo, puede asimilarse al bruto echado para delante que se enfrenta a puños con todo el mundo, y normalmente gana porque es un cachobestia. Pero el ataque kamikaze era otra cosa. Para un buen ataque kamikaze hacía falta alguien, quizá, aparentemente frágil y cobarde, que se pasease por el patio de colegio dando la impresión de no querer enfrentarse con nadie; aunque con la capacidad de, de repente, soltar una hostia, una sola hostia, que dejase KO a su contrincante. Así las cosas, los héroes del patio habituales dejaron de servir.
Los pilotos kamikaze tendieron a ser pilotos jóvenes y relativamente poco dotados, aunque evidentemente tenían que tener un expertise volando. Los grandes ases de la aviación japonesa estaban fuera de la selección.
El almirante Fukudome, como he dicho, acabó por dar su visto bueno para la creación de grupos kamizake en la II Flota. El 27 de octubre creó cuatro escuadrillas con efectivos de la 701 escuadra. Eligió para ellos los nombres de Chuyu, Seichu, Junchu y Giretsu (bravura, madurez, lealtad y rectitud; estas cosas dejan claro el abismo de culturas; yo los habría bautizado morcillarroz, patatasbravas, birra y siesta).
El 26 de octubre, en la mañana, un avión de reconocimiento radió el avistamiento cerca de Surigao de una importante fuerza naval estadounidense. Se trataba del grupo atacado el día anterior por el teniente Seki y sus compañeros. En Cebú, la escuadrilla Yamato se preparó con celeridad y, a las 8,15, despegó de allí un grupo formado por dos aviones de ataque y uno de escolta. De estos aviadores y de sus aparatos, nunca más se supo. El mando japonés no volvió a tener contacto por radio con ellos. Obviamente, los japoneses quisieron creer que llegaron a su objetivo y causaron daños; sin embargo, la documentación estadounidense no avala esta teoría; ni siquiera avala el dato de que fuesen avistados intentando atacar, ni tampoco que se encontrasen con algún grupo de aviones de enemigos que los volatilizó. Quizás la teoría más plausible es que tuvieron algún tipo de problema muy grave que les aconsejó cometer sepuku bombardeando el mar.
A las 10,30, otro grupo, esta vez “clásico” (cinco aviones) despegó con el mismo destino. A eso de las doce, estos aviones reportaron el avistamiento de los estadounidenses, a 150 kilómetros al este de Surigao.
Los cinco aviones japoneses tuvieron que evitar a una formación de 60 aparatos estadounidenses; pero consiguieron, finalmente, acercarse a los barcos que eran su objetivo. Dos primeros kamikazes se lanzaron sobre los portaaviones de escolta Sangamon y Petrol Bay, fallando por poco. Para entonces, la artillería antiaérea estaba a todo plan.
El tercero de los aviones, aparentemente, se aprovechó de la confusión general para tomarla con nuestro viejo amigo el Suwanee. A bordo del little flat top, como los estadounidenses solían llamar a los portaaviones de escolta, se acababa de posar un torpedero Grumman Avenger y estaba siendo colocado en el ascensor; fue en ese justo momento cuando llegó el japonés. El avión nipón se estrelló contra el ascensor, volatilizando el aparato enemigo. Los dos aviones estallaron a la vez, generando un gran incendio.
El fuego que declaró alcanzó a otros nueve Avenger que estaban aparcados. El principal problema era que esos aviones estaban hasta las trancas de explosivos, sobre todo granadas antisubmarinas; sin embargo, el azar quiso que ardiesen, pero no estallasen. Aun así, el ataque había causado 245 víctimas, de las cuales 150 muertos. El Suwanee tuvo que retirarse de la formación y navegar hacia una base de reparación.
Es evidente que el objetivo de las operaciones kamikaze eran los portaaviones. Y la cosa tiene plena lógica. De meses atrás, los estadounidenses habían llegado a la conclusión de que la suerte de la guerra la decidirían estos grandes buques, capaces de abordar el combate en casi cualquier circunstancia. Por eso habían creado la figura de la Task Force, es decir, una formación de varios portaaviones acompañados de otros buques de apoyo. Esta estrategia fue la que dejó a la Marina japonesa atrás, puesto que los japoneses, en ningún momento de la guerra del Pacífico, pudieron decir que tenían en el agua un número de portaaviones suficiente como para poder soñar con presentar adecuada batalla a su enemigo. En términos medios, los japoneses pudieron utilizar unos 25 portaaviones, lo cual supone que los estadounidenses les superaban en una relación de cinco a uno.
A partir del 27 de octubre, sin embargo, los planteamientos del Alto Mando nipón cambiaron. El fracaso de la operación Sho-go hizo que la fuerza naval enemiga fuese temible en todas sus expresiones. Los portaaviones, además, eran palabras mayores. Una cosa y otra llevaron a la conclusión de que los ataques suicidas deberían dedicarse también a otro tipo de barcos, incluso la flota anfibia de Leyte.
Los japoneses, por lo demás, estaban muy presionados por los ataques de la aviación estadounidense sobre sus bases. En parte por eso, el 27 de octubre decidieron un desplazamiento de aviones entre Mabalacat y Cebú, para reforzar el grupo Yamato, pero también para conseguir que estuviesen menos a merced del enemigo. Fueron 16 aparatos, comandados por un teniente de navío del que se sabe que se llamaba Kanno. De camino, se encontraron con otros 16 Hellcat. Esta vez, los japoneses prevalecieron, dañando 12 aparatos enemigos, mientras que los japoneses sólo perdieron uno. Aquella fue una victoria que insufló mucha moral a los nipones. El mismo día 27, los grupos kamikaze de la II Flota entraron en acción.
En las 48 horas que habían pasado desde el 25, sin embargo, las cosas habían avanzado deprisa entre los estadounidenses. Aun conscientes de que el fenómeno kamikaze no podía darle la vuelta a la guerra, los estrategas americanos eran conscientes de que esos ataques eran susceptibles de generar daños relevantes que, obviamente, querían evitar. Por lo tanto, la primera decisión que tomaron fue reforzar el equipamiento de radares y mecanismos de localización, buscando mejorar su capacidad de adelantarse a la llegada de los aparatos. De hecho, a partir del mismo 27 de octubre, la tasa de fallo, por así decirlo, que tuvieron que asumir los japoneses sobre sus ataques jibaku comenzó a crecer de forma sensible e inmediata.
Hay que tener en cuenta, además, que para los japoneses no hablamos de una estrategia de suma cero. Conforme se producían las misiones suicidas, más disminuía su flota aérea. Como factor adicional, los cazas estadounidenses eran especialmente eficientes luchando contra los aparatos kamikaze, dado que éstos iban lastrados por la pesada bomba que llevaban en su vientre. A todo esto hay que añadir aquellos kamikazes que marraban el jibaku por bisoñez, falta de pericia, o por las circunstancias.
El primer mes de la estrategia de percusión, por lo tanto, puede decirse que los aliados sufrieron pérdidas bastante relativas. En paralelo, fue en este tiempo cuando la organización de los grupos suicidas se consolidó. La organización se fue estableciendo, conforme, además, llegaban aviones a las Filipinas. El Ejército, por otra parte, tenía voluntarios más que sobrados, por lo que pudo ser muy selectivo. Los mejores pilotos no fueron elegidos para la misión, sino para la misión, igual o peor de peligrosa, consistente en escoltar a los suicidas; si sobrevivían, eran necesarios para instruir a las nuevas generaciones de pilotos.
La situación en Filipinas empeoraba por momentos. El general MacArthur presionaba por tierra en Leyte, con el apoyo de una flota anfibia situada en el golfo que prácticamente no tenía oposición. Más lejos, las diferentes Task Forces de la III Flota estadounidense garantizaban el apoyo aéreo. En contraste, los japoneses que debían atacar a los navíos enemigos carecían de apoyo aéreo. El general Tomoyuki Yamashita, comandante en jefe del teatro filipino, hizo todo lo que pudo por desplazar refuerzos a Leyte; lo hizo, falto de una Marina de guerra, usando barcos privados de pescadores y todo lo que pilló. De esta manera, los 22.000 hombres que había en la isla por parte japonesa el 20 de octubre eran 70.000 a mediados de noviembre.
Los estadounidenses se habían podido hacer con un aeródromo, el de Tacloban; pero prácticamente no pudieron usarlo en esas primeras jornadas a causa de las fuertes lluvias.
El 30 de octubre, una formación kamikaze, culebreando entre las nubes, consiguió avistar a una de las escuadras de la Task Force 38, al sudeste de Suluan. Aquella operación del 30 de octubre fue importante porque fue la primera vez en la que los japoneses habían perfeccionado su táctica. Ahora atacaban a la vez desde puntos distintos y a altitudes diferentes con tres aviones. De esta manera, practicando la máxima divide et impera frente a las defensas americanas, consiguieron que dos aparatos impactaran sobre el Franklin, y el tercero lo hizo en un portaaviones de escolta. Algunos minutos después llegó una segunda oleada de ataque, uno de cuyos aviones impactó de nuevo contra el Franklin, aunque esta vez le provocó pocos daños. Los otros dos se lanzaron sobre otro portaaviones de escolta, y un acorazado. El Franklin tuvo que llamar al Carglass cagando melodías, aunque el resto de navíos afectados no perdió la formación. Pero a los japoneses aquello les supo a gran victoria, y los encorajinó para permanecer impasible el nihon.
Las cosas, sin embargo, no iban bien. En Tacloban había dejado de llover, por lo que pronto los japoneses tuvieron informes de refuerzos enemigos allí. Eran más de 100 aparatos, y los japoneses sabían que tenían que llevárselos por delante; y antes de alba, porque después estarían en el aire dando por culo. Así, en la noche del 2 al 3 de noviembre, prepararon una formación nada menos que de 12 aparatos Zero. Despegaron todavía en las sombras de la noche, al mando del teniente de navío Kenzo Nakagawa.
Cebú estaba lo suficientemente cerca de Tacoban como para que los japoneses, en el aeródromo, oyesen, lejanas, las explosiones, y viesen los resplandores. Pero no podían saber si eran las baterías antiaéreas del enemigo o sus compañeros llevando a cabo su misión. Apenas había amanecido cuando un Zero aterrizó en las pistas. Su piloto estaba herido y era uno de los kamikazes designados. Entre lágrimas, explicó que no había podido realizar su misión, y que había decidido volver para esperar una mejor ocasión. Eso no fue lo peor. Lo peor fue que acabó por confesar que los aparatos japoneses habían sido jipiados por los radares americanos y que, en consecuencia, habían sido como patos de feria para ellos.
En unos pocos días, pues, el esfuerzo kamikaze había cosechado una victoria y una derrota. El Alto Mando japonés, por su parte, aprendió que haber preparado una expedición tan nutrida había sido un grave error; la estrategia jibaku era una estrategia de muchos pocos. Más allá, los estrategas se debatían entre dos modelos de ataque: volar a ras de agua, buscando la sorpresa y reduciendo la importancia de los aviones de escolta; o aproximación a elevada altitud, entre 600 y 700 metres, lo que obligaría a los pilotos a llevar bombonas de oxígeno, pero fuera del rango de la defensa antiaérea. Esta última estrategia, se decía, permitiría precisar más las cosas durante el picado y, consiguientemente, ser más eficientes. El inconveniente: se precisaba de pilotos muy experimentados y entrenados en altitud, pues de lo contrario lo normal es que perdiesen el oremus.
Al fin y a la postre, lo que hicieron los japoneses fue no elegir y usar los dos métodos, juzgando caso a caso, partido a partido, que diría Simeone. Incluso los llegaron a utilizar simultáneamente.
En aquellas semanas, los japoneses rascaron 150 aparatos de Genzan (Corea), Tsukuba, Konoike, Kanoya y Omura, en Japón, y los llevaron a la isla de Formosa, donde deberían ser objeto de un entrenamiento acelerado de diez días. No fueron pocos los bisoños pilotos que, trasladándose en la oscuridad y pilotando aparatos defectuosos, se estrellaron contra el mar, o contra las pistas de aterrizaje.
A partir del 15 de noviembre, la mayoría de los ataques kamikaze se centraron en la fuerza anfibia que operaba en el golfo de Leyte, dotando a las fuerzas de tierra. A finales de mes, puede decirse que la historia de los ataques kamikaze entró en una nueva fase. En ese tiempo, podría decirse que se juntó el hambre con las ganas de comer, puesto que la llegada de efectivos aliados fue cada vez mayor, mientras que los refuerzos de Formosa, formados a pelo puta, habían terminado su máster y, consecuentemente, llegaron al teatro de operaciones.
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