martes, abril 01, 2025

Tenno Banzai (7): Nace el mito



Una vieja introducción al tema (2008)

Las sutilezas de una civilización muy suya
Un día estás aquí, y otro día estás aquí
De Pearl Harbor al sacrificio de Attu
Planes desesperados
Un poema de Norinaga Nootori
El 25 de octubre de la escuadrilla Yamato
Nace el mito
Victorias, derrotas y dudas
El suicida-acróbata
Últimos coletazos filipinos
De Formosa a Iwo Jima
De Ohka a Ohka, fracaso porque me toca
… o eso parecía
El gran ataque
Últimas boqueadas
 

   

 Prácticamente en el mismo momento en que la escuadrilla Yamato estaba avistando al grupo Taffy 1, a las 7,25 horas de la mañana, en Mabalacat, despegaba del aeródromo un grupo de aviones de la escuadrilla Sikishima. No fue hasta las 10,10 horas que el teniente de navío Yuhiko Seki, avistó a unos 170 kilómetros de Leyte, un grupo de cuatro navíos estadounidenses.

Esta vez, sin embargo, los japoneses ya no lo tuvieron tan fácil. Cuando Seki iba a dar la orden de ataque, se dio cuenta de que, entre las nubes, había una escuadra de una treintena de aparatos caza Grumman Hellcat, que se habían hecho al aire para proteger a su escuadra. Seki ordenó a sus pilotos que evitasen ser vistos por los estadounidenses, lo que le costó perder la visual con los barcos.

A las 10,40, sin embargo, consiguió recuperar dicha visual. En ese momento, envió su último mensaje: “A 90 millas al este de Tacloban, cuatro portaaviones y seis destructores. Atacamos.”

Los barcos afectados eran el grupo Taffy 3, al mando del contralmirante Clifton A. F. Sprague, formado por seis portaaviones de escolta y seis destructores. Venían renqueantes, puesto que habían participado en la batalla de Samar, donde habían tenido las lógicas pérdidas. Los japoneses venían volando a una altitud tan baja (a ras de agua, en realidad) que los radares estadounidenses no los reconocieron.

Cuando estuvieron cerca, los aviones japoneses subieron a unos 1.600 metros, altura a partir de la cual comenzaron sus jibaku. El primero de ellos, a estribor del grupo, se lanzó sobre el portaaviones Kitkun Bay, ametrallando a los marineros en la pasarela. Estuvo a punto de lograr su objetivo pero, finalmente, a unos metros un obús lo alcanzó, lo que lo desvió y lo hizo pasar unos metros por encima del islote (los islotes de un portaaviones son un grupo de estructuras situadas por encima del puente de vuelo). Una de las alas del avión, sin embargo, impactó con el barco, perdiendo una bomba en el mismo; por ello, aunque el avión se estrelló en el mar, el explosivo causó diversos daños.

Más o menos al mismo tiempo, dos aviones que se habían lanzado sobre el portaaviones Fanshaw Bay resultaron abatidos. Dos aviones más que hasta entonces se habían escondido entre las nubes, se lanzaron a por el también portaaviones White Plains. Fueron objeto de un nutrido fuego artillero, que alcanzó a uno de ellos que, llevando una cola de humo negro, desvió su trayectoria y decidió caer sobre el portaaviones St Lô. Da toda la impresión de que en este último navío los avisos y la coordinación artillera no fueron tan buenos como en otros casos, porque el avión japonés pudo llegar casi sin ser molestado. El aparato impactó de lleno en el puente de vuelo y derramó todo su combustible en el hangar inferior. El fuego alcanzó a siete torpedos, que estallaron. La explosión destrozó el puente de vuelo, el ascensor y algunos aviones. El incendio se generalizó en todo el barco, y se produjeron diversas explosiones. Perdidas casi todas las funcionalidades del barco, incluso la lucha contra el fuego fue abandonada. El capitán de navío Francis Joseph McKenna, comandante del St Lô, ordenó la evacuación inmediata.

El compañero del piloto kamikaze que había cantado bingo en el Saint Lô se había dirigido hacia el White Plains; éste, sin embargo, sí que fue alcanzado por varios pepinacos que le enviaron los estadounidenses. Probablemente, el piloto estaba herido y trataba de recobrar el control del aparato. Llegó a pasar por el puente de vuelo, que tocó, y luego explotó, incluso antes de llegar al mar. El barco resultó dañado en un flanco, y 11 marineros perdieron la vida.

A las 11,10, el Kitkun Bay avistó otro grupo de aviones japoneses que se acercaba. Uno de los aparatos se dirigió hacia ese barco, mientras que el otro eligió el Kalinin Bay. Aunque en el primero de los barcos estuvieron un tanto tardanos a la hora de responder con su artillería, consiguieron impactar en las dos alas de su enemigo japonés que quedó, literalmente, como pollo sin cabeza. El avión cayó al mar a unos 25 metros del portaaviones, con lo que los dañó, sobre todo tras estallar la bomba que llevaba.

El otro jibaku fue más exitoso. Por mucho que le dispararon desde el Kalinin Bay, el picado permaneció, impasible el japonés. Se estrelló contra el puente de vuelo, causando muy graves daños.

Todavía había tres atacantes más en el aire. Uno de ellos fue finalmente alcanzado, aunque, en su caótico vuelo final, impactó con un ala en la chimenea del Kalinin Bay. Los otros dos aparatos no pudieron alcanzarlo, y acabaron cayendo en el mar. A las 11,30, el Kalinin Bay pudo notificar que había dominado el incendio.

En el aire quedaban japoneses. Para ser más exactos, tres aparatos que habían salido de Mabalacat como escolta de la escuadrilla Sikishima. El jefe de este grupo, comprobando que iban cortos de combustible, decidió no llegarse hasta Mabalacat y aterrizar en Cebú. Este hombre era Hiroyoshi Nishizawa, un barón rojo japonés que se había ganado una muy justa fama. Fue él, pues, quien relató de primera mano los éxitos obtenidos por la escuadrilla Sikishima y su comandante, considerado heroico por los japoneses, Yukiho o Yukio Seki; considerado por muchos como el primer kamikaze, lo cual yo creo que es un poco inexacto por dos razones: primera, porque la Yamato atacó un poco antes que la Sikishima; y, segundo, porque es muy difícil saber exactamente quiénes fueron los pilotos que impactaron, y los que no.

El 25 de octubre, como ya he dicho, es la fecha de una intensa batalla naval que, al fin y a la postre, habría de devenir en la derrota definitiva de la operación Sho-go. En gran parte por esta razón fue por lo que comenzó a nacer la épica kamikaze. El Alto Mando y el gobierno japonés, deseando esconderle a su pueblo la situación complicadísima en la que quedaba el Imperio después de aquella derrota sin paliativos (que, como ya os he dicho, en realidad fueron cuatro derrotas empaquetadas en una), decidió comenzar a hacer un relato, muy a menudo exagerado además, de los éxitos conseguidos por los mártires kamikaze. Una campaña de prensa que acabaría por mesmerizar al mundo entero.

La consecuencia inmediata fue que las solicitudes para convertirse en piloto suicida se multiplicaron. Una vez conocí en Madrid a un japonés que me contó que su padre fue uno de ellos. Antes de casarse, estuvo en una lista de espera para lanzarse sobre los objetivos americanos; si no lo hizo fue porque para entonces no había apenas aviones en las fuerzas japonesas. De alguna manera, me venía a decir que llegó un momento en el que no estar apuntado a la lista era una especie de deshonor que el piloto no podría superar. Por lo tanto, no podemos saber cuántas de esas adscripciones eran verdaderamente sinceras.

En todo caso, el almirante Onishi vio el cielo abierto (nunca mejor dicho) para poder llevar a cabo la acción que ambicionaba: extender su poder a prácticamente todas las unidades con efectivos aéreos en el Ejército japonés, y multiplicar las unidades kamikaze. Hay que decir, no obstante, que, en aquel momento de la guerra, la diferencia entre un kamikaze y un piloto, digamos, normal, era bastante difícil de establecer. Practicar el ataque por percusión era ir a una muerte segura; pero tampoco podemos olvidar que ir a un ataque tradicional era ir a una muerte más que probable. La inferioridad naval japonesa devenía en una inferioridad aérea de grandes proporciones. Los aviones estadounidenses eran más, estaban mejor equipados, tenían más combustible, más bombas, más balas, y sus pilotos estaban también más frescos. Que no hubiese habido kamikazes no quiere decir, ni de lejos, que los aviadores japoneses no hubiesen cascado como chinches. En este sentido, la decisión del piloto que decía hacerse piloto suicida era, en realidad, más sencilla de lo que nos pueda parecer a nosotros ahora.

Tras las acciones del 25 de octubre, todo el mundo se apuntó a la teoría kamikaze. Lo hizo Fukudome; pero también lo hizo el tenno, Hiro Hito.

Todo esto, sin embargo, no nos debe desviar del hecho, bastante palmario cuando menos para mí, de que los resultados de las operaciones suicidas del 25 de octubre fueron bastante modestos. A menudo olvidamos, y esto incluye también a algunos que escriben sobre la guerra del Pacífico y los kamikaze, que el objetivo de los ataques de los grupos Yamato y Sikishima era debilitar de tal manera a las fuerzas navales estadounidenses que, como consecuencia, sufriesen una derrota, o cuando menos firmasen unas tablas, contra la Marina japonesa. Pero eso no pasó. No pasó porque la capacidad de los grupos kamikaze era muy limitada, pues hablamos de una decena de ataques por percusión de los que, por puro cálculo de probabilidades, una parte sería írrita; porque los estadounidenses supieron revolverse tras la sorpresa inicial; y porque, al fin y a la postre, el daño infligido a la capacidad ofensiva naval estadounidense fue mínimo.

Más allá de la propaganda y de los relatos, lágrimas en los ojos, de Hiroyoshi Nishizawa, para los japoneses bien informados, es decir, para el Alto Mando, quedaba la mierda. La flota japonesa había sido laminada; Japón ya sólo podía ser defendida por sus fuerzas de tierra y por lo que quedaba de sus fuerzas aéreas.

Sin embargo, hay que decir que los ataques por percusión sí tuvieron una consecuencia parecida a la que se buscaba en la operación Sho-go. Aunque sólo parecida. El Alto Mando estadounidense no quedó seriamente preocupado por los daños que se habían producido en los ataques; pero, sin embargo, sí tomó buena nota del hecho de que, a partir del 25 de octubre, cada avión japonés se había convertido en un torpedo. Esto tenía importancia desde un punto de vista logístico; pero también lo tuvo desde un punto de vista estratégico. Yo creo que no está nada lejos de la verdad afirmar que, tras las batallas de Leyte, Estados Unidos se dio cuenta de que nunca podría tomar el control de la isla de Japón, a menos que el propio Japón se rindiese. En buena medida, esta conciencia hay que anotarla en el haber de la estrategia del almirante Onishi y sus grupos kamikaze. Pero, ojo, no está muy claro el valor de ese activo; pues no hay que olvidar que esa convicción es la que acabó por generar el lanzamiento de las dos bombas atómicas.

En lo que es estrictamente la reacción ante el nuevo modo de ataque japonés, el Alto Mando reaccionó impasible el estadounidense. Era algo impresionante desde el punto de vista de la motivación de los combatientes; pero en ningún momento el Estado Mayor consideró que pudiera cambiar el gobernalle de la guerra.

Para Japón, el gran reto, tras el fracaso de la operación Sho-go, era mantener el espíritu de resistencia. En esto, hay que reconocerlo, lo tenía bastante fácil, por dos razones. La primera, el espíritu japonés, del que ya hemos escrito algunos párrafos, escasamente proclive a la mentalidad de derrota y sus consecuentes intentos de conseguir una paz honrosa. El segundo elemento era el nivel de fanatismo que había alcanzado la lucha. En las últimas semanas de la guerra civil española, hay bastantes testimonios de ello, en Madrid todavía se podía ver a partisanos de formaciones de izquierdas que te susurraban eso de “esto está hecho”, y te contaban historias rocambolescas de acuerdos que habría logrado Negrín con Francia y con Inglaterra, y que iban a provocar, en unos días, la derrota de las tropas de Franco, y su fusilamiento. Este tipo de “convicciones” en medio de un ambiente en el que está ya todo el pescado vendido son el fruto del fanatismo; y de eso, los japoneses tenían un huevo.

La situación objetiva, sin embargo, era desesperada. Siendo Japón una tierra más bien poco generosa, y habiendo perdido el Imperio sus posesiones en el Pacífico, los aviones japoneses apenas tenían carburante. Esto quiere decir que sólo podían volar lo justo y que, por lo tanto, no podían aspirar a formar a nuevos pilotos de una forma razonable. Por lo demás, los efectivos aéreos japoneses habían perdido la carrera cuantitativa y cualitativa con los Estados Unidos ya desde principios de 1944; ahora mismo, la diferencia era abismal.

Con lo que tenía, que no era mucho, el Alto Mando decidió proceder a una reorganización. A la I Flota, lógicamente diezmada por los ataques de percusión, decidió unir las unidades sobrevivientes de la XII Flota Aérea, con base en Sishima, al norte del Japón. El 26 de octubre, estos aparatos llegaron al aeródromo de Clark en Manila.

A causa de que, como os he dicho, para entonces la superioridad estadounidense en el combate abierto era indiscutible, los japoneses decidieron organizar a sus fuerzas en pequeños grupos, argumentando que, si volasen, como diría Martín Romaña, de a poquitos, sería más fácil que burlasen la vigilancia. Discutieron mucho sobre el tema de la composición ideal de estos grupos, pero finalmente llegaron a la conclusión de que serían grupos de cinco aparatos: tres de ataque y dos de escolta; aunque la composición se podía modificar según las circunstancias. La apuesta era muy ajustada: los técnicos militares habían llegado a la conclusión, bastante acertada en mi opinión, de que para conseguir inutilizar un gran navío de guerra enemigo, hacían falta dos o tres impactos, y de los buenos. La formación de las escuadrillas, pues, estaba apostando por el éxito total de las misiones; algo que la experiencia de los grupos Yamato y Sikishima no avalaba, y eso que entonces los estadounidenses no estaban coscados de la movida. Pero, como digo, probablemente los medios disponibles no daban para más.

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