miércoles, marzo 14, 2018

Yalta (12: Las victorias de Stalin)

El sábado 10 de febrero, de buena mañana, el teniente Houghton y el teniente Kreuseff se presentaron en el palacio Yusupov, portadores que eran de una carta personal más de Roosevelt a Stalin. Tan sólo un poquito más tarde, los ministros de Exteriores tenían su reunión diaria en la villa Vorontsov.
Al principio de dicha reunión, Stettinius realizó un anuncio que viene a demostrar bien a las claras el espíritu de la Administración Roosevelt a la hora de mantener sus postulados, por un lado. Y, por otro, hasta qué punto FDR fue a Yalta a conseguir dos cosas (las Naciones Unidas y la implicación de Stalin en la guerra de Extremo Oriente) y, una vez conseguidas, lo demás le transpiraba un poco el pene.

El anuncio de Stettinius fue éste: el presidente de los Estados Unidos quería anunciar que, sin detrimento de las declaraciones públicas que juzgara necesarias, aceptaba, en aras del consenso, renunciar en un eventual acuerdo sobre Polonia a la frase que se refería a la supervisión de los procesos electorales por parte de los embajadores de los tres grandes. Obsérvese el tremendo cinismo implícito a la declaración. En primer lugar, se vendía como consenso lo que, en realidad, era una rendición. Y, en segundo lugar, se confesaba, negro sobre blanco, que no se tendría problema en engañar a los polacos y a la opinión pública mundial, a la que pensaba el inquilino de la Casa Blanca seguir haciendo creer que era el campeón de las elecciones libres y secretas.

El secretario de Estado no se cortó a la hora de dejar claras las cosas. El presidente, explicó, deseaba dejar Yalta, a lo más tardar, antes de la noche del día siguiente y, por lo tanto, quería un acuerdo rápido sobre Polonia. Sin embargo, en una buena demostración de que ni tenían prisa ni pensaban, propiamente hablando, negociar, los rusos contestaron con nuevas demandas sobre el redactado de la declaración de Polonia que fueron considerados inaceptables por los británicos primero, y por los estadounidenses después, por lo que no se pudo llegar a ningún acuerdo. Si Roosevelt quería irse ya de Yalta, tendría que currárselo él mismo.

Acto seguido, Eden propuso que Francia fuese adjuntada a la declaración de la Europa liberada, a lo que Molotov contestó, secamente, que eso habría que consultarlo con el mariscal Stalin. El conjunto de ministros estuvo de acuerdo en encomendarle a Stettinius el borrador de comunicado final de la Conferencia. También encontraron el acuerdo a la hora de redactar un telegrama dirigido a Tito y Chubachitch, en el que les urgían a llegar a acuerdos en el espíritu de las decisiones tomadas en Yalta. Sin embargo, donde de nuevo fueron incapaces de acordar fue a la hora de estudiar un texto presentado por Eden sobre un plan para la retirada de las tropas aliadas presentes en Persia. La razón, la habitual: Molotov informó, tranquilamente, de que la Unión Soviética no tenía ninguna intención de retirar de allí sus tropas, por lo menos mientras las autoridades iraníes siguieran teniendo tantos problemas como mostraban a la hora de darles a los soviéticos concesiones petrolíferas.

Aquel sábado, además, como consecuencia de la carta de la mañana, Roosevelt volvió a tener una entrevista personal con Stalin. Ambos llegaron con facilidad a un acuerdo sobre el texto del documento que anunciaba la implicación de la URSS en la guerra contra Japón. Las condiciones expresadas eran:

  • Preservación del estatus quo en Mongolia exterior.
  • Reparación de los antiguos derechos de Rusia que habían sido violados por el que el documento calificaba como ataque traidor de Japón en 1904.
  • Devolución a la URSS de la mitad sur de Sajalín e islas adyacentes.
  • Reconocimiento del poder soviético sobre los puertos de Dairen y Port Arthur.
  • Restitución de los derechos que tenía Rusia antes de la guerra de 1904 sobre los ferrocarriles del Manchukuo meridional, sin poner en duda la soberanía china sobre la región.
  • Concesión de las islas Kuriles a la URSS.
  • Conclusión de un pacto de alianza entre los gobiernos de la URSS y China.

Finalizada la redacción del acuerdo, Roosevelt le preguntó a Stalin si prefería comunicarle él a los chinos las partes del acuerdo que les concernían, o prefería que lo hiciera él. A lo que Stalin, lógicamente, contestó que mejor que lo hiciera el señor presidente, tan listo él.

Incluso en plena reunión, delante de Stalin, el inasequible al desaliento Harriman intentó, cuando menos, poner algo de racionalidad en aquel meconio, y trató de convencer a ambos jefes de Estado (aunque, fundamentalmente, a su jefe de Estado) de que Port Arthur fuese declarado puerto internacional. Pero, claro, su presidente exudaba por la entrepierna, sobre éste como sobre otros muchos pequeños asuntos de su gran pacto.

Así las cosas, la reunión plenaria comenzó como de costumbre, a las cuatro de la tarde.

Las actitudes al principio de la reunión lo decían todo. Stalin parecía ausente, dibujando un lobo detrás de otro en su cuaderno de notas, sin casi dedicarle una mirada a un Churchill que, claramente, estaba incómodo y casi nervioso; esa mañana había recibido informes de Londres en los que se decía que había una enorme inquietud hacia el cierre de la cuestión polaca muy lejos de los intereses británicos. Roosevelt, por último, se mostraba tranquilo, con esa tranquilidad de quien ha conseguido todo lo que pretendía (y no se para a preguntar el precio que ha pagado, claro).

Así las cosas, el principal mensaje que flotó sobre la mesa del plenario fue la apelación de su presidente en el sentido de que era tiempo ya de terminar aquello. Si la conferencia tardaba más, dijo, eso sería aprovechado por la propaganda del enemigo. Un argumento verdaderamente endeble tendiendo en cuenta lo endeble que se encontraba ya el enemigo, y lo endebles que eran sus capacidades propagandísticas. Churchill trató de quitarle de la cabeza su decisión de irse al día siguiente a lo más tardar, pero Roosevelt no se bajó de la burra. “Esto está a punto de estropearse”, dijo el primer ministro británico.

Comenzó la sesión con el tema polaco, con una discusión que terminó por aprobar un texto que había sido acordado por Eden y Molotov, y que dice: Hasta que se haya formado convenientemente un gobierno provisional polaco de unidad nacional, el gobierno de la URSS, que mantiene actualmente relaciones diplomáticas con el gobierno provisional polaco, así como los gobiernos de Gran Bretaña y de los Estados Unidos, establecerán relaciones diplomáticas con el nuevo gobierno provisional polaco de unidad nacional y enviarán a sus embajadores a Polonia para que informen a sus gobiernos sobre la situación en Polonia.

Este texto era el máximo común divisor que habían encontrado los ministros de Exteriores sobre la situación polaca: nada sobre la participación de los exiliados, nada sobre el procedimiento de formación del gobierno de unidad nacional, nada sobre el calendario de unas elecciones libres, nada sobre unas elecciones libres, en realidad. Era un redactado que, no sin sorna, ha sido calificado muchas veces como texto coartada.

Esto es, exactamente, lo que era. Un texto más de una larga historia de textos parecidos como, por ejemplo, el programa de nuestro Frente Popular en las elecciones del 36: un texto diseñado para no decir nada y decirlo todo, esto es, para concitar la firma de socios distanciadísimos unos de otros, por tener la virtud de que, cada uno, según los ojos con que lo lea, llegará a conclusiones muy diferentes sobre lo que pone.

Ahora bien, por muy equidistantes que sean las palabras, siempre tienen ganadores y perdedores. Y el gran ganador de aquel texto era Stalin, fundamentalmente porque había conseguido dos cosas: la primera, crítica hasta el punto de que a mí me resulta imposible creer que Eden lo permitese, que un documento firmado por los tres grandes citase sólo al gobierno de Lublin a la hora de hablar del poder político polaco; la segunda, que no se dijese nada de unas elecciones controladas internacionalmente. Las últimas palabras del comunicado, eso de que los embajadores respectivos se dedicarían a “enviar informes a sus gobiernos” sobre la situación en Polonia, era Molotov puro. Dicho en plata: es una soberana gilipollez. Decir que un embajador va a hacer informes sobre la situación del país donde se encuentra es como decir que un soldador va a hacer soldaduras, o que un friegasuelos va a fregar suelos. ¡Pues claro! Pero es que ese redactado dejaba la puerta a creer, como rápidamente interpretaron los soviéticos, que los embajadores británico y estadounidense en Varsovia harían informitos, y sólo eso.

Otra imbecilidad sin importancia sobre la que el documento nada decía: las fronteras de Polonia. Sí, se decía quién iba a gobernar el país, pero no se decía qué país. Churchill, para quien el tema era bien evidente, trató de sacar el tema para que fuese discutido. Pero el pene de Roosevelt no le dejó. Bueno, en realidad fue Hopkins, quien le pasó una nota a Roosevelt en la que le recomendaba que hiciese alguna declaración genérica sobre la frontera oriental, y le pasara la pelota a los ministros de Exteriores (aunque a esas alturas de la película, o a Hopkins le había dado un ictus o ya debía saber que el acuerdo en el nivel inferior era más que improbable). Pero, claro, eso fue lo que se terminó por hacer, asumiendo, en contra del criterio de Londres, el total silencio sobre el tema en el texto acordado.

Básicamente perdida la batalla de Polonia, Churchill saltó de trinchera. Tomó la palabra para realizar un largo discurso en defensa del derecho de Francia de estar presente en la Comisión de Control. Roosevelt secundó la petición, así pues todo quedó en manos de Stalin. El camarada primer secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas estuvo callado unos tensos segundos, tras los cuales pronunció sólo dos palabras: ya soglasnan; estoy de acuerdo.

Stalin, claramente, ofrecía un pacto: Francia por Polonia.

Pasaron al tema yugoslavo. Stalin aceptó la propuesta británica de enviarle el telegrama a los dos líderes balcánicos, moviéndolos a formar un gobierno de unidad nacional con tres elementos básicos: entrada inmediata en vigor del pacto, que los miembros de la Skupchina (el parlamento anterior a la guerra) que no colaborasen con los nazis formasen parte del Vetch (la asamblea antifascista); y que todos los actos jurídicos del Vetch fuesen sometidos a una asamblea constituyente elegida por sufragio universal secreto.

Tras este acuerdo, que hasta pareció fácil, se pasó a hablar de las reparaciones. En este punto, los miembros del plenario se encontraron, por así decirlo, con otro Stalin. El hombre que normalmente hablaba con voz casi inaudible y un control férreo sobre sí mismo se convirtió en el georgiano que probablemente era en esencia; un hombre gesticulante, dueño de una montaña rusa (nunca mejor dicho) de tonos de voz. “Ustedes”, dijo, “no tienen idea de lo que ha sufrido mi país. Tenemos el derecho a recibir los primeros. Nuestra demanda es sagrada y, la verdad, no entendemos sus reticencias”.

Roosevelt escuchaba, hemos de imaginar que emocionado, el discurso de su amigo, a ratos incluso suplicante, cuando Harry Hopkins le pasó otra de sus notas. Una nota que nos viene a decir hasta qué punto, o bien FDR, o bien la gente que lo asesoraba, o bien todos, vivían en un Universo paralelo. Copiamos (las itálicas son mías):

“Señor presidente:

Los rusos han cedido en tantas cosas, a lo largo de esta Conferencia que nosotros haríamos bien en abatirnos en este tema. Dejemos que los británicos sigan expresando su desacuerdo si quieren; nosotros, simplemente, apoyemos la idea de que el tema se traslade a la Comisión de Reparaciones con las actas de estos debates para indicar la oposición frontal de los británicos a la cifra de 10.000 millones”.

Las cosas se desarrollaron como si Stalin hubiera leído esa nota (cosa que es incluso probable que hiciera, pues en aquella conferencia de Yalta hasta las señoras que repasaban los lavabos eran espías): la URSS, tras una larga discusión, no se movió ni un milímetro de sus planteamientos o de lo que técnicamente conocemos como la proposición Maisky-Molotov: la Comisión de Reparaciones, reunida en Moscú, fijará el total de pagos y reparaciones que se deberán honrar, tomando como base de la discusión la cifra de 20.000 millones de dólares, el 50% para la URSS. Churchill, cansado de discutir, se volvió hacia el presidente de la sesión; y el presidente contestó dando por aprobado el documento. Sólo le quedó a Gran Bretaña la pequeña satisfacción de poder dejar claro que para ellos la cifra de 20.000 millones era sólo el comienzo de una discusión.

A las seis de la tarde, el plenario paró para servir el té. Fue durante esa pausa, en una conversación entre Roosevelt, Stettinius y Molotovs, que se acordó que San Francisco fuese la ciudad que albergaría la primera reunión de las Naciones Unidas. En este tipo de detalles tan importantes (como todo el mundo sabe, para San Francisco ha habido un antes y un después de la reunión de Naciones Unidas) es en lo que estaba el Departamento de Estado USA mientras se discutía el futuro de millones de polacos o la posibilidad de que millones de alemanes prolongasen su miseria durante décadas.

Al regreso de las discusiones, Stalin pidió, y obtuvo, la revisión de la Convención de Montreux y los Dardanelos, esto es, el acuerdo internacional de 1936 que le dio a Turquía el control del Bósforo a cambio de garantizar el tráfico por el estrecho. El camarada primer secretario general del PCUS lo consideraba un tratado superado, en el que además Rusia apenas había tenido pito que tocar. Un tratado ligado a la extinta y fallida Sociedad de Naciones que, además, añadió con un evidente tono de ironía, se había concebido en un momento en el que las relaciones entre la URSS e Inglaterra no eran buenas.

El Tratado de Montreux, la verdad, contenía algunas cláusulas que, no porque su contrario fuese Stalin hay que olvidar que eran excesivas. En Montreux había estado muy presente la diplomacia japonesa. Los japoneses, que habían tenido una guerra contra Rusia treinta años antes, eran conscientes de que, en el caso de que se volvieran a ver en una como aquélla, para ellos sería fundamental, como le acabó pasando al zar, cortocircuitar la flota rusa del Mar Negro del resto de la Armada. Bélicamente hablando, si Rusia, o la URSS, se veía obligado a dejar buena parte de su flota de guerra dentro de la gran piscina del Mar Negro, mejor. Por eso, los japos presionaron en Montreux para que el tratado correspondiente concediese derechos a los turcos a la hora de cerrar el estrecho: en caso de guerra, por ejemplo, pero también, esto lo señaló específicamente Stalin, de peligro de guerra. El camarada primer secretario general consideraba fundamental que este tipo de apreciaciones se revisasen, consciente de que la de la URSS era, en realidad, la única marina de importancia que se vería afectada por un cierre del Bósforo.

Roosevelt le contestó cálidamente, afirmando que detestaba las fronteras fortificadas entre países, y poniendo de ello el ejemplo de la frontera entre los EEUU y Canadá (y sin fijarse en el sur, claro). Churchill, más cauto y, por qué no decirlo abiertamente, bastante más inteligente que Roosevelt (de los dos, el británico tenía muchísimo más claro que el estadounidense el inminente estallido de eso que llamamos Guerra Fría), afirmó que podría estar de acuerdo en principio con el planteamiento de Stalin, pero siempre y cuando la independencia y soberanía de Turquía fuesen íntegramente respetadas. Una forma de decir, pues: estoy de acuerdo en que el pepino en el culo te duele y es injusto que lo lleves; pero no en que debamos extraértelo de donde está.

Pero, claro, como no podía ser de otra manera, antes de cerrar la sesión, el tema de Polonia regresó a la mesa.

La razón: durante la suspensión, los técnicos habían estado pergeñando el borrador de un texto a acordar por los tres grandes. Decía:

Las Tres Grandes Potencias consideran que la frontera oriental de Polonia debería seguir la línea Curzon. Se reconoce que Polonia deberá recibir compensaciones sustanciales en forma de territorios al norte y al oeste. Las Tres Grandes Potencias consideran que la opinión del nuevo gobierno provisional polaco de unidad nacional deberá consultarse en su momento sobre la extensión de esos territorios de compensación y, consecuentemente, la delimitación final de las fronteras de Polonia.

Hopkins le pasó una nota inmediatamente a FDR. Cuidado, presidente, le decía; te meterás en problemas y, además, en un asunto así debes tener en cuenta lo que diga el Senado. Tenía razón. El presidente de los EEUU no puede pactar algo como la frontera de un país sin el acuerdo del Senado. Aunque ya estaba al quite Alger Hiss, quien sin notitas ni hostias propuso que la expresión “las Tres Grandes Potencias” se sustituyera por “los tres jefes de gobierno de las Tres Grandes Potencias”.

Molotov propuso que la frase sobre las justas reivindicaciones occidentales de Polonia se completase con una referencia explícita a las viejas fronteras en Prusia oriental y el Oder. Roosevelt, extrañado, preguntó cuánto de antiguas eran esas fronteras, y Molotov hubo de reconocer que muy, muy antiguas. Roosevelt argumentó, con cierto sarcasmo, que remontarse demasiado daría derecho a Londres a reivindicar el terreno de las trece colonias que se rebelaron contra él. Al final, la sesión se levantó sin aclarar el tema fronterizo.

Por la noche, todos cenaron juntos, esta vez en villa Vorontsov, invitados por Gran Bretaña y muy especialmente por Churchill, que celebraba su cumpleaños. Pero fue una cena íntima: Churchill, Eden, Roosevelt, Stettinius, Stalin, Molotov, y los intérpretes. Entre los muchos brindis, destaca tal vez aquél de Stalin, en el que brindó por el tiempo futuro “en el que los conceptos de izquierda y de derecha pierdan sentido”. Brindis acertado; en buena parte, su sucesor, no sabemos ya si heredero, Vladimiro, ha cumplido en gran parte la profecía.