lunes, junio 19, 2017

Por qué la Transición mola

Estos días andamos de aniversario porque hace cuarenta años del día en el que algunos fueron a votar (a mí me quedaban tres para poder hacerlo). Es un aniversario de fuertes resonancias para todo aquél que vivió en el franquismo, pues para los contemporáneos de aquel régimen, en realidad, 40 años es un aniversario más importante que otros habitualmente más redondos, como el cincuentenario. La razón, valga esta explicación para aquel lector que no la pudo vivir, es que el concepto de 40 años de paz fue machaconamente utilizado por el tardofranquismo en su propaganda. Un régimen cada vez más débil y más cuestionado fuera de España (aunque no le faltaron en Europa apoyos o silencios tibios como los que ahora disfruta Nicolás Maduro) decidió recordarle cada día a los españoles de dónde venía y por qué había surgido; de ahí el mensaje relativo a las cuatro décadas de paz.

El constante machaconeo de los 40 años de paz acabó por meternos dentro de nuestras chavetas la cifra de 40 años como sinónimo de duración del franquismo, aunque si uno echa cuentas, no llegó. Por lo tanto, que ahora se cumplan 40 años desde el primer ejercicio de la democracia quiere decir que, más o menos, nuestra democracia es hoy tan joven, o tan vieja, como lo era el franquismo cuando lo metieron en un armón y lo subieron al Valle de los Caídos. He aquí el sentir básico de la celebración.



Como nunca llueve a gusto de nadie, este cuarenta aniversario se ha producido en un entorno en el cual no faltan las críticas al proceso que llamamos Transición. Buena parte de eso que hemos dado en llamar nueva política se basa en la crítica de ese modelo y en la reclamación de un nuevo proceso constituyente que ponga, por así decirlo, el reloj a cero el 21 de noviembre de 1975. Se le achacan a la Transición muchos males actuales, y ciertamente es imposible que un proceso tan complejo y ambicioso se llevase a cabo sin errores ni concesiones excesivas. Pero yo, la verdad, soy de los que pienso que la Transición, en términos generales, mola. Y que puede esperar un juicio más que apañado y aseado de los historiadores que escriban sus libros en la primera mitad del siglo XXII; eso suponiendo, claro que las subvenciones y las mamandurrias varias no acaben con la buena historiografía antes de eso; que camino llevan.

Y bien: ¿explico por qué? Pues tendría muchas razones para exponer; pero la mayoría, la verdad, son políticas. Esto es un blog de Historia, no de política. Así que me las voy a callar. Desde el punto de vista histórico, tal y como yo lo veo, la Transición es un proceso acertado y adecuado porque supuso la asunción de un principio fundamental; un principio que muchas personas hoy son renuentes a asumir, razón por la cual la atacan.

Ese principio es que la guerra civil fue culpa de todos.

A menudo algunas de las personas que me conocen me preguntan qué político de la II República valoro más. De hecho, recuerdo haber discutido esto con Tiburcio como cinco o seis veces. En los días en que no me están atacando las hemorroides opto por Julián Besteiro. El resto de las jornadas, que son mayoría, no opto por ninguno. Creo que la mejor forma de definir a la clase política de la II República es como un conjunto de personalidades muy fuertes, consecuencia lógica de que la mayoría no fuesen políticos profesionales, todas las cuales tuvieron cuando menos un momento para estar a la altura de la Historia, pero lo echaron a perder. Todos los grandes nombres de la República y la guerra civil, en efecto, tuvieron muchas oportunidades de elegir entre una decisión que les venía bien para ese mismo día por la tarde y otra que le venía bien a la Historia de España; y en todas, y todas son todas, las ocasiones, optaron por la primera. Esta característica es absolutamente común a todo el espectro ideológico: afecta a Pasionaria y a José Antonio, a Prieto y a Lerroux, a José Díaz y Miguel Maura, a Largo y a Gil-Robles, a Casares y a Portela (los galleguiños juntos para que no pasen frío), a Durruti y al cardenal Segura. Y, por supuesto, a Alcalá-Zamora, a Lluis Companys y a Manuel Azaña, los auténticos three stooges de aquella triste astracanada. Por no olvidar a Franco, que pudo buscar un final para la guerra muy diferente del finalmente ocurrido y, por supuesto, no quiso hacerlo.

En puridad, ni Besteiro merece ser elegido; si realmente se usa un cedazo fino, fino, después de agitar y agitar, todo lo que queda entre los dedos, y es triste balance, son el cardenal Vidal i Barraquer y el extraño anarquista Melchor Rodríguez.

Yo fui adolescente en los años del tardofranquismo, unos años en los que los tiempos parlamentarios de la República se valoraban de forma incomensurable. Se hablaba y no se paraba de los excelentes oradores que había visto el palacio de las Cortes durante aquellos años, se contaba la memez aquélla de que Ortega había soltado un discurso en español y luego en inglés, y tal y tal. La República era entonces eso: un regalo modesto envuelto en un papel brillante. Luego lo abres y descubres que aquellos debates parlamentarios fueron de una zafiedad tal que las salidas de pata de banco de hoy parecen ejercicios de colegial. Hoy en día, los jabalíes del Congreso (así se llamaba en la República a los diputados más lenguaraces) hacen insinuaciones sobre las relaciones sentimentales de sus oponentes; en aquel entonces, lo que pasaba es que gentes como Pasionaria llegaban a decirle a diputados de las derecha que no morirían con las botas puestas, porque se las quitarían antes de pegarles un tiro. Sic.

Los que no vivimos la República, y por supuesto los que se informan sobre ella a base de leer a historiadores de parte, difícilmente nos hacemos idea de los niveles de sectarismo y enfrentamiento sin vuelta atrás que alcanzó la sociedad española en aquellos momentos. En una celebérrima serie que hizo hace muchos años la BBC inglesa sobre la guerra civil se entrevistaba a un general y ministro del franquismo sobre los porqués de la guerra, y sólo dio uno frente a la cámara: la guerra estalló, dijo, porque no nos soportábamos.

La gran virtud de la Transición fue desmentir esa afirmación; reconocer que lo fundamental era tener una España en la que los españoles se volviesen a soportar. La Transición, en realidad, comenzó en lo que el franquismo llamó contubernio de Munich; una reunión que pudo salir como la mierda y que de hecho tuvo que hacer, todavía, transacciones como que José María Gil-Robles se negara a reunirse con los dirigentes del exilio, o sea, con la gente que no podía pisar España sin acabar en Carabanchel o en algún patio más sangriento, que con Franco cualquier cosa era posible. Munich, sin embargo, sirvió para poder decir que quienes se habían dado de hostias un cuarto de siglo antes ahora se avenían a sentarse en una mesa para discutir políticas conjuntas. Para discutir un orden constitucional para España donde cupiesen todos.

Los jovenzanos de hoy en día, para los cuales el antifranquismo es una pose estética sin riesgo, ven esto como una concesión del bando perdedor. Ellos ven un proceso que comienza el 18 de julio de 1936 y que, a su modo de ver, sólo puede terminar con la asunción de que en dicho proceso se enfrentaron dos posturas, y que una era la buena y la otra era la mala. Esa idea es cierta de forma apenas parcial. Para empezar, el proceso no comienza el 18 de julio de 1936 porque un golpe de Estado no es el principio de algo, sino la consecuencia. En realidad, el proceso comienza antes; para algunos, en octubre de 1934, con la Revolución de Asturias, née golpe de Estado revolucionario (que es lo que fue); y, para mí, en mayo de 1931, con la quema de iglesias, y no porque se quemaran iglesias, sino porque el gobierno de la nación, conscientemente, decidió negarle a una parte de España el amparo jurídico a que tenía derecho. A partir de ahí, ancha fue Castilla, pues el mensaje que se transmitió, claro y nítido, fue the winner takes it all. Si quieres amparo del Estado, tienes que controlar el Estado. La democracia es, primero y fundamentalmente, el respeto y amparo de las minorías. La II República incumplió este principio casi desde la etapa prólogo.

En uno de los libros que escribió sobre la guerra civil el anarquista Jacinto Thoryo, se incluye una reflexión que llama la atención. Dice Thoryo: si en los años cuarenta alguien se paseaba por un campo de concentración refugiados de Francia, petado de republicanos españoles, y se ponía a preguntar quién tenía la culpa de lo que había pasado, pocos decían: Franco. La mayoría decían: los comunistas. Esta reflexión es un buen punto de partida para cualquiera que se quiera sumergir en el proceloso y turbio mar del exilio español. Un episodio repleto de malas historias, de muchas decepciones, de desafinidades ideológicas modo experto, de creciente debilidad y, por qué no, de pura y simple pelea por la pasta.

Hay dos cosas, sin embargo, que identifican, si no al 100%, sí cuando menos al 99,9% de los exiliados republicanos españoles. La primera de ellas es que todos estaban convencidos de que sus vidas terminarían en España. Se marcharon convencidos de que Franco duraría dos, tres, cinco años. No podían creer que potencias democráticas lo mantuviesen más tiempo; ni siquiera podían creer que aquel tipo, un general bajito con voz atiplada a quien uno de sus principales lugartenientes llamaba Paca la Culona, fuese a imponerse sobre los tipos a los que ellos, los exiliados, se habían enfrentado en el Parlamento. Los exiliados, además, sabían que casi todos aquellos prohombres de la derecha que se les enfrentó en las Cortes republicanas, hombres a los que sin duda alguna sobrevaloraron, eran monárquicos. Gentes que querrían que volviese el rey y que apartarían de un papirotazo a ese generalito.

El primer elemento de su ecuación, esto es Franco expulsado de España por las democracias, les falló porque siempre falla. Una cosa es salir a la calle a colaborar en una cuestación contra un dictador como hizo Olof Palme y otra muy distinta poner a tu Estado contra su Estado; por no mencionar que a todo cabrón nunca le faltan grupos políticos y de pensamiento en los países democráticos que consideran que, en el fondo, no es tan cabrón. ¿O es que acaso los antifranquistas de izquierdas de los años sesenta y setenta del siglo pasado osaban criticar, un suponer, a la República Democrática Alemana, donde se estaban arrancando dientes a hostias en fila de a mil?

El segundo elemento de la ecuación les falló porque Franco, a pesar de ser él mismo un personaje de más bien escasa inteligencia (aunque sí se le daba bien la habilidad fundamental de todo político, que es el manejo de los tiempos), tuvo la gran suerte de que la tensión entre su Estado y la monarquía se fuese a dirimir con un contrincante con tan pocas luces como Juan de Borbón, El Veleta. Una excelente demostración de que las personas con necesidades especiales no son ningunos inútiles es el hecho de que, contra el sordomudo, Franco habría tenido que sudar mucho más.

Cuando los exiliados vieron llegar el año 1949, diez años observando Irún desde Francia, sus puntos de vista comenzaron a cambiar. En 1944 había sido la denominada (ampulosamente) invasión del valle de Arán, un suceso que aclaró muchas gargantas. Igual que el comerciante especulador te compra los jerseys pero no te los paga porque te dice que te los pagará con lo que saque cuando los venda, los comunistas decidieron entrar en los Pirineos con un dizque ejército formado por Paco, el de la guitarra, su cuñado sonao y un señor vestido de marrón porque, dijeron, en el momento en el que empezasen a moverse y a realizar los primeros golpes de efecto, el pueblo español se levantaría contra Franco. No necesitaban ejército, pues, porque ya si eso, en llegando a Minas Tirith, los elfos se encabronarían y les ayudarían.

Yo le concedo gran importancia a la invasión del pleonásmico valle de Arán porque su fracaso, que más que fracaso fue un fracaso absoluto, dejó muy claro a todo el mundo, y no sólo a los comunistas, que eso que hoy defienden muchos historiadores: que el golpe del 36 fue una movida de cuatro personas con intereses muy particulares, es mercancía averiada. De repente, los españoles exiliados despertaron a una realidad que los más conspicuos miembros de la oposición interior ya habían entendido: que buena parte de España estaba con Franco.

En los 150 días que precedieron a julio del 36, 200 personas perdieron la vida en asesinatos políticos (eso es más o menos lo que mató ETA en sus tres años más sangrientos); no hay sociedad que supere ese test de estrés a base de cantar give peace a chance con mandolinas de caramelo. Cuando Largo Caballero era presidente del gobierno, le decía a quien quería escucharle que Mola y Franco se iban a llevar unos zascas de puta madre, porque en cualquier área geográfica que controlasen se iban a encontrar con unas huelgas generales de la hueva que iban a retrasar su avance y complicar enormemente la gestión del territorio. No hubo ni una. Y fueron los largocaballeros en el exilio los que se fueron dando cuenta de por qué: la II República había sido un bello sueño, había hecho muchas cosas bien, pero también se había pasado siete pueblos más de una vez, dejando una larga estela de indignados y gente que, simple y llanamente, quería que todo eso acabase.

Conforme el exilio republicano fue cogiendo pátina, comenzaron a crecer entre los exiliados las posiciones tendentes a defender la idea de que ellos mismos no eran ningunos maulas inocentes que hubieran sido objeto de una descarada traición sin motivación alguna. Fue, además, un ejercicio fácil, porque la renuencia de los comunistas a transar con ninguno de sus anteriores aliados hizo muy sencillo poder culparlos de todo: de las muchas cosas de las que efectivamente tenían la culpa, y de algunas pocas en las que ni siquiera estaba allí.

De esta manera, entre los que sufrieron, los que verdaderamente tenían heridas, no recuerdos o testimonios de heridas, comenzó a tomar cuerpo la idea de que lo importante era cambiar el cartel colocado en la fachada de España. Si el nuevo cartel lo colgaban obreros de mono rojo, o azul, o amarillo, eso cada vez iba dando más igual. Y dentro del franquismo comenzó a crecer la misma idea. El general Franco concebía España como el patio de un cuartel, y si a su muerte se aceptaba mantener este concepto, ya ni siquiera podría ser eso: sería un búnker enterrado en la tierra. Esto ya lo pensaban muchos franquistas antes de la revolución de Portugal; pero cuando se produjo ésta, la clase política franquista entró en pánico.

Los políticos, lo que quieren, es siempre pervivir. Un embajador de Franco, Lequerica, solía decir: «yo no soy franquista; soy carguista». El egoísmo de la pervivencia de unos y el agotamiento de otros, cansados de rezarle a una revolución que permanecía sordomuda en el altar, trajo la Transición. Y ahora los chavalotes mejor formados de la Historia de España, desde el balcón del futuro, les miran y dicen que podrían haber hecho otra cosa. Que ellos habrían hecho otra cosa. Pues bien: hubo quien efectivamente, se apuntó al bombardeo de los críticos de la Transición. Que yo sepa, el Movimiento Comunista, la CNT (del interior), la Organización Revolucionaria de los Trabajadores, el Partido de los Trabajadores, la Organización Revolucionaria de los Trabajadores, Falange, Fuerza Nueva, no comulgaron con la Transición. Y les fue de coña; en cada una de sus manifestaciones llenaban la Puerta del Sol, que es un sitio en el que, como el mundo sabe, caben 40.000 personas bien cómodas; y en las elecciones jamás bajaron de los 800 diputados cada uno.

Eso que hoy llamamos la gente asumió y apoyó la Transición. La hizo suya. Y merecen un respeto.

La Transición es, sucintamente, la famosa frase de Torcuato Fernández Miranda: de la ley a la ley, pasando por la ley. En un país en el que la mayoría de unos y de otros estaba de acuerdo en qué hacer, crear un hiato en la legalidad le habría abierto el portillo a los que no querían abandonar el franquismo. ¿Habrían triunfado? Probablemente, no; pero habrían dejado muertos en las aceras. Fue una de las mejores soluciones que se pudieron adoptar, desde luego mucho mejor que la que propugnan quienes sólo saben del pasado lo que han querido saber. Proclamar la ilegitimidad de la Transición española es proclamar la ilegitimidad de la transición sudafricana; defender que lo que los negros deberían haber hecho es abrir una guerra sin cuartel contra los blancos.

Las personas que defienden que la Transición fue un proceso fallido se me asemejan a generales insensibles. Ese tipo de militar que, con tal de preservar su honor, no duda en enviar a cientos o miles de sus soldados a una muerte que podrían haber evitado porque, al fin y al cabo, qué puto valor tiene la vida de la carne de cañón al lado del honor. El bando perdedor de la guerra civil escogió en 1975 (en realidad, ya en 1960, incluso en 1956) apartar la reivindicación de su honor, sabedor, como era, de que tampoco tenía derecho a presentarse como alguien absolutamente inocente en ese proceso llamado guerra civil española.

Andrés Trapiello ha dejado escrito que una de las cosas que más le sorprende cuando lee recuerdos de la II República y la guerra civil es que nadie, nunca, escribe las palabras: «Yo maté». Todos los hombres y mujeres que han recordado aquellos tiempos lo han hecho como asumiendo que los que se pasaron de rosca fueron otros; que los que mataron fueron otros; que su actitud, que en el mejor de los casos fue saber de esos fusilamientos, de esos asesinatos en plena calle, y no hacer nada cuando no justificarlos; su actitud, en realidad, no coadyudó en la arquitectura de la tragedia. Pero eso no deja de ser un natural y comprensible cinismo escrito. Salvo dos o tres excepciones, todo el mundo que permanecía en 1940 agotado a ambos lados de la zanja tenía las manos manchadas de sangre. Decidieron lavarse todos con el mismo grifo. Y, por el camino, descubrieron la fuerza del pacto, las virtudes de la concertación; un hecho absolutamente nuevo en una España que, desde que la memoria alcanza, por decirlo unamunianamente, o había sido de los hunos, o había sido de los hotros.

Poner el contador de la Transición a cero, aparte de ser un imposible por definición, supondría dos grandes cosas: la primera, reabrir el debate histórico sobre la guerra civil, lo cual quiere decir, siguiendo a Trapiello, aflorar todos los «Yo maté» (o yo robé) que siguen por ahí incólumes y escondidos, y que son unos cuantos en ambos bandos. La segunda cosa que viene a suponer es desmentir a Unamuno; admitir, 80 años después, que sí: que España ha de ser de hunos, o de hotros.

Yo, cuando menos, no tengo ni puta gana de bailar ese ridogón.