miércoles, febrero 08, 2017

Los J'accuse españoles (Lorenzana)

Hubo un tiempo en que un artículo en prensa podía aspirar incluso a derribar un gobierno. Claro que también hubo un tiempo en el que los periodistas sabían escribir. Vaya una cosa por la otra.



Además de la diferencia de calidad y la ausencia de pasteleo que hoy se vive en las diferentes prensas patrias, hay otros factores para explicar que el siglo XIX fuese el no va más del poder de la prensa escrita. Los periódicos gozaban entonces de un monopolio: el monopolio de la opinión, de la misma manera que la zarzuela lo tenía para la diversión. Todo aquél que quería decir algo lo tenía que decir en los corondeles de algún periódico; y todo aquél que quería cautivar a miles o millones de personas con un espectáculo, o escribía una obrita de teatro, o componía una zarzuela, o se hacía torero.

Escribir en la prensa era, a la vez, fácil y difícil. Fácil, porque con la llegada de la libertad de prensa, más o menos relativa, en la segunda mitad del siglo había más periódicos que botellines, y muchos de ellos eran realizados por equipos magros de plumillas desbordados que, por lo tanto, estaban encantados de aceptar colaboraciones con tal de que fuesen de su cuerda. Miguel Ramos Carrión , en un articulillo qtitulado La redacción del periódico demoledor, recrea como nadie el ambiente de un medio de esos creado por un esforzado grupo de carbonarios dispuestos a cambiar España y el mundo: «La habitación es oscura, húmeda y huele a queso. Está prohibida la limpieza, como un achaque vanidoso de las clases privilegiadas de la sociedad, porque todos los hombres limpios se consideran como pertenecientes a una de esas clases favorecidas injustamente por los malos gobiernos (...) El director cierra los paquetes y los lleva al correo, y los redactores alternan semanalmente en la práctica de los asuntos de primera necesidad. Es decir: suben la bebida de la taberna más próxima y echan tinta en los tinteros; ambos líquidos indispensables para el trabajo que voluntariamente se han impuesto unos cuantos hombres desinteresados por prestar un servicio a sus hermanos del pueblo (...) El director fraternaliza con sus co-redactores, y se comunican unos a otros los planes maquiavélicos de la revolución que siempre se está acercando y luego se desvanece como una figura de fantasmagoría.»

Àl tiempo, sin embargo, escribir en los periódicos era difícil, porque la mayoría de esos periódicos los leían apenas sus redactores y más íntimos conmilitones. Para escribir en alguno de los grandes periódicos de la época había que tener contactos y fama.

En la Historia de Europa hay un famosérrimo artículo del que todo el mundo habla: J'accuse, el artículo escrito por Émile Zola sobre el caso Dreyfuss. Pero habrás de saber, lector, y habrás de saberlo con mayor razón si eres español y eres o pretendes ser periodista, que en la Historia de España también ha ha habido artículos de esta guisa... no, no te estoy hablando de Larra. Este modesto relator de historias, por mucho que lo admire, que lo admira, considera que Larra está sobrevalorado por dos o tres generaciones de intelectuales españoles que han querido ver en él valentías que a ellos les faltaban; por no mencionar que si Larra hubiese muerto con cincuenta años de una apoplejía, tengo yo por probable que no lo ponderaríamos tanto, pues hay personas que no son famosas por su vida, sino por su muerte.

Periodistas con redaños y pluma como para remover gobiernos los hubo en nuestra Historia. Para mí, dos fundamentalmente: Juan Álvarez Lorenzana y Emilio Castelar. Hoy hablaré del primero, y creo que es homenaje necesario porque hoy son pocos, por decir que hay alguno, los españoles que lo recuerdan. Y periodistas, contados con los dedos de una mano. Lo que mola entre los escribidores patrios es saber quién fue Ryszard Kapuscinski, pero pregúntale a un plumilla quién es Juan Álvarez Lorenzana, y ya verás cómo te pregunta en qué equipo juega.

Era el 22 de diciembre de un enrarecido y enfrentoso 1864. Reinaba en España Isabel II, la hija del rey Fernando, y las Cortes, como entonces trabajaban, en tal fecha no estaban prestas a irse de farra, sino a abrir sus sesiones. El día 22, de hecho, había convocada sesión y en dicha fecha apareció en un periódico muy leído en Madrid, El Diario Español, un artículo titulado La camarilla de Palacio, con un subtítulo que decía Misterios. De hecho, es por este titular auxiliar, Misterios, que ha pasado a la Historia que hoy pocos recuerdan.

La pieza periodística se publicó sin firmar, pero al poco de comenzar a vocearse el periódico ya todo el mundo en Madrid sabía que el autor era Juan Álvarez Lorenzana, un periodista asturiano (como Leopoldo Alas) que entonces tenía 47 años y que había invertido buena parte de su vida en los pasillos del poder (había trabajado para Posada Herrera) y de las Cortes. El artículo, muy de estilo decimonónico, era un texto con mucho ritmo marcado por un ritornello constante a la exclamación: «¡Misterio!» Pocas horas después de salir de las prensas, circulaba por Madrid, y días después por toda España, en copias de copias de copias. En términos actuales, pues, diremos que un montón de gente lo compartió en su muro.

Algunos meses antes de publicado el artículo, la reina había dado una espantá de las suyas, una de sus típicas yenkas en las que daba un pasito adelante y siete para atrás. Presionada por los liberales, había permitido un ministerio dirigido por Alejandro Mon (otro español olvidado, padre de la primera reforma fiscal que de tal tiene derecho a apelarse en España; otro día deberíamos hacerle justicia, yo escribiéndole y tú leyéndolo); pero, al punto, la vocinglera y volátil monarca que se ponía como el Puma de Baracoa cada vez que leía en periódicos satíricos que la llamaban Lesbia; esta señora, pues, de cascos liberales pero política a la antigua, se arrepintió e hizo nombrar primer ministro a Ramón María Narváez. A su proceso de conversión no fue ajena, al parecer, su consejera áulica: sor Patrocinio, la Monja de las Llagas; esa señora a la que el Diablo, tal vez por no tener nada mejor que hacer, llevó por los aires a conocer la sierra de Madrid.

Narváez se trajo al gobierno a Luis González Bravo, otro personaje irrepetible de nuestra Historia. Iniciada su vida como agitador, diríamos hoy, de izquierdas, se había hecho famoso por apelar a la reina María Cristina de ilustre prostituta; afirmación para la cual la dicha señora, la verdad, le dio más de un pábulo. Con los años, sin embargo, González Bravo se había subido al péndulo ideológico, y pasada la mitad del siglo se había convertido en uno de los personajes más fachas que atesoran nuestras enciclopedias. Con decir que a ratos dejaba a Narváez de progresista flexible está, creo, todo dicho. El Espadón de Loja le otorgó, cómo no, el ministerio de la Gobernación, es decir, la policía.

El artículo de Lorenzana iba precisamente sobre esa crisis o cambio, y estaba dirigido a explicar al lector que ésa y otras mutaciones gubernamentales no tenían que ver con los mecanismos constitucionales, sino con otras cosas.

Lorenzana repasaba en su artículo las varias veces que, en el tiempo reciente, había sido con misterio llamado Narváez al gobierno y posteriormente, y con la misma opacidad, devuelto al corral. Y cada una de esas circunstancias las coronaba con su leiv motiv: «¡Misterio!», tras preguntarse los porqués de mudas tan radicales e inesperadas.

Sigue el articulista recordando irregularidades ocurridas en la vida civil y política, como que el infante Sebastián Gabriel exiga transferencias desde el Tesoro a las que no tiene derecho por haber apoyado la causa carlista; y sobre todo, el hecho palmario de que en la España de la desamortización, en la que más que aumentarse los establecimientos religiosos se están desmantelando, de repente se levanten en varios sitios nuevos conventos que no se sabe quién esta pagando (y ya se sabe que en España, cuando no se sabe quién está pagando algo, ya puedes ir pensando que lo estás pagando tú...).Y todos esos desafueros terminan con la ya célebre admonición al Misterio como toda explicación de hechos tan singulares. Finalmente, el articulista realiza un ataque directo a sor Patrocinio, a la que acusa, entre otras cosas, de poner y deponer diputados. Acusación plenamente cierta.

Narváez recibió el artículo con ira nada contenida. La verdad, el texto venía a decir que él no era primer ministro (o dejaba de serlo) ni por sus habilidades ni por sus méritos, sino porque a la reina le salía (literalmente) del coño. Y eso, lógicamente, no lo podía soportar bien. González Bravo, que hemos de recordar era el correlato de su tiempo al ministro del Interior, fue pronto blanco de las críticas de los agraviados por el texto, que lo responsabilizaron de que se hubiera publicado. De hecho, fue a Palacio a despachar con la reina tan enojoso asunto, pero Isabel no lo quiso recibir y le mandó a una condesa mayordoma de mil años a decirle que se pirase; lo cual, en etiqueta decimonónica, casi equivale a que seas ministro, vayas a La Moncloa a despachar con Rajoy, y te encuentres con que Rajoy ha cerrado la puerta del edificio y te ha dejado en las escaleras a un jardinero para que te dé explicaciones.

Narváez y González Bravo buscaron a Lorenzana por todo Madrid, sin hallarlo. El primer ministro, por otra parte, ya no pudo parar a su ministro de Gobernación, quien consideraba que eso de la libertad de expresión había ido demasiado lejos. Aunque el que comenzó a repartir leches fue Alcalá Galiano, ministro de Fomento, otrora liberal y entonces ya conservador de pro, quien anunció una purga de textos vivos, como él llamaba a los progresistas refugiados en cátedras universitarias. Castelar, que acababa de ganar una, le contestó de una manera que se hizo famosa en su época: "Sentado en mi cátedra le espero a que me despoje con mano aleve de mi honrada toga. Me siento fuerte con el auxilio de mi conciencia y de mi derecho".

La prensa opositora lo intentó, pero no lo consiguió. El abanico de medidas utilizado por el ministro de Gobernación, que incluyó muchas y variadas manos de hostias en las comisarías y destierros a Filipinas, acabó callando a la mayoría de los periódicos. Eso sí, muchos periodistas eran juzgados por lo militar... y absueltos. Muchas cortes militares no se atrevieron a ir a por ellos.

Hoy por hoy, no podemos hacernos una idea cabal de la que montó Misterio. Una España, la mayoritaria, que honradamente creía que Isabel II era una reina que creía en un cierto orden constitucional (al fin y al cabo, su reinado no era sino la victoria de los liberales sobre los tradicionalistas); que pensaba que los mecanismos existentes en el orden jurídico-político eran ciertos y funcionaban, se encontró de repente ante la sospecha, que es aun peor que la certitud, de que todo era mentira. Que había una monja que le susurraba al oído a la jefa del Estado lo que debía hacer. Que medidas ilegales aun así se tomaban bajo cuerda, entre tres o cuatro amiguetes. Que España, al fin y a la postre, era el cortijo de una elite dirigente que formalmente se peleaba entre ella y decía pensar en «el pueblo» o «la inmarcesible Nación Española»; pero, en realidad, chamarileaban entre ellos a su puta bola. La España de enero de 1865 fue un poco como esa madre católica que ve todos los domingos a su hijo salir de casa camino de misa y a la que un día una amiga le informa de que el niño, en lugar de tomar el rumbo de la iglesia, toma el de los billares.

Fue en esta situación cuando Castelar, bullanguero y con ganas de bronca, habría de publicar su más famoso artículo de prensa: El rasgo. Un artículo que habría de terminar en el mismo centro de Madrid y de España a hostia limpia. Pero ésa es ya historia para otro post.