lunes, junio 27, 2016

La caída del Imperio (10: Atila)

Recuerda que esta serie se compone de:
  1. Las envidias entre Valente y Graciano y el desastre de Adrianópolis.
  2. El camino hacia la primera paz con los godos.
  3. La llegada en masa, y desde diversos puntos, de inmigrantes al Imperio.
  4. La entrada en escena de Alarico y su extraño pacto con Flavio Stilicho.
  5. Los hechos que condujeron al saco de Roma propiamente dicho.
  6. La importante labor de rearme del Imperio llevada a cabo por Flavio Constancio.
  7. Las movidas de Gala Placidia hasta conseguir nombrar emperador a Valentiniano III.
  8. La movida de los suevos, vándalos y alanos en Spain. 
  9. La política de recuperación del orgullo y el poder romanos llevada a cabo por Flavio Aecio.

En efecto, el formidable ejército acopiado por Flavio Aecio con ayuda de Bizancio en Sicilia nunca pudo salvar el charco hacia la vieja Cartago, para poner a los vándalos en su sitio. Las fuentes disponibles, muy escasas, nos hablan de una amenaza producida en el continente que se concretaría en la llegada de hordas desde Escitia disparando flechas de fuego. Esta cita se considera mayoritariamente como relacionada con algún tipo de invasión por parte de los hunos.

Los hunos, por lo tanto, atacaron en el Danubio. Esto hizo que, automáticamente, todas las tropas bizantinas que se encontraban en Sicilia con Aecio anunciasen que no navegarían hacia África; que, lejos de ello, volverían grupas en dirección a casa.

Solo y sin capacidad militar efectiva, para Aecio se hizo necesario en el 442 firmar un nuevo tratado con Geiserico; un acuerdo en el que el líder vándalo ganó el control sobre la Proconsularis y Bizacena. El Imperio, por su parte, obtuvo el control sobre las dos Mauritanias (la Sitifensis y la Cesariensis) así como las partes de Numidia que no le fueron reconocidas a los vándalos.

Geiserico aceptó, al parecer, sellar este acuerdo con un pago en forma de cereales hacia Italia que garantizase el suministro anterior; más el envío a Rávena, como rehén de lujo, de su hijo mayor, Hunerico. En todo ese contexto, el líder vándalo recibía la consideración ravenesa como rex socius et amicus, esto es, monarca cliente del Imperio. Aunque, en realidad, no quedaba del todo claro quién era cliente de quién.

Con todo, el paso más histórico dado en el pacto del 442 fue el compromiso entre Hunerico y la hija de Valentiniano III, Eudocia. Es cierto que Alarico se había casado con Gala Placidia, miembra de la casta real imperial; pero aquél había sido un matrimonio no sancionado, por así decirlo, por la legalidad imperial. Ahora, sin embargo, se producía en un tratado de paz el primer compromiso de matrimonio de sangre real con un noble bárbaro.

El tratado del 442 tiene un significado hondísimo desde el punto de vista de la Historia de Roma, pues vino a sancionar la pérdida nada menos que de Cartago, esto es, la ciudad, la provincia cuya invasión, derrota a incorporación al territorio de obediencia romana comenzó a labrar la grandeza imperial. Aun así, todo parece indicar que la propaganda imperial lo presentó como una gran victoria por su parte (cosa que hacía siempre, por lo demás). En realidad, estuvo muy lejos de ser eso. Geiserico ganó, con aquel tratado, un poder omnímodo dentro de sus territorios, que usó, por ejemplo, para embargar las propiedades de los terratenientes romanos y dárselas a sus compatriotas, en las conocidas como sortes vandalorum.

Diversas pruebas que nos han llegado, por otra parte, vienen a sugerir que la capacidad de allegar ingresos a Rávena desde el norte de África se vio reducida prácticamente en un 90% desde el acuerdo del 442. Aquel pacto presuntamente tan victorioso, por lo tanto, había sido en realidad un desastre presupuestario de una magnitud que hoy nos es muy difícil de imaginar. De hecho, el Imperio se vio obligado a aprobar leyes que eliminaban prácticamente todo beneficio o privilegio fiscal. Esto incluyó tanto a los explotadores de tierras cedidas por el Estado como a las posesiones de la Iglesia. Se creó una especie de IVA, del 4%, que debía ser sostenido por el comprador y por el vendedor. A pesar de todas estas medidas de austeridad, fue necesario hacer economías, y éstas, lógicamente, puesto que dos tercios del gasto se concretaban en gasto militar, se concentraron en el ámbito de la defensa. El ejército debió perder unos 60.000 efectivos, 40.000 a pie y el resto caballeros.

Para poder contar el pacto con Geiserico, sin embargo, hemos pasado muy por encima de los hechos que obligaron al ejército imperial a desechar la idea de invadirlos desde la península itálica por mar. Hemos hablado de una invasión de los hunos pero, en realidad, estamos hablando de la invasión de los hunos.

Estamos hablando, amigos, de Atila.

Allá por el año 435, el pueblo de los hunos estaba siendo comandado por un tal Rúa o Ruga que, sin embargo, no pudo tardar mucho en morir y dejar el mando de la nación huna a dos corregentes: los hermanos Bleda y Atila. Contra lo que se pueda pensar de Atila como una especie de líder okupa con caballo y arco, brutal y primario, en realidad era un jefe militar que entendía las necesidades y virtudes de la diplomacia. Atila y Bleda enviaron, de hecho, su primera embajada a Rávena el 15 de febrero del 438, una fecha que no puede estar muy lejos del momento de su acceso al poder o incluso puede ser anterior al mismo.

De hecho, Atila y Bleda llegaron al poder con ideas nuevas, y poco tiempo después de haberse convertido en correyes de los hunos, renegociaron los acuerdos que tenían con el Imperio Oriental. De la reunión negociadora entre hunos y romanos conocemos el dato de que éstos hubieron de parlamentar subidos a sus caballos, puesto que los hunos se negaron a desmontar. En aquel acuerdo se pactó un incremento del subsidio que recibían los hunos por estar donde estaban (en realidad, el subsidio fue doblado), amén de otra serie de cláusulas relativas al trato humanitario y la devolución de los prisioneros romanos que pudiesen hacer. A cambio, Constantinopla recibía la garantía de que no tendría que acoger refugiados hunos.

Aquellos términos, a todas luces, no gustaron a los hunos. Independientemente de lo que sus reyes considerasen justo pactar, parece que la gente huna tenía otras ideas. En algún momento del paso del año 440 al 441, durante una feria de mercado en la que ambas partes intercambiaban productos, los hunos se mosquearon, sometieron a asedio el fuerte romano donde se estaba produciendo el mercado, y mataron a los guardias y a algunos comerciantes. Cuando los romanos protestasen, los hunos ofrecieron una disculpa que hasta ellos tenían que saber era una chorrada: según ellos, el obispo de Magus (en Serbia; más o menos en la actual Pozarevac) había cruzado el Danubio para robar las riquezas de las tumbas de los notables hunos. En realidad, lo que ellos querían, y exigieron, era que Constantinopla aceptase la entrada en su territorio de tantos refugiados como romanos habían apresado los hunos con ocasión del presunto affaire de las tumbas. El Imperio se negó y por eso, cuando llegó de nuevo el buen tiempo, los hunos cruzaron el Danubio y comenzaron a tomar ciudades y fuertes a cascoporro. Incluso tomaron y destruyeron la súper base terrestre romana de Viminacium, situada donde hoy está la pequeña ciudad Serbia de Kostolac.

En ese punto el obispo de Margus, quien pese a suponerse siempre dispuesto al martirio quería salvar el gañote como todo hijo de vecino, entró en pánico, y le ofreció a los hunos entregarles la ciudad a cambio de que retirasen las acusaciones contra él. Para Bleda y Atila, aquello era oro molido: controlar Margus suponía controlar la principal vía militar romana que cruzaba Serbia, y por lo tanto les ponía en bandeja el sitio de Naissus, hoy conocida como Nis. A partir de Nis, los hunos podrían elegir: al sur, hacia Tesalónica; o al sureste, hacia Serdica (Sofía) y, de allí, a Constantinopla. En el 442, Nassius estaba en poder de los hunos.

Era la primera vez que Atila había atacado a los romanos, y en esa campaña había dejado bien claro que era, como decían los payasos de la tele, más que capaz, capataz, de apiolarse las ciudades y, lo que es más importante, los mejores fuertes romanos.


Esta habilidad, sin duda, sorprendió a los romanos con la ropa interior por los tobillos. Hasta entonces, la guerra contra los bárbaros (queremos decir, los godos) no había incluido la vulnerabilidad de los fuertes, contra los que aquella tropa germánica tenía poca fuerza. Se ha especulado, sin embargo, que la posible participación de los hunos en la conocida como confederación Hsiung-Nu, que guerreó contra el Imperio Chino en batallas que incluyeron asedios, pudo enseñarles las bases de esta habilidad bélica. Eso sin mencionar que Aecio había empleado a muchos hunos, hunos que tenían ojitos para ver, y cerebro para entender, las cositas que le veían hacer a los romanos cuando llegaban a una ciudad que se les resistía.