miércoles, marzo 30, 2016

La caída del Imperio (1: todo comenzó con las envidias entre Valente y Graciano)

Hay muchos testimonios, incluso en la primera Historia de Roma, de que la frontera oriental de sus posesiones europeas nunca dejó de ser un problema. Pero para hablar de la caída del poder de Roma, en puridad, hay que desplazarse hasta el cuarto siglo de la era. Un siglo en el que Roma seguía siendo enormemente poderosa, pero había cambiado bastante.


En primer lugar, las acromegálicas necesidades de su organización estatal habían llevado al Estado romano a establecer una red de impuestos que muy probablemente era confiscatoria. En segundo lugar, la clase política se encontraba bastante debilitada pues, a pesar de basarse en el poder de unas cuantas familias, para entonces, según se ha estimado, apenas una cuarta parte de los senadores procedía realmente de aquella casta que había hecho grande al Estado y que justificaba su naturaleza oligárquica.

En el año 368, un senador llamado Símaco visitó la ciudad de Trier o Treveris, situada en la actual frontera entre Francia y Luxemburgo. La misión de Símaco era imponer la aurum coronarium, la corona de oro, al emperador Valentiniano I. La corona de oro no era una corona. En realidad, era una pasta que las ciudades del imperio otorgaban voluntariamente (so to speak; o sea, más o menos con el mismo nivel de voluntariedad con que los coruñeses le regalaron Meirás a Franco) a un nuevo emperador en el momento de su nombramiento y con cada quinquennalia, esto es, cada vez que acumulaba un lustro de mandato. Valentiniano había subido al poder en el 364, por lo que estaba a punto de llegar a su quinto año de mandato, y debía recibir los euros.

Así pues, hay ciertas cosas que se deben entender. La primera, que en el cuarto siglo de nuestra era, para ir a ver a un emperador ya no te bastaba con cruzar el Foro a pie o en carrito: tenías que salir de Roma y muy a menudo, llegarte hasta donde Jesucristo perdió su abono-transporte. La capital seguía siendo la capital y demandando buena parte de los ingresos fiscales del Estado romano, pero había dejado de ser el centro del Imperio. En Italia, había sido batida por Milán, que tenía la ventaja de estar más cerca de otras fronteras del Imperio. Pero además estaban Trier, o Sirmium en el Danubio, Nicomedia en Asia Menor, o Antioquía. Todos estos lugares eran ya políticamente mucho más relevantes que Roma. Estas nuevas capitales de hecho no hacían sino reflejar una situación por la cual los emperadores tenían que estar centrados en las tensiones existentes en sus fronteras.

La segunda cosa que hay que saber es que la figura del emperador había cambiado radicalmente, orientalizándose. El contacto de Roma con el mundo helenístico y, sobre todo, con las mesetas de Persia y sus satrapías, había cambiado para siempre la figura del emperador. Éste, recuérdese, comenzó siendo un primus inter pares, aunque ya muy pronto (sobre todo con Augusto) se procedió a hacer cosas como divinizarlos. El proceso, lento pero seguro, se perfeccionó durante el periodo que podemos denominar de los Doce césares por seguir con la descripción de Suetonio. En el cuarto siglo de nuestra era, el emperador romano ya poco se distinguía de un basileus helenístico y, entre otras cosas, en presencia del emperador se exigía la proskynesis, esto es el acto de tirarse al suelo y humillarse. La descripción que nos ha llegado de la entrada del emperador Constancio en Roma, apenas siete años antes de la elevación de Valentiniano, nos pinta a un tipo sentado en su trono que no mueve ni un músculo; los emperadores se han convertido en estatuas admiradas por su pueblo.

Pero la gran novedad que se había producido en el cuarto siglo de la era, por la importancia que tendría en el funcionamiento del Imperio, fue la introducción de la corregencia. Adelantando la decisión de Constantino el Grande, para entonces era normal que el Este y el Oeste del Imperio fuesen administrados por distintos jerarcas. Algunos emperadores (Constancio II, Juliano, Joviano o Teodosio I) gobernaron solos durante algún tiempo todo el Imperio, pero eso fue la excepción.

Para gobernar, aquellos emperadores no tenían que mirar al Senado, que de tiempo atrás era ya una institución bastante poco útil. En realidad, el Imperio se había convertido en buena parte en lo que hoy denominaríamos una dictadura militar, puesto que el ejército era el principal punto de atención para los emperadores; especialmente los comitatenses o comandantes de las fuerzas desplegadas en diferentes regiones, y que habitualmente tenían el poder de poner y de quitar. El ejército y los palatini, esto es la corte de burócratas que rodeaban al emperador, eran los dos elementos de gobierno. Ser emperador, de esta manera, era un hecho que surgía mucho más del consenso de militares y altos funcionarios que de una legitimidad dinástica que a veces no estuvo tan clara.

Un elemento importante del Imperio romano tardío es que había roto el vínculo entre la carrera política clásica, el cursus honorum, y la carrera militar. Los senadores podían aspirar a conseguir puestos diversos que les darían poder para distribuir trigo o presidir fiestas religiosas; pero ya no eran los cónsules de siglos atrás, aspirantes a obtener mando en tropa que consolidase su poder. El ejército, en un fenómeno muy moderno, se había convertido en una realidad en sí misma.

Ser senador cada vez contaba menos para el poder, y por esa razón el acceso a la condición ya no era lo que había sido en el pasado. Fue, precisamente, en aquel cuarto siglo de nuestra era cuando fueron básicamente emasculados. En primer lugar, si los emperadores de los tiempos más conocidos habían tenido asesores en los que habían podido confiar pero sin darles categoría senatorial, eso se acabó. A partir más o menos del año 300, los emperadores empezaron a petar el Senado con sus propios ministros y secretarios. Más de 5.000 altos funcionarios del siglo, que no tenían sangre para ser senadores, ocuparon sin embargo sitial. De hecho, fue en este siglo cuando se crearon dos categorías de senadores, por así decirlo, de pata negra: los spectabiles y los illustres; categorías ambas a las que se accedía siendo un buen burócrata, no perteneciendo a familias patricias. En la segunda mitad del siglo, para colmo, se creó un nuevo Senado en la mitad oriental del Imperio; la verdad es que muchos de los burócratas y aristócratas que lo formaron ya residían allí.

Aquella Roma, de hecho, inventó la aristocracia, con la invención, desde Constantino, del comite o conde como lo llamamos nosotros, inicialmente una marca que señalaba un favor personal del emperador.

¿Y los bárbaros? Bueno, en el siglo IV, los bárbaros ya habían tenido sus momentos. Por ejemplo, el año noveno de nuestra era, cuando tres legiones enteras comandadas por Publius Quintilius Varus, totalizando hasta 20.000 hombres, fueron masacradas en el Teutobergiensis Saitus o, como lo conocemos hoy, el bosque de Teotoburgo. Roma nunca olvidó la humillación y, de hecho, en cuanto pudo envió a Germanicus Caesar, sobrino del emperador de Tiberio, a poner las cosas en su sitio en el año 15.

La masacre de Varo fue perpetrada por una coalición oportunista de pueblos germánicos, que eligieron como comandante al caudillo de los cherusci, Arminius, conocido como El Germánico, todo un modelo para el nacionalismo alemán, que le ha compuesto más de sesenta óperas (la mayor parte de ellas, plúmbeas como un melón colgado de un párpado). Eso sí, los alemanes erraron al especular con el lugar de la batalla, y de hecho hay un monumento que la celebra en Detmold, cuando ésta tuvo lugar a unos 70 kilómetros de allí, en Wiehengebirge, en un lugar conocido como la depresión de Kalkriese-Niewedde.

La derrota de Varo, sin embargo, no nos alcanza para explicar por qué los romanos se pararon en el Rhin. También sufrieron otras derrotas humillantes, por ejemplo contra los galos, pero eso no les impidió conquistar las tierras más tarde.

La tierra que se dejaron por conquistar los romanos en los tiempos de su gran expansión era en realidad más grande que la actual Alemania. Aun así, era relativamente homogénea, puesto que, con la excepción de los nómadas sarmatios que vivían en Hungría y hablaban iranio, y de los dacios establecidos en los Cárpatos, todos o casi todos los demás bárbaros hablaban germánico. Sin embargo, esto no quiere decir que estuviesen unidos; en realidad, estaban distribuidos en más de cincuenta pequeñas naciones. Como ya hemos dicho, es cierto que estos germánicos fueron capaces de masacrar a las legiones de Varus, pero no es menos cierto que años después, cuando llegó Germánico, la historia fue otra. En realidad, si los romanos se pararon en el Rhin fue porque gracias a otros dos ríos que sí dominaban, el Ródano y el Mosela, podían garantizarse el transporte fluvial de sur a norte sin problemas. Si analizamos la Historia de Roma, llegaremos fácilmente a la conclusión que la labor de hacer suya Germania le correspondía a Tiberio. Augusto, su predecesor, había sido contemporáneo de la catástrofe de Varus, y no podía confiar en una campaña exitosa. Tiberio, sin embargo, parece haber llegado a la simple conclusión, que compartirían sus sucesores, de que más allá del Rhin había muy pocos impuestos que cobrar. Dominar aquello hubiera supuesto tejer una costosa red de fuertes y campamentos para someter a unos pueblos de escasa prosperidad. Por lo demás, la fragmentación de los germánicos le hizo pensar a Tiberio, y no se equivocó cuando lo pensaba, que los haría unos enemigos poco poderosos. En otras palabras, no es verdad que la fiereza de los bárbaros explicase que no fuesen romanizados; lo explica el hecho de que eran demasiado pobres para que mereciese la pena someterlos.

De todas formas, hay una poderosa razón más que explica el desinterés romano por los bárbaros. Esa razón se llama Persia, y tiene que ver con los cambios que allí se operaron en el siglo III de nuestra era.

Hasta entonces, el enemigo de Roma en Persia había sido la dinastía parta de los arsácidas, que llevaba en el machito guerrero desde más o menos el año 250 antes de nuestra era. Los arsácidas tenían algunas muescas en las culatas de sus pistolas. Poderosos y muy extendidos en su momento, a la altura del siglo II habían perdido fuerza para oponerse a los romanos. La última gran victoria romana en la zona llegó al final de aquel siglo, cuando Septimius Severus ensanchó el Imperio creando las provincias de Osrhoene y Mesopotamia. Estas victorias supusieron una gran crisis en el mundo persa. En el año 205 comenzó una gran rebelión en el territorio de lo que hoy es la India. Fue impulsada por el más importante señor de la guerra local, Sasán, y continuada, a su muerte, por Ardashir I, quien es el verdadero iniciador de la dinastía que, sin embargo, llamamos sasánida cuando, en realidad, deberíamos considerar ardasírica. Tras una serie de victorias seguidas, fue coronado súper compi yogui, o sea Rey de Reyes, en Persépolis; era septiembre del 226.

Con Ardashir, la zona adquiría un contrapoder a Roma que no tenía con los reyes arsánidas. De hecho, diez años después de su coronación, invadió la Mesopotamia romana, tomando Carrhae, Nisibis y Hatra. Ya muerto Ardashir y sustituido por su hijo Shapur I, éste tuvo que enfrentarse a tres grandes contraataques romanos. La cosa salió como el culo para los romanos, ya que fueron derrotados, sufrieron la muerte de dos emperadores y la captura de un tercero, Valeriano. Shapur le dio el tratamiento a Valeriano que Julio le había dado a Vercingetórix, esto es se lo llevó consigo cargado de cadenas. Otro emperador, Numerianus, fue también capturado y asesinado.

La eclosión sasánida y la personalidad de Shapur eran mucho más que un movimiento de resistencia. En parte diádoco de los diádocos, Shapur conservaba las viejas ambiciones del sueño de Alejandro y, consecuentemente, no se contentaba con echar a los romanos de sus lugares. Quería, sí, Mesopotamia, pero también ambicionaba Egipto y partes de Turquía. En suma: era una potencia competidora en toda regla.

Roma, en parte, no estaba preparada para este enfrentamiento. El constante crecimiento de su Imperio le había llevado a realizar una reforma militar que, en la práctica, la hacía menos eficiente contra un solo enemigo poderoso. Las viejas legiones romanas habían sido reformadas, y ahora el ejército romano se componía de campamentos militares fronterizos, los limitanei, y las fuerzas móviles o comitatenses, emplazadas en el Rhin, el Danubio y el Este. También había cambiado el ejército desde los tiempos de Julio desde una fuerza basada fundamentalmente en el soldado de a pie a una formación en la que había un montón de especialistas, desde los sagitarii o arqueros a caballo, hasta los artilleros o ballistiarii, pasando, sobre todo, por la caballería (clibanarii). Conscientes de que buena parte de las victorias persas contra Gordiano, Felipe o Valeriano se habían debido a fuertes contingentes a caballo, el ejército romano había copiado la movida. De todas formas, la principal reforma que hizo Roma fue fiscal, para poder recaudar dinero y así tener un ejército suficiente. La creación por Diocleciano de la annona militaris fue, probablemente, el acierto que se estaba esperando. En el 298 Galerio, corregente junto con Diocleciano, obtuvo finalmente una victoria sobre los persas que pudo hacer pensar a Roma que había estabilizado su frontera oriental.

La amenaza persa, y sus necesidades fiscales, es la gran responsable de la descentralización romana, que se aceleró considerablemente en paralelo a los grandes enfrentamientos con los sasánidas. Asimismo, es la gran responsable de las corregencias, necesarias para darle al Imperio una administración eficiente.

Pero la consecuencia fundamental fue que los romanos dejaron en paz a los bárbaros de Europa. Tras el tratado con Joviano, que le aportó diversos territorios en Mesopotamia, Shapur decidió actuar en el Cáucaso. Así, echó de sus poltronas a los reyezuelos de Armenia y la actual Georgia, que eran aliados de Roma. Para el emperador Valente esta amenaza era mucho más importante de lo que pudieran ser los germánicos, por lo que extrajo tropas de los Balcanes para enviarlas a Persia. En razón de aquel traslado, finalmente tuvo que buscar el fin de las hostilidades en el Danubio, pactando con el líder local, Atanarico. En dicho tratado se eliminó el privilegio que hasta entonces había tenido Roma de convocar tropas góticas cuando necesitara ayuda en Persia.

Apuntados estos antecedentes, acerquémonos a los tiempos de la caída propiamente dicha.

En el invierno que abrochó los años 375 y 376 de nuestra era, el ya de por sí débil equilibrio geopolítico en Europa se vio claramente amenazado. Para entonces, Roma ya no era lo que había sido. Ni como ciudad, pues su calidad de centro del propio imperio al que había dado nombre era más que dudosa. Ni como unidad política. A pesar de seguir siendo todavía una potencia económica de grandes dimensiones, éstas no eran suficientes como para garantizar una presencia uniforme del poder romano en sus extensísimos territorios y, consecuentemente, hacía sus fronteras cada vez más permeables.

En lo que hoy conocemos como Europa del Este, el río Danubio operaba como frontera del Imperio. Más allá del río, los romanos tenían una información bastante fragmentaria; pero, aún así, aquel invierno las noticias de luchas y enfrentamientos en el área norte del Mar Negro fueron bien conocidas.

Para los romanos, aquello fueron buenas noticias; o más bien noticias insulsas. En lo que a ellos respectaba, los putos bárbaros podían matarse entre ellos, mientras que quedasen de aquella orilla del río. Por desgracia para ellos, eso no fue lo que pasó. El verano del 376, sin pateras sino en carros o andando, toneladas de inmigrantes se presentaron en la frontera, huyendo de la guerra.

Aquellos inmigrantes, en decenas de miles, eran fundamentalmente dos pueblos organizados. Por un lado, los greutungos venían de las riveras de Dniester; por el otro, los tervingios, comandados por dos caudillos llamados Alavivo y Frigiterno. En realidad, más que inmigrantes deberíamos llamarlos, en términos actuales, refugiados políticos, porque todos ellos huían de la presión de los hunos, quienes, desde algún punto de Asia (hay quien sostiene incluso que eran una tribu nómada que venía dando tumbos desde China) los empujaban literalmente fuera de las tierras donde se habían emplazado. Los hunos no parecían muy interesados en dominar a los pueblos que encontraban, pero los hechos nos demuestran que se las arreglaban para convencerlos de que se abriesen.

Aquella inmigración masiva, que podría llegar hasta a 200.000 personas, fue vista por los romanos de la frontera de una forma zapateril, esto es: considerando que no plantearía problema alguno sino que, es más, sería un gran negocio. Los godos, malamente establecidos en la frontera, tardaron algunos meses en comerse todas las provisiones que habían traído y, a partir de ese momento, volvieron el rostro hacia los romanos de frontera para comprar la manduca; momento en el cual éstos los esquilmaron, reduciéndolos a la postre a la esclavitud en los casos en que ello fue necesario. Esto ya encabronó de por sí a los bigotudos godos; pero el encabronamiento se colocó en el punto de ebullición tras una jugada del jefe de las tropas de Tracia, comes Thraciae, Lupicinio. Lupicinio invitó a un banquete a algunos de los líderes godos y, una vez allí, los atacó.

¿Por qué hizo aquello Lupicinio? La hipótesis más plausible, en mi opinión, es que, como por otra parte suele ocurrir con las inmigraciones masivas aceptadas sin un poquito de reflexión previa, muy pronto el emperador Valente se encontró con que todos aquellos tipos desbordaban su capacidad de control. Entre otras cosas, porque la inmigración goda vino a coincidir con un nuevo periodo de estabilidad en el imperio persa, bajo el mando del rey Shapur, que colocó bajo serio peligro las ganancias de territorio romanas en los Cárpatos, obligó a Valente a amenazar al sátrapa varias veces e hizo que, en realidad, cuando los godos se presentaron en el Danubio, Roma estuviese desviando todo lo gordo de sus tropas hacia la lucha con los partos. Ésta es la razón, de hecho, de que Valente, contra lo que se suele decir en muchos libros de Historia en el sentido de que aceptó a todos los godos con total alegría, acabó por permitir únicamente la implantación de los tervingios en territorio del Imperio, manteniendo a los greutungos en el otro lado del río.

Lupicinio, que había decidido trasladar a los tervingios a Marcianópolis, tuvo que estrechar su control sobre éstos, lo que supuso retirar de sus puestos a las tropas encomendadas de controlar que los greutungos se quedaban más allá de la frontera... que éstos traspasaron. De hecho, en aquel movimiento probablemente existió algún tipo de planificación germánica, pues la marcha de los tervingios hacia su nuevo lugar de asentamiento, Marcianópolis, fue inusitadamente lenta, se diría que artificialmente lenta, lo cual dio tiempo a los greutungos para moverse sin control por parte de unas tropas que tuvieron que permanecer pendientes de los tervingios. Al fin y a la postre, pues, los romanos acabaron encontrándose frente a una rebelión considerablemente bien organizada.

Éste era el ambiente en el cual se produjo la famosa cena en la que Lupicinio intentó, sin éxito, descabezar a los cada vez mejor organizados godos. El retorno de Frigiterno de aquella cena, y lo que contó, provocó importantes actos de pillaje y violencia en los alrededores de Marcianópolis, donde los godos se encontraban ya. En respuesta, Lupicinio procedió a una leva urgente dentro de la ciudad y salió a campo abierto, hacia el refugio de los godos. Los germánicos les dieron hasta en el yeyuno.

De esta manera comenzó una costosa guerra de seis años en los terrenos balcánicos del Imperio. Una guerra que comenzó con la destrucción de la única fuerza realmente móvil con que los romanos contaban en la zona (la de Lupicinio), lo que dio una ventaja sensible a los godos, siempre y cuando no hostilizasen la numerosa y bien dotada línea de fortificaciones del Danubio. Los godos, ahora unificados con la unión de los greutungos a la lucha, tenían como principal problema encontrar tierras suficientemente provisorias como para poder realizar una cosecha, y fue por eso que marcharon hacia la península griega. Entraron en la llanura de Tracia con el cuchillo de capar entre los dientes.

La reacción romana a esta situación llegó desde el único sitio que podía venir: desde el Este. Valente envió a uno de sus generales, Víctor, a pactar con los persas una paz casi a cualquier coste; rebajando la presión por el Este, dos de sus generales, Trajano y Profuturo, fueron enviados con sus tropas a los Balcanes, zona que alcanzaron en el verano del 377. Su presencia, inmediatamente, presionó a los godos hacia el norte. Fortalecidos con tropas de otro comandante romano, Richomeres, Trajano y Profuturo los persiguieron. La batalla duró todo el día, sólo se detuvo con la llegada de la oscuridad, y ambas partes quedaron seriamente diezmadas. Los godos tuvieron que permanecer semanas emboscados en un círculo de carros (su formación defensiva típica), incapaces de moverse. Los romanos fomentaron esa inmovilidad, tratando de conseguir con ello el tiempo suficiente como para que Valente y Graciano, los emperadores, consiguiesen realizar una leva en invierno que llegase a la zona en la primavera del 378.

Los godos, sin embargo, no eran tontos, y también aprovecharon el invierno enviando heraldos más allá del imperio, donde contactaron con los líderes hunos y alanos (un pueblo que hablaba iranio y que recorrería Europa entera hasta España; cierto nacionalismo gallego pretende ver en los galaicos gente de raíz alana, aunque no hay pruebas fehacientes de que los gallegos hayan entendido nunca la lengua irania). Ambos pueblos, de probada ferocidad, aceptaron aliarse con ellos a cambio de recompensas en forma de botín (un modo de guerra que, a decir de cohortes de ignorantes, fue inventado por los tercios de Flandes). Algunos relatos llegan a decir que la movilidad y ferocidad que obtuvieron los godos de esta manera les llevó hasta los mismos alrededores de Constantinopla (o sea, para entendernos, de Washington), donde el imperio romano oriental tuvo que echar mano de mercenarios árabes para rechazarlos.

A principios del 378, sin embargo, buena parte de las tropas de Valente drenadas del frente persa comenzaron a llegar a los Balcanes. Además, Valente tenía cartas del emperador de Occidente, Graciano, en las que se comprometía a ir personalmente a Tracia con sus tropas. Sin embargo, pronto los compromisos de Graciano se convirtieron en wishful thinking, a causa de las presiones que el propio Imperio occidental empezó a experimentar en los altos Rhin y Danubio. Los lentienses cruzaron el Rhin por el norte en febrero del 378. Primera invasión que se vio rápidamente seguida por otra, esta vez de alamanni o alemanes. Hecho éste que hizo a buena parte de las tropas ya en marcha hacia el problema balcánico volver grupas hacia la Galia.

Fue en estas circunstancias bastante desesperadas en las que el ejército de Valente tuvo conocimiento de un avance gótico cerca de Adrianópolis, y resolvió hacerles una emboscada. Los atacaron de noche, con mucho éxito. Fritigerno decidió reagrupar todas su tropas y moverlas hacia la ciudad de Cabila al norte. Valente, mientras tanto, permanecía al sur de Adrianópolis.

El emperador oriental esperó semanas por Graciano, sin éxito. En julio, mientras la moral entre las tropas valentinianas era cada vez de menor calidad, llegó carta de Graciano, en la que éste relataba sus victorias contra los alamanni y aseguraba que estaba de camino. Pero ya era prácticamente agosto, y el otoño se echaba encima. Estaba, además, el factor, nada desdeñable, del tono sobrado con que Graciano hablaba de sus victorias, que con seguridad excitó la envidia de Valente. En ese ambiente, llegaron noticias del avance hacia el sur de los godos, hacia Adrianópolis. Es bastante probable que, además, los informes que recibió Valente estuviesen errados o fuesen fruto del soborno, porque le convencieron que los godos eran unos 10.000 combatientes, cifra que está muy por debajo de los que finalmente se presentaron. Para terminar de arreglarlo, más cartas llegaron de que Graciano tenía el paso franco hacia Adrianópolis, lo que movió a lo generales de Valente a pensar que podría llegar a tiempo y llevarse parte del mérito de la victoria. Parece increíble, pero lo cierto es que, en el entorno de la rara competencia entre bloques que fue la dinámica entre el imperio romano de Oriente y de Occidente, competencia que es tan fuerte que llegaría a provocar el cisma de la Iglesia católica; en dicho contexto, digo, los generales romanos preferían exponerse a perder la batalla con tal de no compartir la victoria.

Fritigerno envió, en los primeros días de agosto, un heraldo de paz a los romanos; un sacerdote cristiano que, sin embargo, fue displicentemente rechazado por Valente. Los godos enviarían dos embajadas más, sin demasiado éxito. En medio de un proceso que en modo alguno anunciaba las hostilidades (ambas partes estaban intercambiando prisioneros) un ala del ejército romano, inexplicablemente, atacó. Los godos respondieron atacando con su caballería, acompañada de algunos alanos, bajo el mando de sus generales Alateo y Safrax. Los godos acabaron fácilmente con el ala izquierda romana que lo había iniciado todo, lo cual dejó totalmente desguarnecido el centro del ejército romano. Para colmo, la batalla había comenzado tras una marcha de ocho horas en pleno verano, y los soldados no habían comido; estaban exhaustos. Los godos, dándose cuenta de que tenían el viento a la espalda, encendieron grandes hogueras, ahumando a los romanos. El empuje godo se redobló, y la principal línea central de los romanos se derrumbó. En ese punto, el ejército del imperio volvió grupas, y huyó desordenadamente; la mejor de las situaciones, en toda guerra, para garantizar una masacre. La derrota romana fue tan brutal que incluso Valente perdió la vida en ella. En suma: Valente había sido derrotado con todas las de la ley, hasta el punto de perder la vida; y con él, el mejor ejército romano de su mitad oriental había desaparecido virtualmente. Hasta dieciséis regimientos romanos sufrieron tan terribles pérdidas que ya no fueron rearmados jamás.


Y todo esto no había ocurrido por una inferioridad militar objetiva. Los romanos estaban muy lejos de ser menos poderosos que los godos. Lo que pasa es que las envidias entre Valente y Graciano habían llevado a aquél a hacer cosas que ningún militar con dos dedos de frente habría hecho. El primer paso hacia su caída lo dio Roma el día que acunó en su seno una cultura política, por así decirlo, para la cual la desgracia tenía sentido siempre y cuando sirviese para disminuir al rival.