lunes, noviembre 23, 2015

La guerra de Gila en Inglaterra

El periodista británico Raymond Foxall publicó en 1980 un libro hoy relativamente difícil de encontrar llamado The amateur commandos. En el mismo relata un hecho de la segunda guerra mundial muy poco conocido hoy pero que, la verdad, se acerca bastante al concepto de lo que nosotros, los españoles, solemos conocer como "La guerra de Gila". Miguel Gila, esto lo digo para los lectores no hispanos, fue un humorista español de vida azarosa y triste (sin ir más lejos, durante la guerra civil fue objeto de un simulacro de fusilamiento) que haría en sus años maduros mucha fama trabajándose eso que ahora llamamos monólogo. En uno de sus espectáculos más conocido, se presentaba pobremente vestido de soldado y tenía una conversación telefónica (el teléfono era su gran instrumento de humor) con el Enemigo, tratando de pactar una batalla. La guerra de Gila ha terminado por significar, al menos para mí, esa anécdota o hecho bélico que alcanza importantes cotas de absurdo.

Nuestra historia comienza el 20 de abril de 1942 que el primer ministro Winston Churchill recibe una carta.

Aquella carta estaba escrita por un sargento y un fusilero, o sea soldado. Equivale, por lo tanto, a que mañana un sargento y un soldado de la Brunete le escribiesen una carta a Rajoy. Lo que sigue es una traducción de la misiva:

Aunque he realizado diversas solicitudes para ser transferido a un regimiento en lucha, todavía estoy perdiendo mi tiempo en una unidad no combativa, el Army Dental Corps. En consecuencia, he hecho planes para "pirarme" e ir contra los boches por mí mismo, y cuando usted reciba esta carta yo deberé llevar tres días fuera del país y habré, espero, llegado sano y salvo a la costa de la Francia ocupada.

Mi intención es permanecer allí tres meses, infligiendo cuanto más daño sea humanamente posible. Mis objetivos son:


DESTRUIR edificios importantes, puentes, vehículos, rieles y vías, armas, aeródromos, etc.

DESTRUIR y DESORGANIZAR comunicaciones.

DESTRUIR cuantos más NAZIS y QUISLINGS [colaboradores. La expresión viene del noruego Vidkun Quisling. En español de España, tal vez deberíamos escribir membrillos] sea posible.

AYUDAR a la RAF mediante fuegos y mensajes Morse (clave KC) y traer de vuelta información útil para los preparativos de invasión. 

OBJETIVO: 50 Nazis y 50.000 libras de daño.

P. King, Sgt, AD Corps, Aldershot.

El sargento King informaba, asimismo, de que llevaba consigo al soldado L. Cuthbertson, también del ADO con sede en Aldershot, dado que piensa lo mismo que yo. Finalmente, puesto que sospechaba que podían ser clasificados como desertores, el sargento King rogaba al primer ministro que fuesen clasificados como "en misión especial".

Durante la guerra, un montón de anormales, esquizofrénicos y cachondos con un extraño sentido del humor escribieron montones de cartas absurdas. Pero ésta era totalmente cierta. Estaba escrita por dos militares encuadrados en la Dental Corps, y todo lo que decía la carta era cierto: habían decidido invadir Francia ellos solos.

Por increíble que pueda parecer, Churchill no tiró aquella carta a la papelera. Todo lo contrario: se la dio al mayor Desmond Morton, que era el principal contacto del primer ministro con la inteligencia militar. La inteligencia, sin embargo, no tuvo nada claro qué hacer. La carta era tan extraña, era tan difícil imaginarse que alguien pudiese ser tan pollas como para hacer algo así, que les costaba saber si era cierta o no. Tanto el sargento como el soldado habían anexado a la carta su Army Pay Book, lo que era una prueba bastante fehaciente de que verdaderamente eran ellos los que habían escrito la misiva. Pero, aún así, ¿no podría ser un fake construido para despistarles? ¿Tal vez una movida para meter dos agentes alemanes en el país cuando ambos militares pretendiesen haber vuelto?

La inteligencia se puso en contacto con Aldershot para saber si verdaderamente faltaban el sargento King y el soldado Cuthbertson. Les contestaron que sí, que habían desaparecido y, más aun, su desaparición venía a coincidir con la de dos revólveres, munición y granadas. Entonces se contactó con el Special Operations Executive, esto es el departamento militar que controlaba a los británicos en misión en Francia. Que confirmó que no los había reclutado ni los tenía controlados.

Las investigaciones acabaron por aflorar la realidad de dos militares profundamente decepcionados por estar destinados en la unidad dental del ejército. Los dos, de hecho, habían solicitado su traslado a unidades operativas, sin éxito. Leslie Cuthbertson era de Newcastle y tenía 19 años. Su destino en la unidad dental no era casualidad, pues era protésico. Por su parte Peter King, nacido en Nueva Zelanda, tenía 30 años y se había alistado en el ejército británico seis meses antes de comenzar la guerra.

Mientras sus compañeros de unidad utilizaban el tiempo de ocio y los permisos para irse al pub a cocerse a birras, King y Cuthbertson se dedicaban a hacer su propia pista americana. Robaron mapas y una brújula, además de píldoras potabilizadoras y las armas ya comentadas.

El 11 de abril de 1942, sargento y fusilero abandonaron el cuartel con sendos permisos de 48 horas. Tomaron el tren a Londres y luego desde allí a Plymouth, para lo cual usaron permisos de viaje falsificados. Al llegar a la ciudad portuaria tomaron una habitación en un hostal, desde la que le escribieron la carta a Churchill.

Desde Plymouth se desplazaron a Cornwall, pero ya no lo hicieron por la red de transportes sino campo a través, comiendo lo que les ofrecía el campo. Finalmente, escogieron como su centro de operaciones una cueva que encontraron entre Polruan y Fowey. Escondieron allí sus armas y se aplicaron a comprar una barca. Contra lo que habían imaginado, tardarían dos semanas.

Ningún propietario estaba dispuesto a venderles o alquilarles una barca (que ellos decían querer para pescar un poco) por temor a que sobrepasasen el límite de dos millas de la costa que las leyes de guerra permitían. Vieron una barca en una playa y decidieron robarla. Pero tuvieron la mala suerte de que, esperando a que el pueblo cercano estuviese tranquilo, lo tuvieron que hacer hasta la marea baja, en la que fueron incapaces de moverla de su sitio.

Su reacción fue, entonces, trabajarse durante cuatro días a uno de los pescadores locales, a base de pagarle pintas en el pub, y eso. Finalmente, consiguieron que les alquilase la barca para pescar.

Con su barca con motor, el Sea Bird, King y Cuthbertson salieron a "pescar". Navegaron hacia la cueva, de la que sacaron sus armas. Luego navegaron hasta el límite de las dos millas y se quedaron allí. Su carta ya habría llegado a Londres y no era descartable que los guardacostas los estuviesen buscando. No tenían Plan B. En realidad, no sabían qué hacer. Les salvó el legendario clima inglés, que aquel crepúsculo le recetó a la costa sur inglesa unos nieblones del copón. Ajustaron la brújula, buscaron la ruta a Cherburgo, y encendieron el motor.

Aquellos dos invasores solitarios eran verdaderos amateurs. Al parecer, por no saber ni siquiera sabían si las brújulas funcionan igual en el agua que en la tierra. Y, por supuesto, no habían calculado su carburante para llegar a Francia.Tenían el que tenían, esto es el que habían podido robar de una gasolinera y un poco que les había dado el pescador.

En esas condiciones, sin embargo, a las siete de la mañana avistaron Francia. Se quedaron a una milla todo el día, esperando la noche. Cuando llegó ésta, distinguieron unas luces en la costa, apagaron el motor, y remaron hacia la zona más oscura que vieron. De esta manera llegaron a un acantilado bastante alto, donde vararon la barca como pudieron y la camuflaron con hierba y algas. Con vocación de comenzar su labor de comando aquella misma noche, escalaron el acantilado, llegaron a tierra firme propiamente dicha, y allí se dedicaron a escalar postes telegráficos. Cortaron 20 líneas.

Pasaron los siguientes dos días escondidos, comiendo apenas las manzanas y trozos de pan que eran lo último que les quedaba de la comida que habían conseguido en Inglaterra. La tercera noche resolvieron explorar, y encontraron una línea de tren por la que pasaba cada media hora una patrulla formada por dos alemanes. Pero no hicieron nada. Siguieron hasta una granja donde encontraron unas zanahorias probablemente descartadas por el granjero al estar ya pasadas. Se las quedaron; de hecho, ahora eran su única comida.

La cuarta noche sabotearon la línea férrea. En una confluencia de vías, colocaron cuatro granadas, les sacaron el seguro al tiempo, y corrieron a refugiarse. La explosión, lógicamente, causó que los alemanes llegasen antes de lo que les tocaba y comenzasen a disparar. Los ingleses les tiraron las dos granadas que les quedaban y les dispararon con sus pistolas un rato, hasta que decidieron salir a la naja. Nadie salió herido, y no parece que la línea resultase saboteada (como bien aprendió en la guerra anterior otro inglés, Lawrence de Arabia, hace falta bastante más que dos granadas para dejar una línea férrea inservible).

Como era de esperar, los dos alemanes de la patrulla no se quedaron quietos. Regresaron a su puesto y lo contaron todo, con lo que una caza de los comandos se puso en marcha. King y Cuthbertson, que se habían refugiado en un bosque, escucharon voces y vehículos en movimiento, y entendieron que venían a por ellos. Decidieron volver a la costa.

Estuvieron cerca de ser pillados algunas veces, pero finalmente, exhaustos, llegaron a un pequeño pueblo costero francés. Los alemanes les tenían a la vista y les disparaban desde lo alto el acantilado. A toda prisa, se las arreglaron para tomar una pequeña barca y remaron mar adentro. Tuvieron mucha suerte, porque los alemanes no prosiguieron la búsqueda en el agua. Su teoría, probablemente cierta, es que no les habían visto robando la barca, así pues habían llegado a la conclusión, tras peinar la playa y no encontrarlos, de que se habían ahogado.

Pasaron el día entero en la barca, casi más muertos que vivos, y en la noche regresaron a tierra firme. De forma verdaderamente milagrosa (a alguien el Olimpo le caía bien estos tipos, sin duda), encontraron en la oscuridad la cueva donde habían escondido su bote, y el propio bote, que seguía allí.

Con su nave con motor, navegaron hacia el oeste, buscando otro punto de la costa para desembarcar y recomenzar su carrera de saboteadores. Pero se declaró un vendaval, y acabaron gastando todo su carburante en luchar contra él.

Casi no tenían agua, toda su comida se reducía a unas pocas zanahorias podridas, y apenas les quedaba munición. Sargento y fusilero tuvieron que reconocerse que lo más racional era remar hasta la costa inglesa (porque tampoco les quedaba combustible). Pero, claro, cualquiera de vosotros que sepa algo del mar sabe lo que viene de seguido. Pasados un par de días, tenían las manos llenas de ampollas, estaban débiles y torturados por la sed, y no habían llegado. De hecho, comenzaron a tener alucinaciones.

En el décimo segundo día de su acción de comando, sargento y soldado llegaron a una conclusión: utilizarían sus pistolas para dispararse el uno al otro cuando ya todo estuviese perdido. Decidieron realizar un ensayo general. Afortunadamente, la consciencia les dio como para tener las pistolas descargadas. Les obsesionaba disparar los dos en el mismo momento. El ensayo salió bien; luego, se desmayaron.

Lo que los desesperados comandos voluntarios no sabían es que, muy cerca de allí, un bombardero que participaba en unos ejercicios alrededor del faro de Eddystone estaba en el aire. El ejercicio previsto se había retrasado, y los comandantes del mismo juzgaron estúpido hacer aterrizar la aeronave, así que le ordenaron darse unas vueltas por el aire matando el tiempo. Cuando estaba ya virando para volver hacia la costa inglesa, la tripulación avistó a dos tipos acostados en una barca. Se avisó a un destructor, que viró hacia el lugar donde estaba la barca, recogió a los dos pasajeros y los llevó a Plymouth, donde fueron encausados e interrogados.

En principio, el consejo de guerra era por traición, pero cuando intervinieron los servicios de inteligencia aportando la carta que ambos le habían enviado al primer ministro, los cargos fueron reducidos a salida sin permiso. En puridad, el tribunal estaba bastante dividido entre quienes eran proclives a felicitarles por tan valiente acción y quienes querían condenarlos por ser unos pollas.

El resultado final fue bastante poca cosa: a King lo degradaron a cabo y Cuthbertson le metieron 28 días de prevención. A mí ese castigo me cayó en la mili por emborracharme en la despensa; si llego a saber que la pena era la misma por invadir Marruecos, lo mismo lo intento.

El caso de los dos comandos llegó a la Cámara de los Comunes, que nuevamente se dividió. Había diputados partidarios del indulto porque, decían, había que premiar una prueba tan importante de acometividad británica. Otros, más racionalmente en mi opinión, consideraban que si se convertía aquello en un circo mediático de tintes positivos, no se haría sino invitar a todo pollas que creyese que Inglaterra no estaba haciendo lo suficiente a ganar la guerra por su cuenta.

Lo cierto es que ambos consiguieron lo que querían. El cabo King fue destinado al Commando Training Centre. Fue acreedor de la Military Cross en Francia (1944) y la Distinguished Service Order en Corea. Murió en África, en 1957, en un accidente de coche. Por su parte, cuando Cuthbertson salió de la mazmorra fue destinado a la Durham Light Infantry, donde llegó a ser oficial. Una vez licenciado, al parecer, hizo mucho dinero como hombre de negocios.

Como epílogo, aquí os dejamos con Miguel Gila.