miércoles, septiembre 30, 2015

Los Estados Unidos (4)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales.

Pues sí: efectivamente, la historia que hemos de contar sigue hablando de soberbia y ceguera. Apenas cuatro meses después de la devolución de la Stamp Act, el gobierno Rockingham cayó, siendo sustituido por un enfermo y otoñal Pitt. El primer ministro pronto cayó en causa de incapacidad por razón de su salud, por lo que el gobierno inglés quedó, a todos los efectos, en manos del canciller del Exchequer, Charles Towshend.


Towshend era un hacendista más que aseado y desde luego para llevar los asuntos del presupuesto inglés valía mucho; pero tenía el defecto de demostrar una muy baja opinión de los ciudadanos coloniales. Estaba convencido, además, de que los podía engañar. Si presentaba medidas que elevasen los aranceles sobre determinadas importaciones, pretendiendo ser medidas para el conjunto del país pero en la práctica aplicadas sobre bienes de especial necesidad en las colonias, creía que los americanos iban a tragar.

Por ello, impulsó y consiguió aprobar en el Parlamento un conjunto de normas que se conoce, claro, como Towshend Acts. Dichas normas fijaban tarifas nuevas de importación sobre el vidrio, el plomo, el papel y el té, entre otras cosas. Asimismo, las Acts reafirmaban el papel de los tribunales americanos de exigir las viejas writs of assistance, amén de reafirmar el poder de las admiralty courts en la persecución y castigo de los incumplidores de la ley. No contento con eso, Towshend también impulsó con su paquete legislativo la creación de un Board of Customs Commissioners, encomendados de espiar y perseguir cualquier violación de las normas, por pequeña que fuese. Por si aun queréis más pruebas de que Inglaterra no había entendido el mensaje, el salario de todos estos encargados de garantizar el cumplimiento de la ley saldría del resultado de las demandas judiciales, generando con ello un interés objetivo en encontrar personas quebrantando las normas. Last, but not least, acordándose de que Nueva York se había negado a aplicar la Quartering Act, Towshend decretó la nulidad de la Asamblea de la colonia con efecto del 1 de octubre de 1767.

Ni qué decir que el pueblo de las colonias se enardeció. Un folleto lacrimógeno y sanguíneo escrito por John Dickinson, Letters from a farmer in Pennsylvania to the inhabitants of the British colonies, se convirtió en un best seller. En un acto de abierta rebeldía, Samuel Adams, uno de los padres de la nación americana, y que era representante en Massachusetts, escribió una circular al resto de las colonias apoyando los argumentos de Dickinson, que básicamente venía a decir que las leyes de Towshend eran inconstitucionales. El secretario de Estado para América del Foreign Office montó en cólera. En una carta enviada a Adams, respondía con esa arrogancia sobrada que destila el lenguaje posh, acusándole de haber llevado a cabo a flagitous attempt to disturb de public peace; debo confesar que la primera vez que leí esta carta también fue la primera vez que leí la palabra flagitious. Además, Londres exigía a los gobernadores coloniales que metiesen en vereda a las asambleas. Ante la negativa de la asamblea de Massachusetts de condenar la carta de Adams, su gobernador, sir Francis Bernard, recibió la orden de disolverla. Paco Bernard cumplió dicha orden el 1 de julio de 1768 y, para proteger la decisión, dos meses después dos regimientos ingleses llegaban a la zona.

La mayoría de las asambleas coloniales aprobaron declaraciones de apoyo a Massachusetts. El defensor de la declaración en Virginia fue George Washington.

Para cuando lord North llegó a primer ministro en Londres, 1770, era ya obvio para cualquiera con dos dedos de frente que las Towshend Acts estaban costando más de lo que recaudaban (entre otras cosas, porque el boicot americano era casi total). En marzo de aquel año, pues, propuso al Parlamento eliminar todos los aranceles, salvo el del té.

A pesar de que fue una medida sabia y en la dirección correcta, los hechos para entonces se obstinaban en no trabajar por la pacificación. El 5 de marzo de 1770, es decir más o menos cuando el gobierno inglés estaba dando marcha atrás, un grupo de soldados ingleses, que estaba siendo hostigado por la gente, perdió la presencia de ánimo y mató a cinco bostonianos, además de herir a otros cuantos. En 1772, en Providence, Rhode Island (a dos pasos de Quahog), un grupo de gente tomó un barco que vigilaba contra el contrabando y lo quemó.

Todo eso era juego de tabas que se hacía para entretener el tiempo hasta 1773, que es cuando, probablemente, la dinámica revolucionaria alcanzó una velocidad angular imparable. Fue en dicho año cuando el parlamento inglés decidió suicidarse como imperio americano al aprobar la East India Act, más conocida como Tea Act.

Vamos llegando al punto que explica a quien no lo sepa por qué quienes en EEUU se quieren ver como defensores de las viejas libertades (por ejemplo, de llevar armas, diga el Estado lo que diga) se juntan en una cosa que se llama Tea Party. La Compañía de las Indias Orientales o East India Company era un gigantesco monopolio que, en realidad, gobernaba la India. Como siempre ocurre cuando a algo se le otorga un monopolio (por ejemplo, el Estado), no tardaron en llegar la ineficiencia, las tarjetas black, y la bancarrota. A finales del siglo XVIII, una EIC en horas bajas volvió su jeto hacia Londres para pedir que la rescatase. En ese momento, los almacenes de la compañía en Inglaterra estaban literalmente petados con unas 8.000 toneladas de té, que no tenían quien se lo tomase. Así las cosas, la Tea Act de mayo de 1773, concedía a la compañía el derecho de embarcar su té hacia América y venderlo allí a través de sus agentes propios. En suma: América iba a ser literalmente inundada de té barato, pero a costa de que los importadores locales no viesen un mango. O, si lo preferís: era pasarle al commoner americano la patata caliente de unos tipos que habían quebrado su negocio por venales. El rescate de cualquier banquito, pero a lo bestia.

En diciembre de aquel año, el té de la East India comenzó a llegar al puerto de Boston, donde fue almacenado bajo la estricta protección de tropas inglesas. Fueron Samuel Adams y algunos de sus conocidos quienes inventaron la idea de vestirse de indios, subirse a los barcos, y tirar el té al mar. Esto fue lo que hicieron el 16 de diciembre de 1773. La fecha mágica para muchos estadounidenses, mayoritariamente republicanos, para los cuales el gobierno federal sigue siendo la misma hidra cabrona que era cuando se llamaba gobierno de Su Majestad.

La reacción de Londres no se hizo esperar. A principios de 1774, el parlamento inglés aprobó una serie de leyes, que fueron conocidas en las colonias como las Coercive o Intolerable Acts. Decían: primero, que el puerto de Boston quedaba cerrado hasta el que el gobierno inglés y la East India fuesen reparados económicamente por las pérdidas sufridas; todo representante británico que fuese acusado en los tribunales de cualquier delito cometido en el acto de defender la legislación sería juzgado en casa, no en las colonias; tercero, el rey, y en su representación el gobernador de Massachusetts, era investido del poder para nombrar puestos hasta entonces electivos; cuarto, quedaban prohibidas cualesquiera reuniones en Boston que no hubiesen sido aprobadas por el gobernador, quedando además obligadas a discutir sólo los temas que éste permitiera; y quinto, se impuso a todas las colonias una nueva Quartering Act.

Haciendo gala de su tradicional incapacidad para entender los tiempos, en mayo del mismo año de 1774 el parlamento inglés aprobó la Quebec Act, que venía a reconocer ciertos elementos de la vieja legislación francesa sobre el Canadá, beneficiando con ello a los viejos ciudadanos franceses de la colonia. Entre las previsiones legales introducidas se encontraban ciertos juicios sin jurado y la igualdad de derechos para los católicos; aspectos ambos que dispararon todas las alarmas en la muy puritana Massachusetts. Por último, pero desde luego no menos importante, la Quebec Act concedía a esta colonia terrenos en el norte del río Ohio y al este del Mississippi que habían sido largamente reclamados por Massachusetts, Connecticut y Virginia.

La Asamblea de Massachusetts llamó a una asamblea de delegados de las colonias para responder a estas iniciativas. La asamblea se celebró en Filadelfia en septiembre de 1774, convirtiéndose en lo que los libros que aprenden los alumnos en las escuelas de los EEUU conocen como First Continental Congress, en el cual únicamente faltó Georgia (aunque cabría hacer el chiste fácil de que el resto de las colonias tenía a Georgia on its mind).

La primera propuesta de aquella reunión la hizo Joseph Galloway de Pennsylvania, quien quería que se formase un gran consejo colonial que compartiese el poder en materias coloniales con el parlamento londinense. Era una medida relativamente moderada (de hecho, Galloway era un representante bastante conservador, no muy enfrentado con los ingleses). Sin embargo, justo antes de la votación llegaron a Filadelfia rumores de que el general inglés Thomas Gage había bombardeado Boston, y que Nueva Inglaterra estaba en pie de guerra. Encendidos por las noticias, los delegados tumbaron la propuesta de Galloway por un voto y aprobaron un programa bastante más radical, con varios puntos: en primer lugar, la creación del ejército colonial; en segundo lugar, la suspensión de todo tipo de comercio con Inglaterra y la India. Para controlar el boicot, el Congreso creó una serie de comités en las diferentes colonias que en la práctica se convirtieron en auténticos gobiernos paralelos, al estilo de las juntas españolas durante nuestra propia guerra de la Independencia.

La Asamblea se disolvió acordando reunirse en un año, pero lo haría mucho antes. En abril de 1775, ante la enorme presión de las personas que acudían a los puertos a garantizar el cumplimiento del boicot, el general Gage envió una dotación de tropas para que destruyese un importante almacén de viviendas y municiones que los colonialistas tenían en la ciudad de Concord. Esta acción provoca una de las escenas más queridas de la Historia de los Estados Unidos. Paul Revere, William Dawes y Samuel Prescott son enviados desde Boston para avisar a los patriotas en los pueblos del camino. La imagen de Revere montado en su caballo y gritando por las calles English are comin'! es, como digo, uno de los más ricos camafeos de la imaginería americana. Es un hecho, además, que el aviso, lo hiciese Revere o no, funcionó. A cinco millas de Concord, en Lexinton Green, las tropas inglesas, que tal vez pensaban que iban allí a pasearse, se encuentran con una sólida línea de tropas civiles. Los ingleses se enfrentaron con ellos y, tras causarles seis bajas, siguieron avanzando. Consiguieron, de hecho, neutralizar a Dawes y Revere, pero el doctor Prescott llegó a Concord, logrando avisar a los habitantes de la ciudad para que vaciasen el almacén. Los ingleses no sólo no encontraron nada, sino que en su regreso fueron constantemente hostigados por los llamados minutemen, que les causaron casi 275 bajas.

El segundo congreso continental se reunió, al calor de estos hechos, en mayo de 1775, en Filadelfia, esta vez con representación de todas las colonias. Si alguien les iba a decir, cuando entraron, que aquella reunión iba a permanecer abierta catorce años, tal vez se habrían carcajeado. Una de las primeras decisiones que tomaron fue poner al mando de la primera fuerza militar colonial, de unos 10.000 hombres, al representante de Virginia George Washington.

A pesar de esta decisión, lo más cercano a la realidad es decir que los congresistas no tenían intención de hostiarse con nadie. El 6 de julio de 1775 aprobaron la Declaration of the causes and necessity of taking up arms, en la cual, tras asegurar que preferían morir libres que vivir como esclavos, recordaban que los recursos de que disponían eran ingentes pero, al fin y al cabo, aseveraban: “no hemos convocado ejércitos para separarnos de Gran Bretaña”.

Más o menos por ese tiempo, el Congreso adoptó también la Olive Branch Petition, un documento impulsado por los más conservadores, que pedía al rey que impidiese al parlamento tomar más decisiones hasta que se alcanzase un acuerdo. El rey, sin embargo, cuando recibió el documento, en agosto, no le hizo caso alguno. Muy al contrario, hizo una declaración apelando de rebeldes a las colonias, y recordando a todos sus ciudadanos que su deber era no prestarles ayuda. La verdad es que en la metrópoli no faltaron voces, como la de Edmund Burke, que llamaron a la negociación. Aunque sus gestiones fracasaron, lord North logró sacar adelante un plan de concesiones; concesiones, eso sí, que si podían haber funcionado diez años antes, en 1775 eran ya bien poca cosa.

No obstante, para cuando el plan North llegó a Filadelfia, la sangre de la guerra ya había corrido. Concretamente, había manado en Breed's Hill, cerca de Boston, en lo que la Historia americana conoce, y la verdad es que ignoro por qué, como la batalla de Bunker's Hill. El 17 de junio el general Gage, contando con las tropas que habían ido a Concord y otras unidades frescas, decidió atacar a los patriotas. Efectivamente, consiguió sacarlos de la colina, pero a causa de sufrir 1.000 bajas, más del doble que las de los coloniales. Washington llegó a Boston dos semanas después.

La lucha se extendía al norte. Antes incluso de Bunker's Hill, en mayo de 1775, Ethan Allen se había hecho con el control de los fuertes británicos de Crown Point y Ticonderoga, ambos situados en la colonia de Nueva York. Asimismo, tras controlar Boston, Washington envió al general Benedict Arnold a hacer lo propio con Quebec, aunque fracasó.

En este ambiente, es lógico que el Congreso rechazase las propuestas de North, y que de hecho tanto éste como el rey estuviesen convencidos de que tenían que conducir la guerra hasta sus últimas consecuencias.

El gran problema de Londres era su incapacidad de conseguir soldados en las propias colonias. De hecho, las tropas de la metrópoli que pelearon contra el actual Estados Unidos estaban petadas de Hessians, como se conocía a los muchos mercenarios alemanes, así llamados por proceder en su mayoría de Hesse-Kassel y Hesse-Hanau. Mientras la guerra se desplegaba, los habitantes de las colonias se apuntaban, de forma cada vez más mayoritaria. Muchos de ellos leyeron el texto probablemente más importante para la propaganda secesionista, que es el titulado Common sense, escrito por Thomas Paine. Muy famoso es el pasaje de este opúsculo que nos dice que “no deja de ser absurdo pensar que todo un continente deba ser perpetuamente gobernado por una isla”. El 6 de abril de 1776, el Congreso abrió todos los puertos americanos al comercio con cualquier nación, salvo Gran Bretaña. Este gesto generaba una independencia de facto. Los congresistas lo sabían bien, y apenas un mes después instaron a todas las colonias a formar gobiernos independientes. El 2 de julio, el Congreso votó una proposición por la que se declaraba completamente libre de Gran Bretaña y el 4 de julio, Independence Day, adoptó la declaración de independencia que había sido, en buena parte, redactada por Thomas Jefferson.

Años más tarde, con la nación consolidada y consolidadas también las envidias entre los padres de la nación y sus descendientes, el siempre maledicente John Adams habría de intentar quitarle mérito al trabajo de Jefferson insinuando que el documento no tenía nada de original, pues se había limitado a recoger lo que muchas personas llevaban tiempo diciendo. En realidad, probablemente esté precisamente en eso su gran virtud. La declaración de Jefferson es, efectivamente, básicamente un florilegio de conceptos que resumen ese common sense del que hablaba Paine y sobre el que se asienta la nación americana.


La declaración de independencia debe ser comprendida adecuadamente en su contexto. Es, por encima de todo, una declaración liberal en el sentido más estricto de la palabra. Cuando dice aquello tan famoso de que all men are created equal, lo que está diciendo es que todo hombre (y, consiguiente, toda reunión de hombres, por ejemplo los habitantes de las colonias) retiene por naturaleza una serie de derechos políticos que no hay gobierno que pueda invadir, matizar o pisotear. Este concepto, que tampoco tiene nada de nuevo porque está ya en John Locke, es el que anima la nación estadounidense e impide que su sociedad pueda aceptar fácilmente esquemas mucho más estatalistas como los que se estilan en Europa. No entender esto, a mi modo de ver, es no entender los Estados Unidos.