miércoles, julio 08, 2015

La GTA (6: la guerra del Paraguay se acerca a Paraguay)

Recuerda que de esta historia hemos escrito ya un prólogo, y que te hemos dado una primera visión muy general de la situación del Paraguay y sus vecinos. Además, te hemos explicado la situación y papel básico en la zona del Imperio brasileño. Luego hemos seguido con los dimes y diretes de la Confederación Argentina, y hemos contado la guerra del Uruguay. Una vez pasado este escalón, ha «comenzado» la guerra del Paraguay propiamente dicha, desarrollada inicialmente en el teatro argentino

El 17 de agosto, Duarte toma posiciones defensivas en Yatay, una vez que ha pedido refuerzos a Estigarribia y éste se los ha negado. Su situación se podría calificar de desesperada, puesto que carece de artillería y, además, los uruguayos de Flores tienen la ventaja de dominar las lomas altas de la zona. De hecho, Flores le intima la rendición, a lo que Duarte replica que no tiene órdenes superiores en tal sentido.

A las 11 de la mañana comienza el bombardeo, y luego la carga de las tropas al frente del caudillo oriental León Pallejas. A pesar de la bravura de los paraguayos, fueron apisonados. Más de mil soldados paraguayos fueron degollados tras haberse rendido. Por lo que respecta a Duarte, fue llevado prisionero ante Flores. Sin embargo, a pesar de la actitud chulesca de Flores, Duarte salvó la vida, probablemente por la mediación de otros mandos.

Tras el desastre de Yatay, Estigarribia se da cuenta de que él, en Uruguayana, es el siguiente de la lista, y por ello resuelve dejar la ciudad. Sin embargo, al encontrarse con las tropas del general brasileño David Canabarro, vuelve grupas hacia la ciudad. El 21 de agosto, Flores cruza el Uruguay y se sitúa muy cerca de la población. Sin embargo, antes había llegado ya el conde de Porto Alegre, Manuel Marques de Sousa, quien toma el mando de las fuerzas.

El 2 de septiembre, Estigarribia rechaza una oferta de rendición. Está rodeado 18.000 tropas de tierra en un auténtico asedio. Trata de romperlo cruzando el río de noche, pero se lo impide la escuadra brasileña. Los aliados, mientras tanto, discutían. Flores quería ser el comandante de la operación, pero aquello era demasiado para alguien como el conde de Porto Alegre, que nunca aceptaría ser mandado por un caudillo sin entorchados de academia militar. Finalmente, se llegó a la solución diplomática de que se le otorgaba el mando supremo de las tropas a Flores; quien, inmediatamente, lo delegaba en Porto Alegre para la acción pendiente.

El día 18, señalado para el ataque, y una vez que Estigarribia haya rechazado la rendición otra vez más, el jefe paraguayo decide ofrecerla. La de Uruguayana se convierte así en la primera acción de esta guerra en la que el ejército aliado procede a incorporar a sus filas a los paraguayos que hasta entonces habían luchado contra él, en una acción que se repetiría muchas veces y que provocaría las violentas protestas de los paraguayos. Pero lo realmente importante es que el fracaso del avance hacia el sur y las acciones bélicas que se habían resuelto de forma poco halagüeña para los guaraníes resolvieron a López a cambiar de estrategia, y plantear la guerra como defensiva en su propio territorio.

Esto, sin embargo, es mucho más fácil de hacer que de decir. Paraguay había situado en la otra orilla del Paraná, un río navegable con tres kilómetro de anchura, a 27.000 hombres con todas sus armas y bagages, entre ellas 100.000 cabezas de ganado; y todo eso, ahora, tenía que regresar. El llamado repaso del Paraná le fue encomendado al entonces teniente coronel José Eduvigis Díaz, sin duda uno de los militares más capaces del bando pagaguayo, quien consiguió completar la operación, sin pérdidas, en apenas cinco días.

El 25 de noviembre, López deja Humaitá para ponerse al frente de sus tropas. Mientras tanto, Mitre, en su condición de comandante en jefe de las tropas aliadas, diseñaba una operación basada en la invasión del Paraguay por dos puntos: él, al frente de una parte de las tropas, lo haría por Itapirú; mientras que la otra mitad de los efectivos, al mando de Porto Alegre, lo haría por Villa Encarnación. El problema para los aliados es que estaban en tal modo descoordinados que todo lo hacían con exasperante lentitud. De hecho, a principios de 1866, casi un año después de haber comenzado las hostilidades, Mitre, quien al comienzo de las mismas había anunciado campanudamente que estaría en Asunción en tres meses, todavía no había ni conseguido pasar la raya del Paraguay.

A pesar de haber cruzado el Paraná, los paraguayos mantenían una estrategia de guerrillas o pequeñas unidades que solían pasar a Corrientes, para dar un rato por el culo. El 30 de enero de 1866, una pequeña fuerza de menos de 300 hombres al mando del teniente Celestino Prieto se topó inesperadamente con un destacamento de caballería correntina. Les dieron una mano de leches y los pusieron en huida, cosa que le sentó muy mal a Mitre cuando fue informado. Así pues, el general argentino preparó una celada con unas tropas que emplazó en un monte, cerca de 5.000 hombres esperando a los paraguayos, escondidos, en un lugar por el que solían pasar. El 3 de enero, efectivamente, Prieto y su gente avanzaban hacia San Cosme.

En este punto, se produce una de estas escenas que más parecen de la guerra de Gila, y que nos demuestran que la realidad muchas veces supera a la ficción e, incluso, al chiste. Ya hemos dicho que los argentinos eran muchos, 5.000, y que estaban escondidos. No les sería fácil pasar inadvertidos siendo tantos; así pues, si realmente querían ejercitar el factor sorpresa, lo lógico es que guardasen una serie de cautelas para no ser descubiertos; entre ellas, la más importante, desde luego, estar calladitos. Pero no fue esto lo que hicieron. Al general Emilio Conesa, al mando de las tropas, no se le ocurre otra cosa que soltarle una arenga a sus tropas; y las tropas arengadas, es bien sabido, no responden lo que se diga con susurros, sino, normalmente, con bramidos de aprobación. Esto fue lo que hicieron los argentinos, con el lógico resultado de que los paraguayos, que ya estaban cerca, les oyeron.

Advertidos éstos, pues, el teniente Prieto ordena el repliegue hacia un monte, en Los Corrales. A las dos de la tarde, tras un desconcierto por parte de los argentinos, se inicia el primer ataque, que a las cinco es ya una lucha cuerpo a cuerpo. Al caer la noche, los argentinos se dan por vencidos. Alguno de los participantes en esta acción tiende a exculpar a Conesa de una derrota tan ilógica, a pesar de su cagada de principio con la arenga famosa. Según estas versiones, el error estuvo en atacar de frente a unos paraguayos que estaban bien situados en una posición ventajosa; pero esa orden, parece ser, no partió de Conesa, sino de Mitre; quien, además, a pesar de estar relativamente cerca, no hizo nada por reforzar a los atacantes. Mitre y Conesa, al parecer, estaban distanciados desde la lucha del arroyo Cepeda.

El broche de oro de aquella batalla de Gila, conocida como la acción de Pehuajo, lo prende Mitre en su parte del día, en el que, tras felicitar a los supervivientes de la batalla, les conmina para que «en los próximos combates sean menos pródigos de su ardor generoso y de su valor fogoso». Ya lo sabes, soldado argentino: tú, lo que tienes que hacer, es pelear con un punto de indiferencia, y de cobardía. En realidad, hay más. Aquella división argentina, puesto que era correntina, estaba petada de gauchos, que se contaron mayoritariamente entre las bajas de este lado; no falta quien recuerda la opinión que tenía Mitre de estos argentinos de provincias, y las, tal vez, intenciones ocultas en la orden de que atacasen de frente a un enemigo bien fortificado.

Aun tendría Mitre más ocasiones en los primeros meses de 1866 de demostrar su importante impericia en la guerra real. Compulsivo devorador de libros franceses de estrategia, da la impresión de que este general nunca tuvo muy claro que los principios reseñados en los libros no son directamente traspasables a esa cosa llamada realidad.

En el paso del Paraná aparecían, como pequeñas islas, los lugares llamados de Tuyutí y Paso Pucú. El paraguayo López, en un movimiento aparentemente estúpido, había concentrado sus fuerzas en Pucú, dejando Tuyutí franco para los atacantes. No fueron pocos los oficiales que trataron de convencer a Mitre de que todo indicaba que podía tratarse de una trampa. Los brasileños, de hecho, mejor que tomar Tuyutí, proponen una acción envolvente, avanzando por el Chaco.

Al tiempo que pasaba todo esto, los barcos brasileños permanecían surtos en la rada de Corrientes y su almirante, Tamandaré, se paseaba por Buenos Aires, lozano y altanero, como canta María Nekane Pradera. Mitre lo llama al Paraná, donde llega el 21 de febrero; dos días después anuncia que ya esta todo dispuesto para no permitir el paso de un solo paraguayo por el río. El 25 se reúne el Estado Mayor en Corrientes, en el cual Tamandaré anuncia que va a remontar el río Paraguay para descangalhar Humaitá (don Joaquín, ésta es la verdad, nunca llegaría a esta población, así pues difícilmente la pudo dejar, ni fané, ni descangallada).

El 17 de marzo, la flota abandona puerto y sube hacia Paso de la Patria. El 22, otra reunión de Estado Mayor resuelve que suba el río y destruya Itapirú, para así facilitar el desembarco (recuérdese que Itapirú es es lugar elegido por Mitre para pasar el río con sus tropas).

En la mañana del 23 de marzo, un pequeño barco paraguayo, el Gualeguay, remolca un lanchón pequeño hasta la punta de Itapirú, y lo deja en la costa. En la barca está el sargento Francisco López y cinco soldados más. Esta barca se enfrenta a la escuadra brasileña, que les dispara con sus bocas de fuego como si fuesen el USS Nimitz, con el resultado de que, lógicamente, los paraguayos salten por la borda y ganen la orilla a nado. Por la tarde, los paraguayos repiten la jugada del lanchón, esta vez al mando del sargento José María Fariña.

El día 25, ya son tres días de lanchones, es el aniversario de la constitución imperial brasileña, así pues los barcos cariocas se engalanan y disponen para la fiesta. Sin embargo, aparece un tercer lanchón, que comienza a cañonear la nave almirante. Para entonces los paraguayos, a base de disparar, han aprendido bastante de sus objetivos, y disparan con bastante ojo. Tamandaré ordena que un acorazado que lleva su nombre y una cañonera, la Henrique Martins, se lancen a por Fariña. El sargento tira con su lancha hacia la orilla, pone pie en tierra y se pierde en la selva, donde se encuentra un batallón de paraguayos escondidos. Los brasileños, envalentonados, tiran tres botes con 25 hombres para hacerse con la barca, pero son recibidos con un fuego que les obliga a retirarse. Furiosos, los brasileños bombardean la selva, sin causar daños.

Al día siguiente, 26, la barca está de nuevo preparada. A mediodía, Fariña vuelve a avanzar, y Tamandaré manda tres acorazados contra él. Los paraguayos, no sin haber destrozado de un cañonazo el mástil de uno de sus perseguidores, el Bahía, acaban tirándose al agua.

De esta manera, los paraguayos detuvieron el avance de toda una escuadra hacia Itapirú, usando un solo lanchón.

Tras este combate, sin embargo, los brasileños comienzan a bombardear la punta de Itapirú. Para poder dominar la posición, los brasileños deciden hacerse dueños de un banco de arena llamado Purutué. Ocupan el banco el 6 de abril de 1866, al mando del uruguayo Juan Carlos Villagrán Cabrita. López decidió que los brasileños debían ser desalojados del banco, por lo que dio instrucciones al teniente José Eduvigis Díaz para que reuniese una fuerza de 1.200 hombres, distribuidos en tres cuerpos de 400 efectivos cada uno. Díaz se queda en Itapirú con uno de estos tres cuerpos de reserva, mientras que los otros dos embarcan en una treintena de canoas en la madrugada del 10 de abril. Sin embargo, los atacantes fueron advertidos por los brasileños, quienes los recibieron con fuego artillero. Los paraguayos, sin embargo, acaban llegando a las trincheras, donde se produce una lucha cuerpo a cuerpo. A pesar de enviar, en la mañana, la reserva de Díaz al combate, los brasileños consiguen resistir. La acción costó a los paraguayos un elevado número de bajas que ha hecho preguntarse a muchos estrategas si esta acción no fue un error de López, que perdió mucho a cambio de haber obtenido, caso de ganar, más bien poco.


Las tropas aliadas están a punto de pasar el río.