miércoles, abril 22, 2015

Richelieu (7: la Valtelina)

Recuerda que ya te hemos contado los primeros pasos de la férrea voluntad de Richelieu, así como el estreno de Richelieu como político en los Estados Generales. Luego le hemos visto ascender a secretario de Estado, y después cómo el obispo eligió mal el bando, y estuvo a punto de irse por el desagüe de la Historia. Eso sí, inmediatamente comenzó a cambiar las cosas para llevarse bien con el rey. La estrategia da sus frutos pues Richelieu, no sin esfuerzo, consigue alcanzar la cumbre del poder.

En el texto del Testament Politique de Richelieu, dirigido, como casi todo, a su monarca, podemos leer: «En el punto en que SM resolvió, al tiempo, permitirme la entrada a sus Consejos y disfrutar de su confianza, yo le prometí ocupar todo mi trabajo, y toda la autoridad que me quisiese delegar, en procurar la ruina del partido hugonote, rebajar el orgullo de los nobles, y colocar su nombre entre las potencias extranjeras en el lugar que debía ocupar». Estas líneas resumen, de forma mucho más eficiente que podríamos hacerlo nosotros, el plan de ataque, y plan de gobierno, de nuestro cardenal, que ahora se siente llamado a una labor histórica que ha de cumplir.

Y todo comienza por el problema de la Valtelina.

Valtelina es la forma que utilizamos los españoles para designar un valle, el valle de Adda, que desciende desde los Alpes hacia el lago de Como. Es un paso muy sencillo de enfrentar cuando se quiere pasar entre la Italia norteña y los Grisones suizos. Una vez allí, quien esté haciendo el camino (por ejemplo, tropas) accederá fácilmente al valle del Inn y, consiguientemente, a la Europa Central toda.

En la época en la que estamos situados, el ducado de Milán pertenecía a los españoles, esto es a Felipe IV. Su pariente, el emperador Fernando, era asimismo poseedor del valle del Alto Adige y el de Inn. Lo cual quiere decir que la Valtelina era el paso natural entre las posesiones italianas españolas y las posesiones imperiales. La existencia de la Valtelina, y su control en manos, bien españolas, bien austríacas, venía por lo tanto a garantizar una capacidad de ambas armadas a la hora de reunirse y coligarse que convertía cualquier guerra continental en un problema de importantes proporciones y, lo que es especialmente importante para lo que estamos hablando, limitaba notablemente las posibilidades de que Francia se convirtiese en una potencia interior.

Lo realmente importante de aquel tiempo es que la estabilidad territorial de la Valtelina estaba ahora en entredicho. El terreno había pertenecido siempre al ducado de Milán, pero ahora pertenecía a los Grisones, y no en muy buenos términos. Los habitantes de los Grisones eran de raíz fundamentalmente germánica y fe protestante, mientras que los valtelinos eran italianos católicos. Los conflictos entre ambas partes habían permitido a España, en 1620, justificar una intervención para restablecer el orden en la zona. Desde entonces, las tropas enviadas por Madrid ocupaban todo el valle, garantizando el contacto inmediato entre las armadas española y austríaca.

A pesar de existir unos vínculos relativamente estrechos entre grisones y franceses, ya que los primeros solían proveer a los segundos con soldados para sus ejércitos, París nunca había pasado de intervenir en el tema mediante protestas formales, de honda esencia diplomática, con muy poco valor práctico; París era perfecto conocedor de la altísima importancia que tanto Madrid como Viena concedían al tema de la Valtelina, y por eso nunca había encontrado un momento con suficientes incentivos como para implicarse de hoz y coz en el tema. En todo caso, además, hasta la llegada de Richelieu, en la Corte francesa se había mirado el problema fundamentalmente a través del prisma de imaginar que habría supuesto una alianza con los suizos protestantes, puesto que la unidad católica, formada por España y Austria, bendecida por el Papa y sustentada por los propios franceses, se habría visto comprometida.

Hacía falta un político francés que se decidiese a desenganchar al país de la disciplina romana; y ése fue a ser, paradójicamente, un hombre esa misma Iglesia de la que la nación se extrañaba.

En realidad, para Richelieu la lucha contra el protestantismo, que para otros países, notablemente España, venía a significar el cumplimiento de una misión sagrada de dominación mundial, no tenía más motivo que la obstinación de los hugonotes franceses por crear una Francia para ellos dentro de Francia. Si el protestantismo galo no le hubiese puesto la proa a la casa real, probablemente el cardenal nunca los habría molestado. En el terreno internacional, a Richelieu le ocurrirá igual durante toda su vida. A la hora de aliarse o enfrentarse con protestantes, sólo habrá para él un criterio de decisión: la expectativa de beneficio para la monarquía francesa. Esto abre una importantísima diferencia respecto de la forma de hacer las cosas en Madrid y Viena, cancillerías siempre dispuestas a aceptar aliados poco rentables, o buscarse enemigos demasiado costosos, por la sola razón de su fe. En este punto, pues, Richelieu es un innovador de la política internacional, en lo que supone de iniciación de una forma de hacer las cosas presidida por la expectativa de beneficio y no por los dictados morales; con lo que, además, inicia un proceso constante, que no se ha detenido hasta el pontificado de Juan Pablo II, de reducción de la importancia del Papado en la política europea.

El Papa de Roma, primero Gregorio XV y cuando este murió Urbano VIII, había finalizado una estrecha alianza con España, cuyo objetivo final era sustraer a los valtelinos de la dependencia respecto de los grisones protestantes; aunque justo es decir que el apoyo cerrado del frente católico a los Estados Pontificios también pesó lo suyo. En 1624, año en el que decidió encargarse del tema, Richelieu no podía aceptar este orden de cosas. Por esto se dirigió al Papa, intimándolo para conseguir de Madrid la retirada de la Valtelina. El jefe de la Iglesia católica, probablemente, pensó que aquélla era una más de las teatrales tomas de posición de París que quedarían en nada. Pero esta vez se equivocó.

En diciembre de aquel año, Anibal d'Estrées, marqués de Coeuvres, embajador francés ante los grisones, recibió de París un envío muy bien dotado de oro, y un codicilo con instrucciones precisas. Siguiéndolas, acopió un pequeño ejército de 3.500 hombres franceses, más otros tantos suizos, con el que penetró en la Valtelina. Avanza hacia los fuertes que, no se olvide, son de titularidad pontifical, no española ni imperial; los toma por la fuerza, y luego hace lo mismo con las poblaciones estratégicas que controlan el paso del valle. Lo que acababa de pasar no se había registrado en la Historia de Europa: un ejército mitad católico, mitad protestante, a las órdenes de un cardenal de la Iglesia de Roma, atacando a ésta.

El siguiente paso de Richelieu también tiene su importancia, y es la unión a su liga de la república veneciana. Aunque siempre acostumbrada a mantener buenas relaciones dentro de la península italiana, Venecia entiende con facilidad las posibilidades comerciales que ofrece un acuerdo con los franceses, dada la condición crepuscular del poder español en la zona. Por último, Richelieu aprovecha la situación financiera muy comprometida de Saboya para convencer a su gobernante, Carlos Manuel, de que se una a su partida.

Dueño de la iniciativa, Richelieu ofrece también amistad a Holanda, cuya voluntad es oportunamente lubricada con la entrega de 1.250.000 libras; y, finalmente, acordando el matrimonio de Enriqueta de Francia con el príncipe de Gales, atrae también a Inglaterra.

Una vez montada toda esa coalición, que es una unión más teórica que práctica porque la guerra no ha estallado, Richelieu se aviene a negociar con el Papa. Resulta ser otra jugada hábil, pues el primer ministro, formalmente, está respetando lo estricto de la letra de las relaciones internacionales, pues ya hemos dicho que las posiciones atacadas, a pesar de estas defendidas por españoles, son de titularidad papal, París, pues, consigue ningunear en buena medida a Madrid. Roma no quiere la guerra, así pues pronto sus pabellones auditivos se muestran receptivos a los mensajes que llegan del Louvre. El Papa acepta que la Valtelina sea una zona neutral, pero en la que Francia tenga poderes bastante amplios de vigilancia.

La resolución (a medias) del conflicto valtelino le vino muy bien a Richelieu, quien se estaba enfrentando, internamente, con los primeros tambores de rebelión hugonote en el suroeste del país, donde el conde de Soubise estaba soliviantando las voluntades. Con tanta rapidez como precisión, los asesores del cardenal ante el Tesoro le dejan bien claro que no puede aspirar a tener una guerra, mucho menos dos (si sumamos a los españoles) porque, simple y llanamente, no puede pagarlas. La diplomacia francesa, en consecuencia, negocia e impulsa el tratado de Monçon, 5 de marzo de 1626, por el cual le queda prohibido a España el uso del paso de la Valtelina, además de establecerse la demolición de todos los fuertes existentes en el valle. A cambio de declarar el catolicismo como la única religión posible en dicho territorio, los grisones son indemnizados con un tributo de 25.000 ecus.

La negociación de este acuerdo permite a Richelieu, un mes antes de la firma (5 de febrero) meter presión sobre los protestantes franceses. La Rochela, tradicional centro de agitación hugonote, privada del apoyo español, es sometida al poder de París. Se les impone un comisario real, se restituyen a la Iglesia católica los bienes que se le habían arrebatado, se decreta la libertad de conciencia para los católicos, y se derrumba el principal fuerte de la plaza, el llamado fuerte Tadon; mientras que las fuerzas regalistas mantienen el suyo, el fuerte Louis.

El conflicto de la Valtelina tiene una importancia crucial que va bastante más allá del propio problema que lo causó. Lo realmente importante de este conflicto, de la forma en que se desarrolló (esto es, la rapidez con la que Richelieu consiguió armar una alianza de fuerzas de dos religiones distintas) y la forma en la que se resolvió (esto es, con la expulsión de facto de España), tiene que ver con el mensaje que lanzó al orbe europeo.

Una de las cosas que trajo consigo el Siglo de Oro, como forma de pensar distinta del Renacimiento y no digamos ya de la Edad Media y el mundo antiguo, fue eso que podemos llamar el equilibrio multilateral. Aunque ésta sea la realidad a la que estemos acostumbrados los habitantes actuales del mundo, eso no quiere decir que fuese lo normal en otros tiempos. El mundo que podían recordar, en los tiempos de Richelieu, los veteranos servidores de Felipe II, era un mundo que estaba acostumbrado a aceptar y acatar la hegemonía de uno; fuese ese uno Madrid, Roma, Macedonia, Tebas o Nínive. Pero aquello estaba cambiando. La formación de las naciones modernas convertía el tablero en un entorno mucho más complejo en el que todos temían al poder de uno solo.


Armando Juan du Plessis fue, y lo fue durante el conflicto de la Valtelina precisamente, el instrumento que encontró el siglo para demostrarle a las Cortes europeas que esa pretensión, ese deseo de evitar las hegemonías excesivas, de crear una Europa coral en la que un tejer y destejer de alianzas hiciese poderes, era posible.