miércoles, diciembre 03, 2014

El hombre que sabía hacer las cosas bien (25)

En 1970, Leónidas Breznev estaba en la cumbre de su poder. Pero pronto iba a aprender, aunque en realidad ya lo sabía, que eso, muchas veces, lejos de ser un chollo, es una putada. Las gravísimas dificultades de abastecimiento que, en las Navidades de aquel año, vivió Polonia, provocaron una nueva movilización, centrada en los astilleros de Gdansk; movilización que provocó la caída casi inmediata de Vladislav Gomulka. Los disturbios polacos afectaron, y mucho, al ánimo del secretario general del PCUS, quien decidió dar marcha atrás en los planes de austeridad que había anunciado para enderezar la economía. Con esa capacidad que sólo tiene un dictador para decir digo donde dijo Diego mientras se rasca un testículo, Breznev cambió en horas el rostro del plan quinquenal 1971-75, que ya estaba para la imprenta; y donde se habían redactado medidas para la austeridad se redactó un programa centrado en el consumidor, y su bienestar.

Sin embargo, todo lo que sabía hacer Breznev, o mejor deberíamos decir la gran parte del PCUS, era poner el piloto automático de los salarios. Ya hemos dicho hace algunos párrafos que eso, en realidad, no sirve de nada en economías desabastecidas y sin posibilidades de abastecerse; porque en esos casos, literalmente, la gente gana un dinero que no puede gastar en su bienestar, lo cual no eleva su calidad de vida; sólo eleva la inflación.

El 14 de febrero de 1971, un relativamente angustiado Breznev estampaba su firma sobre el plan quinquenal, el cual, por primera vez en la Historia de la URSS (que ya le vale) decretaba un crecimiento superior en las industrias productoras de bienes de consumo que en la industria pesada. Se apostaba por inversiones monstruo en la agricultura y en algunos sectores de bienes de consumo duradero, notablemente los automóviles. Se declaraba con evidencia que el objetivo era mejorar las condiciones de vida del soviético en tanto que consumidor. Aunque nadie fue testigo, es posible que la momia de Stalin eyaculase para dentro.

El Congreso del Partido, que como ya hemos dicho se había aplazado a 1971, aclamó a Leónidas algo así como el hombre del pueblo; lo cual demuestra que en los regímenes comunistas la memoria pesaba todavía menos que en los parlamentarios; pues nadie pareció recordar que, en realidad, Breznev, si era quien presuntamente estaba resolviendo el problema, no dejaba de ser, también, el pollo que lo había creado. Muy lejos de estas críticas, Breznev fue, en aquel congreso, virtualmente entronizado. Se marcó un discurso de seis horas (lo intentó, pero no pudo con el All-Star Kruschev y sus 480 minutos) que fue retransmitido en directo por la televisión (o sea, como Gran Hermano, sólo que éste fue Gran Soviético). Pero eso fue su intervención. Mucho más enternecedoras fueron los breves discursos que se les permitieron hacer a diversos jerifaltes del Partido, todos los cuales, con una intensidad desconocida incluso en los tiempos de Stalin, competían por citar al camarada primer secretario más veces que nadie (quede anotado para la Historia que ganaron, ex aequo, Yevgeny Tyazhelnikov, primer secretario del Komsomol; y A. P. Filatov, jefe del Partido en el distrito de Novosibirsk; ambos, a pesar de habérseles concedido apenas unos minutines, consiguieron citar a Breznev ocho veces). El resto de los intervinientes se deshicieron en halagos hacia el líder. Incluso una granjera de Orel tomó la palabra para decir que el discurso del camarada primer secretario había llenado sus ojos de «lágrimas de alegría y orgullo».

Breznev colocó, en aquel congreso, a la totalidad de la Mafia del Dnieper, lo que es un buen termómetro del nivel de poder que había acopiado. Colocó en el Comité Central, como miembros plenos, a sus tres manos derechas: Georgy Pavlov, Georgy Tsukanov y Konstantin Chernenko. Andrei Alexandrov-Agentov, su experto en asuntos exteriores, fue reconocido en un algo cargo del Comité. Ni qué decir tiene que Yuri Andropov fue reelegido para el Comité, junto con otros miembros de la policía de la cuerda breznevita.

Esto es, sin embargo, el Comité Central. Los miembros del Politburó resultaron reelegidos; es decir, ahí no pudo el secretario general colocar nuevos nombres y, consecuentemente, incrementar su poder. Sin embargo, Leónidas tenía otra carta en la mano.

Con mucha probabilidad, el ruso medio ucraniano había aprendido de sus amigos en el tejado del Ejército soviético la importancia de la política exterior. Además, él había alumbrado una estrategia de mejor entendimiento con occidente, desde luego no fruto de convicción alguna sino de la necesidad de aislar a China (o, más bien, de evitar los intentos de China por aislar a la URSS), así pues sabía que no podía dejar la representación exterior de la URSS ni a Kosigyn ni, desde luego, a Gromyko. Así pues, nada más terminar el Congreso, Leónidas Breznev comenzó una muy estudiada estrategia para convertirse en eso que llamamos un líder mundial.

En septiembre de 1971, Breznev levantó el telón reuniéndose con Willy Brandt, el canciller de la República Federal Alemana. El encuentro dejó claro desde el primer momento que Breznev estaba dispuesto a rebajar la tensión y reconocer las soberanías occidentales en Europa, a cambio de la aceptación de la línea Oder-Neisse (esto es, la partición de Alemania). Asimismo, ambicionaba la celebración de una conferencia de seguridad de ámbito europeo. Esto tenía como función hacer lo que no hizo Hitler, y así le fue: pensaba Breznev matar dos pájaros de un tiro, pues abría un entorno de paz en la frontera oeste de su bloque al tiempo que contrarrestaba la presencia estadounidense en la zona; pero, en realidad, serían tres pájaros, porque consiguiendo esto podría desplazar tropas y elementos bélicos hacia su frontera oriental, acojonando a China. Si tenemos en cuenta que su Westpolitik también traería consigo acuerdos comerciales y créditos, todo eran ventajas.

En este tema, de todas formas, llovía sobre mojado. Ya en 1969, Gomulka había sugerido un acuerdo bilateral germano-polaco sobre la frontera Oder-Neisse. La propuesta, por primera vez en mucho tiempo, no venía acompañada por otras habituales reivindicaciones polacas, como el reconocimiento de la RDA, o el expreso repudio por parte de Bonn del acuerdo Hitler-Chamberlain de 1938. Aquel año de 1969, Brandt llegó al poder en la RFA. En diciembre, el embajador alemán en Moscú, Helmut Allardt, abrió conversaciones sobre el tema con Gromyko. En febrero de 1970, los contactos continuaron con el asesor de Brandt, Egon Bahr. En agosto del mismo año, Bonn y Moscú se reconciliaban, y Brandt firmaba en Moscú un acuerdo de no agresión.

Tirando como estaban los soviéticos de la manta hacia arriba, pronto se quedaron con los pies fríos. Tras la firma de Moscú, Walter Ulbricht se puso como el Puma de Baracoa. Temía, sobre todo, que a todos aquellos acercamientos se siguiera una negociación sobre Berlín, en la que la RDA no tenía nada que ganar y sí mucho que perder. La respuesta de Breznev a las protestas constantes de Ulbricht, quien hablaba con la fuerza moral de haber conocido personalmente a Lenin, fue comenzar a diseñar su jubilación en mayo de 1971. Lo sustituyó Erich Honecker, de quien se rumorea que sólo hay en el mundo diez o doce perros falderos que son más perrunos que él.

Fue en este ambiente en el que, en septiembre de 1971, Breznev invitó a Brandt en Crimea. Fue aquel un diálogo fructífero, como era de esperar en un político occidental que quería poner en marcha una nueva política hacia el este, y un político oriental que estaba deseando implantar una nueva política hacia el oeste. El pacto básico fue, por parte de Breznev, ejercer presión sobre Honecker para que no fuese tan anti RFA; mientras que Brandt se comprometió a defender la conferencia de seguridad europea que había inventado Breznev.

Crimea, por lo demás, fue el primer acto de una campaña de imagen de Breznev en toda regla. En apenas unas semanas, el hombre de las profundidades de la estepa rusa, con dos cejas como viaductos, serio, austero y reconcentrado como todos los modernos tártaros, se convirtió en una especie de play boy jubilado, vistiendo polos y llevando gafas de sol, y con un indudable savoir faire. Los alemanes salieron encantados de Crimea; pero, más aún, Breznev, inesperadamente, enamoró a los franceses al mes siguiente, durante una cacareada visita que incluso provocó la emisión de largos documentales en la televisión soviética, de modo que parecía bastante más importante que Breznev hubiera estado en París que el asesinato de Kennedy.

No obstante, había una nube. Durante el verano de aquel año de 1971, ni el Comité Central ni el Soviet Supremo de la URSS celebraron reunión alguna. Este retraso sólo podía querer decir que habían aplazado sus reuniones para poder votar alguna decisión del Politburó; pero si había retrasos, eso quería decir que el Politburó era incapaz de alcanzar un acuerdo. Los medios occidentales comenzaron a especular con la retirada de Kosigyn.

En el Congreso del Partido, cuando Breznev leyó los nombramientos al Politburó, habría roto la costumbre de citar a Kosigyn en segundo lugar después de él mismo, y había pronunciado el nombre de Podgorny. Éste, además, destacó poco tiempo después, formando parte de la delegación que viajó a Egipto a reunirse con Annuar el Sadat. El 14 de octubre, Pravda publicó un durísimo artículo contra Kosigyn, al que acusaba de prometer muchas cosas pero no hacer nada. A lo largo del mes de noviembre, dos pesos pesados de la prensa doctrinal soviética: Pyotr Fedoseyev y el mismísimo Mijail Suslov, se embarcaron en una agria discusión en las páginas de los periódicos y revistas; uno, defendiendo la necesaria unificación de todo el poder soviético en una persona; el otro, contraatacando con la idea de que había que deslindar Partido y Gobierno.

A finales de noviembre, Radio Macuto filtró a los periodistas occidentales el rumor de que el Comité Central iba a reunirse para crear un Consejo de Estado presidido por Breznev, que así sería, de facto, la cabeza del Estado soviético. Era una forma de permitir al líder controlar el gobierno sin que Kosigyn tuviese que cesar, o dimitir, como jefe del mismo. Algo, sin embargo, debió de salir mal, porque el día 22 de noviembre, apenas horas antes de la sesión del Comité, los habituales intoxicadores de la KGB tuvieron que buscar por todo Moscú, a pelo puta, a sus amigos periodistas occidentales, para contarles que el proyecto del Consejo de Estado había sido una reflexión prematura.


Otro revés para la carrera de Breznev hacia el poder absoluto. Pero si algo tenía este hombre, era paciencia.