lunes, diciembre 01, 2014

El hombre que sabía hacer las cosas bien (24)

Como es sabido de todos o de casi todos, con la década de los sesenta periclitó en el mundo un periodo relativamente sostenido de crecimiento, aparentemente sin desequilibrios; y la URSS no fue una excepción a este movimiento. Para que nos hagamos una idea, en aquel entonces el país gobernado por Breznev crecía, cuando menos teóricamente, a tasas chinas (en el 69 se había previsto un aumento del 6,1%); y, sin embargo, lo que hizo fue decrecer un 3%, en la producción agrícola; y en la industrial, aunque la expansión fue del 7%, era la más reducida desde el final de la guerra mundial.

Una cosa que tal vez convenga anotar es que la URSS de 1969 era el paraíso de aquéllos que piensan que en una economía todo se soluciona aumentando salarios y animando a la gente a consumir. Porque, de hecho, en la segunda mitad de la década lo único que creció, incluso más de lo inicialmente previsto, fueron los salarios, dado que eran de control estatal. Los soviéticos, pues, tenían más dinero en el bolsillo que nunca; lo cual, como digo, es el Sangri-la de quienes tienden a ver neoliberalismo hasta en los gestos de las ardillas al comerse una bellota. Pues bien: aquellos ciudadanos tenían dinero, pero nada que comprar con él. La economía soviética estaba gripada, perdía productividad y, además, como toda economía desde que los griegos abrieron el puerto de El Pireo, como no dependía sólo de sí misma para abastecerse, y sus graves problemas le impedían importar, en la práctica, como digo, los ciudadanos soviéticos tenían dinero para comprar bien poca cosa, porque bien poca cosa había. En esas circunstancias, lo que hacían era ahorrarlo, amenazando con sobrecalentar el sector financiero; y, de paso, se estaban creando unas fortísimas tensiones inflacionarias.

Todos los ratios y valores del plan quinquenal 1966-1970 tuvieron que ser revisados a la baja. Especialmente las del último año, que se hicieron pastueñas para poder ser plenamente cumplidas: el camarada Breznev no quería ni oír hablar de un Estado soviético admitiendo incumplimientos de su planificación en el año centenario de Vladimir Ilich Ulianov.

Existían potísimas razones objetivas (climáticas) para explicar el decaimiento de la producción agrícola de 1969. Pero aun así Breznev escogió usar las cifras para ahormar un poquito más a su oposición potencial. En la sesión del Comité Central del 15 de diciembre de 1969, realizó una intervención secreta (como la de Kruschev sobre Stalin) admitiendo el estado caótico de la economía, echándole toda la culpa a Kosigyn (paradójicamente, quien había intentado reformarla para que esas cositas no pasaran) y exigiendo medidas draconianas de ajuste.

Lo hizo, por supuesto, para mandar a tomar Fanta a lo que quedaba de las reformas económicas. En un ejercicio notable de cinismo, desconocimiento, o ambas cosas, le echó la culpa de los problemas a las políticas de incentivos de productividad que se habían implantado; incentivos que, dijo, debían de ser sustituidos por la presión ideológica y las apelaciones al patriotismo; el viejo sistema de los comisarios políticos, pues. Combinaba estos «estímulos» con un incremento de la disciplina, con su consiguiente aumento de los castigos contra los pasotas, los vagos, y los borrachos (esto último, la verdad, tiene mucha coña que lo dijera él...) De hecho, en aquellas tensas horas de diciembre de 1969, el Partido Comunista de la URSS se planteó una Ley Seca; pero, lógicamente, finalmente acabaron los miembros del Comité Central por reconocer, y reconocerse, que tal medida en el Rusia era, simplemente, imposible. Así pues, se optó por una subida del precio del alcohol, así como una serie de medidas de reducción de los puntos de venta. Se reinstaló el subottnik, una odiada reliquia de los viejos tiempos consistente en trabajar un día al año sin sueldo, porque la Revolución lo vale. Y, en general, el peso y el mando del partido en las empresas y en la estructura económica en general se incrementó.

La lectura interna de esta intervención era clara: Breznev estaba llevando a cabo su último órdago por el poder, atacando a Kosigyn en lo fundamental de su poder y responsabilidades. Este enfrentamiento casi final convirtió el año 1970 en uno de los más interesantes, sino el que más, de la Historia de la política interna soviética.

El año, en realidad, venía repleto de referencias de importancia. Tres, concretamente: el centenario de Lenin, las elecciones al Soviet Supremo, y el XXIV Congreso del Partido, inicialmente previsto para marzo de aquel año aunque finalmente se celebró en abril de 1971.

En marzo de 1970, Pravda publicó que Breznev había sostenido una reunión con casi una veintena de ministros de corte técnico de diferentes repúblicas soviéticas, para discutir sobre la agricultura. Aquel gesto suponía colocarse declaradamente dentro del perímetro de actuación de Kosigyn. Acto seguido, se cogió un avión con su amigo Grechko y se fue a Minsk, a supervisar personalmente unas maniobras militares que tenían lugar en Bielorrusia. El 1 de abril, sin la compañía de ninguno de los jerifaltes soviéticos (sólo Vladimir Scherbitsky, uno de sus turiferarios; y el mariscal Sajarov) se fue a Budapest a celebrar el XXV aniversario de la liberación de Hungría tras la guerra mundial.

Casi al mismo tiempo, una serie de ceses comenzó en los ámbitos del Partido dedicados a la propaganda. El director de Izvestia, el kosigynita Vladimir Stepanov, cesó como responsable de propaganda del Comité Central, y fue enviado a Beijing a comer rollitos de mala hostia. Nikolai Mijailov, que había sido predecesor de Shelepin como secretario del Komsomol y ahora era secretario del Comité Estatal de Prensa, fue cesado de este último cargo. Nikolai Mestasyev, otro hombre de Shelepin, fue despedido de la presidencia del Comité Estatal de Radio y Televisión. Aleksei Romanov, que presidía el Comité de Cine, fue también cesado.

Otra cosa que pasó es que en la URSS se declaró una grave epidemia de gripe que, cosa curiosa, sólo pareció afectar a la pirámide del poder soviético. Podgorny, que tenía un viaje previsto a Japón, tuvo que cancelarlo por problemas de salud. Kosigyn fue oficialmente hospitalizado por una gripe que se había complicado. Y también se reportaron problemas de salud para Shelepin, Suslov y algún otro alto mando. Fíjese el lector en que Suslov está en la lista: Roma no paga traidores.

Cuando Breznev regresó a Moscú, en el andén de la estación de Kievsky sólo quedaban tres miembros del Politburó (Kirilenko, Mazurov y Voronov) para recibirlo. El resto estaban oficialmente enfermos. Aun así, el día 10 de abril Shelepin se atrevió a reaparecer, puesto que participó en el Día de los Astronautas.

El 11 de abril se anunció oficialmente el ascenso de dos burócratas del Partido en provincias, ambos, sin embargo, amigos de Breznev. Tijon Shokolov fue nombrado primer vicepresidente del Gosplan, es decir la poderosísima Comisión de Planificación Económica; mientras que Leónidas Yefremov era nombrado primer vicepresidente del Comité Estatal de Ciencia y Tecnología, donde sería el jefe de, entre otros, el yerno de Kosigyn, Dzerman Gvishiani.

Tres días más tarde, Breznev se presentó en Jarkov para otorgar unas cuantas medallas de Lenin en una fábrica de tractores. Fue un acto inusual en la vida de la URSS. En un determinado momento, Breznev agarró a una rubia trabajadora de la fábrica y le plantó dos besos de tal calibre que la pobre chica quedó como electrizada (este gesto, sin embargo, sería superado, años después, por Boris Yeltsin, quien le tocó el culo a una señora delante de las cámaras del mundo entero). Además, dio dos discursos, y los dos fueron transmitidos en directo por la televisión soviética. Uno de los discursos, dedicado a temas exteriores, fue la primera expresión clara, diáfana y pública, de la política breznevita de moderación respecto de occidente. En el otro discurso, dedicado a temas internos, sustantivó su nueva línea de gestión económica, afirmando que los viejos métodos ya no servían.

Sólo después de estos discursos pudieron el resto de líderes recuperarse de sus dolencias y volver a aparecer en público.

El 21 de abril, los líderes de los partidos comunistas del mundo se reunieron en Moscú para celebrar el centenario de Lenin. Allí estaban todos, resucitados, escuchando el discurso de Breznev, quien recordó la honda preocupación de Lenin por mantener unido al partido bolchevique; por lo que, añadió, veía los fraccionalismos y las divisiones dentro del Partido como el principal peligro a que se enfrentaba éste. Suslov, en una costumbre que entonces no tenía nadie aunque hoy se ha hecho norma, se llevó a la reunión unas enormes gafas de sol con las que, durante toda la ceremonia, escondió sus ojos de la visión del mundo.

A finales del mes de mayo, en medio de las «elecciones» al Soviet Supremo, Breznev dio otra vuelta de tuerca. Realizó dos grandes discursos a los consejos de ministros de la URSS y de la Federación Rusa, a pesar de no ser miembro de los mismos. Esto suponía poner conscientemente un pie en los predios de Kosigyn y de Gennady Voronov. Los discursos nunca fueron publicados. Lo importante es que los había dictado. Porque yo lo valgo.

El 12 de junio, dos días antes de las votaciones, todavía dio Leónidas un tercer discurso, en el distrito moscovita de Baumanski, esto es donde él vivía.

El 2 de julio, coincidiendo con una reunión del Comité Central, un periódico occidental, el Evening News de Londres, publicó una crónica de Viktor Louis, una auténtica rara avis de los tiempos de la guerra fría, pues era ciudadano soviético y, aun así, se le permitía escribir para medios occidentales. Hombre reputado como estrechamente relacionado con la KGB, Louis anunciaba la inminente producción de una crisis de cambios en el Kremlin. Según su crónica, una hipertensión rebelde ha hecho a los médicos recomendarle a Breznev pasar a un segundo plano; lo cual podría suponer, especulaba el cronista, faltar en unos días a una cita en Bucarest.

Lo cierto es que la información resultó ser parcialmente cierta. Contra lo que había especulado Louis, Breznev sí que acudió en esos días a un pleno del Comité Central monográfico sobre agricultura, que ya hemos visto. Pero, al contrario, no fue a Bucarest, pretextando un problema catarral, y envió a Kosigyn y Suslov. La cosa es rara, porque, de todas formas, el mismo día que estos dos enviados firmaban el acuerdo de amistad ruso-rumano, Breznev no estaba en la cama pasando la gripe, sino en el fútbol, ya que, junto a Podgorny y al presidente de la República Centroafricana Bokassa, estaba viendo el directo un enfrentamiento entre Torpedo de Moscú y el Dinamo de Kiev (que el equipo del alma de Breznev, al fin y al cabo medio ucraniano, perdió).

El 14 de julio fue la sesión inaugural del nuevo Soviet Supremo. El principal orden del día era la reelección de Kosigyn como primer ministro y la elección de su gobierno de más de noventa ministros.

Si Kosigyn había sido reelegido era, obviamente, porque la pelea por el poder había terminado, con la victoria de Breznev. Lo que en el verano era una teoría más que plausible se confirmó el 31 de diciembre, con un gesto sin precedentes en la Historia de la URSS.

Para entonces, era tradición en la noche del viejo año que Yuri Levitan, entonces con mucho el más famoso presentador de la televisión, hiciese un mensaje de felicitación del nuevo año para todos los soviéticos. Pero en la noche de aquel 31 de diciembre de 1970, Levitan tuvo un papel menor, puesto que se limitó a presentar a Breznev quien, con un mapa de la URSS detrás de él, leyó, por primera vez en la Historia de la Unión, un mensaje del camarada primer secretario.


Si a alguien le quedaban dudas de quién mandaba en la URSS, se le disiparon.