jueves, noviembre 27, 2014

El hombre que sabía hacer las cosas bien (23)

Con todos los problemas pequeños, medianos y grandes que tuvo que enfrentar Leónidas Breznev durante su mandato como secretario general del PCUS, ninguno se parece ni de lejos al problema de China. En primer lugar porque, como estratega, Mao Zedong le daba cien mil vueltas al ruso reciclado en ucraniano. Y, en segundo lugar, porque, desacompasados en el tiempo como iban los desarrollos del comunismo en ambos países (en la segunda mitad de los sesenta, China estaba en su momento estalinista), este decalaje le daba cierta ventaja a Beijing, por cuanto el país estaba en un momento más productivo que la URSS, país en el que el comunismo híperburocratizado causaba un cansancio enorme; excepción hecha de Dolores Ibárruri, claro.


En 1969, chinos y soviéticos tuvieron algo muy parecido a una guerra en la zona del río Usuri, y se da por bastante probable que Moscú manejó la posibilidad de realizar un ataque directo en las instalaciones nucleares chinas. Esta amenaza aconsejó a los chinos tascar el freno y en septiembre de aquel mismo año, aprovechando los funerales de Ho Chi Mihn, Chou en Lai realizó un acercamiento a Kosigyn. En esos mismos tiempos, sin embargo, Moscú estaba trabajando con denuedo por un cambio de liderazgo, que no de régimen, en China. Nunca sabremos a ciencia cierta qué tipo de apoyos soviéticos tenía o creía tener Lin Biao, pero parece bastante claro que la URSS soñaba con desalojar a Mao del poder de una forma, o de otra.

Con todo, el principal movimiento de Breznev en la zona se perfeccionó en 1973, después de unos cuantos años de trabajo callado, con la creación de una especie de federación de países asiáticos cercanos a la URSS, mancomunados contra China. Fue un movimiento meramente defensivo. El maoísmo estaba pegando fuerte en dos escenarios que la URSS consideraba suyos: los países satélite del área balcánica, y muy especialmente Rumania; y el comunismo de los países del bloque occidental. En efecto, durante aquellos años (no se olvide que estamos hablando de mayo del 68, y su coda), para muchos jovenzanos variados de la melenuda caterva que crecía al calor de una década (dicen ellos) irrepetible, el rígido comunismo soviético dejó de tener atractivo frente al puro obrerismo simplón del maoísmo. Para muchos jóvenes y no tan jóvenes revolucionarios eternos, el maoísmo, que en esto es un poco el anarquismo finisecular, ofrecía el atractivo de que no buscaba transar con el sistema ni medio centímetro: a los maoístas les importaba una higa la colaboración con los regímenes parlamentarios (justo lo contrario que propugnaba el eurocomunismo) y, además, propugnando la prevalencia permanente de la clase obrera (principio que les causó más de tres problemas en mayo del 68), era una ideología de importantes resonancias sindicales; que es, nos pongamos como nos pongamos, lo que tiene que ser una ideología de izquierdas. 

Moscú decidió, por ello, plantarle cara a los chinos en su propio terreno,  esto es Asia y, sobre todo, el mar de China. Fue un movimiento no exento de inteligencia que, sin embargo, habría de, con el tiempo, clavarle al Telón de Acero el rejón de muerte. Pues el sistema comunista, en realidad, comenzó a tambalearse, el Muro de Berlín a resquebrajarse, el día que Richard Nixon y Mao Zedong se dieron cuenta de que podían entenderse, el primero visitó al segundo en Beijing, y los jugadores americanos y chinos de ping-pong se pusieron a competir. Ese día, Leónidas Breznev se quedó solo, y ya no fue capaz de hacer gran cosa para impedir que, a su muerte, sus también moribundos herederos recibiesen la nuda propiedad de esa misma soledad.

En el verano de 1971, el siempre impredecible Nicolae Ceaucescu precipitó la crisis dentro del club de los «países de Stalin» realizando un viaje triunfal por China. Regresó con un gran crédito en la mano, 225 millones de dólares, y la promesa de asistencia militar china en caso de ser atacada; apenas dos años después de la invasión de Checoslovaquia, todo el mundo medianamente inteligente (lo cual no incluye a las facultades de Ciencias Políticas y otros think tanks occidentales) entendió que esa protección no estaba pensada para el día en el que se decretase la toma de Bucarest desde la avenida de Pensilvania. La respuesta de Moscú, que como digo se sintió directamente concernida por el movimiento, fue realizar unas grandes maniobras militares frente al porche de la entrada del país. Un movimiento mal calculado de Breznev: Rumania no era Checoslovaquia; que algo tan simple como tirar una piedra dentro del país provocaría la inmediata solidaridad de Yugoslavia, así pues antes de que se quisiese dar cuenta, se iba a encontrar con una rebelión de grandes proporciones. Así pues, la URSS se la envainó, y quedó como el culo.

La gran conferencia mundial de partidos comunistas, celebrada como ya hemos dicho en 1969, estuvo lejos de ser lo que Leónidas había imaginado. Los comunistas italianos y rumanos le impusieron, por ejemplo, la transparencia de muchas deliberaciones; un régimen de cosas al que el líder soviético no estaba acostumbrado. Los propios medios soviéticos publicaban las conferencias pronunciadas en el encuentro, algunas de ellas críticas con la invasión de Checoslovaquia. Aun así, miembros del club como Yugoslavia, China, Albania, Corea del Norte, Vietnam del Norte, y se podría decir que Cuba, no estuvieron.

Estamos en el 22 de enero de 1969. Un día en el, que, en Moscú, nadie espera, seriamente, que vaya a pasar nada nuevo. Al fin y al cabo, es la cuarta vez ya, la cuarta, que Leónidas Breznev se apresta a recibir en la capital a héroes soviéticos del espacio, regresados de su viaje. Esta vez son Vladimir Shatalov, Boris Volinov, Yevgeny Khrunov y Alexesi Yeliseyev; pero podrían ser otros. 

Allí, muy cerca de la fila de limusinas soviéticas ZIL de los jerifaltes, hay, sin embargo, un hombre que no está tan dispuesto a dejar que el día sea rutinario. Se trata del teniente de ingenieros Viktor Ilyin, que entonces tiene 21 años. Está destinado en Leningrado, pero se ha ausentado de su unidad para estar allí. Viste un uniforme de capitán de la policía que le han prestado, dentro del cual esconde dos pistolas. Pasa los controles sin problema, pues todo el mundo asume que es un policía de servicio. Se coloca, finalmente, bajo el arco de la torre de Borovitsky, en el Kremlin. 

La caravana motorizada llega. En la orilla del Moscova, a unos cientos de metros del Kremlin, se para, con el objetivo de que los astronautas pasen a un vehículo descapotable, y entren así en el Kremlin, saludando a la peña. Asimismo, el coche en el que van Breznev y Podgorny se separa de la comitiva y tira hacia el Kremlin, con el objetivo de que los dirigentes estén en el Palacio de Congresos para poder recibir a los astronautas cuando lleguen. Detrás del coche de Breznev, ocupando el sitio que con más lógica debería ocupar el secretario general, va otro coche en el que van Valentina Tereshkova y otros astronautas, entre ellos Georgy Beregovoi.

En la puerta Borovitsky hay un badén que obliga a los coches a pasar lentamente. Los dos vehículos lo hacen. Al pasar el segundo, Ilyin se adelanta, saca las dos pistolas, y descarga seis tiros en el vehículo. Antes de que agentes del KGB lo reduzcan, habrá herido mortalmente al chófer.

En teoría, o sobre los hechos, es un atentado sobre la persona de Beregovoi, que es el personaje de mayor perfil que iba en el coche. Pero cualquiera que se busque en internet una foto de Georgy se dará cuenta de que su parecido físico con Breznev era bastante elevado. Además, como ya hemos dicho, lo lógico es que el secretario general del PCUS fuese en el segundo vehículo, no en el primero. Unas horas después de lo ocurrido, todo Moscú sabe lo que ha pasado (a pesar de la recia censura), y nadie duda de que el objetivo era el camarada secretario general.

Ilyin es convertido en horas en una persona con serios problemas metales que, de hecho, poco más de un año después será confinado en un manicomio en Kazan por una corte sin juicio; de donde, según algunas noticias, salió en 1990. Lo poco que sabemos de él es que era un veterano de la invasión checoslovaca.

Lo realmente importante para nuestra historia es esto: Leónidas Breznev, a pesar de todas las cosas con las que había tenido extremo cuidado a lo largo de toda su vida; a pesar de llevar décadas haciéndolo todo o casi todo bien; a pesar de haber conseguido la machada de sobrevivir políticamente al enterramiento en vida que suponía ser Jefe del Estado; Leónidas Breznev, a pesar de todo eso, iba a a pasar a la Historia como el único mandatario soviético al que un pollas por la calle había intentado matar. Eso significa la única palabra que un premier soviético no se podía permitir: debilidad.

Semanas después de haberse producido el atentado, la noticia de moda entre los especialistas en el Kremlin era el inminente cese de Breznev. Publicaciones doctrinales comunistas, de repente, volvían a publicar artículos sobre la importancia de la dirección colegiada. Incluso un viejo enemigo logró aflorar: la revista Partinaya Zhizn, en la que escribía un viejo protegido de Shelepin, comenzó a publicar una serie de artículos criticando la excesiva idolatría del primer mandatario que, decía, «socava la democracia del Partido» (sic). En ese entorno fue cuando se produjo el enfrentamiento del Usuri. Breznev, pues, estaba muy presionado en el interior (no hemos mencionado que en aquel año de 1969 la situación económica de la URSS se deterioró muy rápidamente) y en el exterior. Así pues, tuvo que cambiar el paso e innovar en su política.

En medio de las batallas del Usuri, Breznev, Kosigyn, Grechko y el eterno ministro de Exteriores Andrei Gromyko se fueron a Budapest, a atender una reunión del Pacto de Varsovia. Fue en esa reunión en la que un presionado Breznev concibió su política de acercamiento a los países occidentales. Sin embargo, tuvo que enfrentarse a problemas más acuciantes.

La URSS había tapado la fuga checoslovaca; pero eso no quiere decir que hubiese conseguido que no hubiese gotera. La gotera checoslovaca. A las 9 de la noche del día 28 de marzo de 1969, las cosas empeoraron repentinamente.

A esa hora, un señor sueco llamado Dahlberg se llevaba un silbato a la boca, y soplaba con fuerza. Ese gesto provocó el final del partido que, en el marco de los Campeonatos del Mundo de hockey hielo, celebraban la URSS y Checoslovaquia.

Aquel campeonato del mundo no fue exactamente un paseo para la URSS, pero lo ganó, por novena vez. Eso sí, una prueba de que el poderío soviético en la materia estaba siendo puesto en cuestión fue que sólo Anatoly Firsov, máximo goleador del torneo, fue colocado en el equipo ideal, que completaban los checos Dzurilla, Suchy y Nedomansky, y los suecos Svedberg y Sterner. El hecho de que la mita del seis ideal fuese checoslovaco nos da una idea de la potencia que tenía el seleccionado de dicho país. La URSS, Suecia y Checoslovaquia, las tres selecciones más fuertes, fueron colocadas en el mismo grupo. Los soviéticos ganaron a todos, en algunos casos de forma un poco humillante, como el 7-3 que le colocaron a los fineses, o el 8-4 endilgado a los estadounidenses. Bueno, a todos no les ganaron, no...

Porque, en el momento en que Dahlberg dio por terminado el partido, el marcador señalaba: 4 para Checoslovaquia, 3 para la URSS. Holik por dos veces, Nedomansky, y Horesovsky, perforaron la portería soviética, mientras que la URSS sólo consiguió hacer lo recíproco a través de Kharmalov, Firsov y Ragulin. 

Igual que el Barça es más que un club, aquello fue mucho más que una simple victoria deportiva.

Nada más producirse el mentado pitido final, centenares primero, y miles después, de checoslovacos comenzaron a petar la plaza praguense de San Wenceslao. El partido había tenido una audiencia sideral en el país: seis millones de espectadores, no pocos de los cuales, siguiendo una honda tradición eslava, habían ido celebrando los sucesos del partido a base de tragos de vodka. Exultantes y mamados a partes iguales, los checoslovacos empezaron por gritar lo cojonuda que era su selección, para pasar a acordarse de las progenitoras de los jugadores soviéticos. Luego pasaron al resto de la población de la URSS en general, y a sus políticos en particular. Patotas de alegres celebrantes comenzaron a deambular por la ciudad, y una de ellas acertó a pasar por la sede central en Praga de la línea aérea soviética Aeroflot. Alguien tiró un ladrillo. Y le salieron rápidos imitadores. Roto el escaparate, por el mismo entró una horda de hooligans borrachos, que no dejó en pie ni los ceniceros. La noche se convirtió, como quien no quiere la cosa, en una monstruosa parada antisoviética.

Moscú reaccionó, con bastante lógica, echándole la culpa de lo que había pasado al «libertinaje» permitido por Dubcek; y, la verdad, en parte era cierto. Dos días después, un hombre siempre apegado a la nalga izquierda de Breznev, el viceministro de Asuntos Exteriores Vladimir Semionov, se presentó en Praga para dar un ultimátum a los díscolos checoslovacos. Si los soldados locales no eran capaces de mantener el orden, le dijo a Dubcek y también a Svoboda, las tropas soviéticas volverían a activarse para hacer su trabajo (digo «activarse» y no «invadir» porque seguían en el país, acuarteladas en las afueras de las ciudades). Al día siguiente, fue el mariscal Grechko el que fue a Praga y, estando allí, firmó una orden ejecutiva para las tropas situadas en Checoslovaquia autorizándoles a disparar en casos de defensa propia; además, les otorgó poderes para imponer la ley marcial (sí, la Cumbre del Progresismo tenía estas cosas, que sus turiferarios occidentales se obstinaban en no ver: un destacamento militar de otro país podía declarar la ley marcial en el país donde estaba situada si lo consideraba conveniente. A esto, departamentos universitarios enteros en París, en Berkeley, en Oslo, en Brisbane, lo llamaban «centralismo democrático».)

El 1 de abril, Semionov y Grechko se fueron a ver a  Svoboda para entregarle una carta de Breznev en la que exigía el cese de Dubcek e, incluso, señalaba su sucesor. Eso sí, en estricta observancia del «centralismo democrático», el secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética le dejaba al Presidente de Checoslovaquia elegir entre dos candidatos: Vasil Bilak, un tipo a cuyo lado Kim Jong Un parecería Rouco Varela; y Lubomir Strougal, un fiel prosoviético incapaz de pasar al siguiente nivel del Super Mario Bros sin una autorización escrita del Comité Central del PCUS. También, en una impagable prueba de flexibilidad, Breznev se avenía a aceptar un periodo de transición, con un gobierno militar presidido por el propio Svoboda. El Presidente rechazó de plano el gobierno militar, y pidió tiempo. Ese mismo día, Breznev habló con Dubcek por teléfono; éste se ofreció a dimitir a cambio de que los movimientos de tropas quedasen para otro día.

Diez días después, el 11 por lo tanto, Breznev, un tanto hasta los huevos, convocó al Kremlin al embajador checoslovaco en la metrópoli, Vladimir Koucky, y le dio el mensaje para Svoboda de que ya tenía los testículos llenos. Hubo unos días de this and that hasta que, el 17, Dubcek dimitía. Eso sí, el ala más democrática del Partido de los Trabajadores checoslovaco consiguió que lo sustituyese un tipo más del siglo que los candidatos de Moscú: Gustav Husak.

Breznev tenía la manzana checoslovaca en el cesto. Sin embargo, había tenido que dar un paso arriesgado. Expliquémoslo.

Quienes hayan leído mi serie sobre el gobierno de Salvador Allende en Chile (por ejemplo, su epílogo), o conozcan su historia, sabrán que, en una parte, el presidente socialista fue quien le abrió a Augusto Pinochet la puerta del poder, con el gesto de incorporar militares a su gobierno. Pues bien: Breznev había hecho algo parecido. Es indudable que Leónidas había contado siempre con sus sólidos contactos en el Ejército para afianzar y conservar su poder; pero lo que no había hecho nunca era colocar a los uniformados al frente de dicho poder. El gesto de enviar a Grechko a ayudar a Semionov, sin embargo, cambió eso. Breznev envió al viceministro de Exteriores y no al ministro porque no podía fiarse de éste, Gromyko, pues el viejo estalinista había jugado siempre su propio juego y, además, Breznev no podía estar seguro de que, puesto a elegir, no hubiese elegido a Podgorny. Semionov era su mejor asesor en las cuestiones del día a día, como Suslov lo era a la hora de interpretar los salmos de Lenin. Pero por alguna razón que yo, por lo menos, desconozco, Semionov no fue capaz de llevar aquello solo. Digo que no la conozco, aunque me veo capaz de hacer una educated guess: Svoboda era militar, y necesitaba alguien que hablase klyngon como él. 

Breznev mismo no podía ir a Praga, porque eso habría puesto nerviosos a los chinos, a los rumanos, a Tito, y tal vez incluso a los polacos (he preterido a propósito al bloque occidental, porque la lectura breznevita, en este punto, se desplegaba, fundamentalmente, aquende el Telón). Eso, más la personalidad de Svoboda, bien pudo aconsejarle enviar a Grechko. Pero, haciéndolo, le dio carne humana al tigre; y el tigre, desde entonces, ya no quiso saber nada de los piensos nitrogenados. 

Pocos días después de lo de Checoslovaquia, Grechko viajó a Berlín Este, donde se reunió, de igual a igual, tanto con Ulbricht como con Vladislav Gomulka, el líder polaco, que andaba por allí. En Moscú, el general Yepishev escribía en una revista que los occidentales estaban preparando una nueva guerra mundial. Y en otra de aquellas publicaciones, el mariscal Matvey Sajarov, jefe del Estado Mayor y viceministro de Defensa, escribía sobre las «justificadas guerras revolucionarias encaminadas a defender la patria socialista».

Lo que estaba pasando era un poco de todo. De tres cosas: la creciente dependencia de Breznev respecto del Ejército por los problemas en China; el reciente favor que les debía por lo de Checoslovaquia; y los nervios que le habían entrado a eso que entonces se llamaba el complejo militar-industrial con los rumores, ciertos, de que el secretario general del PCUS quería apaciguar las cosas con Washington. 

Algo que, por supuesto, no sabemos muy bien qué es, pasó en la segunda mitad de abril; el resultado de ese algo es que Breznev venció, probablemente echando mano de amistades y promesas. El caso es que la parada militar del aniversario de la victoria mundial fue cancelada (con no pocos de los vehículos que iban a desfilar ya en Moscú), y fue Breznev, y no el ministro de Defensa, quien presidió las celebraciones.

Es evidente que Leónidas había salvado un obstáculo. En ese punto, llegó la misma zorra de siempre para amargarle la vida.

Esa zorra llamada economía.