miércoles, septiembre 24, 2014

Anschluss (y 17: el fin)

Un referendo nacional, junto con una altamente improbable reacción de Italia que incluyese movimiento significativo de tropas en el Brennero, eran las dos únicas cosas que Hitler podía temer de su plan de anexión de Austria. La segunda, ya lo he dicho, la tenía razonablemente atada, aunque él sabía, casi mejor que nadie, que el Duce era una persona muy difícil de prever en sus reacciones. La primera no la esperaba, porque confiaba en sus terminales no formalmente nazis en el gobierno austríaco, fundamentalmente Guido Schmidt. Sin embargo Schmidt, y esto es una opinión personal más que el fruto de una investigación con conclusiones, también tenía unos límites como conspirador. Al contrario que Seyss-Ynquart, Leopoldo y el resto de los nacionalsocialistas austríacos, que tenían, por así decirlo, descontada la posibilidad de perder sus vidas en el caso de un enfrentamiento de Austria con Hitler que ganase la primera (lo que pasa es que reputaban esa posibilidad muy remota); al contrario que esta gente, digo, Schmidt aspiraba a no morir, en el caso de una reacción antinazi, fusilado en las tapias de un cuartel en el caso de vencer los legitimistas, o linchado en los alrededores de su ministerio y de su casa, caso de producirse una incontrolable reacción obrera. Fue ésta la razón, como digo à mon avis, que justifica que Kurt von Schuschnigg, al fin y a la postre, acabase manejando la hipótesis de un referendo, sin haber sido frenado con anterioridad.


Sin embargo, la solución del referendo presentaba sus problemas propios. El principal de ellos tiene que ver con el hecho de que los políticos austríacos tenían claro que, en el caso que se dejase a su pueblo hablar, lo más probable es que expresase algún deseo más que el de ser independiente. Un referendo daría alas al fortísimo movimiento legitimista existente en el país; legitimismo en el que, hay que reconocerlo, creía el propio Von Schuschnigg, que sin ser un hausburgófilo declarado, consideraba (un poco al modo de lo que considera, en España, mucho monárquico malgré lui) que el regreso de la vieja dinastía era la única salida de estabilidad para Austria. Sin embargo, la monarquía tenía el problema de que justificaba, cuando menos en parte, la intervención alemana. Ya desde 1936, y de forma muy fuerte desde el 37, los nazis, por boca sobre todo de Göring, habían dejado claro que incluso tenían designadas las divisiones que entrarían en territorio austríaco si se proclamaba la monarquía, «se trate», había llegado a decir una vez el general, «de Otto de Habsburgo, o de cualquier otro». Entre otras cosas, el Reich tenía firmado un protocolo con Yugoslavia que prevenía precisamente la reinstauración de la monarquía austríaca (de la que los serbios, obviamente, no querían ni oír hablar), por lo que es incluso probable que una eventual invasión alemana tuviese la legitimidad de haber sido solicitada por un tercero. A todo ello hay que añadir que en las cancillerías europeas, la idea no sonaba ni medio bien.

En estas circunstancias, el gobierno austríaco, que se veía impelido por la propaganda y los discursos de sus enemigos a una situación de «o una cosa o la otra» (o restauración o Anschluss), trataba por todos los medios de convencer, y convencerse, de que era posible una estrategia «ni una cosa, ni la otra»; tal vez el leiv motiv de su discurso en Eisenstadt, diseñado para aparecer ante la diplomacia mundial como un político mesurado y realista; en un porcentaje no menor del 80%, lo consiguió.

Los discursos, sin embargo, pertenecen al mundo de las ideas. En el terreno real, y Schuschnigg lo tenía que saber, las cosas avanzaban cada vez más hacia una fórmula o carne, o pescado. Entre otras cosas, porque un necesario aliado de dicha restauración, el movimiento obrero y la izquierda en general, a pesar de tener elementos con ideas legitimistas, sólo estaba dispuesta a colaborar con fuerzas que, al fin y al cabo, habían medio sustentado, en 1934, un régimen no democrático del que ellos no habían sacado más que cardenales, por el objetivo mayor de la independencia nacional. Lo cual también quiere decir que ni su apoyo era eterno, ni tampoco resultaría barato.

No obstante todos estos problemas, Von Schuschnigg decidió, claramente, jugar esta carta. Abrió la mano de la propaganda legitimista en el país y, usando a Von Papen, amenazó veladamente a Hitler con permitir la restauración. En su mente estaba construir en torno a él un movimiento legitimista light, desprovisto pues de los elementos más rancios y radicales del legitimismo, digamos, auténtico; movimiento con el cual se presentaría ante la opinión pública mundial con una máscara más aceptable.

El 17 de febrero, desde París, donde ya había girado a sus mesnadas la instrucción de colaborar con las organizaciones obreras, el emperador escribió a Von Schuschnigg. En ella, le conminaba a ser consciente de la gran responsabilidad que tenía adquirida frente a la sociedad austríaca. Desbarrando bastante con un lenguaje propio de otros tiempos (algo que todavía haría, décadas después, Juan de Borbón en alguna de sus cartitas a y sobre Franco), Otto de Habsburgo recordaba que Austria (él quería decir: su familia) recogía las esencias del verdadero germanismo, que había creado una comunidad de países germanoparlantes amparados por la cristiandad, en lugar de lo que denominaba «experimentos neopaganos», en referencia al III Reich. Llegaba a decir, en la carta, que Austria tenía la responsabilidad de salvar a Alemania, que, la verdad, si te dicen que lo escribió de coña, hasta te lo crees.

La carta, ya lo he insinuado, estaba fibrilada de esa desconexión enfermiza con la realidad de la que, en nuestra Historia, han hecho gala casi todos los jefes de la casa real carlista y bastantes de la borbónica. Y es que crecer en palacios suntuosos donde todo el mundo te dice que tus flatulencias no huelen y tienes que el pene más largo de toda la nación (cosa que, en el caso de Fernando VII, parece ser que era cierto) no es la mejor manera de enterarse de qué va el mundo. Así, el emperador, en su misiva, era certero al anunciarle al canciller futuras nuevas presiones de los nacionalsocialistas (la verdad, habría que ser muy imbécil para no darse cuenta), pero a la hora de las soluciones, la cosa ya era tan clarividente. Sucintamente, lo que Otto y su camarilla (siempre hay una camarilla) habían pergeñado era la idea de que, siendo la restauración imposible por el momento, el emperador ocupase la cancillería del Estado.

Schuschnigg le contestó el 2 de marzo con una carta en la que le venía a decir que la política que llevaba él era la única posible en ese momento. Coincidía en que la restauración en aquel momento era imposible y, en lo tocante a las propuestas concretas, ni se molestó en analizarlas, menos en comentarlas.

El Estado austríaco no se quedó quieto. En aquellas semanas, se apresuró a asegurarse una opinión positiva a la restauración en Austria; actitud positiva en la que tuvo mucho que ver la actitud en este sentido de Checoslovaquia, que veía bien la idea, igual que el rey de Rumania, siempre que se hiciese evidente su circunscripción a Austria. Por último, todas estas cancillerías presionaban sobre Yugoslavia para que no hiciese movimientos orquestales en la oscuridad con ese tema; muy concretamente, que no cayese en la tentación de activar los protocolos con Berlín.

Avanzado marzo, todas las fuerzas proaustríacas: legitimistas, cristianosociales, formaciones católicas y obreras, estaban convencidas de que Hitler atacaría a Austria tras su visita a Roma; lo cual quería decir que esperaban a los alemanes para principios de mayo. Ninguna de estas organizaciones, a decir verdad, veía con buenos ojos la estrategia de Schuschnigg, que amenazaba pero no daba y, sobre todo, se había mostrado reacio a crear un frente único austríaco, que temía no controlar. Sin embargo, estas fuerzas también se tenían que ir con cuidado, puesto que si tumbaban a Schuschnigg, cosa que no podían hacer democráticamente porque Austria no tenía un régimen democrático, darían, paradójicamente, la excusa perfecta a Hitler, quien podría entrar en Austria para ayudar a un gobierno con el que, al fin y al cabo, tenía firmados pactos de amistad y cooperación. Éste fue, al fin y a la postre, el obstáculo definitivo que impidió que se opusiese al nacionalsocialismo una restauración monárquica.

Pero volvamos al plebiscito. Von Schuschnigg anunció a su gobierno su intención de convocarlo en una reunión del gabinete que tuvo lugar a las siete de la tarde del día 8 de marzo. Añadió que, tras el referendo sobre el estatus nacional de Austria, sometería también la propia forma de gobierno del país. No dio demasiadas pistas sobre la fecha en que pensaba, si es que pensaba en alguna. La decisión la tomó al día siguiente, miércoles 9, fijándola para el domingo 13.

Lo que el canciller le dijo el día 8 a sus ministros es que él no consideraba que Hitler se fuese a atrever respondiendo con una invasión o con un golpe de Estado de los nacionalsocialistas austríacos. De hecho, frente a la opinión pública internacional le costaría sostener su oposición, puesto que Berlín había exigido el referendo varias veces en los últimos meses. El día crítico, decía, sería el siguiente a la votación, lunes 14; porque en el mismo, con seguridad, los nacionalsocialistas afirmarían la existencia de pucherazo, y tratarían de cambiar el resultado de la votación por medios violentos.

La votación fue anunciada el día 9 por la tarde, en un discurso en Innsbruck. La reacción inmediata fue muy positiva. La idea galvanizó a los grupos políticos austríacos no nacionalsolcialistas y mesmerizó a la opinión pública internacional. Berlín quedó sonado, y prueba de ello es que no emitió opinión alguna, ni siquiera negativa. En el NSDAP austríaco, Seyss-Ynquart, a pelo puta, elaboró tres posibles estrategias:


  1. Instruir a los nacionalsocialistas austríacos para votar sí, desleyendo el carácter antinazi de la votación.
  2. Instruir a los nacionalsocialistas para abstenerse y llevar a cabo acciones violentas que redujesen en lo posible la participación y, con ello, la legitimidad del resultado.
  3. Generar una situación de terror e inseguridad general que impidiese de facto la celebración de la consulta.
El ministro nazi se inclinaba por la primera. De hecho, conforme pedía instrucciones a Berlín se ofrecía por carta al Frente Patriótico para hablar el día 11 en la radio a favor del plebiscito.

La mala suerte, sin embargo, se cebó con Von Schuschnigg. Aquella semana en la que había decidido anunciar y convocar el referendo era, posiblemente, la peor posible. La misma tarde que él estaba en Innsbruck anunciando la votación, en París ocurría algo de importancia fundamentalísima para el proyecto: el gobierno Chautemps caía, introduciendo a Francia en un proceso de inestabilidad y falta de mando. No sólo eso: es que todos los indicios apuntaban a que el propio Chautemps no estaría en el nuevo Ejecutivo; y, lo que es peor, tampoco Delbos, su ministro de Asuntos Exteriores.

Mussolini, por su parte, había hecho lo que ya antes había hecho, y después haría, en situaciones muy comprometidas en las que no sabía propiamente que hacer: retirarse a Rocca della Caminate. Una delegación austríaca que llegó a Roma fue prontamente informada de que no podría ver al Duce. Dos años antes, Von Schuschnigg había estado en Rocca y allí Mussolini, enseñándole uno de los teléfonos de su central de comunicaciones, le había dicho, campanudamente: «incluso aquí estaré siempre a disposición de mis amigos austríacos». Pues ni allí, ni amigos, ni disposición, ni leches que lo fundó. Como para fiarse de don Benito.

Quienes sí estaban reunidos eran los hombres de Berchtesgaden: Hitler, Göbels, Göring, Ribentropp, Keitel, Brauchitsch, Reichenau, Hess y Himmler. El problema está sobre la mesa: los austríacos están seguros de ganar el referendo por un porcentaje aproximado del 75%, y Seyss-Ynquart confiesa que no sabe qué hacer. Hitler, inmediatamente, cae en uno de sus frecuentes ataques de cólera tupamara, y dice dos cosas: la primera, que a sus ojos la convocatoria del referendo es una violación del acuerdo de Betchtesgaden (que, formalmente, se podría incluso decir que tenía razón). Y, la segunda, más descarada y, por ello, verdadera: «los austríacos votarán cuando nosotros queramos». Los referendos se convocan para ganarlos. Hitler estaba diciendo, simplemente, que habría referendo cuando él supiera que lo iba a ganar.

Göbels expresa su miedo de que Mussolini esté detrás de la audacia del canciller austríaco. Pero Ribentropp lo duda. Para entonces, ya tiene informes precisos de que los diplomáticos austríacos no le han podido ver en Rocca della Caminate.

El rostro de Hitler se relaja: «entonces», dice, «todo está en orden: crisis de gobierno en Francia, Mussolini quitándose de enmedio como ya se quitó cuando los acuerdos de Berchtesgaden... demasiado para los ingleses, que no nos molestarán».

Acto seguido, da instrucciones de poner en alerta las dos divisiones emplazadas en la frontera, y pregunta a Himmler acerca de los planes referentes a la policía. Himmler informa, orgulloso, de que la Gestapo austríaca puede ser transferida urgentemente a Viena por avión... con la protección de la Luftwaffe, tercia Göring, claro.

Los movimientos de tropas en la frontera se producen en la mañana del viernes 11. Y ya no se parecen a unas maniobras. En Viena, mientras tanto, el patriotismo austríaco está en las calles. Desde la mañana del jueves, primera después del anuncio de Innsbruck, en cualquier rincón de la ciudad hay un acto más o menos improvisado, o algún tipo de manifestación. La sociedad vienesa vive ejemplos de solidaridad trasclasista que emocionan a todos. El burbomaestre de Viena Richard Smitz, miembro del Frente Patriótico y enemigo declarado de los socialistas, es aclamado por éstos en un mitin en el que dice: «Si ser bolchevique es defender la independencia de Austria, yo soy el primer bolchevique de este país».

Aquel jueves, Schuschnigg recibe en su gabinete, a petición de ellos, a Seyss-Ynquart y Glaise-Horstenau. Ambos traen las últimas reacciones de Berlín, en un día en el que los periódicos vespertinos de la capital del Reich salen a la calle repletos de un lenguaje fuertemente amenazador hacia Austria.

Comienza la entrevista en la que, por parte nacionalsocialista, sólo hablará Seyss-Ynquart. Anuncia al canciller que es portador de un mensaje «desagradable»; aunque, matiza, no son ellos quienes han creado la situación que lo provoca. Continúa: «el plebiscito que has convocado, sin habérnoslo consultado, es considerado entre nosotros como una verdadera provocación. Está en contradicción con lo convenido en Berchtesgaden. A partir de ahí, consideramos que estamos actuando en legítima defensa. Si a la una del mediodía de hoy no se ha desconvocado la consulta, nos veremos obligados a llamar a las masas de la población, es decir a la mayoría de los austríacos, para que salgan a la calle a defenderse de la violencia que se comete contra ellos».

Tratando de dominar sus sentimientos y reacciones, Von Schuschnigg responde afirmando que todo lo que ha escuchado es falso. «Tú lo sabes bien», le reprocha mirando directamente a Seyss-Ynquart, «puesto que has estado dispuesto a hablar a favor de la votación». «Rechazo de plano», continúa el canciller, «la afirmación de que el referendo se trata de una violación de Berchtesgaden. A mí no me encontrarán nunca en el camino de la traición. Lo acordado allí garantizó nuestra soberanía. Es la otra parte la que está faltando a los acuerdos. No me gustaría, la verdad, estar en el sitio en el que estáis vosotros, jugando, como austríacos, el papel que estáis jugando.»

Sin hacer caso de la acusación, nada velada, del canciller, Seyss-Ynquart se limita a incidir de nuevo en el punto que le ha traído hasta ahí: ¿se anulará el referendo? Von Schuschnigg contesta, categóricamente, que está dispuesto a negociar la forma en que se plantee la votación, por ejemplo incluyendo una segunda pregunta que valore su gobierno; o la celebración de un segundo referendo sobre dicho tema, en el que todas las fuerzas políticas gozarán de libertad de expresión absoluta. Eso sí, deja claro que la celebración de la votación no se negocia, porque no votar sería el final de Austria. Los nacionalsocialistas se marchan, pues, dejando claro que volverán a la hora convenida para ver si el canciller ha cambiado de opinión.

Lo que Von Schuschnigg no sabe, en todo caso, es que en ese mismo momento, en París, el embajador alemán en la plaza, Von Welczeck, está visitando en su despacho a Leon Blum, futuro primer ministro. Utiliza la excusa de que todavía no había encontrado tiempo para darle el pésame por la muerte de su mujer. El encuentro va de otra cosa. El encuentro, en realidad, se hace para que el alemán pueda explicar al francés los fuertes problemas de orden público que, según él, se están produciendo en Austria, y que han aconsejado a Berlín proceder a cerrar progresivamente la frontera.

Tras la entrevista con los nazis austríacos, el canciller Von Schuschnigg se sumergió en un largo rato de reflexiones, tras el cual solicitó que se contactase, como fuese, con Benito Mussolini. La comunicación no fue posible, y no faltaron en su día testimonios en el sentido de que Guido Schmidt hizo todo lo posible por bombardearla. En todo caso, de poco habría servido la conversación, porque, para entonces, el Duce, en lo concerniente a Austria, era preso de ese síndrome que se describe muy bien con ese adagio según el cual no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo.

Las organizaciones del Frente Patriótico, que eran dueñas de la calle, supieron desde una hora antes del ultimátum nazi dado al canciller. Sin embargo, recibieron orden de seguir haciendo propaganda de referendo, y nada más. Hasta ese momento, Von Schuschnigg mostraba ante los suyos una acometividad total; sin embargo, más o menos a esa misma hora, cuando llegaron informes fidedignos de los movimientos de tropas alemanas en la frontera, regresó a su habitual territorio de dudas. Finalmente, confesó a su gente que era imposible; que el enemigo era demasiado fuerte, y la ayuda no llegaba de parte alguna. Habría que anular el plebiscito. Hacia las dos, la noticia de esta disposición se filtró a todas las fuerzas políticas.

La aceptación tácita del ultimátum de Seyss-Ynquart no tuvo otra utilidad que moverle a hacer otro: a las cinco y media de la tarde, el canciller debería haber dimitido. Tanto el canciller como el presidente de la nación rechazaron la imposición.

Por extraño que pueda parecer, no fue hasta ese momento que lugares como Londres y París tomaron conciencia de la gravedad de la situación. El centro, increíblemente, fue París, una capital sin gobierno entrante y donde eran los ministros del saliente los que se encargaban del día a día de la Administración. Del Quay d'Orsay se envió un mensaje a Londres para pulsar la posibilidad de una acción común. La respuesta fue negativa. A continuación, la diplomacia francesa reclamó al conde Ciano una entrevista urgente con su suegro. Ciano contestó: «si es para hablar de Austria, no merece la pena». A eso de las cuatro de la tarde, París cablegrafió a Viena la verdad: nadie se movería por ellos.

Más o menos a la hora que llegaba ese mensaje, un tal Keppler, extraño mensajero «comercial» enviado por Hitler a Viena con urgencia y secreto, estaba recordándole a Von Schuschnigg el ultimátum. El canciller respondió haciendo una llamada a Londres y París, más o menos en estos términos: «Desde Berchtesgaden, me he enfrentado a las amenazas de Alemania, sin haber recibido jamás una sola palabra de las legaciones inglesa o francesa, en representación de sus gobiernos. Me encuentro en la situación más crítica. Yo no puedo hacerme responsable del derramamiento de sangre».

A las cinco de la tarde, un consejero de la embajada alemana llamado Von Stein y un general de la misma, Muff, pidieron audiencia con el canciller. La entrevista era para prolongar hasta las siete y media de la tarde el ultimátum de división y formación de un gobierno Seyss-Ynquart. Para entonces, Hitler ya había recibido telegramas de Rudolf Hess asegurándole que Mussolini no haría nada, y que «serás dueño de Austria esta noche». De no aceptarse el ultimátum, dijeron, la aviación alemana bombardearía Viena. Los nazis se ocuparon bien de que el contenido de la conversación de supiese en la calle. Automáticamente, las aceras se vaciaron, y los andenes se petaron.

Llegó un telegrama de París. Afirmaba que harían una nueva llamada a Londres, que hacía falta ganar tiempo a cualquier coste. Por ello, Von Schuschnigg decidió hacer una alocución radiada a las siete, que sonó verdaderamente como el discurso de alguien que ha decidido ya dimitir. Sin embargo, no lo había hecho. En realidad, se mostró tan cariacontecido y vencido para ganar tiempo y, asimismo, tratar de ganarse el apoyo de la opinión pública internacional, siempre dispuesta a decantarse a favor del más débil. Para ser más concretos, lo que había pasado, hasta aquel momento, era que Miklas no había aceptado la dimisión de Von Schuschnigg, y si había llamado a Seyss-Ynquart, todo el mundo pensaba que para encargarle la formación de un nuevo gobierno, había sido para exigirle control en las calles. El ministro del Interior, suponemos que para cumplir esa misión, había hecho su propio discurso radiofónico, llamando a la población a no oponerse a las tropas alemanas que entrasen en Austria.

A eso de las siete y media de la tarde, hora del ultimátum, los militantes nacionalsocialistas comenzaron a rodear la Cancillería. Una hora antes, estando reunido el consejo de ministros, Seyss-Ynquart había recibido una extraña llamada. Tras colgar, informó de que el burgomaestre de Viena estaba armando a los obreros de la ciudad, y que en esas circunstancias «no quedaba nada que discutir». Abandonó la reunión del Ejecutivo y comenzó, él mismo, a organizar la reunión de militantes. Tiempo después, volvió al gabinete para decir que los nazis se estaban levantando «espontáneamente», y que de no dimitir Von Schuschnigg, sería la guerra civil y la intervención alemana lo que ocurriría.

Los nazis, dirigidos por miembros experimentados de las SS y de la Gestapo que habían viajado a Viena, tomaron rápidamente las calles, que los patriotas habían dejado libres por temor al bombardeo. El ejército no se hizo ver: Von Schuschnigg nunca lo habría movilizado, tan obsesionado estaba con no pasar a la Historia como el instigador de una carnicería.

A las ocho y media más o menos, todas las agencias de noticias internacionales dieron la noticia de la dimisión del canciller, que fue desmentida, una a una, ante todas las legaciones importantes. Pero para entonces la ciudad era nacionalsocialista. Los nazis habían tomado incluso la emisora de radio, que emitía marchas militares. Hitler no cumplió su palabra, porque a las siete y media, pese a no haberse aceptado el ultimátum, no se bombardeó Viena. Sin embargo, panzudos aviones de transporte aterrizaban sin cesar en Aspern, el aeropuerto vienés; y vomitaban de sus panzas a decenas, miles de cuadros de la SS y la Gestapo. En la mayoría de las poblaciones medianas y pequeñas, los nacionalsocialistas no encontraron oposición cuando se hicieron con las comisarías.

A las once de la noche, finalmente Londres pareció mover ficha. Berlín recibía una comunicación conjunta de Francia y de Inglaterra sobre la cuestión austríaca. No deja de ser absurdamente coñuda esta iniciativa, pues coincide, en la hora, con el momento en que el presidente Miklas decidió, finalmente, bajar los brazos y nombrar a Seyss-Ynquart canciller. Para la Historia queda el dato de que los últimos hombres que le habían empujado a ello habían sido el propio Seyss-Ynquart, Glaise-Hostenau... y la pareja formada por Guido Schmidt y su inseparable secretario, el inefable Wolf. Por supuesto Schmidt le dijo que nombrar un gobierno nazi era la única manera de salvar la independencia austríaca. Nunca sabremos a ciencia cierta si Miklas le creyó, aunque lo más probable es que no.

En un gesto casi humorístico, Guido Schmidt rehusó ser ministro de Asuntos Exteriores del nuevo gobierno.

A las cinco horas del sábado, todavía ni un solo soldado alemán había entrado en Austria. Pero Heinrich Himmler, y el estado mayor de la Gestapo, estaban en Viena desde la una. Toda la noche, Hitler había esperado hasta estar completamente seguro que ninguna potencia extranjera haría nada. A las cinco ya lo tuvo claro, y dio la orden.

El domingo se suponía que Hitler viajaría a Viena. Pero no lo hizo. Esperaba la respuesta a un telegrama que había enviado a Mussolini. La respuesta se demoró, pero llegó dejándole las manos libres. En el momento en que hizo esto, las potencias occidentales parecieron perder interés en el tema de la adhesión. Hitler envió a su ministro Meissner, fino jurista, a Viena; en el avión, redactó la ley del Anschluss.




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