martes, junio 03, 2014

Un rey irresponsable

Históricamente hablando, la dinastía Borbón ha adolecido de dos grandes defectos. El primero de ellos ha sido la distancia. El segundo de ellos ha sido la escasa, en ocasiones, nula capacidad de comprender el paso del tiempo. Ambos errores son de raíz francesa, pues los capetos, de los cuales los Borbón son una copia en papel carbón, ya estaban bien definidos por estas dos características; y sus alternativas (los propios borbones, los Orleans, los napoleones) no les fueron a la zaga. El concepto francés de monarquía, centralista e inmanente, se adaptó como un guante a periodos en la vida de las sociedades humanas que pasaron hace mucho tiempo. Desde entonces, los reyes y príncipes procedentes de este tronco, de ese ADN dinástico, son como gordos mórbidos que se ven obligados a ponerse todos los días una faja con las medidas de Shakira.

Durante muchos años, Juan Carlos de Borbón pareció haber cauterizado ese maleficio. Cierto es que había indicios tontos que podían hacer pensar que, en realidad, no era así. Por ejemplo, aquella famosa portada de la revista Cambio 16, en ocasión de la visita del entonces Príncipe a Estados Unidos, en la que se le dibujó de smoking, realizando un paso de baile a lo Fred Astaire. Zarzuela protestó por lo que consideraba una vulgarización de la figura del Heredero de la Corona. Zarzuela demostró, aquel día, que había mogollón de cosas que ni era, ni sería, ni es, capaz de entender. En los tiempos de aquella portada, incluso la Falange oficial aceptaba ya que saliesen discos con versiones hippies, en plan Beatles, del Cara al sol. Ser más carpetovetónico y ultramontano que la Falange de Franco es difícil; pero que se puede, se puede.

Juan Carlos de Borbón fue elegido en 1969 heredero de una Corona que ya no se podía considerar sostenida en los derechos de la Historia, por mucho que así lo bramase su padre en las sucesivas cartas y comunicados que hizo públicas en aquellos años (algunas de las cuales más le habría valido dejarlas en su sobaco). Ya no se trata sólo de que aquella Restauración fuese, en realidad, pilotada por un caudillo dictatorial que, tras declarar España como Reino, se esperó veinte años para decidir quién lo reinaría. Se trata de que el tiempo pasaba, que Juan Carlos de Borbón fue designado heredero de la Corona un año después de Mayo del 68, y que había cosas que ya ni en aquella España pacata y acojonada cuadraban bien.

La monarquía moderna se asemeja a la moneda moderna. Las monedas antiguas, hasta Bretton Woods, se basaban en el patrón oro, y eso quería decir que detrás de cada billete, detrás de cada pavo, se supone que había una riqueza física, tangible, guardada en algún sótano, respondiendo por el valor de esa moneda. Desde la segunda guerra mundial, el aval de los billetes que tenemos en la cartera es el PIB; la credibilidad de nuestra economía, su capacidad de demostrar que es sana, potente y equilibrada. Exactamente igual, el rey empieza siendo una figura con méritos totalmente tangibles (es el más bestia de todos, el que a todos puede, el que puede ganar la guerra) para, progresivamente, ir perdiendo ese aval tangible para terminar avalado por la simple y pura voluntad de los demás de avalarlo. Juan de Borbón oponía a las decisiones de Franco la afirmación de que era heredero de la Corona de España por razones históricas; rara vez, en sus cartas, habló de la voluntad del pueblo español porque, seamos serios, para él la voluntad del pueblo español era algo secundario. Que también lo era para Franco no creo que haga falta discutirlo mucho. Franco quería hacer con Juan Carlos la operación que James Cagney hace en Un, dos, tres con el conde Von Droste Shattemburg. El conde, arruinado, limpia baños en el metro; y Cagney, que necesita urgentemente casar a la hija de su jefe con su amante y hacerlo pasar por alguien muy respetable, paga al mozo de váteres para que adopte al amante y así le haga conde, aristócrata. El dictador había pensado en una España avalada en su continuidad por la figura de un Borbón que inauguraría exposiciones y le pasaría la mano por la chepa a los generales (verdadera cepa del monarquismo español, como bien sabía él que les tuvo que engañar para ser elegido Generalísimo) mientras su verdadero heredero hacía con el país lo que le saliese de los cojones. Con lo que no contaba el Franco sesentón que diseñó esta operación en los inicios del llamado tardofranquismo es conque no lograría encontrar un heredero real en las generaciones posteriores a las de la guerra civil. Su gran esperanza blanca fue Camilo Alonso Vega quien, sin embargo, a mediados de los sesenta estaba más enfermo que el propio Franco; y, a falta de pan, se conformó con Carrero Blanco, el de no hay mal que por bien no venga.

El almirante había recibido, en 1957, la misión de hacer de España un país presentable en el entorno internacional. Un país poco democrático, pero respetable en sus formas. Carrero, cumpliendo esta misión, crió a sus pechos a una nueva familia del franquismo, los llamados tecnócratas, que habrían de cambiarlo todo porque acabaron por hacer, muchas veces incluso sin querer, que la ecuación del Movimiento estallase. Juan Carlos de Borbón, desde que en 1969 un Franco anciano y sin alternativas opta por él arrastrando los pies, es una pieza fundamental en ese montaje, y es rápidamente captado, porque en ese momento es un chavalote joven y tiene, por lo tanto, arterias y neuronas flexibles.

La gran inteligencia de Juan Carlos de Borbón es darse cuenta de que su padre es, históricamente hablando, un pollas. Una ajada cornucopia que ya no pega ni con cola en los modernos estilos decorativos. Esto le da margen más que suficiente para ser un monarca moderno, en los términos de modernidad de los años setenta del siglo XX. Lamentablemente, era y es un Borbón, y eso quiere decir que la maldición tendría que acabar por presentarse.

Quienes vivimos los años setenta con capacidad de leernos los periódicos y ver los telediarios en los minutos previos a la sección deportiva podemos dar fe de que el machaconeo de las public relations de la joven democracia con la idea de que el rey de España era un «rey del pueblo» fue vomitivamente repetitivo. A base de romper el protocolo en cada aparición pública, el rey consiguió que el protocolo consistiese en romper el protocolo. Incluso, una vez, la prensa se hizo eco, con indisimulada alharaca, de que, tras acercarse el rey a la multitud para estrechar manos, uno de esos españoles ansiosos le había robado el reloj. En aquel entonces, el republicanismo visible, el de derechas, se refugió en la idea de que el rey era tonto. El Bobote, le llamaban los amigos de mi padre en La Coruña. Pero como quiera que entonces Juan Carlos tenía la costumbre de rodearse de gentes que conocían su trabajo, todo eso fue ampliamente superado por la necesidad que la sociedad española tenía, en años en los que los guardias civiles y militares morían a decenas, de tener un referente fijo, algo en lo que confiar.

El problema para Juan Carlos es que eso pasó hace muchos años. Pasó en los tiempos, hace ahora cuarenta años, en los que, todavía, los príncipes se casaban con princesas y el común de la sociedad admitía el principio de que un rey es, por definición, alguien distinto. Un alien. Recuérdese el derecho de pernada medieval, pero recuérdese bien: los siervos de la gleba querían que su señor se trincase a su señora, porque estaban convencidos de que su señor era de una sangre especial, era una especie de ciborg feudal 2.0; y nada les apetecía más que tener un vástago con esa sangre, sangre de alien, un semidios, hijo de humana y deidad, un Aquiles románico.

Pero la sociedad estaba cambiando. El heredero al trono de Noruega, un día, conoció a la que sería su mujer en un concierto de rock. Gustavo Bernadotte se casó en su día con una azafata de congresos, con la que rápidamente generó una descendencia anoréxica. Los tiempos cambiaban; pero los borbones nunca han sido unos linces en eso.

Carlos III, el que hasta ahora, supongo, ha sido tenido por el mejor Borbón de la añada, en realidad era un señor bastante intransigente. Como era viudo y le guardaba las ausencias a su señora y, en consecuencia, no gustaba de diversiones y correcalles, alumbró la idea de prohibirle a los españoles la mayoría de las múltiples formas de cachondeo de que se servían, y se sirven. Ciento y pico de años después, en un episodio que ya hemos contado, su flamante descendiente, Alfonso XIII, encontró de lo más normal concluir que si un gobierno parlamentario en pleno tenía una opinión y él otra, la conclusión lógica del impasse debía ser que el gobierno dimitiese. Nótese el detalle de que estamos teniendo la generosidad de olvidarnos de los principales cráneos previlegiados de estos Farm Hero Saga, otrosí las tres generaciones seguidas formadas por Carlos IV, su hijo el Felón, y su nieta la Mentirosa. Buena parte de los malos detalles que se pueden ver en esta gente tienen que ver con esta incapacidad para percibir el paso del tiempo que le acaba ocurriendo a uno cuando se encierra en una torre de marfil y, encima, es rey.

Los buenos asesores del monarca fueron cayendo, para ser sustituidos por gentes muy diferentes. Crecientemente, Juan Carlos se fue deshaciendo de su corte de arquitectos, para sustituirla por otra de bomberos. Ya no se trataba de construir; se trataba de apagar los fuegos que surgieren en el edificio ya construido. El rey y sus rohirrim se retiraron a Minas Tirith y, una vez dentro, tiraron la llave y dijeron: aquí me las den todas.

La monarquía se adaptaba a los tiempos; pero se adaptaba mal. Juan Carlos de Borbón sólo ha concedido dos entrevistas en profundidad en toda su vida. Una fue a Selina Scott, una periodista escocesa amiga de su cuñaaaaao, el griego-demócrata-de-toda-la-vida. La otra a José Luis de Vilallonga, digno representante del español average y periodista acérrimo que, como todo el mundo sabe, si no ganó siete premios Pulitzer es porque nunca quiso escribir en inglés. Los contactos del rey con España, vía prensa, quedaron limitados a conversaciones normalmente relacionadas con alguna victoria de Nadal, o de la Roja.

La monarquía española se adaptó también en lo de superar el rigorismo de que las gentes de sangre azul se casen entre ellas. Pero, una vez más, lo hizo así, así. El episodio del príncipe con Gigi Howard fue negro como la noche, con mentiras incluidas de que si estaba no sé dónde cuando en realidad estaba en la playa con ella; y qué decir de la pobre Eva Sanum. Los casamientos de las hijas, para qué mentarlos. Una sigue más o menos la línea tradicional y se casa con el jefe de una familia sobre la puerta de cuya casa en Soria todavía hoy pende una llave (una llave colgando encima del dintel es signo de que un rey durmió alguna vez en esa casa), para acabar (malamente) divorciada y con un primogénito que dicen es un punto filipino y que se dispara tiros en el pie. Y de la otra qué se puede decir...

Todo tiene que ver con la distancia. Los reyes españoles no sólo son distintos; además, quieren serlo. Con todo lo que se critica, y con razón, a Carlos de Inglaterra, a mí me parece perfecto el gesto que tuvo cuando se promovió la nueva zona de los docks en Londres y salió en todas las televisiones bramando contra la arquitectura moderna y exigiendo que una promoción tan céntrica respetase las formas del arte secular inglés. Su primera esposa, la volátil Diana, entendió a la perfección los cambios cuando se dio cuenta de que lo que una reina tiene que hacer es abrazar y besar a niños seropositivos; que no se vive de pronunciar discursos repletos de expresiones como «idiosincrasia», «clave de bóveda» o «inmarcesible» en las sesiones magistrales de las academias.

Si la gran inteligencia de Juan Carlos de Borbón fue entender que tres cuartas partes de lo que le había contado su padre era farfolla regalista, su irresponsabilidad fue no comprender que con el aval de haber labrado la Transición no se vive hasta los 76 años. No haber, por lo tanto, luchado contra los dos grandes pecados borbones: la distancia, y el estatismo, la renuencia a evolucionar.

Una vez, hace muchos años, Felipe de Borbón le declaró a un periódico estadounidense: «yo sé bien que el puesto [de rey] hay que ganárselo». Seguro que no pensaba, entonces, que la irresponsabilidad de su padre se lo iba a poner tan difícil.