jueves, noviembre 07, 2013

Ni siquiera la ciencia (o la historia de la insulina) (o reivindicación de James Collip)

Hace  no mucho tiempo, la mayor parte del mundo (aunque esta expresión no incluye a la prensa española) se vio conmocionada por un escándalo que se ha conocido como el Climagate. Una mano, que yo sepa, desconocida, filtró, por motivos tampoco bien conocidos, varios centenares de correos que se habían intercambiado durante años una serie de científicos absolutamente partidarios de la teoría del global warming, de soltera cambio climático. Muchos de ellos eran, de hecho, profes de la uni de Anglia del Este, que por lo que se ve es un auténtico stronghold de la teoría de que estamos hirviendo el planeta a fuego lento y tal. En aquellos correos, además de producirse detalles de una bajeza moral bastante deleznable (como celebrar, sin paliativos en el verbo, la muerte de algún científico escéptico), se comprobó que cuando menos algunos de los grandes pilares de la teoría del cambio climático habían sido, como poco, cocinados por científicos que habían antepuesto las necesidades de la conclusión a la voz de las pruebas.


El Climagate fue para alguna gente, por ejemplo quien esto escribe, una decepción sin paliativos. La verdad, ya antes de estallar el escándalo era yo un tanto escéptico en cuanto a la teoría del cambio climático, que encontraba un tanto determinista (hace ya muchos años que he aprendido de los actuarios que el futuro hay que verlo con ojos estocásticos); como el futuro que vio Malthus y que, como sabemos bien, luego no se cumplió, porque Malthus, al hacer sus cálculos, asumió que el hombre siempre sacaría el mismo trigo por hectárea plantada, de donde le salía una escasez de alimento en el año bla; el desarrollo de los abonos nitrogenados mandó su teoría a tomar vientos. Pero, independientemente de lo escéptico que fuese, tenía asumida, o medio asumida, esa imagen romántica del científico como alguien comprometido con una verdad que persigue siempre, incluso a costa de sus teorías iniciales, y siempre con un espíritu solidario, de comunidad científica, y tal.

Muchos correos del Climagate venían a demostrar, al contrario, que los departamentos de ciencias de las universidades están ocupados, por lo general, por seres tan moralmente mezquinos y personalmente miserables como lo puedan ser los que llenan las redacciones de los periódicos, el comité ejecutivo de un partido político o el bar de una facultad media hora después del examen. Gentes, ya lo he dicho, que celebran la muerte de oponente teórico como si les hubiera tocado la lotería, o que meten en una estadística aquellos datos que saben van a cuadrar con la conclusión que quieren obtener. Muchos de letras hemos pensado durante mucho tiempo que, al menos, nos quedaba la ciencia como reducto de la honradez. Pero lo cierto es que el ser humano no sabe ser honrado ni siquiera cuando es científico.

Con el tiempo, a base de leer y amurcar contra los hechos, acabé por encontrar ejemplos, para mí inesperados, de que esto, es decir la condición éticamente deleznable de los hombres de ciencias, no es cosa que esté ocurriendo ahora; en realidad, ha ocurrido siempre. Y os contaré una historia en este post, intentando no meter la pata en los tecnicismos, para que veáis que esto de ser científico y, al mismo tiempo, una puta rata, no es cosa de ayer por la tarde.

Y es que en este post vamos a hablar de varias cosas. De ambición personal, pero también de ambición nacional. Vosotros también sabéis lo que es eso. Baste que a uno de vuestros campeones (sea español, catalán o de Villadiego) amenacen  con suspenderlo por dopaje, y no teneis más que observar la reacción a vuestro alrededor; la vuestra misma, incluso. El orgullo nacional es cosa gorda; y cuando se es una nación insulsa, más.

Hablemos de Charles Herbert Best. Un médico que está en los libros de Historia por tener el grandioso mérito de ser tan precoz que no pudo recibir el premio Nobel de Medicina porque el año que lo merecí y debía haberlo recibido (1923) ni siquiera era médico todavía (se licenció en 1925). Una hazaña de cojones, verdaderamente. Lástima que sea falsa.

Estamos en los felices años veinte del siglo del mismo número. En realidad, no son unos años tan felices porque, en el campo de la salud, hay todavía cosas que hoy están más o menos resueltas pero entonces eran problemas de cojones. Hace muy pocos años que en el mundo ha muerto el personal a capazos de gripe y, de hecho, la medicina todavía no sabe luchar contra las infecciones. Otro problema es la diabetes. El exceso de azúcar en la sangre es dolencia más o menos conocida de tiempos antiguos, pero pocos tratamientos hay para ella. Eso sí, en aquel entonces son ya varios los equipos médicos en todo el mundo que piensan que la clave puede estar en el páncreas. Es bien conocido el experimento, que se hace con perros, de que un mamífero, una vez que se le ha quitado el páncreas, muere pronto por no ser capaz de quemar el azúcar. Pronto surgió la teoría de que el elemento químico relacionado con esta operación de procesado del azúcar es producido en las denominadas islas de Langerhans del páncreas.

Un cirujano de la universidad de Toronto, Frederik Banting, lee un artículo sobre el bloqueo de los conductos pancreáticos. Conocedor de que experimentos anteriores con perros, consistentes en quitarles el páncreas y luego inyectarles las secreciones del órgano, han fracasado, concibe la idea de no extirpar el órgano, pero sí ligarlo, para así evitar que otras secreciones del mismo destruyan el compuesto producido por las islas. El artículo que leyó sugería que si el páncreas era aislado del resto del cuerpo, las últimas partes del mismo que dejarían de funcionar serían las islas de Langerhans; esto abría la posibilidad de obtener la secreción de las mismas y usarla con perros que tuvieran el páncreas extraído.

Banting obtuvo con cierta rapidez algunos medios (incluidos perros para experimentación) del director del departamento de Fisiología de su universidad, el escocés (no se olvide este detalle) J. J. Mcleod. Además, Banting pidió un estudiante que le ayudase. Había dos disponibles: Charles Best y Clark Noble. Best y Noble se echaron a cara o cruz quién haría ese trabajo; le tocó a Best.

En marzo de 1921, Banting y Best comenzaron a extirpar el páncreas a algunos perros y a ligárselo a otros. Tras algunas semanas, los páncreas aislados fueron extraídos. Procesaron los conductos de estos órganos y el fluido conseguido fue inyectado a los perros a los que se les había quitado. Todo este experimento fue realizado durante unas semanas en las que Mcleod estaba de vacaciones en la madre Escocia. Cuando regresó, lo que vio no le gustó mucho. Los resultados, aunque esperanzadores (algunos perros habían recuperado parte de su actividad) no eran concluyentes; y, para colmo, Banting y Best habían olvidado hacer mediciones sistemáticas de azúcar en sangre, lo que hacía la valoracion aun más difícil. Tras aquella lógica advertencia, ambos investigadores comenzaron a ser más sistemáticos en la toma de muestras y, algunos meses después, publicaron su primer paper sobre la materia; trabajo en el que, según muchos indicios, hicieron eso típico de incluir lo que les interesaba incluir, esto es invocar sólo los casos que confirmaban sus teorías (cosa que, hemos de recordar, repele el denominado método científico).

A pesar de esta publicación, el avance de las invesstigaciones era lento y en buenaq medida descorazonador. Es en este punto cuando aparece en escena un bioquímico visitante en la universidad, James Collip, que avanzó notablemente en las técnicas de extracción de lo que ya comenzaban a conocer como insulina; más aún después de que Mcleod insinuase a los investigadores que utilizasen alcohol para filtrar la solución original. Esto permitió trabajar con páncreas en perfecto estado, en lugar de órganos ligados. Para ello, como decimos, la colaboración de Mcleod y Collip fue crucial.

Para Banting y Best, sin embargo, estos avances supusieron un problema. Y gordo. Collip estaba, poco a poco, tomando el protagonismo del programa investigador, y esto era algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a permitir. Por ello, decidieron improvisar e inyectarle el compuesto que estaban probando con perros a un humano. La inoculación se llevó a cabo el 11 de enero de 1922 en la persona de un diabético llamado Leonard Thomson. El intento salió como el culo. Thomson mejoró algo, pero tan poco que su mejoría bien se podría haber conseguido con otros tratamientos al uso de aquel tiempo; y, para colmo, le salió un feo abceso en el pinchazo. Tras ese fracaso, Banting decidió que lo mejor era colaborar con Collip y su bioquímica gente.

Collip, de hecho, había trabajado mucho en refinar la extracción de insulina, haciéndola más potente. Pocas semanas después del experimento Thomson, fue él quien inoculó insulina a un humano, un niño diabético que tenía, el pobre, menos energía que el hijo mayor de los Griffin. Literalmente, volvió a la vida. Pocos días después, 3 de mayo de 1923, Mcleod anunció campanudamente a la comunidad científica el descubrimiento de la insulina. En 1924, el propio Mcleod y Banting compartieron el Nobel por este descubrimiento (premio que, recordemos, según Best no recayó también en él por un tecnicismo).

En su discurso de aceptación del premio, Mcleod dedicó una buena parte a reconocer el mérito de James Collip en el descubrimiento. De hecho, decidió compartir con él el premio en metálico. Banting, por su parte, le dio una mitad a Best.

A partir de ese momento, sin embargo, Banting comenzó una lenta labor de zapa dirigida a borrar a Mcleod del mérito insulínico. Para ello contó con el nacionalismo. En su persona, Canadá, un país insignificante desde el punto de vista de la ciencia en comparación con su poderoso vecino los Estados Unidos, había conseguido un auténtico bull's eye. Mcleod, sin embargo, era escocés. Canadá quería creer que había tenido un papel de moñas, si es que lo había tenido, en todo aquello. Quería creer que todo el mérito era de los dos canadientes de la partida, Banting y Best (Collip, por cierto, también era canadiense; pero mucho menos ambicioso, lo cual le perdió).

Para realizar este maquillaje argumental, Banting comenzó a contar a todo el mundo, de palabra y por escrito, que la ligadura de páncreas apenas había sido usada en sus experimentos y que, consecuentemente, la obtención de muestras de insulina de alta calidad había sido previa al regreso de Mcleod de sus vacaciones y el comienzo del trabajo de Collip en el tema.

Inmediatamente después de comenzar esta labor de reescritura, las cosas entre Banting y Best comenzaron a ir mal. El joven investigador quería que la universidad montase un instituto de investigación con su nombre, pero se encontró con que, en 1930, la uni de Toronto creaba el Banting Research Institute. Esta pretensión abrió la caja de los truenos entre los dos antiguos coinvestigadores, hasta el punto de hacer decir a Banting que Best «es muy ingenuo en medio de su abyecta suficiencia».

Best habría de tener un gesto que, curiosamente, le habría de reportar una derrota inicial, pero la victoria en la guerra. Buscando su fama y su reconocimiento, se ofreció al gobierno canadiense, en 1940, para ser el enlace de este país con Gran Bretaña en materia médica con ocasión de la segunda guerra mundial. Banting, obsesionado con cerrarle vías de evolución a su ambicioso ex amigo, se postuló él mismo, y consiguió el puesto. Y todo lo que consiguió haciéndolo fue estrellarse con su avión a principios de 1940 en Newfoundland.

Best, por supuesto, fue nombrado para el puesto de Banting en la universidad.

Carlos Herberto estaba en la mejor de las situaciones posibles. Los receptores del Nobel, Mcleod y Banting, habían muerto (el escocés, en 1935). Y el cuarto en discordia en el descubrimiento de la insulina, James Collip, era un romántico científico que no quería follones y que siempre, durante toda su vida, estuvo convencido de que el tiempo colocaría a cada uno en su sitio. Tenía, pues, el espacio libre para manipular la verdad.

En 1946, en el 25 aniversario del descubrimiento de la insulina, Best habló ante la Asociación Americana de la Diabetes, y dijo, entre otras cosas, que Banting y él eran un equipo y que cada uno «se ocupaba en exclusiva de una parcela de la investigación». Pero no se quedó ahí. Dijo, también, que se había dado cuenta de la utilidad del alcohol para filtrar la insulina semanas antes de que Mcleod se lo dijese. Asimismo, afirmó, sin pestañear, que ya antes de publicar su primer papel habían conseguido «controlar todos los síntomas y signos de la diabetes en perros» (lo cual es radicalmente mentira; ni siquiera lo lograron en Thomson). Por último, también dijo que el primer extracto inyectado a humanos con éxito había sido obtenido por él, cuando lo había sido por Collip.

En 1953, Best recibió su long awaited award: la creación del Best Institute of Toronto. En su inauguración, el fisiólogo británico sir Henry Dale, buen amigo de Best, hizo su panegírico, intervención en la cual dibujó a un Charles Best que tenía todo el mérito del descubrimiento de la insulina, y que había sido injustamente apartado del Nobel. Semanas después, Dale supo de un miembro del público en aquel acto que estaba especialmente cabreado con su discurso: Collip. Le escribió una carta a su amigo Best para comentarle el tema. La respuesta del ahora famoso científico no pudo ser más cruel y, sabiendo lo que se sabe, miserable. Le escribió a Dale que no era la primera vez que Collip tenía alucinaciones e, incluso, no contento con insultarlo, afirmó, falsamente, que antes de que Collip se uniese al equipo investigador de Toronto, él mismo había obtenido insulina suficiente como para mantener con vida 70 días a un perro sin páncreas. Se le olvidó citar, claro, que cuando el can murió y se le hizo la autopsia, se descubrió que su depancreatización había sido solo parcial.

La historia de Best fue colando, aunque con sus problemas. Por ejemplo, cuando en 1954 el National Film Board of Canada decidió hacer una encomiástica película sobre el tema. Ante los guionistas, Best cambió todo lo que le petó. Por ejemplo, la anécdota de la moneda al aire la convirtió en una obsesión por su parte por entrar en el equipo, después de que un amigo suyo muriese de diabetes. Por supuesto, introdujo en los diálogos contenidos científicos que, en realidad, no se habían desarrollado hasta meses después del momento teórico de cada escena.

A pesar de este maquillaje masivo, el principal guionista, Leslie Macfarlane, no picó el anzuelo. Comparó la versión de Best con una especie de resumen que había hecho Mcleod antes de su muerte, y se dio cuenta de que había serias discrepancias. Por ello, amplió su búsqueda de documentación, llegando incluso a consultar notas de laboratorio que no habían sido nunca publicadas y que estaban en poder de la viuda de Banting. Fue Macfarlane, tras este trabajo, el que forzó a Best a reconocer que, contra lo que venía diciendo durante años, el trabajo sobre la insulina no estaba terminado cuando Mcleod regresó de sus vacaciones en Escocia.

Macfarlane se dio cuenta, muy pronto, de que hacer la película iba a suponer un problema para la imagen científica de Canadá. El argumento no podía seguir las indicaciones de Best, que no cuadraban en lo absoluto. Además, Best se empeñaba en que la película terminase en el punto que, por decirlo así, él podía controlar con más seguridad, esto es el experimento con Thomson; «ni siquiera hace falta», le dijo a un directivo de la compañía fílmica, «que citéis a Collip». Sin embargo, los guionistas sabían bien que eso sería terminar la película en un punto en el que el descubrimiento de la insulina no podía afirmarse. Todo, para eliminar el papel de Collip. Finalmente, se hizo una película que era la mitad del cacho de un trozo de la historia.

Aquel mismo año, 1954, un investigador estadounidense, Joseph Pratt, publicó un artículo en el Journal of the History of medicine and allied sciences en el que, por primera vez, decía negro sobre blanco lo que sólo unos pocos sabían: que la aportación de Collip había sido crítica en el desarrollo de la primera insulina realmente efectiva en humanos. Se montó la mundial, y su conclusión fue una propuesta para que las notas de laboratorio de 1922, ahora en poder de la universidad de Toronto, fuesen publicadas. Best consiguió convencer al presidente de la universidad para que vetase la propuesta. En la hagiografía de Best escrita por William Feasby, buen amigo suyo, se obviaron notas del propio Best que dejaban bien claro que dos puntos fundamentales en el desarrollo de la insulina: la filtración con alcohol y el enfriamiento del compuesto, fueron idea de Mcleod.

James Collip murió en 1965, sin haber recibido ni la mitad del reconocimiento que merecía (por ejemplo, el Nobel, que merecía desde luego más que Best, que no lo recibió; y que Banting, que sí lo recibió). A partir de ese año, puesto que ya estaba solo en la pelea, Charles Best podría haber decidido callarse. Pero el caso es que no lo hizo; siguió escribiendo un artículo detrás de otro y presionando a todos quienes entraban en la materia para arrimar el ascua a su sardina. Por eso, quizás, se mereció pasar los últimos años, hasta su muerte en 1978, defendiéndose de ataques por un flanco inesperado.

En los años setenta un fisiólogo rumano, Ion Pavel, comenzó a investigar la posibilidad de que otro científico local, Nicolai Constantin Paulesco, hubiese descubierto la insulina antes que los canadienses. Paulesco había comenzado a trabajar el tema en 1910, y sus papeles con los resultados eran previos al primer artículo de Banting y Best, en 1921. En ese momento, el acceso a la documentación en poder de la universidad de Toronto ya no pudo censurarse por más tiempo, lo cual permitió a la comunidad científica averiguar que los experimentos de Banting y Best eran, básicamente, los que había llevado a cabo Paulesco; además, el rumano había empezado antes, y había obtenido resultados más concluyentes. Esto creó una sombra que oscureció los últimos años en la vida de uno de los descubridores de la insulina.

¿Justicia? Abrid Google y teclead George Herbert Best, y luego James Collip. Observaréis que del primero hay, creo, diez veces más páginas que del segundo.

Es una triste historia. Una triste historia que demuestra que un mezquino hijo de puta, con un tubo de ensayo en la mano, se convierte en un mezquino hijo de puta con un tubo de ensayo en la mano.