lunes, noviembre 11, 2013

La senda de Dios (7: hay un Bien, y hay un Mal)

Esta serie se compone de:

Algunas cosas a modo de introducción
In Tiberim defluxit Orontes
Y tendréis una moral
Cibeles
Egipto, o la inmortalidad

El camino de Dios va de menos a más. Y en este recorrido ha llegado a Persia.

Es cierto que el imperio y la civilización persas son cosas muy estudiadas en los colegios y conocidas en general. Pero, a pesar de ello, cabe decir que somos pocos conscientes de lo mucho que nos ha dejado la civilización persa. Cada vez que, por ejemplo, encendemos una llama para significar el recuerdo de los combatientes, estamos reproduciendo, siquiera parcialmente, una vieja costumbre persa, de los tiempos de Darío, por la cual el caudillo militar iba siempre precedido de una llama. Asimismo, aunque sea un poco anecdótico el ejemplo, la costumbre de saludarse con un beso es de raíz persa.

Como en tantas otras cosas, la primera semilla de la distribución de la cosmovisión persa en la que podemos considerar nuestra civilización fueron las conquistas de Alejandro Magno. El genio militar macedonio puso a los griegos en contacto con el mazdeísmo, que, además, para entonces ya estaba muy maduro como teología. Se sabe, en este sentido, que en la famosa biblioteca de Alejandría se contaban por miles las obras que se referían a Zaratustra o Zoroastro, lo cual da una importante medida de en qué medida el mundo helenístico se sintió atraído por sus creencias.

Cuando Roma invade Asia Menor y el área de Siria, el imperio parto y el romano se convierten en vecinos; y la permeabilidad entre ambos viene a suponer la llegada de Mitra al orbe latino. Existen signos de cofradías mitraicas en Roma aproximadamente medio siglo antes del nacimiento de Jesús; pero es aproximadamente medio siglo después de su muerte, con los flavios, cuando su presencia se hace realmente aparente. Con los antoninos y los severos su influencia no hizo sino crecer, convirtiéndose en el culto no cristiano más importante de los existentes, hasta el punto de haber hecho escribir a Renan, en famosa cita, que sólo algunas casualidades de la Historia han impedido que el mundo no fuese mitraísta en lugar de cristiano. Por lo demás, los emperadores romanos, aproximadamente desde Diocleciano, no hicieron sino adoptar y adaptar la coreografía imperial persa, convirtiendo a sus emperadores en los seres purpurados, distantes y sometidos a un rígido protocolo, que acabarán siendo los basilei constantinopolitanos. Todo ello, originalmente copiado de la Corte sasánida.

Diocleciano reconoció a Mitra como protector del Imperio, en un gesto que marcó algo así como ápex de un tiempo bastante prolongado de penetración Roma de las creencias semíticas y mazdeanas. Cabe recordar, por lo demás, que, al contrario de lo que normalmente se piensa, el paganismo no murió del todo con la victoria del cristianismo; pues buena parte de la herejía maniquea, en realidad, es producto directo del dualismo mazdeano de origen persa.

El imperio aqueménida había invadido en su día amplias áreas de Asia Menor, llevando hasta allí sus creencias. De esta manera, se extendió en la zona la fe en Ahura Mazda, una creencia que ya es muy madura en la consideración de un dios único. La unicidad omnipotente de un solo dios hace que otras divinidades bajen un escalón y, así, en las creencias persas Vohumano o Ameretat ya no son dioses, sino otra figura que tendrá mucho éxito con el tiempo: arcángeles, lugartenientes, pues, del Altísimo, que sólo puede ser Uno.

Ahura Mazda, el supremo ser mazdeano, y Mitra, originalmente el señor del Sol dentro de un grupo de divinidades de origen rural, acabaron muy pronto por identificarse, sobre todo en contacto con la astrología caldea, su creencia en un cielo superior como residencia de Dios y el reclamo inmediato que ello suponía de una deidad única o omnipotente. Mitra, asimilado al sol, fue por ello llamado Sol Invictus por los romanos. Todo esto encuentra también muchas razones en la evolución política. Por ejemplo, el hecho de que el área de Comagene fuese, a la muerte de Alejandro, cedida a una dinastía medio griega medio persa, provocó que el dios Baal local fuese convertido en Zeus Oromasdes; en realidad, Ahura Mazda con un nuevo nombre. La llegada de estos cultos al mundo romano provocó, simplemente, que ese Jupiter Caelus que había sido creado en conexión con las creencias semíticas y la astrología caldea, fuese colocado en la cúspide del panteón mazdeano.

El mitraísmo, por su parte, evolucionó como otra forma de mazdeísmo, más romana que griega porque los griegos nunca se sintieron atraídos por una deidad solar; sin olvidar, tampoco, que para ellos todo lo que venía de Persia era caca, obviamente.

Los grandes creyentes en Mitra fueron los soldados del ejército romano, la mayoría de ellos sorprendidos por las realidades que se encontraron en lo que hoy llamamos Asia cuando llegaron allí para invadirla, dominarla o administrarla. Lo realmente sorprendente es la rapidez con que esta creencia se amigó con los elementos situados en la cúspide del régimen, tales como altos funcionarios o emperadores. Cómodo fue ya iniciado en los misterios mitraísta, un gesto que tuvo una enorme importancia. En el año 307, cuando Diocleciano, Galerio y Licinio dedicaron un altar a Mitra en Carnutum como protector del imperio, el culto mitraísta parecía estar en condiciones de eclipsar a todos los demás.

La gran distinción entre el mitraísmo y el resto de creencias con las que tuvo que convivir fue su teología dualista. La filosofía basada en la lucha constante entre el Bien y el Mal fue la que le aportó a lo que, en su inicio, no era sino una creencia solar más, el rigor y jerarquía necesarios para construir una moral; el parseísmo, con su visión claramente monoteísta, hizo el resto.

El mitraísmo deificó el principio del bien, pero también el del mal, estableciéndolos como dos puntos dialécticos que animaban la existencia del hombre. Fue, en ese ese sentido, la primera aproximación religiosa que era capaz de explicar los sufrimientos de los creyentes (el valle de lágrimas de la Biblia), lo cual explica muy buena parte de su éxito entre capas de creyentes humildes. El neoplatonismo griego, a pesar de la indiferencia general de la cultura helénica hacia el mitraísmo, sí que aceptó y adoptó la demonología persa, transmitiéndosela al cristianismo. El culto mitraísta desarrolló el culto a Ahruman, señor de los seres infernales que causan las desgracias de los hombres, y del inframundo. Y ya Teodoro de Mopsuestia identifica a este Ahruman con la persona, para nosotros bastante más conocida, de Satán.

Pero lo importante de la existencia del diablo no es el diablo en sí. Es la exigencia que trae aparejada de que el hombre responda a esa existencia dándole la espalda. En una evolución más perfecta de los ritos orientales y de raíz judaizante que hablaban de la pureza del alma como camino hacia Dios, el culto mitraísta establece una serie de instrucciones o mandamientos cuyo cumplimiento tiene premio en este mundo pero, sobre todo, en el siguiente. Probablemente por eso el mitraísmo le gustó tanto al poder romano: por primera vez, una religión sometía al hombre a una serie de reglas, entre las cuales cabría aspirar a que estuviese la procura del bien de la res publica. Para ello, además, el mitraísmo filtrado de parseísmo que adoptaron los romanos afirmaba, también, la idea de fraternidad; la idea de sus creyentes como hermanos. No por casualidad, Mitra es el primer dios de esta serie que nos encontramos solo, sin esposa. Al revés que Baal, o que Osiris, o que Serapis, o que Attis o Cibeles, Mitra no tiene pareja. Porque propugna una existencia moral, es un dios sin esposa. Es casto.

El mitraísmo, con sus exigencias morales y maleabilidad por parte del poder, cayó como una bendición en un mundo que se veía seriamente golpeado por situaciones de escasa moralidad en un imperio en lento proceso de autodestrucción. Brotó porque tenía que brotar, exactamente igual que le ocurrirá, poco tiempo después, al cristianismo. Promete la vida eterna, en un futuro en el que el propio Mitra resucitará a los muertos, para entregar la inmortalidad a los virtuosos, y entregar al resto al fuego de Ahruman.


Así pues, el siguiente paso de Dios fue decir: hay un Bien, y hay un Mal.