viernes, octubre 04, 2013

La senda de Dios (1: algunas cosas a modo de introducción)

Comienzo yo a escribir, y tú a leer, una breve serie sobre Dios. Ya sabes que en este blog semos muy aficionados a hablar del cristianismo en sus orígenes y de su maestro, Jesús el nazareno. En  esta serie, sin embargo, vamos a dejar a Jesús un rato en paz. Mejor, hablemos de The Boss.


Lo que voy a tratar de hacer en estos textos es explicarte mi visión sobre una cosa que, normalmente, nos han enseñado mal; y nos la han enseñado mal, además, a propósito. En nuestra cultura (asumo, la verdad, que pocas personas nacidas en el taoísmo o el hinduísmo me leen), o sea en esto que Nietzsche llamó la civilización cristiano-platónica, nos han inculcado una idea que sostienen personas de todos los pelajes; incluso, también,  muchos no creyentes.

Esa idea es que el cristianismo rompió con el paganismo.

Como digo, incluso muchas de las personas más intensamente críticas con el cristianismo, más ateas, no por ello dejan de creer, de alguna manera, en un esquema histórico por el cual el cristianismo vino a enfrentarse y sustituir a las creencias paganas, fundando, por así decirlo, una nueva época de creencia. Para los creyentes, asimismo, es fundamental creer esto, pues creyéndolo apuntalan la naturaleza profética de Jesús, todo eso de que lavó a la Humanidad del pecado original, bla. El tema del pecado original y la decisión de Dios de enviar a su Hijo a la Tierra para ayudar al hombre a lavarlo, sin embargo, ha sido un tema tope polémico desde la primera vez que se formuló. Esto es: el Dios de los cristianos, que de alguna manera es el Dios de los judíos que es capaz de salvar a una Humanidad de pecadores puteros sodomitas, tan sólo porque exista un hombre virtuoso; ese Dios, ¿por qué condenó al Purgatorio (que además ahora, para más inri y nunca mejor dicho, va la moderna teología y dice que no existe) a todos los hombres que nacieron antes que el Cristo? ¿No hubo en Media, en Asiria, en Babilonia, en Persia, en la China, en Grecia, en Egipto, en la patria de los hicsos, de los hititas, de los hurritas, de los etruscos, de los íberos, no hubo en todas esas colectividades un solo hombre virtuoso que mereciera la pronta visita del Salvador, para así poder ser creyente comme il faut y haber visto el Paraíso que merece?

La respuesta al problema es: es que el Mesías no rompió con nada, sino que, por así decirlo, acrisoló la evolución de lo que había.

Ya bastaría para desmentir la idea de que el cristianismo es una teología nueva el hecho palmario de que es hijo de una teología que ya estaba establecida (la judía); de que, como bien han destacado muchos exégetas razonables, Jesús nació, vivió y murió judío. Pero hay mucho más. En realidad, el cristianismo, lejos de ser una ruptura con el paganismo, es una evolución del mismo. Porque, tal vez sólo por casualidad, la llegada a la Tierra del mensajero del Dios verdadero vino a coincidir con un momento muy particular en la evolución social que hacía esa llegada, por así decirlo, predecible.

Vayamos hacia atrás. Pensemos en el hombre neolítico, o incluso anterior. En la Prehistoria tuvo que haber muchos seres humanos, en el sentido de sapiens y eso, que jamás fuesen realmente conscientes de su superioridad frente a otras especies, proveniente de su capacidad creciente para el pensamiento abstracto y el comportamiento social complejo. Los bisontes no pintan hombres en las cuevas, pero eso no es porque no sepan coger un pincel con la pezuña, sino porque son incapaces de desarrollar la idea «eso representa el bisonte real que quiero cazar».

La capacidad de representar el mundo presupone la capacidad de pensar el mundo. Lo cual acaba provocando que quien piensa el mundo se haga preguntas y, al no obtener respuesta para ellas, tenga que concluir que él «no llega», y que la respuesta debe llegar por otro lado. El proceso está magníficamente descrito en el clásico de James G. Frazer, The golden bough (La rama dorada), texto en el que se ofrecen docenas y docenas de ejemplos de pueblos contemporáneos al autor que todavía tenían muchas de las costumbres ancestrales que él describe.

El hombre representa el mundo; luego pregunta qué es el mundo, por qué la lluvia, por qué los truenos, las cosechas, las inundaciones; la muerte. La falta de respuestas le lleva a la magia: algo que no se ve y no se percibe, pero que sin embargo sí que nos ve y sí que nos percibe, está ahí y gobierna lo que no se entiende. La principal vía por la que llegan estas creencias es la traumaturgia; la creencia por parte del hombre antiguo (muy antiguo) de que hay cosas que curan por el hecho de ser esas cosas. El primer humano que comió naranjas y se curó un resfriado no estaba en condiciones de preguntarse si no será que las naranjas tienen algo que mi cuerpo procesa y me da fuerzas para curarme. Tan sólo estaba en condiciones de creer que las naranjas son mágicas, traumatúrgicas, y que ello se debe a la voluntad de alguien, o algo, que las ha puesto ahí; que las pone ahí cada primavera.

La primera religión se basa en la existencia de un intermediario (el brujo, el chamán, el druida), que entiende el lenguaje y la voluntad de esos seres poderosos, y prescribe la manera de aplacarlos o ponerlos de nuestro lado. La primera religión tiene la desventaja de ser enervantemente litúrgica (todo son cosas que hay que hacer para esto y para aquello: para que llueva, para que la vaca se quede preñada, para que florezcan las amapolas, para que me desaparezca la verruga del culo); pero, sin embargo, tiene la ventaja de que no tiene pecado. El hombre no peca. El hombre compra servicios de su dios, compra su tranquilidad o su apoyo, mediante ritos meticulosamente prescritos. Con el tiempo, sin embargo, Dios acabará por compartir ese poder omnímodo con el hombre; el hombre ya no tendrá buena cosecha si sacrifica unos pichones en el ara de la colina, sino si es capaz de seguir una recta moral definida.

Estas notas pretenden describir los principales mojones de ese camino. Porque no es el hombre quien hace ese camino: es Dios. Dios, en los primeros tiempos, es poco más que un reloj agrario que hay que procurar no se gripe ni se estropee. En las manos de los judíos que han estudiado a Platón, como Filón, se convertirá en una Idea eterna y preexistente que hace notaría de las acciones de los hombres. El primer hombre tiene que hacer sacrificios constantes para poder seguir viviendo; el hombre, al final del camino de Dios, es libre; libre de hacerlo bien, o de hacerlo mal. Libre individualmente, y no como pueblo o colectividad.

Entre un extremo y otro, sin embargo, hay siglos de evolución. Y esa evolución no la hace el cristianismo; el cristianismo es el resultado de esa evolución, y quien la hace es el paganismo. Muchas personas creen que el panteón grecorromano es una historieta de envidias entre dioses y semidioses que poco decía desde el punto de vista teológico. Y así fue durante un tiempo, no cabe negarlo, aunque también dejó de serlo cuando las propias personas que creían esas cosas comenzaron a darse cuenta de que, en realidad, quienes forjaban su destino eran ellas mismas, con sus actos; y que, en consecuencia, además de una Fe, hay que tener una Moral. El Dios de los evangelios, de hecho, no le exige a sus gentes que tengan, por encima de todo, fe; no les exige que se inmolen por sus creencias, sino que les exige que cuiden al enfermo, den de beber al sediento, y tal. Les exige que tengan una moral; algo que los dioses paganos no exigían pero, en realidad, cuando llegó el cristianismo, estaban a punto de exigir.

Desde las primeras creencias estructuradas en la India hasta el momento en que Pablo de Tarso escribe sus cartas y sus seguidores acaban introduciéndolas en la alcoba de Constantino, Dios hace un camino, y el hombre le mira hacerlo. Esto es lo que quiero contar.

No sé, la verdad, si me explico.