lunes, julio 08, 2013

Doping (3: el surgimiento de la RDA)

De esta serie se ha publicado ya un primer y segundo capítulo.

Los Juegos de Munich de 1972 marcaron un punto de inflexión importantísimo para el movimiento olímpico. En primer lugar, por el cese de Avery Brundage y su sustitución por lord Kilanin. Pero, sobre todo, por el atentado palestino que se llevó por delante a trece miembros de la delegación israelí, y que de hecho, para algunos, supuso la prueba definitiva de que el movimiento olímpico era ya un monstruo económico de grandes dimensiones: cualquier otra celebración menos comprometida financieramente habría quedado automáticamente suspendida después de una acción tan brutal. En realidad, todas las polladas que se dijeron entonces de que había que seguir compitiendo para dar una lección a los terroristas con la normalidad, eran eso mismo: polladas. Los juegos de Munich tenían que haberse terminado en el mismo momento en  que se disparó la última bala por parte de los terroristas de Septiembre Negro. Pero ya aquellos juegos de Munich no podían hacer eso, porque ya aquellos juegos de Munich, hace cuatro décadas, tenían intereses económicos sobrados y le hubieran supuesto al COI la devolución de un montón de pasta que no tenía. Show must go on...

Por éstas y otras muchas razones, el movimiento olímpico fundado por el barón Pierre de Coubertin se encontró, en aquella primera Olimpiada de la década de los setenta, en un punto especialmente bajo. Brundage, de hecho, estaba convencido de que Michael Morris Kilanin sería el último presidente del COI, porque el movimiento olímpico no sería capaz de sobrevivirle a él. En realidad, se equivocó porque, como acabamos de decir, el movimiento olímpico tenía para entonces una fuerte inercia económica, en forma sobre todo de derechos de retransmisión, sobre la que el irlandés se subió y que su sucesor, el español Juan Antonio Samaranch, multiplicaría (entre otras cosas, porque era lo único que le importaba).

En algo tenía razón Brundage: el lord irlandés no era la persona más adecuada para asumir una recia política anti-doping. En febrero de 1973, una vez que los resultados de Munich estuvieron claros, Alexander de Merode solicitó un giro copernicano en la política antidoping del COI; un giro que supusiera, entre otras cosas, la elevación a los altares de las normas de hierro que siempre se cumplen de la promesa de que encontrar drogas en el miembro de un equipo supondría la descalificación inmediata de todo el mismo. Estos debates eran simultáneos a otros, producidos dentro de los comités olímpicos nacionales, sobre la escasa utilidad del sistema actual, por el cual cada federación asumía controles y gestión del doping de forma descentralizada. Sin embargo, como ya hemos señalado, estos esfuerzos se produjeron presionando sobre un máximo mandatario, Kilainin, que no quería problemas; y en un mundo en el que la política hacía, ya, totalmente imposible el juego limpio en el deporte.

Fue, en efecto, a principios de los setenta, cuando la República Democrática Alemana decidió iniciar una estrategia de desarrollo deportivo basado, fundamentalmente, en el entrenamiento casi militar y en la ingesta de cualquier tipo de drogas o sustancias que pudiesen mejorar el rendimiento de los atletas. Ya en Munich, el ratio de medallas de oro por cada 100.000 habitantes fue para la RDA quince veces, quince, más grande que el de EEUU. Un entrenador de la RDA, Henrich Misersky, declaró, tras la caída del Muro, que todos aquellos preparadores que se negaban a darle drogas a sus pupilos eran tratados como traidores, puesto que ganar en los Juegos Olímpicos se concebía como un proyecto militar; y finalmente apartados de la profesión.

Verdaderamente, en aquellos tiempos no faltaron medios de comunicación y comentaristas en Occidente que señalasen la sospechosísima capacidad de los, y sobre todo de las, atletas de la RDA. Pero, en general, en el marco de una Guerra Fría que provocaba (y provoca) no pocos sentimientos antiamericanos de este lado del Telón, el típico espíritu de quien está defendiendo a David contra Goliat hacía que las victorias de la RDA, un pequeño país de 17 millones de habitantes que, para muchos, comprometía el capitalismo con su misma existencia (años después se sabría que dicha existencia se basaba en una Stasi que vigilaba hasta los más furtivos pedos en los excusados); aquellos éxitos, digo, fuesen abrazados como la prueba de que «había otra forma de hacer las cosas que la de Estados Unidos». Eran tiempos en los que, de cuando en cuando, se publicaban noticias por aquí y por allá que le ponían fecha, y muy cercana, al día en que las mujeres tendrían las mismas marcas atléticas que los hombres. Quienes decían tales cosas no parecían darse cuenta de que los tiparracos que parecían amenazar las marcas masculinas, campeonato tras campeonato, más que bujarrones, parecían yetis.

Claro que esto acabó provocando la inquietud de un actor inesperado. La URSS.

El sistema soviético se basaba en la prevalencia de la URSS. Los países satélites de Moscú vivían del petróleo siberiano, del gas, de los cereales ucranianos, que la generosa Unión Soviética vendía a sus naciones camaradas a precio de amigo; de hecho, como ya hemos contado en este blog, el principio del fin del Telón de Acero se produjo cuando se acabó este momio y los países satélites comenzaron a pedirle préstamos a sus enemigos de enfrente.

Mucho antes de eso, sin embargo, los diferentes programas deportivos en el bloque soviético comenzaron a dar frutos. Hablamos, por supuesto, de la RDA, y de sus inalcanzables Marita Koch, o Kornelia Ender, o… Pero también de las invencibles competidoras rumanas de gimnasia deportiva, de las cuales la más brillante fue Nadia Comaneci, que se comió el mundo en Montreal. Y no hay que olvidar a otras delegaciones, notablemente Bulgaria, otro país pequeñito que sin embargo alumbraba atletas de elite con facilidad pasmosa.

Según documentos dados a la luz pública tras la caída del Muro, a principios de los setenta la RDA comenzó a usar un compuesto llamado Oral-Turinabol; un tipo de anabólico esteroide que fue administrado a la friolera de 10.000 jóvenes alemanes que ofrecían características positivas para la alta competición deportiva. Fue usado ya en México 68 con la lanzadora Margitta Gummel (la RDA todavía no era un equipo propio; lo fue desde Munich), quien estableció un nuevo récord del mundo lanzando el peso a 19 metros y 61 centímetros. Una de sus competidoras en aquella ocasión, Brigitte Berendonk, la describió de forma muy concreta: «She was clearly a she-man».

El Oral-Turinabol fue administrado incluso a niños, y sobre todo niñas, a partir de once años de edad. Incrementaba el desarrollo del músculo y reducía el periodo de recuperación, lo que permitía a quienes consumían la entonces famosa «pastilla azul» entrenar más tiempo, y más duro. La razón de que fuese principalmente administrado a mujeres es que, dado que las féminas producen naturalmente menos testosterona, los efectos del esteroide en su rendimiento eran mucho más diferenciales que en los hombres.

Lo más triste de la movida es que, según la documentación finalmente conocida, los atletas de menos de 18 años eran engañados: se les daban píldoras asegurándoles que eran vitaminas. Carola Beraktschan, que fue una más que aseada nadadora de estilo braza de aquellos equipos de natación de la RDA que eran conocidos como las Wonder girls, no supo hasta su edad adulta el tipo de cosas que estaba tomando. «Nos eligieron», dijo, «para demostrar que el socialismo estaba por encima del capitalismo».

Asimismo, esta documentación asevera que los atletas eran también engañados. El coordinador de la política de doping masivo de atletas, Manfred Höppner, decía a quien quería escucharle, de viva voz y por escrito, que las drogas eran usadas por todos los países (cierto: pero no en la medida que la RDA); además, le aseguraba a los entrenadores que el crecimiento incontrolado de tanto vello que ni 200 días al año de depilación colocarían las cosas en su sitio, la adopción de tonos más graves en la voz, y otros muchos síntomas de que las atletas se convertían en bujarras, revertirían en cuanto dejasen de tomar las drogas. Muchas de ellas siguen hoy vivas, y saben bien que no era verdad. Las consecuencias a largo plazo de aquel programa han sido cosas como: tumores hepáticos, fallos renales, problemas cardíacos, cánceres testiculares o de mama, trastornos depresivos, trastornos de la alimentación, o crecimiento acromegálico de las glándulas mamarias. La peor parte, con todo, se la llevaron aquellas mujeres que fueron drogadas desde muy niñas y que adquirieron aquellas condiciones semimasculinas. Algunas de ellas han parido niños con malformaciones. Quizás el caso más dramático sea el de la ex lanzadora de peso Heidi Krieger, que ha sufrido graves consecuencias físicas y sicológicas de su ingesta de esteroides. Para que nos hagamos una idea: su ración habitual era 2,6 veces la ración extraordinaria que Ben Johnson tomó para ganar la final de los 100 metros lisis en Seúl. Finalmente, Krieger, que hoy es oficialmente Andreas Krieger, tuvo que realizarse una operación de cambio de sexo. 

De hecho, la llegada del siglo XXI ha supuesto una cascada de demandas en los juzgados alemanes, fundamentalmente puestas por mujeres ex-atletas que reclaman compensación por un programa que ha jodido sus vidas. En un gesto muy honrado, incluso una de ellas, la nadadora Ines Geipel, llegó a reclamar que el récord del equipo de 4x100, realizado en 1984, sea retirado de los registros.

La actitud del olimpismo internacional ante estas prácticas fue, como poco, comprensiva. En fecha tan tardía como 1985, incluso, Samaranch impulsó la condecoración de uno de los grandes jefes del programa de drogas de la RDA, Manfred Ewald (un ex miembro de las juventudes hitlerianas que había cambiado de bando tras el final de la segunda guerra mundial) otorgándole la Orden Olímpica.

En 1975, después de mucho trabajo y dimes y diretes, el COI dio finalmente el paso de colocar los esteroides anabolizantes entre las sustancias prohibidas por los atletas; pero siguió sin hacerlo con la testosterona. La medida, sin embargo, fue tan leve que, en realidad, los atletas podían pasarse cuatro años tomando esteroides con embudo y luego dejarlo algunas semanas antes de competir, sin temer que los test impuestos fuesen a pillarles.

El cuerpo de pruebas preparado para Montreal se usó en plan ensayo en los juegos de la Commonwealth en Auckland, y también en los campeonatos de Europa de atletismo. En Nueva Zelanda, nueve atletas dieron positivo por esteroides anabolizantes, pero ni sus nombres fueron hechos públicos ni se les sancionó. En los campeonatos europeos, los organizadores declararon públicamente antes de empezar que los test eran sólo en plan investigación y tal, y que nadie sería sancionado.


En este estado de cosas se llegó a Montreal.