miércoles, mayo 29, 2013

Soixante huit (20: por un quítame allá esas urnas)

De esta serie se ha publicado ya un primersegundotercercuartoquintosexto,  séptimooctavo, noveno , décimo, décimo primer,  décimo segundodécimo tercer, décimo cuarto, décimo quintodécimo sextodécimo séptimo,  décimo octavo y décimo noveno capítulo.



Resumen de lo publicado: El malvado Sauron, que sabe más por los siglos que lleva gobernando la Tierra Media que, en sí, por malvado, enciende un día su ojo en la cumbre de Mordor y lanza el mensaje inequívoco: de aquí no me mueve ni la Benemérita. Los hobbits, que ya se creían en posesión de la Tierra Media, se quedan con un palmo en las narices. Lo siguiente que hace Sauron es anunciar elecciones en la nación, con lo que los hobbits acaban ya por romperse: unos quieren presentarse a los comicios, convencidos de que pueden vencer al Señor Oscuro. Y otros quieren seguir repartiendo mangüitis.
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Hablando con propiedad, los sindicatos franceses han reaccionado días antes, tras el discurso de De Gaulle y la demostración de los Campos Elíseos, llamando a organizar un acto que suponga la digna respuesta a esa iniciativa. Sin embargo, poco a poco este entusiasmo de reacción se va matizando. Force Ouvrière, por ejemplo, no tarda a abrazar su táctica tradicional de que no merece la pena manifestarse en la calle por reivindicaciones políticas. Todo el mundo mira a la CGT. Pero la CGT es la mejor expresión del daño que le ha hecho el último gambito gaullista a las intenciones revolucionarias: lo más importante, dicen los sindicalistas, es, ahora, ganar las elecciones.

La CGT llama, en este sentido, a una reunión sindical que permita aglutinar un solo programa de izquierdas para las elecciones. Pero en ese punto, lo que hasta el momento ha sido unión en la protesta, vuelve a convertirse en los viejos conflictos sindicales. La CFDT rehúsa participar en un acuerdo de este tipo.

A causa de todas estas disensiones, la manifestación queda apoyada, únicamente, por la UNEF y la CFDT.

¿Qué es lo que hay en el fondo de la cuestión? Evidentemente, es la actitud ante las elecciones. La UNEF, con el solo apoyo importante del PSU (en ese momento), defiende la postura más lógica y coherente con el movimiento de Mayo del 68: el boicot. En las últimas semanas, Mayo del 68 se ha convertido en un movimiento revolucionario que lo que trata es de cambiar el régimen existente; y eso incluye a las elecciones. Para los militantes de la UNEF y del socialismo unificado, lo que tiene que pasar en Francia es que la presión revolucionaria haga primer ministro a Mendes-France, y nada más. Ni votar, ni leches. En ese sentido, el movimiento, a principios de junio, ha perdido ya todo matiz democrático-parlamentario. El resto de las fuerzas, incluida la CFDT, quieren ir a las elecciones, con o sin candidatura única de izquierdas, para ganarlas. Han aceptado el reto de De Gaulle.

El corolario de esa situación no podía ser otro. Antes del día 1, la CGT hace público un comunicado en el que recomienda a sus militantes mantener la ocupación de las fábricas pero no participar en las movilizaciones de la UNEF.

El sábado día 1, unas 35.000 personas, es decir una multitud que difícilmente se compara con la acopiada días antes por las “gentes de orden”, desfila por París. Entre otros eslóganes, por cierto, gritan De Gaulle, c’est Franco! Se puede ver que la influencia de los doscientos cuarenta millones de españoles progresistas que pasaron aquellas jornadas en París, en primera fila de barricada, era muy fuerte.

En la cabeza de aquella manifestación resurge, por un rato, Daniel Cohn-Bendit. Los manifestantes cantan La Internacional. Pero ya, ni la policía los teme, ni ellos esperan ser temidos. La marcha transcurre sin incidentes. Alain Krivine, el dirigente de la JCR, clama para que los obreros no abandonen las fábricas que han ocupado.

Esa noche, en la facultad de Ciencias, se celebra un “mitin revolucionario”. En él, sin embargo, Danny el Rojo afirma: “la organización de un movimiento revolucionario es prematura”. Y añade: “condenamos a todas las organizaciones que están a punto de abandonar el movimiento revolucionario para participar en las elecciones de la burguesía”. Esta retórica es bastante común: cuando un revolucionario ve que pierde pie en sus intenciones, saca a pasear el concepto de que lo que pasa es que la revolución no está madura. En realidad, sin embargo, lo que está pasando, más bien, es que Mayo del 68 no sabe cómo fagocitar el manifestón de aquella semana, ni la forma en que la convocatoria de elecciones lo ha roto en pedazos.

Así las cosas, sólo quedan las elecciones.

Hasta el PSU, inicialmente soporte de las posiciones de la UNEF, acaba cayéndose del caballo. Y se convierte, con ello, en la principal formación de izquierdas que preconiza la candidatura única (las organizaciones minoritarias, por razones que es muy fácil de entender, siempre son apasionadas partidarias de las coaliciones electorales). Sin embargo, en esas horas Waldeck Rochet se encarga de decir lo que todo el mundo con dos dedos de frente espera: el Partido Comunista irá a la pelea con su programa y con sus candidatos. La unión de las izquierdas, continúa, se hará en la segunda vuelta o ballotage, una vez que se vea cuáles son los candidatos mejor colocados ante el electorado. O sea: premio para el que mee más lejos en la primera meada; un principio que supone, cuarta más, cuarta menos, barrer al PSU de la Asamblea Nacional. El PSU reacciona inmediatamente anunciando que presentará candidatos en todas las circunscripciones; lo hace, como el gallego del chiste, por foder. Lo que está claro es que el PCF, con su iniciativa, trabaja para atomizar el voto de izquierdas. En el antedespacho de Pompidou, sus estrategas se hacen pajas.

El gobierno juega sus cartas. A pesar de que en 1968 el tema ya se pide bastante, se niega a rebajar la edad para votar a 18 años; es más: estableciendo febrero de aquel año como fecha tope para formar parte del censo electoral, deja fuera a 200.000 jóvenes que han cumplido los 21 después de dicho mes. Buscan, claro, elevar la edad media del votante, sabedores de una cosa que ya dijo el tremebundo político alemán Otto von Bismarck. Bismarck inventó el sistema actual de pensiones (de hecho, en su honor sistemas como el español se llaman bismarckianos, en oposición a los beveridgianos de corte sajón) y, cuando lo inventó, dijo algo así como que a la gente que hay que darle pensiones para que no haga la revolución. Viejetes progres los habrá siempre, desde luego; pero es un hecho que don Otto tenía razón al pensar que los electorados que tienen intereses que proteger suelen ser renuentes al cambio. Es probable que sea por eso que la mayoría de los revolucionarios triunfantes, en la Historia, son eso, triunfantes, porque no les dejaron elegir. Revoluciones en la Historia acometidas por mor de unas elecciones democráticas, hay muy poquitas. 

Durante aquel fin de semana, además, las negociaciones sociales, que nunca se han detenido desde Grenelle, continúan. El sector minero está muy cercano a un acuerdo. Lo mismo le pasa a la RATP, a la SNCF. En provincias, diversas empresas recomienzan el trabajo. La gasolina reaparece en las gasolineras. El gobierno, además, se muestra muy comprensivo en las negociaciones de los servicios públicos; para él, la prioridad es que se puedan celebrar las elecciones. Se acuerda un aumento salarial galáctico para los funcionarios (12% para el funcionario medio), amén de cláusulas varias sobre jornada y otras cosas. Los empresarios, que se han venido arriba, desbloquean incluso el hasta ahora indisoluble problema del pago de las jornadas de huelga… que, sin embargo, harán en B (mientras Hacienda mira para otro lado con una sonrisa). El martes 4 de junio, el Banco de Francia vuelve al trabajo. Como la EDF. El día siguiente, circulan algunos trenes. El 6, la huelga de la SNCF ha terminado. Ese mismo día, la policía desaloja a un millar de trabajadores que quedaban dentro de la factoría de Renault en Flins. Cierta normalidad vuelve a uno de los templos de la Gran Huelga Revolucionaria.

Hay que tener en cuenta que, para entonces, incluso la CGT combate las huelgas. Su tesis es que el momento para los obreros de expresar su voluntad serán las elecciones, y por lo tanto no está dispuesta a que éstas no se celebren a causa de los movimientos huelguísticos. Este movimiento ha sido aprovechado por la CFDT, que se coloca al lado de quienes quieren seguir en las fábricas, con lo que el sindicato mayoritario experimenta un peligro real de sorpasso.

Las izquierdas andan a la greña en estos enfrentamientos cuando, el 7 de junio, el poder constituido da un nuevo golpe. En dicho día, el presidente De Gaulle es entrevistado por Michel Droit, redactor-jefe del Figaro Litteraire y uno de los periodistas más prestigiosos de Francia. Aparece tranquilo y apaciguado. Frente a los televidentes, reconoce que el 29 de mayo pensó retirarse, pero que el crecimiento de la “subversión amenazadora” le convenció de no hacerlo. Interpreta el movimiento huelguístico como un intento de los comunistas de paralizar el país ante el hecho de que otras fuerzas de izquierdas les estaban disputando el monopolio revolucionario. Y sentencia, hablando de las elecciones: “si les résultats sont mauvais, alors, tout ça c’est perdu”. Se habrá perdido todo. Por si no se había enterado el votante francés, ya lo sabía. En las urnas, la República se juega un ser, o no ser.

Ese mismo viernes 7, en Flins, se produce un mitin muy cerca de la factoría de Renault, que ha sido ocupada por la policía. Los sindicalistas de la CGT afirman que ellos decidirán quién habla. Los trabajadores braman para que hable Alain Geismar, que está presente. La CGT se niega. La CGT, finalmente, cede. También habla un militante del Movimiento 22 de marzo. Tras este baño de solidaridad panprogresista, todos se van a la fábrica y la rodean a eso de las 10 de la mañana. En apenas hora y media, la policía cargará tres veces. Medio centenar de heridos, 240 detenidos.

En París, en la tarde de ese mismo día, una manifestación de militantes de la CFDT que ha comenzado en la avenida Wagran se acaba juntando en Saint-Lazare con otra de estudiantes. Son unos 3.000. Quieren ir a Flins. Sauvageot, subido a un camión, les convence de que es imposible. Deciden ir a Billancourt. A las diez de la noche, no serán más de 1.000 los que lleguen a la mítica factoría renaultina. Montan un mitin. A las 12, la policía empieza a tirarles granadas lacrimógenas.

El sábado, día 8, la CGT saca un comunicado criticando la violencia policial en Flins; comunicado en el que, ya si eso, pone a parir a los estudiantes, que, dice, “son agitadores al servicio de los peores enemigos de la clase obrera”. En Bécheville, muy cerca de Flins, se celebra un mitin en el que al representante del PCF, Le Toulec, casi le pasan por encima una multitud de obreros que portan, como los mozos en San Fermín, el ejemplar del día de L’Humanité, en el que se puede leer: “Completamente extraños a las luchas reivindicativas de la Universidad, los comandos Geismar, organizados militarmente, han pasado a la provocación del movimiento obrero”. Las cosas en Billancourt están en un tal plan que la policía acaba abandonando la fábrica el martes 11, con lo que es inmediatamente re-ocupada.

Mayo del 68 se desinfla. Pero aun será capaz de alumbrar una tragedia.