miércoles, mayo 22, 2013

El rey casto y su mujer española



El rey francés Luis XIII, llamado por sus paisanos El Justo, tiene como principal mérito ante la Historia el de ser el padre de Luis XIV, considerado por los franceses, tal vez, como el mejor rey que nunca tuvo Francia. Ese mérito, sin embargo, es dudoso, a decir de muchas interpretaciones. Interpretaciones que recuerdan las difíciles relaciones que tuvo Luis con su esposa, la española Ana de Austria; y, en general, la repugnancia o rechazo del contacto sexual, que también le ha valido a este rey el apodo de El Casto.

El de Luis XIII, sin embargo, difícilmente se puede considerar un caso de impotencia, como los observados o sospechados en otros reyes. El del rey francés es un caso de sexualidad compleja, en el que bien harían en bucear los estudiosos de las parafilias.

Lo primero que hay que decir de Luis XIII es que era hijo de Enrique IV. Esto que, así de principio, parece una gilipollez, no lo es tanto si al tiempo decimos que Enrique IV es, probablemente, el rey francés (y, quizás, no francés) más putero de la era moderna. De él se dijo que tuvo más de 50 amantes y una gran multiplicidad de bastardos. Era la suya una rijosidad democrática, pues igual le daba irse a la cama con una condesa dueña de una gran heredad que con la mujer de su jardinero. Era, pues, un hombre disoluto, como se decía antiguamente, que, como consecuencia, coqueteó con las enfermedades venéreas, habiendo sufrido, cuando menos dos veces, incapacidad de orinar por causa de afecciones gonorreicas.

Ese carácter no muy ejemplar afecta en gran medida a su hijo y delfín, que se crió en un ambiente un tanto extraño y no muy ordenado, en compañía de algunos de sus hermanos bastardos. Cabe adivinar que, a lo largo de aquellos años, desarrolló una extraña atracción por el sexo, combinada con el rechazo del mismo por el rechazo a su padre.

La vida de Luis XIII está extraordinariamente bien documentada gracias al diario de su médico, Jean Hérouard, quien realizó, a través de sus anotaciones, una descripción minuciosa de la infancia del Delfín. Descripción en la que quedan pocas dudas de la distancia entre padre e hijo. Nos cuenta el médico, en efecto, que, siendo Luis un niño, una de las damas de la reina le dijo: “no iréis a ser vosotros un lujurioso como vuestro padre”; a lo que el niño respondió con un seco, y frío “no”.

Hérouard nos informa que Luis XIII nació recio, musculoso y sano, aunque pronto se le presentó un problema que pudo ser de gran influencia en su sicología. Al día siguiente de haber nacido, su aya notó que sufría al mamar, por lo que le observó la boca para encontrar que aún tenía el frenillo, que le fue cortado por Gillemeau, cirujano del rey. Lamentablemente, la operación no salió del todo bien; o, tal vez, el niño tenía otro problema “de salida”. El caso es que, cuando empezó a hablar, se observó que tartamudeaba y pronunciaba algunos sonidos fónicos de mala manera. Si el gran problema de Luis XIII, como aseguran algunos historiadores, fue la timidez, aquello no pudo colaborar para hacerlo más extrovertido. Por cierto, que en Luis XIII se da una historia bastante parecida a la que cuenta la película El discurso del rey, puesto que en la más importante perorata de su vida, aquélla ante el Parlamento para sancionar su mayoría de edad, no se equivocó ni una sola vez. Se ignora si alguien le ayudó para ello.

En la infancia de Luis, éste tuvo un preceptor, Nicolas Vauquelin, que, dato importante, fue despedido muy poco después de la muerte del rey Enrique IV. A este hombre le adjudican no pocos libros la responsabilidad de haber dirigido una educación para el Delfín que no reparó en impulsar sus vicios. Siendo apenas un niño, el paje del señor de Longueville cumple su función de darle la novedad al rey-niño; servicio que éste contesta lui montrant sa guillery, que viene a querer decir, cuarta arriba, cuarta abajo, enseñándole la polla. El diario acontecer palaciego registra el mismo gesto de Luisito ante los embajadores de Saboya (tal vez, por la rima…) y de Escocia. Incluso delante del señor de Bonnières, aristócrata galo que le rendía en ese momento visita… acompañado de su hija. El médico real, con precisión notarial, nos hace ver que Luis niño juega constantemente con su ciruelo e incluso insinúa que va a hacer que la gente se lo bese. Tiene la costumbre de acostarse boca arriba para que todo el mundo que está con él pueda contemplar el espectáculo.

El matrimonio entre Luis XIII y Ana de Austria fue medio acordado cuando ambos eran apenas unos niños. Y, según diversos indicios, el niño Luis estaba como obsesionado con tirársela, aunque tal vez no entendiese muy bien el significado real de la cosa. El médico Hérouard le pregunta un día: “¿Dónde está la lindura de papá?”, refiriéndose a él; y el niño se golpea en el estómago. Luego le pregunta: “¿Y dónde está la lindura de Infanta [española: Ana de Austria, su futura mujer]; y el niño, por toda respuesta, se mete la mano en la bragueta.

A tiernísimos tres años, el 5 de agosto de 1604, la señora de Vendôme (a la que volveremos a encontrar en este relato, seriamente humillada por el rey), tras desnudar a su pariente, le pregunta si querrá que duerman juntos. “No”, le contesta el niño; “tú no eres la Infanta”.

Hay cosas que han intrigado a los historiadores de aquel niño pero que, probablemente, son más normales. Provenientes de la imitación realizada por un niño especial que puede hacer casi lo que le dé la gana. Un día ve a dos mujeres de la corte, y repara en que una le da a la otra un cachete en el culo. A partir de aquel día, él quiere golpear a las mujeres que le rodean con una pequeña fusta.

Hay que tener en cuenta que el propio rey tenía la costumbre, cada vez que regresaba de una jornada de caza (lo cual era muy habitual), de desnudarse, tumbarse en la cama y hacer desnudar a su hijo para que se acostara con él. Es posible que Enrique considerase que su hijo era poco viril y que haciendo cosas como ésa buscase corregir la situación. Mantuvo aquella costumbre de machotes acostándose en pelotas juntos hasta su propia muerte, que tuvo lugar cuando el Delfín tenía 9 años.

El diario de Hérouard, de hecho, es útil a la hora de valorar hasta qué punto al rey le preocupaba que su hijo pudiera ser un nenaza, y hasta qué punto lo presionaba por razones de Estado. Anota, entre otras cosas, que en 1605, cuando Luis tenía cuatro años, su padre lo llevó con él a contemplar un nuevo tapiz que representaba a unos niños, y allí le dijo: “Quiero que le hagas un hijo a la Infanta”. El niño le dijo que no lo haría. O sea, le dijo lo que cualquier niño le habría contestado.

A pesar de ese rechazo, son varias veces en el diario del médico en que se anota que Luis le ha asegurado a sus ayas que “la Infanta de España yacerá conmigo y yo le haré un hijo con mi polla”. Todo indica, además, que, conforme va avanzando la infancia del Delfín, todos estos conflictos van degenerando en una sexualidad mal asumida. Una noche, el niño tiene una pesadilla y su aya decide meterlo en su cama para que duerma tranquilo. En la mañana, el niño se despierta y le dice a la mujer: “Buenos días, perra, bésame”. Cuando el aya le inquiere por qué la llama perra, el niño contesta: “porque te estás acostando conmigo”. Suena a historia de su padre, el rey, mal contada, mal escuchada y mal comprendida.

Teniendo Luis XII catorce años (Ana de Austria apenas unas horas más que él), las diplomacias francesa y española deciden que ya es momento de que se casen. En el palacio del arzobispo de Burdeos se conocen el novio y la novia.

El Estado francés publicó un folletito, titulado Détail singulier de ce qui se passa le jour de la consommation du mariage de Louis XIII (25 décembre 1615). Según dicha obra oficial, todo fue de pila máster. Un poco en contra de las costumbres normales de la corona francesa, la reina madre, María de Medicis, solicitó de las dos camareras reales cuya función era pasar la noche entera en la alcoba de los novios que les dejasen una o dos horas a solas; tiempo tras el cual las dos mayordomas penetraron en la habitación para comprobar que el rey había consumado el matrimonio; dos veces. El texto está destinado a los miembros del cuerpo diplomático, pero éstos no parecen estar muy seguros de que lo referido sea la verdad. El embajador de Mantua, por ejemplo, le escribe a su jefe que el rey ha consumado el matrimonio “si es que se cree lo que se ha dicho”. La verdad es que muy pronto la historiografía francesa se dio cuenta de que aquella relación era un cuento; que, en realidad, Luis XIII no había tocado a Anita la Española. Y que, de hecho, tras aquella primera noche de Navidad, no regresó a su tálamo en cuatro años. Cuatro años.

Esta ausencia, unida al hecho de que los dos amores del rey, la señora d’Hautreufort y la señora de La Fayette, son muy posteriores (tenía casi treinta años) y de carácter meramente platónico (jamás les puso la mano encima) son las que han sostenido la teoría de que este rey francés debía ser llamado El Casto. Sin embargo, ya hemos referido varios testimonios, y podríamos referir más, que abonan la teoría de que, o bien dicha castidad era falsa, o bien se desarrollaba en el marco de una sexualidad bastante torticera y mal asumida.

Varios indicios parecen indicar, en todo caso, que conforme el rey fue cumpliendo años, esta asunción enfermiza de su sexualidad fue llevándole por derroteros cada vez más extraños. Y es aquí donde volvemos a encontrar a la señora de Vendôme, hija ella misma de Enrique IV. Esta miembra de la casa real francesa se casó el 20 de enero de 1619 con el duque d’Elboeuf. Los esposos se aprestaron, tras los esponsales, a llevar adelante su noche de bodas. Entonces el rey, haciendo uso del poder absoluto de que disponía, se hizo introducir en la cámara donde estaban los esposos porque, dicen las crónicas, “quería estar presente en su propia cama para así ver cómo se consumaba el matrimonio; acto que fue coronado más de una vez, con gran gusto por parte de Su Majestad”. Parece que la Vendôme nunca le perdonó al rey aquel voyeurismo inesperado y humillante; según el embajador de Venecia, le espetó: “Sire, faites vous aussi la même chose avec la Reine, et bien vous ferez” (señor, haced Vos lo mismo con la reina, y bien que haréis).

Cuatro días más tarde, Luis XIII regresó al tálamo de su esposa, por primera vez desde su noche de bodas, pero no sin que el señor De Leynes, su mano derecha, le impulsase a ello. A las once de la noche, el noble entró en la habitación del rey, y lo sacó de allí para, literalmente, ir a follarse a la reina. Prácticamente lo llevó de la oreja por los pasillos. Los meticulosos diarios de la Corte francesa registran con puntillosidad las escasas noches que, a partir de entonces, el rey visitó a la reina.

Pero la reina se quedó embarazada. En 1637, y después de haber hecho montones de rogativas ante la catedral madrileña de San Isidro, santo al que los madrileños creían capaz de preñar a las estrechas; y de, incluso, haber enviado a un cura francés, el padre Bachelier, ante la Corte española, para hacerse prestar por el rey español una reliquia del santo.

¿Era aquel niño, que sería el muy rijoso Luis XIV, hijo de Luis XIII? Difícilmente. El propio pueblo francés lo apeló, desde el inicio, con el chanzudo sobrenombre de Dieudonné, o don de Dios. Tan segura estaba la calle de que Luis XIV no era hijo de su padre que la tesis más extendida, que otorgaba la paternidad al noble señor marqués de Ancre, incluso se cantaba por las calles, con esta letra cuyo chiste es intraducible.

Si la Reine allait avoir
un enfant dans le ventre,
il serait bien noir
car il serait d’encre.

(Si la Reina fuese a tener/un niño en el vientre/sería con seguridad negro/pues sería de tinta. Obviamente, se juega con el chiste de que il serait d’Ancre, sería [hijo del marqués de] Ancre, suena como il serait d’encre, sería de tinta).

Para solaz de los naturales de  comunidades forales, se debe decir que la historiografía francesa y, en general, aquel pueblo, siempre sintió que, con la llegada al Louvre de un rey que, en realidad, sabe Dios de quién era hijo, se perdió el porte euskaldún que, hasta entonces, vía casa de Navarra, tenían los reyes franceses.