viernes, abril 05, 2013

¿Existió alguna vez una señora de Nazaraios?

El problema empezó en septiembre del 2012. En dicha fecha, durante una conferencia en Roma, una experta en estudios bíblicos, la profesora Karen King, anunció que había encontrado un pedazo de manuscrito del siglo IV, escrito en copto, en el que se habla de la esposa de Jesús, el Mesías. Hace muy pocos días, la polémica ha resurgido, por lo menos en Reino Unido, tras un reportaje de la BBC titulado El Misterio de María Magdalena, en el cual sus autores insinuaban que María y Jesús podían haber sido amantes o esposos, y que se besaban en público. Los católicos británicos, que quizá porque Reino Unido es un país mayoritariamente anglicano suelen ser muy católicos, han puesto, nunca mejor dicho, el grito en el Cielo.


La polémica sobre si Jesús de Nazaret, llamado el Cristo por los cristianos, o sea el Mesías, tuvo alguna vez señora de, es de una gilipollez que asusta, en mi modesta opinión. En primer lugar, porque no se entiende la resistencia de los creyentes: el hecho de que Jesucristo se hubiese casado y tenido hijos apenas debería cambiar la esencia de la creencia en él; salvo por el detalle de que haría posiblemente cierta la hipótesis sostenida en partos argumentales blenorrágicos tipo El código da Vinci, en el sentido de que hoy puede haber andando por ahí descendientes directos de él (bueno, como muy bien explica en su libro Cross Bones la canadiense Cathy Reichs, cuyo alter ego televisivo es la antropóloga forense Temperance Brenan de la serie Bones, en realidad se tratará de descendientes no de Jesús, sino de su mujer). Y, en segundo lugar, porque pensar que Jesús, si es que existió, no se casó, es adjudicarle, más que la vitola de Hijo de Dios y tal, la vitola de freaky a manos llenas.

¿Si es que existió? En efecto. Quien sea paciente seguidor de este blog sabrá que no es la primera vez que se toca este temita aquí. Ya expresé algunas de las razones por las cuales no acabo de ver yo clara la historicidad de Jesús. Y también he constatado que aquellos que defienden dicha historicidad sin mácula de duda, lo hacen mediante el arabesco conceptual de decir que con seguridad existió un Jesús, pero no se parecía en nada al Jesús en el que cree la gente (en cuyo caso maldita la necesidad de que haya existido). Cualquiera que haya leído el libro de Bart Earman que recensioné se habrá encontrado, en efecto, con un Jesús histórico-fuera-de-toda-duda (ejem) que resulta que era analfabeto y un montón de cosas y tal.

La culpa de esto, a mi modo de ver, la tiene, fundamentalmente, la Iglesia católica, apostólica y romana. El concilio Vaticano II dio un gran paso al cargarse, mutatis mutandis, la literalidad de los Evangelios canónicos y, de paso, la teoría, que para entonces era ya muy (pero muy) peregrina desde hacía más de cien años, de que habían sido escritos por los evangelistas. Sin embargo, debería ir más lejos.

En mi humilde opinión, el Papa de Roma, en lugar de dedicarse a escribir libros informando al público de algo que cualquier persona medianamente culta en asuntos bíblicos sabe desde hace mucho tiempo (que en el portal de Belén, suponiendo que fuese un portal, y suponiendo que estuviese en Belén, no había vaca ni mulo), debería impulsar un nuevo movimiento por parte de la Iglesia que solucione un poco el asunto de las escrituras canónicas.

  • Que decrete, de una vez y para siempre, la calidad de los cuatro evangelios como relatos metafóricos, puro simbolismo vestido de pretendida biografía, desarrollada en ocasiones muchos años después de la vida y muerte de Jesús.
  • Que reconozca, de una vez y para siempre, que hasta que no haya un montón de hallazgos arqueológicos hoy impredecibles, nadie sabe ni quién fue Jesús, ni cómo vivió, si tenía el colesterol alto o si realmente tenía dos amigas llamadas Marta y María o estuvo alguna vez el el Palacio de las Bodas de Canaán. 
  • Que reconozca que el principal escrito de la religión cristiana, de largo, son los Hechos de los Apóstoles, hasta el punto que no son pocos los exégetas que han afirmado que la buena noticia para la Historia del Cristianismo no es que no se hayan perdido los Evangelios, sino que se hayan conservado los Hechos. 
  • Que retire la Apocalipsis, un documento notablemente anclado a su tiempo y totalmente incomprensible para el creyente moderno, de la lista de documentos canónicos que por lo visto hay que leer para entender el mensaje cristiano. 
  • Y que, aunque mantenga dentro de la canonocidad y la liturgia las cartas de diversos apóstoles y personajes principales de la primera Iglesia, se baje de la burra de que fueron escritas por quienes dice que lo fueron y cuando se supone que las escribieron.

Todas estas reformas, es una idea, harían mucho bien a la Iglesia porque ayudarían a muchas personas a creer en el mensaje cristiano. Porque el objetivo último de la Iglesia, a menos que esté yo equivocado, es que las personas crean que hay que amar al prójimo como a uno mismo y que el resto, como decía ya el rabino Hillel, son sólo comentarios. Si el objetivo de la Iglesia es que la gente crea que José, María y su churumbel huyeron a Egipto porque Herodes quería matarlo, vamos mal.

Es cierto que relativizar los Evangelios, llevarlos al terreno en el que quizá estuvieron los documentos fundacionales del cristianismo como el famoso documento Q, supone dar más importancia a las máximas y las enseñanzas que a los detalles pretendidamente biográficos e históricos; y eso, digo, es un paso jodidamente peligroso para la Iglesia. Entre otras cosas, decir que lo mismo Jesús ni dijo lo que esos libros dicen que dijo supone poner en duda a Mateo 16.18, es decir no otra cosa que el elemento fundacional de la propia Iglesia. Ya sabéis, eso de que Jesús le dijo a Cefas tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia; afirmación que, vaya hombre, en Marcos 8.29-30, que cuenta la misma escena al dedillo, no está. Lo cual, teniendo en cuenta la prelación original que la mayoría de los exégetas conceden a Marcos sobre los otros dos evangelios sinópticos (Mateo y Lucas; Juan va por libre) viene a suponer que la famosa pretendida afirmación ante Pedro es ya, de por sí, bastante dudosa.

Dudar de los Evangelios, por lo tanto, supone dudar, al fin y a la postre, de que la grey cristiana deba obedecer a un señor de zapatos rojos. Pero, sinceramente, creo que para la Iglesia el paso reportaría más beneficios que pérdidas. Su gente no va a dejar de seguirlos y, sin embargo, la institución eclesial apartaría el foco de la creencia de las peripecias de Jesús de Nararet.

Porque Jesús de Nazaret, si existió, se casó. Por supuesto. Jesús de Nazaret era judío y, lo que es más importante, creo fuera de casi toda duda que nunca pretendió otra cosa. En los famosos episodios de Marcos y Mateo de los que acabamos de hablar, los discípulos le dicen a Jesús que creen que es el Mesías, y él les conmina a no ir cascando eso por ahí. ¿Por qué? La explicación más plausible, al menos para mí, es porque Jesús de Nazaret, si existió, era un hombre que pretendía modificar la ley judía; probablemente, hacerla algo menos estricta y más mística. Pero en modo alguno pretendía fundar una religión universal para los gentiles, ni siquiera para los temerosos de Dios (así se denominada, en aquellos tiempos, a los no judíos que se acercaban a las sinagogas para participar, digamos que como oyentes, en sus sesiones). Un hombre que, en todo caso, predicó las teorías mesiánicas judías, que no hablaban de la llegada del Reino de los Cielos el día del Juicio Final y bla, sino la parousia, la llegada de un Mesías que gobernaría en la tierra (razón por la cual los romanos, solos o con la colaboración de los saduceos, me cuesta creer personalmente que de los fariseos, se lo llevarían por delante).

Jesús de Nazaret, por lo tanto, si es que existió, era un hombre judío, que nunca renegó de su condición judía, que si se convirtió en predicador lo hizo dentro de la religión judía, con el objetivo de cambiar el judaísmo pero no crearle un competidor; y que, en consecuencia cuando fue adorado y seguido por gentes que creyeron su mensaje, fue adorado y creído desde suposiciones judías, razón por la cual los primeros cristianos fueron vistos como una secta judía. Si el círculo hebreo que rodeaba a Popea pudo ser el principal instigador, como hoy se sostiene mucho, de la inquina neroniana contra los cristianos tras el incendio de Roma, eso es así porque los judíos veían en los cristianos una peligrosa desviación herética del judaísmo, no, propiamente hablando, otra religión. Y qué decir del llamado a veces Concilio, a veces Decreto de Jerusalén, por el cual se instituyeron, no sin problemas, cosas como que para ser cristiano no había que rasurarse el pito. En mi opinión, el cristianismo moderno que conocemos no nace en los Evangelios, ni siquiera en los Hechos. Nace en la epístola a los gálatas, en la que Pablo (aquí sí creo que fue él) dice aquello de que si todo es la ley, entonces Jesús ha muerto en vano.

Y, para los judíos, casarse era santificar la procreación y quedarse soltero, simple y llanamente, no era una opción, a menos que se fuese un friqui esenio eremitoide, y tal. Un judío que no echa quiquis no es judío ni es ; y Jesús, lo repetiremos una vez más, no sólo fue judío, sino que no pretendió ser otra cosa.

Se podrá decir: pero Jesús dice tal o cual cosa que no casa con la religión judía. A lo que se puede contestar: en primer lugar, dice muchas cosas que sí casan con ella. Sin ir más lejos, véase el empeño evangelical por demostrar que José el carpintero era de la estirpe de David; que es un intento muy torpe (torpe porque se supone que no es el padre biológico de Jesús) de cumplir una profecía plenamente judía.

Pero la segunda cosa que se debe decir, mucho más importante, es que lo que nosotros tenemos sobre lo que dijo Jesús es el resultado de, cuando menos, treinta años de paradosis, es decir, de tradición oral; sin contar con la cuidadosa acción de expurgue que se produce durante siglos hasta llegar a los concilios de Constantinopla y Nicea, que son los que, en mi opinión, limpian, fijan y dan esplendor a las creencias de nuestros padres y, no pocas veces, de nosotros mismos. Algo que se nota en que haya, en los tres evangelios sinópticos (ya hemos dicho que Juan, que no era Juan ni de coña pero ésa es otra historia, va por libre), un montón de máximas dichas por el Cristo que se refieren, en ocasiones, con diferencias significativas. Leed las bienaventuranzas del sermón de la montaña en Mateo 5.3 y en Lucas 6.20, y veréis diferencias más que sustanciales. Lo que en uno es amor a los desamparados, en el otro es una toma de posición, diríamos, muy ideológica, en favor de los pobres.

Más aun: ¿dijo, realmente, alguna vez Jesús que era Hijo de Dios? En los Evangelios hay puntos en que lo dice, o parece que lo dice; no pocas veces, en términos verdaderamente abstrusos, como aquello de sólo el Hijo conoce al Padre y sólo el Padre conoce al Hijo, y tal. Pero resulta muy difícil autentificar esas afirmaciones como palabras ciertas de alguien muerto décadas antes, como poco, de que dichas palabras fuesen referidas por escrito. Y, sin embargo, el mismo Pedro dice (Hechos 2), que Jesús fue un hombre aprobado por Dios, armado de los dones de su poder; ha sido muerto con maldad, pero Dios le ha resucitado según las profecías de David y le ha puesto a su diestra. Por eso es preciso que toda la casa de Israel sepa bien que Dios lo ha hecho Señor y Cristo.

¿No da que pensar este pasaje que los primeros judío/cristianos creían que la naturaleza divina de Jesús había aparecido en el momento en que Dios lo resucitó? Esta teoría, de hecho, es mucho más compatible con la vida de Jesús, la vida de un judío; una persona que, por lo tanto, creía en la existencia de un único Dios; es, además, una idea indispensable para conseguir audiencia hebrea para la idea de Jesús. A un buen judío, cierto es, la noción de una Trinidad Divina le tiene que parecer absurda; y la idea de que alguien carne de Dios vaya a ser vilipendiano y crucificado por los hombres le será, simple y llanamente, herética. Pero, si Pedro dice estas cosas, ¿cómo las puede decir si, como el cristianismo paulista ha pretendido explicarnos, Jesús era Hijo de Dios, sabía que era Hijo de Dios, contaba que era Hijo de Dios, y como Hijo de Dios entró, por lo visto, en loor de multitud, en el Jerusalén passoverino?

Sólo las podría decir, de hecho, si su Maestro, Jesús, en cuya resurrección creía (de hecho, si se cree que es cierta, la contempló), nunca se hubiera dicho Hijo de Dios. «Iba predicando a las sinagogas y echando a los demonios», nos dice Marcos (1.39); ¿verdaderamente creeremos que entraba en las sinagogas y les decía a los judíos que era hijo encarnado de Yahvé? ÇEsto nos llevaría a dudar de buena parte de las cosas que se dicen en esos libros y admitir lo que la exégesis, digamos, liberal, sostiene desde el siglo XIX: que es imposible saber ni cómo vivió o murió Jesús, mucho menos las cosas que dijo o enseñó.

El cristianismo que conocemos, en el creemos o hemos creído muchos de nosotros, es el resultado de un proceso trazable desde tiempo antes de la pretendida vida de Cristo, y que es el contacto entre el mundo judío y el mundo helenístico. Nietzsche hablaba de sistema de creencias platónico-cristiano, y no se equivocaba ni un pelo, porque eso somos: platónico-cristianos. Bueno, yo diría, más bien, filonio-paulinos, porque somos el resultado de lo que Filón de Alejandría, desde el punto de vista especulativo; y Pablo de Tarso, desde el religioso, hacen de esa fricción creativa entre una religión sólida, extraordinariamente moral y creativa, pero anquilosada por unas reglas demasiado rígidas (entre ellas la circuncisión) y la noción de pueblo elegido (uno no puede montar una religión universal si piensa que los catalanes son los únicos listos del Universo); y la elaboración de un fecundísimo pensamiento filosofico helénico, que trasciende la originaria religión de chichinabo que tuvieron tanto helenos como romanos.

Ésta es la forma de pensar que prevaleció, pero eso no nos puede llevar a decir que no hubo otras. Las primeras iglesias cristianas palestinas tenían perfiles bien diferentes a la teología que el tiempo nos ha transmitido después de dos mil años. Sin dejar de ser arrastrados por las corrientes de pensamiento de su tiempo, eran, puesto que judíos de origen, mucho menos condescendientes con la calidad divina de Jesús, que algunas tendencias muy mal miradas por la Iglesia triunfante, como el docetismo, prácticamente negaban por completo. Estas dos visiones esencialmente diferentes de una misma fe, además, acabaron convirtiéndose en muros de carga de la guerra fría entre Oriente y Occidente, lo que hizo que las cosas se radicalizasen mucho más. A mi modo de ver, buena parte de la divinidad de Jesús (que es lo que fuerza el desarrollo del concepto de Trinidad, el Símbolo de Nicea, etc.) es fruto de la necesidad de nuestra iglesia occidental, llamémosle europea, de colocar parapetos a las elaboraciones constantinopolitanas, mucho más teocéntricas.

Entre estas elaboraciones defensivas, de batalla, está el temita de María, para unos Teotokon, madre de Dios, para otros Cristotokon, madre del mesías. No es casualidad, en modo alguno, que los padres santos de la Iglesia católica vengan, de mucho tiempo atrás, expresando una querencia especial hacia la devoción mariana. Adorar a la madre de Dios y su pureza virginal es un elemento fundamental de esta teología que ve en Jesús de Nazaret el Hijo de Dios; pero tiene el problemilla que, colocada frente a las investigaciones rigurosas de historiadores y exégetas, da pábulo para elaboraciones más o menos oportunistas como, por ejemplo, si Jesús en realidad no estaba casado o amancebado con una puta; que no otra cosa es lo que pretende, de alguna manera, insinuar la teoría de que si María Magdalena, y tal.

A mi modo de ver, estas teorías no son sino parte de la exageración. Si Jesús fue, verdaderamente, el primer mensajero del cristianismo, entonces fue el primero que trató de enhebrar el gran cabo que todas las religiones antes que él (incluso la suya) habían dejado suelto en buena medida: la mujer. El primer cristianismo fue, efectivamente, enormemente atractivo para las mujeres. Si, verdaderamente, procede de las enseñanzas de Jesús, entonces éste también tuvo que serlo. Que de las mujeres que lo siguieron y admiraron hubiese muchas con oficios irrespetuosos no tiene nada de anormal, porque Jesús predica, especialmente en las páginas de Lucas, para ese tipo de gente. Pero que precisamente María Magdalena fue su esposa, y que la tal señora fuese pilingui o no, son cosas que, la verdad, pertenecen al terreno de la especulación. Especulación, en todo caso, abierta por la estrategia eclesial de darle a los cristianos varias referencias divinas, no una, todas ellas de perfección absoluta; tesis que se da de hostias, nunca mejor dicho, con la poca realidad que se puede conocer.

Casi se podría decir que Jesús, o sea el tipo llamado Jesús, con su DNI, sus hemorroides, sus cabreos y sus durezas en los talones, no tiene nada que ver con todo esto. El Jesús que se cuelga del paulismo que. por cierto, en vida de su inventor no tuvo gran éxito frente al cristianismo netamemente judío de Pedro y Santiago; ese Jesús, digo, es una reelaboración de un señor que, si existió, en poco se le parece; porque fue un señor judío hasta las cachas, con hermanos, casado, con hijos, toda la pesca. Y esto, insisto, no debería mover ni un ápice la fe de esa joven nacida en algún país africano que tal vez hoy está esperando con impaciencia el día que tomará los votos como monja teresiana.

Porque si la fe se reblandece porque un señor estuviera casado, no es fe; es pura liturgia, o sea, mito.