jueves, enero 10, 2013

¿Qué hacemos con Filipinas? (2)


Si suenan disparatados todos estos proyectos de conquistar Indochina a partir de las Filipinas, ¿qué no diremos de la idea de apoderarse de China? Manel Ollé ha dedicado el libro “La empresa de China” a describir todos los delirios hispanos de finales del XVI sobre cuál sería la mejor manera de hacerse con el Imperio del Medio. 

El primero de los iluminados fue el agustino Martín de Rada, quien en 1569 dirigió una carta a Felipe II, en la que le venía a decir que conquistar China no sería mucho más difícil que conquistar el imperio azteca, que unos cuantos hombres bragados podían conseguirlo ya que “la gente de China no es nada belicosa (…) mediante Dios, fácilmente y con no mucha gente, serán sujetados.” Cinco años después el escribano real Hernando Riquel cifró el número de combatientes necesarios para la conquista: “menos de sesenta buenos soldados españoles”. No está mal la proporción: cada soldado español tendría que ocuparse de domeñar a tres millones de chinos. Por su parte, el Cabildo de México se dedicaba a soñar como la lechera del cuento. En una carta que dirigió a Felipe II en 1567 le pidió “repartir la tierra de las dichas Islas del Poniente (Filipinas) y de la China, perpetuándola entre los descubridores y pobladores.”

En 1576 el gobernador de Filipinas Francisco de Sande propuso un plan de conquista de Filipinas marginalmente más realista: harían falta entre cuatro y seis mil hombres armados de pica y arcabuz. Bien esto ya era una proporción más factible: un español por cada 30.000 chinos. El plan propuesto consiste en empezar conquistando una provincia china. A partir de ahí, se conquistará el resto del imperio con ayuda de los propios chinos que verán a los españoles como libertadores. Eso a menos que se encontrasen con un inca o un azteca y les contase su propia experiencia. La argumentación de Sande no ofrece desperdicio y merecería figurar en una antología de la chulería y desprecio del extranjero. La conquista sería sencilla porque los chinos son cobardes, ineptos para cabalgar y usar armas, ladrones, haraganes, preferirían vender a sus hijos antes que ponerse a trabajar y es un país sin ciencia ni saber.

De Sande podría ser un iluminado, pero no estaba solo en sus desvaríos. En 1578 el oidor de la Audiencia de Guatemala, Diego García de Palacios, propuso que se reclutasen 4.000 hombres en América y se les embarcase en seis galeras rumbo a China.

Curiosamente, la Corte a miles de kilómetros de distancia, era mucho más realista sobre las posibilidades de una empresa tan descabellada. El Consejo de Indias le hizo notar a García de Palacios que China era un país inmenso y que “para la defensa y amparo de este tan extendido reino (hay) casi cinco millones de hombres de guarnición, los cuales de arcabuces, picas y carceletes, espadas y flechas y de las demás armas, máquinas e instrumentos bélicos que se usan en esta Europa.”

Renunciar a un sueño es lo más difícil. El jesuita Alonso Sánchez, que había recorrido China entre marzo de 1582 y marzo de 1583, escribió una relación en la que decía que la evangelización de China tendría que hacerse a punta de arcabuces. Dados los beneficios espirituales que los chinos podrían extraer de la evangelización, todo estribaba en calcular el número de arcabuces que serían necesarios. En un ejercicio de “realismo”, Alonso Sánchez los calculaba en 10.000. Adviértase que a cada memorial que se dirigía a la Corona se iba elevando el número de fuerzas necesarias. Empezamos con menos de 60 buenos soldados españoles en 1564 y veinte años después ya estamos en 10.000. Aun en 1586 Juan Bautista Román volvió a elevar la cifra de combatientes necesarios: unos 15.000 entre soldados españoles, cristianos que se reclutarían en Japón e indios filipinos. Eso sí Román contaba con un arma secreta: “no consiste en la multitud del ejército la victoria, que del cielo nos ha de venir fortaleza”.

En 1586 se celebraron en Manila las juntas generales de los estados de Filipinas, para debatir cuestiones de interés general para las islas. El partido belicista volvió al ataque con sus planes para la conquista de China. El encargado de redactar la estrategia de ataque fue Alonso Sánchez, que propuso que la empresa la acometiesen juntos los castellanos de Manila y los portugueses de Macao. Los primeros atacarían por Fujien y los segundos por Guangdong. En cuanto a los contingentes necesarios, Sánchez volvió a incrementar las cifras: entre 10.000 y 12.000 hombres de todos los reinos de España, 6.000 indios de las Visayas y 6.000 japoneses, a los que habría que sumar los hombres que aportasen los portugueses.

Alonso Sánchez era un hombre con una misión y no dudó en realizar el arriesgado viaje a España para defender el proyecto. El 28 de junio de 1586 embarcó en Cavite, rumbo a Acapulco, adonde llegó el 1 de enero de 1587. Sánchez permaneció en México hasta mediados de 1587. A mediados de septiembre de ese año llegó a Sanlúcar de Barrameda y finalmente en diciembre pudo tener audiencia con Felipe II y presentarle su memorial. Sánchez no podía saber que su memorial llegaba en un momento muy inconveniente, ya que Felipe II tenía toda su atención puesta en la preparación de la Armada Invencible.

Durante toda la primera mitad de 1588 se discutieron en Madrid las distintas propuestas de las juntas generales de Filipinas. La empresa de China, que ya había tenido sus detractores tanto entre quienes la consideraban irrealizable como entre quienes dudaban de que España tuviese títulos legítimos para apoderarse de China, quedó definitivamente enterrada cuando llegaron a la Corte las noticias del desastre de la Armada Invencible.

A la postre, la empresa de China sería redimensionada al objetivo infinitamente más modesto de establecer un enclave comercial en la costa, similar al que tenían los portugueses en Macao. En 1598 el gobernador Francisco Tello de Guzmán autorizó a Juan Zamudio a viajar a China para obtener alguna concesión que pudiera servir para el comercio. Zamudio obtuvo El Pinal, una isla cerca de Cantón, así como el uso de unos almacenes en dicha ciudad. La factoría, aunque prometedora, fue abandonada al cabo de dos años. En su abandono influyó sobre todo la inquina de los portugueses de Macao, que no querían competencia y le pusieron todos los palos en las ruedas que pudieron.  A ello se sumó el desinterés de Felipe III, que prefería mantener las paces entre sus súbditos portugueses y castellanos y más ahora que los holandeses habían empezado a penetrar en los mares asiáticos. Finalmente hay que hacer notar la dejadez de los españoles de Manila, que se habían acostumbrado al sistema del Galeón de Manila y tampoco presionaron por defender el establecimiento de El Pinal.

Hasta ahora he hablado básicamente de fracasos y empresas descabelladas, pero también hubo momentos en los que Filipinas mostró que podía ser una base estratégica clave para que España fuera un actor a tener en cuenta en Asia.

El 15 de enero de 1606 Pedro de Acuña partió de Manila con una flota y más de 3.000 hombres con la misión, que consiguió, de conquistar las islas Molucas. Nueve años después el Gobernador Juan de Silva concibió la operación estratégica más osada que los españoles intentarían nunca en Asia. Se trataba de dirigir una armada hispano-portuguesa contra Java, Banda y las Molucas para limpiarlas de holandeses. Casi tan importante como ese objetivo estratégico sería el hecho de que por primera vez portugueses y españoles colaborarían en Asia, en lugar de ponerse zancadillas. La empresa prometía y desde un punto de vista estratégico era razonable, pero tal vez estuviera por encima de las posibilidades reales de Filipinas. Para organizar su armada, de Silva prácticamente tuvo que dejar desguarnecidas las islas y al final, esa armada que había costado tanto organizar y en la que se habían depositado tantas esperanzas, acabó regresando a Manila destartalada, víctima de las fiebres y sin haber pegado un solo tiro.

En 1626 salió de Filipinas una expedición bajo el mando de Antonio Valdés con rumbo a Formosa, donde los españoles se instalaron. Formosa representaba una importante escala en las rutas comerciales entre China y Manila. Inexplicablemente, los españoles perdieron interés en la isla a los pocos años, desguarneciéndola para hacer la guerra a los moros de Mindanao. En 1642 los holandeses, aprovechándose de esta incuria española, se la arrebataron a los españoles.

Para mediados del siglo XVII los españoles ya habían adoptado una clara actitud defensiva y estaba claro que Filipinas no serviría de plataforma estratégica para conquistar nada. A lo más que llegábamos era a darnos de tortas con los moros de Mindanao, que se negaban a dejarse conquistar.